Dificultades de la valoración estética
Los alumnos de talleres literarios presenciales suelen requerirme aclaraciones sobre los juicios de valor con los que puede decidirse si un texto, un poema, una narración, es realmente una obra lograda, formalmente bien construida y con algún contenido original. Les interesa especialmente saber si hay algún modo de distinguir entre el gusto personal, subjetivo, y el valor intrínseco, objetivo, que puede atribuirse a una creación estética.
A diferencia de lo que
sucede con las ciencias formales, edificadas por la razón humana a partir
de axiomas -principios- que solamente requieren ser aceptados como tales para
a partir de ellos construir todo un edificio lógico de proposiciones demostrables,
en el caso de la obra artística el sentido, el valor, la belleza que contiene
sólo puede mostrarse, señalar cuáles son los rasgos,
aspectos o características que permiten fundamentar los juicios positivos
o negativos que se formulan acerca de ella.
Por una parte, el procedimiento anterior no resuelve definitivamente el problema de la valoración estética de una obra, sino que, sino que se lo traslada a los propios fundamentos del juicio de valor que, como los axiomas de la matemática, pueden ser aceptados o discutidos, con lo que en algunos casos se da origen a una nueva modalidad tan legítima como aquella a la que se opone. Opuesto significa contrario, no contradictorio, de modo que pueden coexistir varias maneras de desarrollar los criterios de apreciación de una obra artística. Volviendo a la analogía con las ciencias formales, lo opuesto a la serie de los números reales son los números imaginarios (raíces de números negativos), y "2 i" no sólo es para el matemático tan significativo como "2", sino que amplía su universo mental para abarcar también proposiciones tan impensables en el dominio de los números reales como "la raíz cuadrada de menos cuatro".
Por la otra parte, la aceptación o rechazo de los criterios en que se basan los juicios de valor estético queda supeditada a la posesión por parte de aquél a quien se le muestra la obra, de ciertas capacidades de percepción que, si bien se pueden desarrollar y ejercitar, pueden también existir en tan mínimo grado que le imposibiliten compartir el juicio de valor que se le propone. Es el caso de la música clásica, cuya belleza, como ya mencionamos, puede mostrarse pero no demostrarse, por lo que requiere el desarrollo de hábitos previos que hayan preparado los sentidos del oyente y le permitan percibirla..
Además, si bien las producciones estéticas comparten con la aritmética o la geometría la característica de ser puras creaciones del espíritu humano y, como tales, libres de toda limitación que no sea la propia contradicción interna, requieren en quien las percibe no sólo un cierto grado de capacidad intelectual, sino -y en esto el arte se aparta enteramene de las ciencias formales- la posesión de cierto temple emocional y afectivo que consituye una parte esencial de la percepción artística.
Las ciencias puras poseen incuestonablemente valores que
como tales puede mover también, y de hecho lo hacen, a la emoción
y al sentimiento de quien se consagra a su estudio y desarrollo. El científico
bahiense doctor Ariel Fernández, matemático y químico, me
refería recientemente la emocionante sesión, en un simposio de matemática
realizado en Londres hace unos años, en la que fue demostrada por primera
vez una de las famosísimas conjeturas de Fermat. El doctor Fernández
me refería que algunos viejos matemáticos lloraban, embargados por
la emoción de asistir a semejante descubrimiento del puro intelecto humano.
Personalmente he llorado cada vez que he asistido al Teatro Colón
a presenciar la representación de las óperas de Verdi, Puccini,
Mascagni o Leoncavallo, al punto que no he podido ir a dos funciones sucesivas,
porque la impresión recibida me obligaba a tomarme algunos días
de descanso para recuperarme
Ernesto Sabato decía que uno ya no es la misma persona después de leer una gran obra literaria o filosófica, y lo ejemplificaba reiterando que uno no vuelve a ser el mismo después de haber leído El proceso de Franz Kafka. Personalmente me ha sucedido que luego de leer la obra póstuma de Federico Nietzsche Mi hermana y yo, me sentí dolorido y desamparado durante varias semanas.
La belleza es un valor, y como tal su estudio pertenece a una difícil rama de la filosofia que se denomina estética, que intenta establecer la naturaleza de lo bello y los criterios que pueden utilizarse para su reconocimiento. La filosofía estética puede aplicarse a distintas producciones del espíritu humano, y así podemos hablar de una estética de las artes plásticas, de la música o de la literatura.
Considerada
como conocimiento puro, la estética forma parte de la Teoría de
los Valores, llamada también "problema axiológico", o
simplemente "axiología". Voy situar mejor estos términos
haciendo una breve descripción de las disciplinas que forman parte del
pensamiento filosófico.
La filosofía en su conjunto constituye
una contemplación (del griego zeoréin: contemplar, de donde
proviene el término teoría). Al contemplar la realidad, el
filósofo -el hombre que se pone a filosofar, que no es necesariamente el
graduado universitario en filosofía- percibe que resulta difiícil
aprehenderla en su pluralidad de significados de una manera inmediata, sino que
requiere ser sometida a un procedimiento de análisis discursivo. Y comprende
que, aún sometido su pensamiento acerca de la realidad a ese análisis,
es muy poco lo que puede llegar a establecer definitivamente, al modo en que las
ciencias formales arriban, a partir de sus axiomas, a conclusiones definitivas.
El filósofo asume necesariamente que la realidad es eminentemente
problemática, que en muchos de sus aspectos conduce el pensamiento
a verdaderas aporías (a porós: sin paso, camino sin
salida, atolladero, solución parcial y provisoria). No por eso desiste
de su propósito de alcanzar un cierto conocimiento que pueda considerar,
así sea parcialmente, como verdadero, dado que se fundamenta en una recta
utilización del pensamiento lógico. A esta exigencia metodológica
debe agregar una actitud de honestidad intelectual, para captar de la manera menos
engañosa y distorsionada posible esa realidad siempre huidiza y evanescente.
Dado
que la filosofía se propone abarcar todas las cuestiones e interrogantes
que se presentan al hombre, surge en primer lugar el problema de la forma y del
contenido del propio conocimiento filosófico. Es el llamado "problema
gnoseológico" o "Teoría del Conocimiento", quehacer
en el que el discurso filosófico se considera a sí mismo para intentar
establecer su consistencia y su contenido. Se divide por consiguiente
en dos ramas: La que estudia la consistencia del razonamiento, su forma
correcta o incorrecta, es la Lógica. La que estudia el contenido
del razonamiento, su verdad o falsedad, es la Gnoseología.
Una vez establecidos los procedimientos lógicos correctos y los criterios gnoseológicos adecuados, el siguiente tema del que se ocupa la filosofía es el "problema ontológico" o "Teoría de la Realidad", que abarca el estudio de las distintas formas en las que puede manifestarse el Ser -Metafísica- , y los rasgos específicos de cada ente (ontós) -Ontología-, en tanto que constituye una particular manifestación del Ser. En este contexto el término "Ser" se escribe con mayúscula, para señalar que no se trata de ningún ente o cosa particular, ni de la sumatoria de todos los entes que existen, sino del Ser como trascendental, como absoluto que está más allá de todo ente y que a la vez le confiere su realidad. Es el concepto filosófico de Dios, entendido no como el dios de una confesión religiosa determinada, sino como el supremo principio del que todas las cosas participan, pero que las excede a todas tanto individualmente como en su conjunto porque es su última causa, su razón de ser.
De toda la realidad susceptible de ser conocida, el ente que requiere mayor esfuerzo por parte del filósofo para su explicitación, por su riqueza y complejidad, es el propio hombre. De allí que la Teoría de la realidad, además de establecer las características generales de todo lo que existe -Metafísica y Ontología, que a veces son consideradas una misma disciplina- incluye también la Antropología (ántropos: hombre), que se ocupa de establecer y delimitar el concepto de persona humana. Y dado que el hombre no está aislado ni existe en abstracto sino que está acompañado por los demás hombres y por todos los entes -el mundo real- y está situado en un momento del tiempo y en un lugar del espacio, la Teoría de la Realidad se completa con una Teoría de las Concepciones del Mundo.
El tercer gran tema de la filosofía es el "problema
axiológico" o Teoría de los Valores.
"Axis"
significa "eje", y alude a una categoría especial de entes,
que ni son reales como una piedra o un árbol, ni son ideales
como un municipio o una raiz cuadrada -entes de razón, creados
por la mente humana, y que sólo existen en ella-. Esta clase de entes que
no son reales ni ideales está integrada por los valores, a los que
se suele denominar entes irreales. Se convierten en reales cuando
una persona los reconoce y los encarna con sus actitudes y sus acciones, por lo
que implican un compromiso personal, una exigencia de responder, de dar cuentas
por haberlos asumido.
Los valores son percibidos de distinta manera por los hombres, de acuerdo con su situación temporal o espacial, es decir, según su circunstancia histórica. Si bien son irreales, en tanto que entes son también objetivos, y en esto se diferencian de las valoraciones, que son subjetivas.
A pesar de la subjetividad de su apreciación, que los torna relativos, los valores constituyen para cada ser humano los ejes que toma como referencia para guiar sus actitudes y su conducta. Estos valores no están dispersos o desordenados, sino que cada persona los ordena en una escala propia de preferencias, su escala de valores, que puede coincidir o no con la que asumen otros hombre, o con los que establece en su conjunto una sociedad: los valores característicos de su cultura.
La Teoría de los Valores comprende tres disciplinas
particularmente complejas por su grado extremo de abstracción:.La Ética,
la Filosofía de la Religión y la Estética.
La Ética
se ocupa de estudiar el obrar humano, la acción buena o mala, virtuosa
o viciosa, el bien y el mal, la moralidad o inmoralidad de una conducta.
La Filosofía de la Religión no se dirige a ninguna religión determinada, sino que considera la posibilidad de la existencia de un Valor supremo que origina y ordena la realidad, incluyendo al hombre y a todo lo creado: Dios. Esta disciplina comprende la fundamentación racional de la concepción de Dios -la "justicia de Dios", en el sentido de "hacer justicia a Dios": la Teodicea (zeós: dios, dike: justicia), y otros temas tales como los valores sagrados y de lo profanos. Sagrado es aquello que participa directamente de las características de lo divino (divino: de Dios). Profano es lo que sólo indirectamente tiene que ver con lo trascendente: es el ámbito de la vida cotidiana, regida por otros valores igualmente legítimos, pero de inferior dignidad: lo político, lo social, lo económico, lo útil.
Finalmente la Estética
(aistesis: sentir, percibir) estudia los valores relacionados con la belleza
y la fealdad. No se trata de lo que resulta subjetivamente agradable o
desagradable para alguien -sobre gustos personales nada puede escribirse- sino
de la posibilidad de establecer juicios objetivos de valor estético,
a partir de ciertos principios generales que incluyen el orden, la proporción,
el equilibrio, la armonía.
En su aplicación práctica,
la Estética intenta establecer mediante distintas formas de análisis
el valor o disvalor de una producción artística. No siempre lo logra,
o al menos no siempre consigue alcanzar un grado elevado de consenso, pero el
esfuerzo por comprender en qué consiste la belleza -mucho más importante
pero a la vez mucho más inaccesible que el intento de establecer el valor
objetivo de una obra determinada- bien vale la pena de ser intentado, y de hecho
el ser humano lo viene haciendo desde las más remotas épocas.
Es que la condición de ser estético es un existenciario, una dimensión constitutiva e irrenunciable del hombre, tal como lo es su condición de ser político, teórico, técnico, social, religioso.
Conrado
De Lucia
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