El
Catecismo de la Iglesia Católica
From: Sonia E. Ledesma
Sent: Viernes 30 de Abril de 2004 16:08
Estimado Sr. Conrado:
Lo felicito sinceramente por su educativo programa radial, y le expreso mi alegría
porque haya incorporado en la página web la fotografía de su señora
esposa. Es muy lindo poder conocer a la "propietaria de la voz" que
semanalmente nos acompaña.
Necesito formularle una consulta: Lleyendo
un librito de carácter religioso encontré varias referencias al
Catecismo de la Iglesia Católica, y estoy pensando en adquirirlo
a la brevedad. Pero me acordé de que Ud. en uno de sus programas, dijo
que tenía dos, uno de los cuales lo había tirado contra la pared,
debido a su disgusto por las innovaciones que la Iglesia estaba incorporando,
evidentemente apartándose de lo tradicional. Me interesaría muchísimo
conocer sus observaciones al respecto, es decír, los puntos que se han
"trastrocado", si cabe el término.
Sin más, les envío un cordial y afectuoso saludo, junto a mi agradecimiento
por su amable atención.
Sonia
E. Ledesma
Un catecismo es una explicación de la doctrina cristiana con
fines instructivos. Poseo la segunda edición del que usted menciona,
publicada en 1998. Como se trata de un texto de enseñanza, se lo suele
consultar para poder aplicar la palabra de Dios en la Biblia a las situaciones
históricas y a los problemas concretos. Es aquí donde aparece
el riesgo de que quienes lo redactan se vean influenciados por motivaciones
de índole no religiosa que pueden apartarlos de la recta interpretación
del texto sagrado.
En su primera hoja, antes de comenzar su desarrollo, el Catecismo de la Iglesia
Católica anuncia que se trata de una versión oficial en español,
de propiedad de la Santa Sede, y concluye su advertencia con la prohibición
de reproducirlo o fotocopiarlo. Curiosa manera de difundir nuestra fe: las sociedades
bíblicas de todo el mundo, aunque no poseen empresas transnacionales,
regalan sus libros o los venden a precio ínfimo y obviamente no prohíben
su copia sino que la alientan, coherentes con su propósito de difundir
la doctrina cristiana.
En lo meramente formal, la búsqueda y confrontación de los temas
no resulta ágil y precisa como lo es la lectura de la Biblia. Cada tema
abunda en circunloquios introductorios y en afirmaciones que adolecen de vaguedad
semántica, al punto de hacerse difuso el sentido de la doctrina. Se asemeja
en esto a los deficientes textos periodísticos con que la gran prensa
desinforma cotidianamente al público.
Algunos comentarios pecan por obviedad y facilismo, presentando presuntas respuestas
concluyentes y sencillas a situaciones humanas que requieren un análisis
mucho más detallado y cuidadoso para comprender adecuadamente todos los
aspectos y circunstancias que influyen en ella. Es una actitud semejante a la
de Rodríguez Saá durante su semanita de presidencia, cuando tenía
respuestas para todo y soluciones mágicas para cada problema.
Es un hecho reiteradamente comprobado que cuando la sociedad no atina a encontrar
un camino racional y crítico para resolver sus graves dificultades, eleva
a la categoría de estadista o de providencial gurú a alguien que
accede a esa poco envidiable posición por circunstancias fortuitas. Es
el caso de la actual actitud de evasión de la realidad expresada por
el blumbergismo: un padre de familia que ha sufrido una horrible tragedia
elabora su duelo asumiendo el papel de líder iluminado para multitudes
de necios que apoyan sus perogrulladas sobre decenas de temas que requieren
experimentado conocimiento y reposada reflexión, azuzados por algunos
hombres de prensa nada comprometidos con las demandas populares, y que son en
realidad voceros de la peor reacción política.
Volviendo al Catecismo, veamos algunos ejemplos concretos de su ponciopilatismo,
esa actitud política de lavarse las manos tan característica del
clero.
En el número 406 se incluye la única mención en todo el
libro del término protestantes, siendo que la reforma de Lutero
y su vigencia actual plantea dificultades tan graves como en la época
de sus comienzos, al exacerbarse la confrontación de doctrinas y estilos
de vida como consecuencia del mayor contacto entre culturas facilitado por los
modernos medios de comunicación y de transporte y por la integración
política y económica de pueblos con distintas concepciones religiosas.
Ni se menciona, por otra parte, la relación entre protestantismo y primacía
de la ley sobre el espíritu, ni entre calvinismo y capitalismo inhumano.
Sobre este último tema, en el número 2425, luego de rechazar al
comunismo y al socialismo por totalitarios y ateos, sin presentar siquiera una
crítica mínima a sus fundamentos doctrinarios, el Catecismo declara
que ha rechazado -del capitalismo- su individualismo y su primacía del
mercado. No sólo no rechaza al capitalismo in toto, como un orden
social, político y económico tan totalitario e injusto como los
anteriores, sino que propone el desarrollo de un capitalismo razonable.
En el número 2124 se condena al humanismo ateo y a su expectativa de una liberación económica y social del hombre. No se deja establecido que toda verdadera liberación humana debe incluir la liberación económica y social. Dado que la Iglesia declara estar interesada en la liberación del hombre en todos sus aspectos -liberación integral suelen decir los curas, con un anodino término comodín-, debe rechazar el sometimiento económico y social al que condena al hombre el capitalismo. Si la propuesta del ateísmo es considerada incompleta, es misión de la Iglesia completarla en el plano trascendente.
Yendo a cuestiones de moral personal, en el 2391 se rechaza el concubinato por destruir la idea misma de la familia. No se menciona el manifiesto auge de las uniones informales, provisorias, a modo de prueba, de un número cada día más numeroso de jóvenes católicos, entre los que abundan incluso militantes y dirigentes de asociaciones religiosas.
En el número 2370 se condena lo que denomina "contraconcepción", porque implica no darse al otro totalmente. Al parecer, los católicos que no practican dicha contraconcepción pero que deciden vivir en concubinato no merecen condena aunque no constituyan una familia ni sacramental ni jurídicamente, porque se estarían dando totalmente el uno al otro en la medida en que su unión traiga al mundo todos los hijos que los mecanismos puramente biológicos produzcan, independientemente de las objetivas condiciones y posibilidades sociales, económicas y psíquicas de quienes los procrean.
Con referencia al inane tema de la masturbación, en el número 2352 se la condena como grave desorden. Significativamente, en el 2357 se declara que el origen psíquicode la homosexualidad es desconocido, y en el siguiente se establece que un número apreciable de hombres y mujeres tienen profundas tendencias homosexuales, objetivamente desordenadas. Se afecta una curiosa perplejidad ante el hecho de la homosexualidad, y se lo enfoca aproximándolo a la categoría de misterio cuasi teologal ante el que no corresponde pronunciarse. Resulta casi inevitable pensar en que el interés del Vaticano por declarar antropológicamente misteriosa, y a partir de allí inimputable a la homosexualidad está relacionado con el escándalo de los centenares de casos de sacerdotes llevados ante los estrados judiciales, sobre todo en los Estados Unidos, por someter a jóvenes y niños a prácticas homosexuales. La reparación -meramente económica- del daño causado por tal misterio de iniquidad homosexual sacerdotal católica, demandada por los padres de niños y jóvenes sometidos a prácticas homosexuales por religiosos, asciende ya a centenares de millones de dólares, como ha sido publicado en reiteradas ocasiones por la prensa internacional.
Es poco menos que patética la escandalizada referencia a la fornicación como acto contra la dignidad de la persona. Obviamente no es una violación, sino un consentimiento mutuo de dos personas para acceder a una intimidad física. No se trata tampoco de sometimiento de una persona a la voluntad de otra, ni de su explotación psíquica, económica o social, como sí sucede cotidianamente, atentando contra la dignidad humana, incluso en instituciones religiosas, educativas o presuntamente dedicadas al bien común.
Avanzando en lo ridículo, se califica a la pornografía de placer rudimentario, rasgo que sin duda comparte con otros deleites físicos elementales, como el de devorar trozos achicharrados de cadáveres de animales en un asado dominguero. Por otra parte, así como existe un arte culinario de lo más refinado, practicado públicamente hasta por monjas mediáticas, existe también una pornografía nada rudimentaria ni perversa ni maligna ni humillante, que tan sólo ofrece a la contemplación la belleza trascendente del cuerpo humano tanto masculino como femenino, signos agradabilísimos ambos de la magnificencia de Dios.
Y -por supuesto- se condena a la prostitución, que ya aparece como un
hecho habitual en el Génesis (38, 15). Su perenne vigencia actual
y futura no ha precipitado ningúna tragedia apocalíptica, como
sí lo han hecho y lo prosiguen causando las guerras, tantas de ellas
bendecidas por la Iglesia.
Curiosamente, no aparece nii una palabra de condena al proxenetismo. La presidenta
de AMMAR, el gremio de las meretrices argentinas, declaró recientemente
(abril de 2004) que "históricamente nuestro patrón ha sido
y es la policía". Dada esta circunstancia -no desmentida por ninguna
autoridad policial-, la repugnante explotación de mujeres podría
ser al menos atemperada por la condena constante y la prédica por parte
de los capellanes policiales a sus subordinados espirituales.
Para no abundar en más ejemplos, concluyo este comentario proponiéndole
la lectura del Nuevo Catecismo para Adultos, versión íntegra
del Catecismo Holandés, Barcelona, Herder, 1969, cuyo tratamiento
de los mismos temas anteriores presenta diferencias notables, y dado que los
fieles católicos no estamos obligados a aceptar la guía de ningún
catecismo en particular.
Personalmente he encontrado siempre en el Catecismo Holandés una
doctrina sólida y comprometida con la vivencia del Evangelio antes que
con la aquiescencia del Vaticano.
El ejemplar que poseo me fue obsequiado en 1974 por una dama whitense cuya vida
ejemplar de humildad y modestia junto a su digno esposo sigue siendo para mí
una auténtica fuente de inspiración cristiana. Ambos eran inmigrantes,
oriundos de Stradella, en el Piemonte, y quiero recordar aquí sus nombres:
María
Tramelli de Achilli, apodada "Rita"
Luigi
Achilli, apodado "Gigio"; Caballero de la Orden de Vittorio Veneto
(distinción
otorgada a los combatientes italianos de la Primera Guerra Mundial).
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