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Tangomías La página de Tino Diez www.tangomias.com.ar |
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Almanaque
tanguero
Lista
alfabética
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Artículos
sobre:
Poemas:
El poeta no muere
Inexorable
Sonetos a Homero
(En el año del centenario del
nacimiento de Homero Manzi)
Gorriones
Troesma
(A la memoria de don Osvaldo Pugliese)
El último Bohemio
Otros artículos:
Guitarristas
del tango
Entre
líneas... del pentagrama
(Semejanzas, cuasi plagios y otras yerbas)
¡Que
nadie se entere...!
Perlitas tangueras (Recopiladas
por Tino Diez)
| YO
ME PRESENTO ASÍ: Promediando la primavera de 1935 sumé mi primer llanto, en manos de la partera doña Pepa, a la congoja que había provocado la trágica muerte de Carlos Gardel. Mi padre, Francisco, consultó el santoral en el taco del enflaquecido almanaque que seguramente tenía la publicidad de "Almacén, Panadería y Carnicería 'Del Puerto', Sucesión de Angel Sclavi", y desde entonces quedé registrado como Florentino. Por suerte, a poco surgió el Tino salvador. Mi viejo había llegado desde España con papeles fraguados, para evitar ir a la guerra contra los moros, y aquí recorrió parte del país levantando cosechas, hasta poder ingresar al entonces Ferrocarril del Sud, donde trabajó hasta el año1948, fecha de su jubilación. Mi mamá, también española, se encargó, con su escasa preparación, de educarnos a los cuatro hermanos. | ![]() Florentino Tino Diez |
Vivíamos en una casa alquilada
de la calle Cabral, casi vecina a la carpintería de Mercanti. Luego mi
padre compró un terreno en el loteo de las tierras que pertenecían
al señor Luis A. Rocca, a quien también se debe la realización
del "Mercado Rocca", que tenía entradas por las calle Siches
y por Elsegood (hoy Belgrano), donde está el vistoso edificio de dos
plantas con la vivienda de su propietario en la superior.
Mi padre adquirió entonces una casa de chapa y madera, con un plan de
pago que se extendía más de un año y medio, y que fue trasladada
desde el Bulevar hasta nuestro terreno por el señor Borelli, quien con
sus hijos se ocupaba de esta original tarea típicamente whitense de
mudar de lugar casas enteras.
Luego la pequeña comunidad del nuevo barrio, compartiendo las habilidades
de cada uno de sus integrantes, fue levantando poco a poco modestas casas de
material y/o mejorando las existentes de chapa y madera, en un envidiable ejemplo
de labor cooperativa.
La escuela primaria a la que concurrí fue el Colegio Cortés, en
la esquina de Avenente y Cabral. Promediando el año
1948, cuando cursaba el quinto grado, se inauguró el edificio nuevo en
Brihuega y Avenente, es decir la actual Escuela Provincial Nº 13 "Ruy
Barbosa".
Estando en sexto grado comencé a escribir una suerte de diario, hasta
que cuando se nos encomendó una composición referida a "La
neblina", intenté completarla de una elemental forma verseada. Recordé
el cuento de Rubén Darío "Mi primer poema", y el rechazo
unánime que había provocado entre sus allegados. Temblé
por la suerte de mi poesía, tuve intenciones de destruir la hoja que
la contenía. Mi padre interrumpió mis cavilaciones, preguntándome,
como lo hacía habitualmente, por mis deberes.
"Esto está muy lindo", me dijo, luego de leerlo varias veces.
A la mañana siguiente, antes de entrar a mi clase, busqué a la
maestra de quinto, quien el año anterior me había alentado para
las actuaciones realizadas en las fiestas patrias.
"¡Además de actuar, escribe! me dijo. No se abandone, siga
escribiendo y sobre todo lea, lea mucho."
Esperé impaciente el momento de presentar la redacción, imaginando
más felicitaciones y tal vez por qué no algún aplauso.
Terminada la lectura, en vez de halagos, la maestra se precipitó a mi
pupitre, estampó un "no es lo que se pidió" cruzando
mis versos como un baldón rojo y con la voz más espantosa, que
nunca pude olvidar, provocó la mayor vergüenza que jamás
pasé, gritándome: "Deje los versitos para las nenas",
mientras estrellaba su mano en mi mejilla.
A partir de ese momento continué escribiendo, pero le di una vuelta más
de llave a mi escritorio. Por mucho tiempo nadie supo que escribía, y
menos aún su contenido.
El secundario, que debió ser orientado a alguna especialidad relacionada
con las letras y el arte, se trocó en una carrera en la Escuela Industrial
que, al no tener relación con mi vocación, se interrumpió
ante la primera dificultad en este caso económica, luego de haber aprobado
el tercer año.
Pero siempre me atrajo el tango, aunque no lo bailo. Comencé a seguir
la actuación de los distintos intérpretes, algunos como las orquestas
de Juan D´Arienzo y de Héctor Varela; los cantores Floreal Ruiz,
Alberto Marino, Argentino Ledesma y el "Rolo" Lesica, Héctor
Mauré y otros. No me agradaba Rivero, y menos cuando se lo presentaba
como "La voz esperada" en los programas de Jabón Federal.
En ese momento alguien me dijo que lo escuchara al "Feo". Me gustó
su calidez y calidad y con él le presté atención a Pichuco
y a Pugliese. A falta de formación musical, traté de ponerle orejas
a todo. Me llegaron Maderna y Di Sarli, y los grandes poetas: Cadícamo,
Discepolo, Cátulo, García Jiménez.
En el año 1970 renuncié a mi trabajo en la estación de
ferrocarril de Ingeniero White e ingresé al movimiento cooperativo, primero
en las recordadas Cajas de Crédito, que fueron impulsadas a su transformación
en Bancos Cooperativos, y allí permanecí hasta que las políticas
económicas marcaron una mayor concentración de la banca cooperativa,
y el Banco Coopesur, donde desempeñaba mis tareas fue absorbido por el
Banco Credicoop, lo que produjo mi despido en 1996.
Hoy me encuentro jubilado, rodeado de la felicidad de cuatro nietos, mis dos
hijos y mi esposa, y de cuando en cuando despunto el vicio de escribir tratando
en vano de olvidar aquel sopapo y aquella vergüenza que signaron el trayecto
de
mi vida.
Florentino
Tino Diez
tangomias@bvconline.com.ar
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