
Antoine de Saint-Exupéry, Carta a un Rehén, Bs.As. Goncourt, 1983, 75 págs.
Hace
unos meses recibí un mensaje del profesor Juan Domingo Fernández
proponéndome que hiciera un comentario sobre este libro. Voy a complacer
a mi amigo, escribiendo acerca de una obra que, en su brevedad y profundidad,
puede servir de iniciación para conocer el pensamiento de un verdadero
maestro espiritual.
Este breve librito está dedicado circunstancialmente
a un amigo judío de Saint-Ex, que se encuentra en Francia durante la ocupación
alemana, pero su contenido se dirige a todos los franceses, y puede ser considerado
como un mensaje que trasciende su momento histórico por su significado
universal: En todos los lugares y épocas las personas somos rehenes de
circunstancias sobre las que no podemos decidir. Son situaciones que se deben
afrontar ineludiblemente, y que requieren resignación y coraje: La enfermedad,
las limitaciones económicas, la presión de una sociedad basada en
la deshonestidad y la mentira.
Carta a un rehén, como todos
los libros de Saint-Ex, es una propuesta dirigida al hombre común, un llamado
al homme honnête de Henri Bergson -la persona que vive buenamente
bajo la moral de obligación-, para animarlo, en la medida de las fuerzas
que posee pero que aún no ha descubierto, a asumir la moral de aspiración,
aquella que para el judío Bergson han encarnado entre otros los santos
del catolicismo.
No es un mensaje que llame a la mera resistencia pasiva,
ni es un mensaje desesperanzado.
Por el contrario, en la línea de la
resistencia activa de Henry David Thoreau, Saint-Ex propone la lucha. Pero
no la lucha por cualquier medio, la lucha ciega y desesperada, sino la lucha que
ennoblece al que la acomete, y dignifica también al adversario, hombre
al fin, y miembro de la misma raza humana. Saint-Ex había presenciado personalmente,
y con dolor, la guerra civil española, y junto al sinsentido de la matanza
entre gentes que por igual amaban a España, percibió la profunda
hermandad que late aún en lo más profundo de la hostilidad entre
los hombres -los combatientes que llaman a gritos al enemigo, y dialogan con él
de trinchera a trinchera, en medio de la noche.
Así se produce un acontecimiento
central de Carta a un rehén, el milagro que, a través de
un simple cigarrillo compartido, elimina el drama que padecen juntos captores
y prisionero: "lo borró como la luz respecto de la sombra.".
Es un acontecimiento que en apariencia no altera nada, que carece de espectacularidad
material, pero que "Fue como el día que nace." (p.56)
Saint-Ex
enuncia aquí una tesis que reaparece en todos sus libros: El ser humano
vive sin conciencia de sí ni de su pertenencia a la ineludible fraternidad
que los vincula con su prójimo, y debe luchar para dar paso al advenimiento
del hombre, a la persona que se asume como tal y deja de ser un sujeto más
que se oculta entre la muchedumbre.
El muchacho que le ofrece el cigarrillo,
un momento antes era tan sólo un rol, una función, "una especie
de insecto monstruoso". La máquina de la guerra lo había transmutado
en engranaje de un mecanismo, como la máquina de la sociedad, con sus convenciones,
sus conductas previsibles y esperadas, su moral de presión, había
convertido al protagonista de La metamorfosis de Franz Kafka en un enorme
insecto. Ahora el joven miliciano experimentaba otra clase de metamorfosis, la
del gusano que se transforma en mariposa: "se revelaba ahora algo torpe,
casi tímido, de una maravillosa timidez", porque "el advenimiento
del hombre en él ponía a la luz su parte más vulnerable".(p.58)
En las páginas finales Saint-Exupéry enuncia la esperanza de
otro advenimiento, que se está gestando entre los millones de rehenes de
la Francia ocupada: el de una verdad nueva, que se prepara "en las cuevas
de la opresión". Ese pueblo sometido no necesita que lo provean con
la llama del espíritu, porque ya alimentan esa llama "con su propia
sustancia". En pasajes análogos, Saint-Ex va a presentar una y otra
vez en Ciudadela la imagen del canceroso, que puede prescindir de la oración
porque es en sí mismo "un cirio ardiendo", una llama votiva que
clama por el sufrimiento de todos los hombres. Por eso, al comparar lo incomparable,
la libertad de quien puede luchar, con la asfixia de quienes están condenados
a soportar lo insoportable, concluye su mensaje, que una vez más adquiere
el tono de una plegaria, diciendo con humildad: "Ustedes son los santos."
(p.75)
Conrado
De Lucia
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