En contra de las agujas del reloj
Negando el paso del tiempo o quizá buscando
su inspiración en el pasado, así se baila el tango.
En estos días de soledades físicas
en que amistad, sexo y afecto encuentran soluciones de internet , el tango ofrece
la oportunidad de un encuentro vivo, cuerpo a cuerpo, a la vez que un espacio
para vivir experiencias de diversa calidad emocional, erótica y artística.
Así baila Buenos Aires. Con el pasado en
presente y el presente continuo, al son de viejas orquestas y letras que cuentan
historias de otros tiempos. Pero baila hoy, en el umbral del milenio. Perdidos
en la gran ciudad y el mundo globalizado, en la milonga se encuentran todos.
Los que ya no están, los que bailan, los que van viniendo o vendrán,
los que vuelven.
Jóvenes que descubren el tango que bailaron
sus abuelos, aportando su energía, creatividad e irreverencia.
Adultos que redescubren el tango de sus viejos
y del que renegaron durante años.
Viejos milongueros que nunca dejaron de bailar
y miran sorprendidos este nuevo berretín por el tango caminando la pista
con una mezcla de orgullosa modestia y displicente destreza.
Extranjeros que vienen y vuelven enamorados de
ese abrazo intenso y de esa proximidad emocional inhallable en sus propias tierras.
Todos ellos circulan entre clases y milongas que
tampoco son ya de un solo modo.
El tango de hoy se baila informalmente en algunas
plazas de Buenos Aires, con un modesto equipo de música a ras del piso,
a la vista de los curiosos y atónitos paseantes. Estilo compinche, sin
cabeceo ni remilgos, tanto el hombre como la mujer pueden invitar a bailar .
Se baila en jeans y zapatillas, borcegos y remera. Vas si sos del barrio y si
no también.
Se baila en las clases y prácticas que
evolucionan naturalmente hasta transformarse en milongas. Los grupos de amigos
o compañeros de clase se sientan juntos, charlan, prueban nuevos pasos.
Allí no hay riesgo de planchar ni de rebotar. Piadosamente, ellos bailan
a todas las chicas, ellas bailan hasta con el más tronco.
Se sigue bailando en las milongas más tradicionales,
con tanda y cabeceo, y mesas separadas para hombres y mujeres. Hay más
empilche, ellos de traje o camisa negra, todavía se encuentran los engominados
y hasta algún saco cruzado a rayas finitas. Ellas más producidas,
con medias de red, transparencias o ropa que brilla. También de mini
y con el ombligo al aire.
El tango, "violador de fronteras"
como lo llamó Cadicamo, ya ha atravesado las barreras sociales, espaciales
y generacionales, mezcla los estilos, sale de los salones a las calles. Ahora
además, en un torrente imparable, cruza la frontera del milenio, llevado
por los bailarines que avanzan hacia el futuro, girando siempre en el sentido
contrario a las agujas del reloj.
Sonia Abadi, El bazar de los abrazos,
Bs.As., Lumiére, 2001