
Viktor
E. Frankl, Ante el vacío existencial. Hacia una humanización
de la psicoterapia,
7ª
ed., Barcelona, Herder, 1994, 152 p.
Cualquiera de
las principales obras de Viktor Frankl -El hombre en busca de sentido,
La presencia ignorada de Dios,
El hombre doliente, Logoterapia
y análisis existencial o el texto que presentamos- resulta adecuada
para abordar
el pensamiento de este gran pensador judío, médico
psiquiatra pero ante todo hombre religioso y humanista profundo.
Frankl es
el creador de la logoterapia, el tratamiento de desórdenes psíquicos
a través de dos supuestos fundamentales y complementarios, que constituyen
una nueva escuela terapéutica derivada del psicoanálisis de Freud.
El primer supuesto es que el hombre es un ser que no vive para sí, para
la continuidad de su especie a través de su mera existencia biológica,
sino que vive para un sentido que lo trasciende, y que es en último análisis
una vocación religiosa.
El supuesto complementario es que, dado que
buena parte de la sociedad contemporánea está manifiestamente enferma
por la pérdida de ese sentido, que Frankl denomina correctamente logos,
con una de las decenas de acepciones de este amplísimo término que
también significa Dios (kai jo logos en ton Zeón,
"y el logos era Dios", dice el evangelio de San Juan), la vuelta a la
salud de las personas espiritualmente enfermas -y todo enfermo lo está
en su cuerpo y en su espíritu, tanto como en su psiquismo y en su relación
con el prójimo- requiere un redescubrimiento del sentido de la propia existencia,
cuya pérdida ha acarreado esa angustiosa vivencia de vacío existencial.
La logoterapia de Viktor Frankl es más que una técnica psiquiátrica.
Es una visión del hombre y de la existencia humana,
de la que se desprende
además una serie de consecuencias terapéuticas.
El texto que
comentamos incluye una valiosa casuística que ejemplifica adecuadamente
los conceptos de la logoterapia:
la intención paradójica,
la derreflexión.
Ilustra también la diferencia entre
voluntad de poder y voluntad de sentido, entre la embriaguez de la afirmación
orgullosa del yo denunciada por Nietzsche -el pecado de Adán y de Eva,
en definitiva- y la humilde búsqueda de sentido del hombre que se sabe
criatura desvalida, indefensa, y que lo encuentra en Dios, en La presencia
ignorada de Dios -como titula Frankl a otra de sus obras-, al modo de Job,
que rechazado y juzgado en su desgracia por sus amigos, afirma "Cuando Dios
me levante de mis cenizas, no a un extraño verán mis ojos"(Job
19,27) maravillosa profesión de fe que el cine norteamericano convirtió
en los años cincuenta en título de una de sus grandes películas:
"No serás un extraño".
Conrado
De Lucia
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