por Harold Pinter
(Harold Pinter es uno de los más prestigiosos
dramaturgos contemporáneos de la lengua inglesa. Impresionan
las directas
e impactantes palabras de este humanista que se opone a la Guerra Mundial Permanente
de Bush.
El texto, parte del discurso pronunciado al recibir un título
honorario de la Universidad de Turín, Italia, se publicó en el Daily
Telegraph, Londres, 11 de diciembre de 2002.)
A principios de año
fui operado de cáncer. La cirugía y sus efectos me provocaron una
pesadilla. Sentí que no podía nadar bajo el agua, en un interminable,
oscuro y profundo océano. Pero no me ahogué y me alegro de estar
vivo.
Sin embargo, supe que emerger de una pesadilla personal era entrar en
una pesadilla pública infinitamente más avasallante: la pesadilla
de la histeria, la ignorancia, la arrogancia, la estupidez y la beligerancia norteamericanas;
la nación más poderosa que el mundo ha conocido, lidiando la guerra
contra el resto del mundo. "Si no están con nosotros, están
contra nosotros", ha dicho el presidente George W. Bush.
También
ha dicho: "No permitiremos que las peores armas del mundo permanezcan en
manos de los peores líderes del mundo."
Dices bien. Mírate
en el espejo, amiguito. Ese eres tú.
Estados Unidos está desarrollando
en este momento avanzados sistemas de "armamentos de destrucción en
masa" y se prepara para usarlos donde crea necesario. Ellos tienen más
armas que las que pueda amasar el resto del mundo. Ellos han rechazado todos los
acuerdos internacionales sobre armas químicas y biológicas, denegando
la inspección de sus propias fábricas de armamentos.
La hipocresía
tras sus declaraciones públicas y sus acciones es casi un chiste. Estados
Unidos cree que las 3,000 muertes de Nueva York son las únicas muertes
que cuentan, las únicas muertes que importan. Son muertes "americanas."
Las otras muertes son irreales, abstractas, de ninguna consecuencia, según
ellos.
Las 3,000 muertes causadas por ellos en Afganistán nunca se
mencionan. Los cientos de miles de niños iraquíes muertos gracias
a las sanciones norteamericanas y británicas que los han privado de medicamentos
esenciales nunca se mencionan. Los efectos del uranio reducido, usado por Estados
Unidos en la guerra del Golfo nunca se mencionan.
Los niveles de radiación
en Iraq son alarmantes. Nacen bebés sin cerebro, sin ojos, sin genitales.
Donde van los oídos tienen la boca o el recto, lo que mana de esos orificios
es sangre. Las 200,000 muertes causadas en Timor Oriental en 1975 por el gobierno
indonesio que Estados Unidos inspiró y apoyó, nunca se mencionan.
Las 500,000 muertes en Guatemala, Chile, El Salvador, Nicaragua, Uruguay,
Argentina y Haití, en acciones apoyadas y subsidiadas por los Estados Unidos,
nunca se mencionan. Los millones de muertos en Vietnam, Laos y Camboya nunca se
mencionan. El padecimiento desesperado de los palestinos, factor central en la
crisis mundial, apenas se menciona.
¡Pero qué malinterpretación
del presente y qué perversión de la historia es ésta! Los
pueblos no olvidan. No olvidan la muerte de los suyos, no olvidan la tortura y
la mutilación, ellos no olvidan la injusticia, no olvidan la opresión,
no olvidan el terrorismo de las grandes potencias. No sólo los pueblos
no olvidan, sino que contraatacan.
La atrocidad cometida en Nueva York era
predecible e inevitable. Fue un acto de represalia contra las manifestaciones
sistemáticas del terrorismo de estado ejercido por los Estados Unidos a
lo largo de muchos años, en todas partes del mundo.
En Gran Bretaña
el público ha recibido la advertencia de estar vigilante y preparado para
potenciales actos terroristas. El lenguaje mismo que se usa es descabellado. ¿Cómo
se materializará esa vigilancia pública? ¿Usando una bufanda
sobre la boca para filtrar los gases venenosos? Sin embargo, cualquier ataque
terrorista sería inevitable consecuencia de la despreciable y vergonzosa
sumisión de nuestro Primer Ministro a los Estados Unidos.
Al parecer
ya fue interceptado un ataque de gas venenoso en el metro de Londres. Pero ese
tipo de acción aún podría perpetrarse.
Miles de escolares
usan el metro a diario. Si ocurriera un ataque de gas que los matara, toda la
responsabilidad recaería sobre nuestro Primer Ministro. Es innecesario
aclarar que el Primer Ministro no viaja en metro.
La guerra contra Irak constituye,
de hecho, un plan de asesinato premeditado contra miles de civiles para supuestamente
librarlos de su dictador. Estados Unidos y Gran Bretaña prosiguen un curso
de acción que sólo conducirá a una escalada de violencia
a través del mundo y a la catástrofe. Es obvio, sin embargo, que
Estados Unidos está henchido de ganas de atacar a Irak. Creo que ellos
lo harán, no sólo para tomar control del petróleo iraquí,
sino porque la actual administración norteamericana es en estos momentos
una bestia sedienta de sangre. Las bombas son su único vocabulario. Muchos
norteamericanos están horrorizados ante la postura de su gobierno, pero
parecen estar desvalidos.
A menos que Europa reúna la solidaridad,
la inteligencia, el valor y la voluntad para resistir el poder de Estados Unidos,
Europa misma se hará merecedora de la declaración de Alexander Herzen:
"Nosotros no somos los médicos, nosotros somos la enfermedad."
Harold Pinter