Corregir...
e incluso tirar al cesto
(Con
nostálgicos recuerdos de la radio de otros tiempos)
"Corregir,
corregir incansablemente", es la propuesta que encabeza el Taller de Textos
de Terapia Tanguera. Su fundamento es más moral que literario, ya que quien
se esfuerza por corregir su obra para perfeccionarla, se corrige y perfecciona
también a sí mismo. Sin embargo, no abundan los aprendices dispuestos
a hacerlo. A la mayoría los urge el deseo de publicar, de despertar interés
e incluso admiración con sus escritos un motivo más egocéntrico
que alocéntrico, por más que se lo intente disimular presentándolo
como un generoso anhelo por "compartir" con el prójimo.
Un rasgo significativo es que no se le dice al otro: "Quiero ofrecerte
esto", con lo que se lo dejaría en libertad de aceptarlo o no, sino
"Quiero compartirlo" que puede traducirse como: "Quiero
imponerte mi poema o mi divage, y vos tenés la obligación de leerlo".
El aludido tendría a su vez derecho de "derecho a" es incorrecto
replicar: "¿Y quién te dijo que yo lo quiero compartir? Nunca
me dijiste que querías compartir conmigo ni tu auto ni tus ahorros."
En la Internet abundan los que endilgan forwards a toda la lista
de direcciones de sus conocidos, con la excusa de querer "compartirlos".
Y están estamos quienes los borramos a todos sin leerlos, pero
que por otra parte nos alegramos sinceramente cuando alguien nos escribe, así
sea para criticar lo que hemos dicho por radio o publicado en el sitio o en la
prensa..
En cierta oportunidad, sentados a una mesa de "La Cibeles"
la secretaria de "Terapia Tanguera" y yo, cuando hacíamos el
programa en la vecina emisora LU3, nos invadió una gorda a quien no conocíamos
que se sentó con nosotros y casi de inmediato poeta sedicente
desinsaculó una carpeta y comenzó a leernos sus creaciones, sin
siquiera averiguar si queríamos conversar en privado o si estábamos
por irnos. La secretaria Nora Oliveto y yo siempre hemos pensado que nos debemos
a nuestros oyentes, de modo que la escuchamos cristianamente durante un largo
rato mientras ella leía con tono enfático sus versos, hasta que
Nora pudo inventar una excusa para que huyéramos.
Unos meses después,
pasada la medianoche del domingo, estábamos nuevamente tomando un café
en "La Cibeles" y analizando el programa recién concluido, cuando
Nora dio la alarma: "¡Ahí entró La Gorda...!"
De modo que nos levantamos de inmediato y nos fuimos, para no tener que soportar
otro indeseado chaparrón literario.
Hace más de una década
mi maestro Hugo Toto Del Sero, entonces jefe de locutores de LU3, solía
acompañarme en el programa y luego de regresar juntos a Ingeniero White
en el Peugeot 404 de mi papá bautizado "General Perón",
por analogía con el "General Lee" de Los Dukes de Hazard,
aunque sin la bandera argentina pintada en el techo, me invitaba a pasar
a su taller de electrónica, y mientras él soldaba plaquetas yo
le cebaba mate y escuchaba hasta casi el amanecer sus lecciones de radiofonía.
Cuando
me ponía taciturno por los errores que había cometido esa noche,
Toto intentaba consolarme diciéndome que la radio es un arte que
se despliega en el tiempo, de modo que enmendar lo ya hecho era imposible. Pero
que en los próximos programas tuviera en cuenta sus correcciones.
Por
otra parte, lo disculpable en un arte temporal como la radio o el teatro
no tiene justificación en un arte espacial como el literario, cuya
permanencia permite volver una y otra vez sobre el texto para corregirlo y perfeccionarlo. Así
lo han hecho artistas de incuestionable talento, como Baldomero Fernández
Moreno en sucesivas ediciones de sus poemas.
Existe otro nivel de corrección
más drástico, pero igualmente necesario y en algunos casos imprescindible:
Consiste en tirar al cesto lo que, aunque formalmente aceptable, es de rango inferior
y debe ser considerado como un mero ejercicio preparatorio "para aflojar
la mano" y disponernos para acometer producciones más valiosas. Siendo
ya un poeta consagrado obró así, entre otros, Leopoldo Lugones.
Algunos han preferido, como Enrique Banchs, "encerrarse en un silencio
poético", como solía decir con alguna cursilería
la Jefa del Departamento de Letras del Instituto del Profesorado "Juan XXIII",
señorita Nelly Malla Negri. Lo cierto es que Banchs debe de haber considerado
que ya había ofrecido su visión poética del hombre, del mundo,
de las cosas, de Dios, en sus cuatro libros: Las Barcas (1907); El Libro de los
Elogios (1908); El Cascabel del Halcón (1909), y La Urna (1911), por lo que prácticamente
no publicó nada más, aunque vivió otro medio siglo largo.
Volviendo al arte temporal de la radio, con vistas a corregir y corregirme, conservo muchas grabaciones de "Terapia Tanguera", que de tanto en tanto escucho para apreciar cómo evolucionan el tono, el ritmo y la modalidad del programa. Creo que la deplorable calidad de las producciones radiales y televisivas actuales podría mejorar si quienes las realizan volvieran alguna vez a oirlas y a verlas, para proseguir con lo que consideran valioso y corregir lo que encuentran desacertado.
Algunos locutores y locutoras de noticieros de televisión tienen notorias dificultades para leer en voz alta. Si la escuela primaria conservara la didáctica costumbre de la hora diaria con el "libro de lectura" de Pimpollito y Girasol a Pensamiento y Panoramas de América, por no mencionar la excelente serie escolar de don Constancio C. Vigil, no tendríamos que soportar que lean de corrido, ignorando las comas y los puntos o poniéndolos en donde se les termina el aire; pegoteando una noticia con la siguiente y hasta esdrujulizando a cada momento un error que nos corrigió ya en su primera clase Jorge Tirabasso, en un curso que dictó con gente de LU2 en 1978: El locutor que lee el parte meteorológico del canal "Todo Noticias" dice invariablemente "la nubo sidad", dos palabras graves, o una sobreesdrújula que no existe núbosidad, en vez de la palabra aguda nubosidad, que requiere mayor capacidad de articulación. Pero, ¿acaso no es un egresado del ISER?
Varias señoritas estiran las vocales como si estuvieran contando cuentitos en un jardín de infantes. Cierto locutor parece tener rinitis obstructiva, y dice: "I-es-bi-en... -baa.." (ESPN +). Con el mismo tono nasal lee también varios avisos comerciales. Si los patrocinantes siguen pagando, todo está bien, aunque se malogre una oportunidad más de hacer de la radio un vehículo de difusión del idioma correctamente pronunciado.
En épocas más felices hacia 1965, por disposición de la autoridad radiofónica de entonces, un aviso fue retirado en pocos días por apartarse del correcto castellano: "¡Lafranfrunfra...! ¡Se pasó Casa Muñoz!". Obviamente no se trataba de censura, sino de cuidar que la radio no fomentara el uso de expresiones vulgares.
Hemos tenido en Bahía Blanca creativos como don Edgardo Ayestarán, autor de jingles inteligentes, en castellano e italiano, como el de una concesionaria de automóviles: "Vittorio" tal vez De Sica, o Gassman saludaba, presuntamente a Sofía Loren, diciéndole "¡Ciao, Sofía...!". La bella voz de Marta Quintana contestaba: "¡Addio, Vittorio...!", y con el acompañamiento de Roberto Vignola ex integrante de "Los Cuatro Amigos" ambos cantaban: "Yo confío, tú confías, todos confían en Fiat". El supuesto tano exclamaba: "¡Tutti con Fiat...!", y ambos finalizaban a coro: "...de Sosa y Compañía."
En Bahía Blanca y en la región abarcada por las radios bahienses
se podían oir hace cincuenta años populares y eficaces jingles
que tal vez hoy parezcan inocentes, como "No, no te aflijas, García,
Tintorería Pratz limpia la ropa en el día, limpia la ropa en el
díaaa...!".
Pero siempre se respetaban las formas correctas del idioma. El saludo navideño
de un supermercado céntrico era un acierto cancionístico, por
sus aliteraciones y juegos sonoros con las vocales: "Soy tu amigo, soy
tu amigo, y de todo corazón,/
te deseo, te deseo, lo mejor de lo mejor./ Para estas Diego fiestas, estas Diego,
Diego, Don,/ soy Don Diego, soy tu amigo, y de todo corazón,/ te deseo,
te deseo lo mejor de lo mejor."
Osvaldo J. Ochoa y Heber Ochoa vociferaban en sus programas deportivos toda
clase de juegos de palabras inventados por el primo de ambos, Néstor
Entizne titulares los tres de "OJO (por las iniciales de Osvaldo)
Asesoría Publicitaria": "¡Seguro que hará
negocio, con Victorio Mangosio...! ¿Se da cuenta? Avenida Colón
quinientos cincuenta." o "¿Se metió en Honduras? ¡La
sacó barata...! M. Heredia y compañía, Honduras cincuenta
y cinco".
El ritmo alocado de la transmisión de las carreras del turismo de carretera,
bajo el lema: "¡Ojo en la ruta!" era bastante insoportable.
El doctor Jorge Raúl Ochoa, durante años presidente de la Federación
Médica de la Provincia de Buenos Aires, me contaba que les decía
a sus hermanos: "¿No podrían dejar de gritar por un rato,
y poner un tango?"
Pero los domingos a la mañana o "por la mañana",
pero no "en la mañana", que es una expresión en inglés
mal traducido (in the morning) casi no había necesidad de
encender la radio para enterarse de cómo iban Emiliozzi, Cupeiro, Pairetti
o Bordeu, porque desde la mayoría de las casas cercanas del vecindario
se oía la transmisión de "Ojo en la Ruta".
Como dijo no "como dijera", que es modo subjuntivo el
gran poeta tanguero Amleto Vergiati (Julián Centeya): "Se
nos están yendo las cosas, Negro, y eso no tiene remedio."
O quizás, como dice un poema de Jorge
Melazza Muttoni: "De repente, Melazza, nos hemos puesto viejos."
Conrado
De Lucia
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