El tango y el mar

Por Carlos Grillo y
Carlos A. Manus

Es sabido lo polifacéticos que han sido los poetas que han escrito letras de tango. Ninguna entretela de la condición humana ni tampoco los heterogéneos arquetipos de la sociedad les fueron ajenos a su sensibilidad, a su aguda percepción para captar las diversas manifestaciones de la vida refugiadas tanto en multitudes de personas de muy diferente extracción como en un parque, en un puerto, en las diferentes cárceles que tiene el alcohol, en los infiernos y cielos que cohabitan en el amor, para luego plasmarlas en letras cuyos mensajes constituyen sabias y profundas obras de filosofía.

Aunque Buenos Aires mira al río que baña sus costas, a veces con los ojos enturbiados por el dolor y otras por la felicidad, sus poetas no pudieron sustraerse a esa magia tan rica en misterios que oculta el insondable mar. ¿Qué poeta, independientemente de las geografías, las costrumbres, los tiempos y sus trasvasamientos, no tomó al mar como una ubérrima fuente de inspiración? Y los que siempre transitaron las calles iluminadas del tango no fueron una excepción.

Toda la sugestión que sobre el alma ejercen el mar, las playas, las riberas, los puertos, las naves, y las mortecinas taberrnas y bodegones portuarios, con sus puertas siempre abiertas para que entren el dolor y la alegría tomados del brazo, fue plasmada en tangos con una singular belleza, con una policromía de emociones acorde con esa sutil inmensidad de la que el alma es adicta, para tener sus alas siempre en acción.

"Brillando en las noches del puerto desierto,/ como un viejo faro, la cantina está/ llamando a las almas que no tienen puerto/ porque han olvidado la ruta del mar./ Como el mar, el humo de nieblas las viste,/ y envuelta en la gama doliente del gris/ parece una tela muy rara y muy triste/ que hubiera pintado Quinquela Martín./ Rubias mujeres de ojos de estepa,/ lobos noruegos de piel azul,/ negros grumetes de la Jamaica,/ hombres de cobre de Singapur…/ Todas las pobres barcas sin rumbo,/ que hacia las playas arroja el mar,/ bajo los cuatro vientos del mundo/ y en la tormenta de una Jazz Band…/ Pero hay en las noches de aquella cantina,/ como un pincelazo de azul en el gris,/ la alegre figura de una ragazzina, más brava y ardiente que el ron y que el gin…/ Más brava cien veces que el mar y que el viento,/ porque en toda ella como un fuego son,/ el vino de Capri y el sol de Sorrento/ que queman sus ojos y embriaga en su voz…/ Cuando al doliente compás de un tango/ la ragazzina suele cantar,/ sacude el alma de la cantina/ como una torva racha de mar…/ Y es porque saben aquellos lobos,/ que hay en el fondo de su canción,/ todo el peligro de las borrascas/ para la nave del corazón." (José González Castillo, Aquella cantina de la ribera).


"Ha plateado la luna el Riachuelo/ y hay un barco que vuelve del mar,/ como un dulce pedazo de cielo/ con un viejo puñado de sal./ Golondrina perdida en el viento,/ por qué calle remota andará,/ con un vaso de alcohol y de miedo/ tras el vidrio empañado de un bar./ La cantina/ llora siempre que te evoca/ cuando toca piano, piano,/ su acordeón el italiano…/ La cantina,/ que es un poco de la vida/ donde estabas escondida/ tras el hueco de mi mano./ De mi mano/ que te llama silenciosa,/ mariposa que al volar, me dejó sobre la boca, ¡sí!/ su salado gusto a mar./ Se ha dormido entre jarcias la luna,/ llora un tango su verso tristón,/ y entre un poco de viento y espuma/ llega el eco fatal de tu voz./ Tarantela del barco italiano/ la cantina se ha puesto feliz,/ pero siento que llora lejano/ tu recuerdo vestido de gris." (Cátulo Castillo, La cantina).


"Riberas que no cambian tocamos al anclar./ Cien puertas nos regalan la música del mar./ Muchachas de ojos tristes nos vienen a esperar/ y el gusto de las copas parece siempre igual/ … / Diré tu nombre/ cuando me encuentre lejos./ Tendré un recuerdo/ para contarle al mar./ … / De noche, con la luna, soñando sobre el mar,/ el ritmo de las olas me miente su compás./ Bailemos este tango, no quiero recordar./ Mañana zarpa un barco, tal vez no vuelva más". (Homero Manzi, Mañana zarpa un barco).


"Fondín de Pedro Mendoza/ que sos el alma del puerto,/ en cada mesa las copas/ cuentan la historia de mi pasión./ … / Y como entonces, serenamente,/ miro tus líneas que me fascinan,/ fondín del puerto, mi único amigo,/ sos el testigo de mi dolor." (Luis César Amadori e Ivo Pelay, Fondín de Pedro Mendoza).


"Cuando el puerto despertaba al amanecer/ yo, temblando en mi ventana,/ con el último beso veía perder/ su silueta en la mañana./ Y antes de aclarar, de una embarcación,/ llegaba desde lejos su canción./ Yo que siempre fui/ barco de ultramar/ anclé en un puerto./ Mi puerto eres tú/ que tanto quiero./Ya no volveré/a hacerme a la mar/ sin tu querer./ … / Han pasado los años y aquel querer/ nunca muere en mi recuerdo./ Noche a noche inútilmente yo lo esperé,/ entre la bruma del puerto…/ y un amanecer, muda de emoción,/ oí que se acercaba su canción…" (Luis César Amadori, Serenata).


"… Soy como mi lancha carbonera/ que ha quedado recalada,/ vive atada a la ribera./ Yo también atado a mi pasado/ soy un barco que está anclado/ y siento en mi carne sus amarras/ como garfios, como garras. / …/ soy como mi lancha carbonera/ que ha quedado en la ribera,/ sin partir más…/ … / Pero, vivo atado a mi pasado,/ tu recuerdo me encadena,/ soy un barco que está anclado…" (Carmelo Santiago, Amarras).


"… Canción del marinero,/ un amor en cada puerto,/ cantemos y brindemos/ con nostálgica emoción, mañana zarparemos/ rumbo a la mar/ rumbo a otro suelo/ yo soy un marinero,/ sin barco y sin amor…" (Enrique Lary, Sin barco y sin amor).


"Tú quieres más al mar,/ me dijo con dolor/ y el cristal de su voz se quebró./ Recuerdo su mirar/ con luz de anochecer/ y esta frase como una obsesión:/ 'Tienes que elegir entre tu mar y mi amor'/ … / Mar…/ Mar, hermano mío…/ Mar…/ En tu inmensidad/ hundo con mi barco carbonero/ mi destino prisionero/ y mi triste soledad/ Mar…/ Ya ni tengo a nadie./ Mar…/ Ya ni tengo amor./ Sé que cuando al puerto llegue un día/ esperando no estará Margó… " (Horacio Sanguinetti, Tristeza marina).


"No enturbies tus ojos, color de agua verde,/ no busques recuerdos, no mires el mar./ El barco María, quizá ya no vuelva,/ no sueñes el rostro de su capitán./ Grabó en su navío tu nombre de estrella,/ te amaba y no tuvo palabras de adiós./ Los mares lejanos marcaron su huella,/ quién sabe en qué puerto sus anclas hundió./ El barco María, zarpó una noche serena/ y se llenaron de pena, los ojos del capitán./ … / El barco María, se fue buscando las olas/ y te ha dejado tan sola como perdida en el mar./ … / Olvida esas noches soñando en el puente,/ del barco María, que no volverá./ No mires las aguas, plateadas de luna,/ no escuches de noche su triste canción,/ no busques recuerdos que llenan de brumas/ el muelle desierto de tu corazón." (Horacio Sanguinetti, El barco María).


"Riachuelo en sombras bañao/ parece pintao/ por Quinquela Martín…/ Tan solo brilla en la ribera/ la luz del viejo cafetín./… / Ribera criolla donde sin recato/ se tira la chancleta un rato./ …/ El agua besa chiquetera/ la quilla al viejo bergantín./ En vos encuentra el cantor/ motivo y color/ si es que sabe cantar/ el bravo amor de la ribera,/ amor que mata por matar." (Manuel Romero, La ribera).



"La niebla de la noche nos castiga/ con una gris distancia de recuerdos./ La niebla de los puertos y la vida/ que ronda con sus pasos de silencio./ …/ Presiento que allí estás, detrás del viento,/ y que vendrás a mí como una sombra,/ no sé de qué distancia, ni de qué puerto,/ siguiendo la canción que no te nombra." (Cátulo Castillo, Una canción en la niebla).


"… Pasajera rubia de un viaje lejano/ que un día embarcaste en un puerto gris,/ ¿por qué nos quisimos, cruzando el océano?/ ¿Por qué te quedaste en aquel país?/ … / Te amaba y te fuiste. Seguía el navío,/ por mares de brumas y puertos de sol./ Tu sombra lejana quedó al lado mío:/ un sueño de Francia y un verso español…" (Héctor Pedro Blomberg, La viajera perdida).


"Turbio fondeadero donde van a recalar,/ barcos que en el muelle para siempre han de quedar…/ Sombras que se alargan en la noche del dolor;/ náufragos del mundo que han perdido el corazón…/ Puentes y cordajes donde el viento viene a aullar,/ barcos carboneros que jamás han de zarpar…/ Torvo cementerio de las naves que al morir,/ sueñan sin embargo que hacia el mar han de partir…/ ¡Niebla del Riachuelo!…/ Amarrado al recuerdo/ yo sigo esperando…/ ¡Niebla del Riachuelo!…/ De ese amor, para siempre,/ Me vas alejando./ Nunca más volvió,/ nunca más la vi,/ nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí…/ esa misma voz que dijo "¡Adiós!"/ Sueña, marinero, con tu viejo bergantín,/ bebe tus nostalgias en el sordo cafetín…/ Llueve sobre el puerto, mientras tanto mi canción,/ llueve lentamente sobre tu desolación…/ Anclas que ya nunca, nunca más, han de levar,/ bordas de lanchones sin amarras que soltar…/ Triste caravana sin destino ni illusión,/ como un barco preso en la botella del figón…" (Enrique Cadícamo, Niebla del Riachuelo).

El mar, las naves, los puertos, las cantinas y cafetines y el alcohol fueron también "melancólicos testigos" del desgarramiento de los afectos y el desarraigo que la emigración trae consigo, y a la añoranza del gallego por los "airiños da miña terra" se une "la nostalgia del tano por el viejo paese". Parafraseando a Atahualpa Yupanqui, podría decirse que el mar "lamenta ser el culpable de la distancia".

"El farol de una cantina, la neblina del Riachuelo/ se ha tendido bajo el cielo/ como un pálido crespón/ y en la mesa donde pesa/ su tristeza sin consuelo, Don Giovanni está llorando/ con la voz del acordeón…/ … / y repite que mañana/ volverá su ragazzina, mariposa mentirosa/ remontada sobre el mar/ … /y en la muerte que lo alcanza/ hay un canto como un llanto/ que regresa desde el mar …/ Es la voz de los veleros/ que llevaron las neblinas/ son los viejos puertos muertos/ que están mucho más allá/ y los ecos que lo aturden,/ el alcohol que lo asesina/ cuando grita que su pobre ragazzina volverá." (Cátulo Castillo, Domani).

"La Boca… Callejón… Vuelta de Rocha…/ Bodegón… Genaro y su acordeón… / Canzoneta, gris de ausencia,/ cruel malón de penas viejas/ escondidas en las sombras del figón/ …/ Soñé a Tarento en mil regresos,/ pero sigo aquí, en la Boca,/ donde lloro mis congojas/ con el alma triste, rota, sin perdón". (Enrique Lary, Canzoneta).


"Cafetín,/ donde lloran los hombres/ que saben el gusto/ que dejan los mares…/ Cafetín/ y esa pena que amarga/ mirando los barcos/ volver a sus lares…/ Yo esperaba,/ porque siempre soñaba/ la paz de una aldea/ sin hambre y sin balas./ Cafetín, / ya no tengo esperanzas/ ni sueño ni aldea/ para regresar./ Por los viejos cafetines/ siempre rondan los recuerdos/ y un compás de tango de antes/ va a poner color/ al dolor del emigrante./ Allí florece el vino,/ la aldea del recuerdo/ y el humo del tabaco./ Por los viejos cafetines/ siempre rondan los recuerdos/ de un país y de un amor./ Bajo el gris/ de la luna madura/ se pierde la oscura/ figura de un barco. / Y al matiz/ de un farol escarlata/ las aguas del Plata/ parecen un charco./ ¡Qué amargura/ la de estar de este lado/ sabiendo que enfrente/ nos llama el pasado!…/ Cafetín,/ en tu vaso de vino/ disuelvo el destino/ que olvido por ti…" (Homero Expósito, Cafetín).


"… Y aquel buzón carmín,/ y aquel fondín/ donde lloraba el tano/ su rubio amor lejano/ que mojaba con bon vin./ … / Por qué llegó y se fue/ tras del carmín/ y el gris,/ fondín lejano/ donde lloraba un tano/ sus nostalgias de bon vin". (Cátulo Castillo, Tinta roja).



"Con el codo en la mesa mugrienta/ y la vista clavada en un sueño,/ piensa el tano Domingo Polenta/ en el drama de su inmigración/ Y en la sucia cantina que canta/ la nostalgia del viejo paese/ desafina su ronca garganta/ ya curtida de vino carlón/ E…! La Violeta, la va, la va, la va…/ La va sul campo che lei si sognaba/ ch'era su gingin, que guardándola staba…/ El también busca su soñado bien/ desde aquel día, tan lejano ya,/ que con su carga de ilusión saliera/ como La Violeta que la va… la va…/ Canzoneta del pago lejano/ que idealiza la sucia taberna/ y que brilla en los ojos del tano/ con la perla de algún lagrimón…/ La aprendió cuando vino con otros/ encerrado en la panza de un buque,/ y es con ella, metiendo batuque,/ que consuela su desilusión." (Nicolás Olivari, La violeta).

En esos fragmentos poéticos puede descubrirse cómo, a través de ese fino instrumento que son los poetas, logró el mar penetrar con sus indescifrables infinitos, sus colores, sus luces y sus sombras, sus remolinos y sus arcanos, en ese mundo real, descarnado, hasta grotesco pero a su vez mágico como es el tango.

___________________

Volver a la página principal