El mito matrimonial: fidelidad, lealtad, divorcio

                                                                                                                                          por Conrado De Lucia
                                                                                                                                
 publicado en el diario "La Nueva Provincia"

   
Un mito es un relato simbólico acerca de un hecho sobrenatural o extraordinario que, dentro de una cultura, es relatado una y otra vez, y tenido en cuenta por su sabiduría o por su valor práctico.

   Esta elemental caracterización del concepto de mito deja en claro desde el comienzo que cuestionar su verdad o falsedad carece de sentido: Los mitos no son verdaderos ni falsos: son valiosos para el modo de vivir de un pueblo, y en consecuencia, cada cultura tiene sus mitos, cree en ellos, los transmite y trata de seguir su mensaje.

   La Biblia es el conjunto de mitos más importante de los pueblos judeocristianos. Allí se cuenta cómo fue creado el mundo por Dios, y cómo fueron creados el varón y la mujer. Luego Dios mismo instituye el mito matrimonial, les encomienda procrear y les recuerda que deben acatar su autoridad.

   Eva acepta la sugerencia del demonio de intentar ser como dioses, de decidir por sí mismos sobre el bien y el mal, y el resultado de esa insensata "liberación" es la explicación mítica –es decir, la más digna de ser tenida en cuenta– de la serie de desventuras en la que desde entonces nos debatimos los humanos.

   Muchas personas confunden mítico con falso, y emplean el término como adjetivo que descalifica.

   Confunden también el primer pecado humano –el acto de soberbia de querer independizarse de la ley de Dios– con la sexualidad, que fue creada por Dios para que el hombre no estuviera solo, y aún con la genitalidad, consecuencia de tener sexo, e instrumento para cumplir con el mandato de crecer y multiplicarse.

   La genitalidad es un aspecto restringido del hecho más amplio de ser sexuados, de que hemos sido creados varones y mujeres. El matrimonio, míticamente considerado –es decir, considerado en su más alto grado de significación–, incluye la exclusividad en el plano de lo genital. Esta exclusividad forma parte de la promesa de los cónyuges de ser fieles el uno al otro.

   Es muy común considerar que la fidelidad consiste solamente en esa legítima genitalidad exclusiva. De este error surge un empobrecimiento del mito matrimonial, cuyas exigencias quedan reducidas a evitar las faltas contra tal exclusividad.

   Puesto en primer plano el pecado de acción, quedan ocultos todos los pecados de omisión hacia el cónyuge: la falta de interés, de aprecio, de respeto de su libertad y de esfuerzo para el mutuo desarrollo personal, se dan por disculpados mientras se mantenga exclusiva la genitalidad.

   Al generalizarse esta esquematización, se ha tenido que establecer una diferencia entre el concepto de fidelidad, reducido para muchas personas a su mínima expresión genital, y el concepto de lealtad, que intenta volver a incluir todos los demás aspectos de la relación entre un hombre y una mujer en el matrimonio, en contra de los que continuamente se falta por omisión.

   En nuestra cultura la fidelidad suele ser presentada como una exigencia de rodearse con una metafórica campana de vidrio, como si debiéramos cuidarnos tan sólo de ser un alimento reservado e intocable.

   La lealtad, en cambio, forma parte de la promesa matrimonial de perseverar en la bonanza y en la adversidad, de agradecer lo bueno y soportar lo malo.

   Desde la perspectiva de la lealtad, asumida como la tarea permanente de mantener el rumbo y no abandonar ideales ni objetivos, la metáfora anterior trata de significar que aun cuando alguien haya comido un bocado que no debía, tiene que haber en el matrimonio algo superior a los propios cónyuges que les permita soportar los errores, debilidades o caídas del otro, no sólo por abnegación, sino por la confianza en que él también está a su manera luchando por mantener el proyecto que los une, incluso cuando sus faltas lo están poniendo en peligro.

   En su libro El poder del mito, Joseph Campbell distingue entre lo que llama "matrimonio joven", presidido por la atracción recíproca, física y espiritual (lo espiritual no garantiza nada, ya que en esta perspectiva es sólo un aspecto más que me agrada de la otra persona), y el "matrimonio mítico", aquel que se realiza por la fuerza de la voluntad y se mantiene por la perseverancia en el proyecto asumido y la palabra empeñada.

   Este matrimonio mítico intenta realizar el mandato de Dios explicitado en el Evangelio: Ser dos en una sola carne, algo que está más allá de la propia decisión, es decir, algo intocable para los mismos cónyuges.

   Dice Campbell: "No se trata de aguantar cualquier cosa, pero tampoco de irse a la casa de mamá".

   Las personas que se han casado en serio, que se han jugado totalmente por algo que es superior y más importante que ellos mismos, son leales entre sí, luchan por superar sus defectos y limitaciones, y están más allá de llevar una mezquina contabilidad que justifique los desaciertos de cada uno.

   Por esta causa, quienes se han dado una palabra matrimonial plena y definitiva, así como no sobrevaloran las faltas que pueda cometer su cónyuge, tampoco exageran la importancia de que exista o no una ley de divorcio.

   Un abogado judío de gran prudencia y sensatez, en un debate televisivo que presenciamos hace algunos años, cuando iba a implantarse la ley de divorcio en nuestro país, decía: "Nosotros, los judíos, hace miles de años que tenemos el divorcio no sólo en nuestras leyes sino en nuestra propia religión. Pero no es nuestra costumbre divorciarnos, no es un recurso al que los matrimonios judíos suelan acudir. Tenemos la ley, pero es totalmente excepcional que recurramos a ella."

   En cambio, si el divorcio se ha introducido de hecho en nuestras costumbres, si forma parte de los mitos modernos –que se apoyan no en la palabra de Dios, sino en nuestra propia insensatez humana–, la gente se separará cuando considere que "la relación no da para más" (o no se puede o quiere dar más para mantenerla), exista o no una ley de divorcio que lo autorice, y aunque no sepan muy bien qué clase de vida espera a todos los afectados –en primer lugar sus hijos, pero también ellos mismos– luego de la separación.

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