San Pedro y San Pablo      

                                                                                              Publicado en el Nº 3
                                                                                            de la revista "Bondiguía"

(Sobre este tema puede leerse también "El rito religioso de una noche mágica", artículo de
Conrado De Lucia publicado en "La Nueva Provincia" el 24 de junio de 2001)
                                                                                    

La fogata de San Pedro y San Pablo, esa fiesta colectiva que los chicos preparan con tanto entusiasmo, y que los grandes aprovechan para disfrutar también un rato de retorno a la magia de la infancia, es una tradición que no podía dejar de ser reflejada por un tango.
La riqueza de este género musical y literario, tan amplia como la propia vida, hizo posible que en 1958 el violinista Ismael Spitalnik pusiera música a una poesía de Julio Huasi. El futuro autor de Sonata popular de Buenos Aires, actor mímico y poeta, contaba veintitrés años de edad cuando, cercano todavía a las emociones de su infancia, escribió:

Los purretes trajeron la madera,
tablones, sillas rotas, un catre y un cajón.
La montaña se hará pronto una hoguera,
las viejas tendrán brasas, no gastarán carbón.
Y las caras serán rojos fantoches,
millares de fogatas habrá por la ciudad,
surgirá la mañana en plena noche,
paloma y papa asada los pibes comerán.

Fantasmas de aserrín, y a aquel viejo violín
las cuerdas le sacaron, el alma y el yin-yin.
Cantando un Capuchín pebetas de carmín,
un viejo distraído chamusca su botín.
Se cortará el piolín, la noche tendrá fin,
y el viento hará milongas de cenizas y de hollín.

Un incendio crepita en cada esquina,
en medio del invierno todos tienen calor;
las muchachas de risa cantarina
los ojos se les queman, fogatas del amor.
Yo quisiera poner algún muñeco,
llenarlo con las penas, la angustia y el sufrir,
y tirarlo cual pobre palo seco
y que se vuelva humo por siempre en mi vivir.

La tradicional fogata se enciende todavía en los barrios suburbanos, y la nostalgia y el misterio sacral del fuego impulsa a todos a participar, a salir por un rato a la noche fría para volver a sentir en el alma el calor inextinguible de las emociones de la infancia.

                                                                                                      Conrado De Lucia


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