En criollo, Belcebú se llama Mandinga

From: Gabriel Paso
Sent: Sábado 22 de Noviembre de 2003  00:33
Le escribo para preguntarle sobre el significado de la palabra "belcebú",
ya que no tengo muchas referencias sobre ésta.
Desde ya muchas gracias.

Estimado Gabriel:
El nombre "Belcebú" deriva de Ba'al zebub, que en hebreo significa "dios de las moscas". El escritor inglés y premio Nobel de literatura William Golding escribió una extraordinaria novela alegórica de la condición del hombre: yecto en el mundo, obligado a construir un orden, caído en la confusión, la tentación y el mal, y rescatado en el final de los tiempos por Dios: Lord of the flies, es decir, Señor de las moscas, el nombre de Belcebú, que en la novela es representado plásticamente por la cabeza de un cerdo salvaje, clavada en una pica en un claro de un bosque, y cortejada por miles de moscas que revolotean a su alrededor mientras se va pudriendo.
(Willam Golding, Señor de las moscas, Bs.As. Minotauro, 1967. Esta obra ha sido llevada al cine, pero obviamente es preferible leeer detenidamente la novela, ya que el tema requiere una asimilación reflexiva y pausada, incompatible con el ritmo del lenguaje cinematográfico.)

En el relato bíblico el demonio asume diversos nombres, que corresponden a distintas manifestaciones de su maldad y de las tentaciones de pecado que nos ofrece incesantemente. En la tradición judeocristiana existen desde el demonio del dinero, Mamón, hasta el que produce olores fétidos, Belial.
Es frecuente que se lo denomine Satanás, y también Lucifer, y tantos otros nombres y especializaciones en el mal como creó, con fines didácticos, la imaginación de los predicadores.
Viene al caso aquí señalar cómo difieren en su connotación términos que etimologicamente son coincidentes: Lucifer, palabra de origen latino, significa "yo llevo la luz" (lux-lucis: la luz;  fero (fers-ferre-tuli-latum): llevar). El término griego equivalente se construye con fos-fotós: la luz, más el verbo foro, de idéntica raíz sánscrita, que también significa llevar.
El uso podría haber consagrado que para encender fuego se usara una caja de luciferes, y que al demonio se lo llamara Fósforo...

La demonología, el estudio de los demonios, es abordado con la debida seriedad por teólogos, antropólogos y otros investigadores de leyendas y mitos culturales, pero también constituye un tema preferido por toda clase de charlatanes -como los aseguran poder enseñarnos el nombre de nuestro "angel personal"- que se aprovechan de la curiosidad supersticiosa de la gente ingenua.

Asmodeo, llamado "El destructor", es uno de los demonios principales en el relato histórico Los demonios de Loudun, que Aldous Huxley escribió sobre unas pobres monjas histéricas que creían que el cura párroco Urbano Grandier venía de noche a poseerlas. El inocente cura fue quemado vivo en una gran hoguera en el centro del pueblo, para entretener al bajo populacho con el macabrao espectáculo. Apenas extinguidas las llamas de la horrorosa ejecución, presidida por prelados de nuestra Santa Romana Iglesia, la gentuza revolvía las brasas en busca de trozos carbonizados de huesos humanos, para utilizarlos como amuleto.

Entre las Crónicas del ángel gris (Bs.As., Ed.de la Urraca, 1988) escritas por Alejandro Dolina, hay una titulada "Pactos diabólicos en Flores" (pp.123-127), donde se nombra a varios demonios, además del ya mencionado Asmodeo: Baal-Fagor, Uzza, (este en realidad es un ángel bienintencionado, no un ángel malo) Azael, Astaroth, Belial, Samyaza, Yekun, y finalmente Belcebú, nombre que da motivo al presente artículo.

En 1958 Giovanni Papini publicó un ensayo, El diablo, que fue recibido con gran interés debido a la fama de su autor, pero que no sólo se limita a exponer obviedades sobre el tema, sino que desde el punto de vista teológico está plagado de razonamientos inconsistentes, cuando no abiertamente contradictorios

También Ernesto Sabato se ha ocupado extensamente del tema del diablo.
Su ciclo de tres únicas novelas, cuyo tema subyacente es siempre una indagación sobre el sentido del mal, de la tragedia y del absurdo que envuelven a nuestra condición humana, se inicia con El túnel, prosigue con Sobre héroes y tumbas -a la que un crítico internacional consideró ya como "una demonología"(Piovene, en "La Stampa" de Milán), y otros elogiaron como un texto "demoníaco" y "diabólico"- y se cierra con la que lleva por título el nombre del ángel de la destrucción y de la muerte: Abbadón, el exterminador, texto en forma de collage con frecuentes alusiones a las así llamadas ciencias ocultas.

En nuestra tradición campesina y gauchesca el diablo se llama "Mandinga", y se lo representa de color y vestiduras totalmente negros. De chico conocí al perrito negro de un viejo criollo que vivía a la vuelta de mi casa. Se trataba de un inocente cuzco, pero llevaba el atemorizador nombre del demonio gaucho. Hace un par de décadas un compañero músico, el guitarrista Tito Lameiro, me obsequió un hermoso gatito negro, y a mi amigo le causaba mucha gracia que yo también lo había bautizado "Mandinga".
Utilizado como adjetivo, "mandinga" se origina en el apelativo que se aplicaba a los hombres negros del oeste de Sudán. Puede ser que el término haya sido introducido en el Rio de la Plata por los traficantes de esclavos, antes de que nuestra ilustre Asamblea de 1813 comenzara a abolir la esclavitud.

En la música típica porteña hay por lo menos un tema en el que se nombra a Mandinga: Mi profesor de Cancionística, Homero Aldo Expósito, escribió la letra de un precioso vals cuyo tema está ambientado en la zona rural: "Flor de lino". El nombre del diablo es usado por un gaucho como imprecación, como queja ante la fatalidad:
"Yo la vi florecer, pero un día.... ¡Mandinga la huella que me la llevó!"

Finalmente, dejando el tema del demonio para entrar en la cancionística, señalaré que algún erudito negado para la poesía o indigestado por la preceptiva "culta", ha corregido: "Mandinga no: maldita la huella que me la llevó..."
De modo similar, y no por acatamiento de la censura de 1943, sino por presunción de "finura", se ha querido corregir nada menos que a Cátulo Castillo, que en "Una canción" escribió:

        "Una canción
         que me duerma, que me aturda,
         y en el frío de esta mesa
         vos y yo, los dos en curda"

"¡No!"-se ha oído decir-, "los dos muy juntos; ¿por qué en curda, que suena tan vulgar?"
Y también, sin entender ni el contenido empapado de afectividad ni la rima de la estrofa, se ha corregido a Discepolo, creador con su originalísima obra de una nueva manera de resolver
la música y la letra de los tangos:

         "Cómo olvidarte en esta queja,
          cafetín de Buenos Aires,
          si sos lo único en la vida
          que se pareció a mi vieja."

("No" -han corregido-: "a mi madre", que rima con Aires")

Es inútil: lo que natura no da, Salamanca no lo presta..

                                                                                                     Conrado De Lucia

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