"Pinta tu aldea y serás universal"
Evocación de lugares y personajes
de Ingeniero White
From: Oscar Ponce (Azul, Pcia. Bs.As.)
Sent: Domingo 14 setiembre 2003 02:30
Señor Conrado De Lucia:
Gracias por poner a mi querido White en Internet.
Hace muchos años que falto, pero los recuerdos no se me escaparon.
Estimado Oscar:
Me agradaría que vuelva a escribirme diciéndome dónde está
usted ahora,
y contándome sobre sus recuerdos de Ingeniero White
Cordialmente,
Conrado
Hola, señor Conrado:
Vivo en la ciudad de Azul desde hace ocho años; antes viví en
Punta Alta durante diez años,
otros diez en Bahía Blanca, y el resto en Ingeniero White. Le mando algunos
lindos recuerdos.
Estimado Oscar:
Su evocación del Ingeniero White de antaño me ha parecido muy
vívida y real, y creo que no sólo disfrutarán con su lectura
otros whitenses, sino que resultará de interés para todos aquellos
que han tenido la dicha de vivir la infancia y la juventud en uno de los tantos
pueblos como Ingeniero White, pequeños pero llenos de vida vecinal y
comunitaria, sencillos y humildes, pero colmados de esa
riqueza que le otorgan sus personajes, sus anécdotas, su historia cotidiana.
Puede haber algun error o inexactitud en los datos que siguen. He respondido
a sus preguntas recurriendo solamente a la memoria y a las emociones que suscita
la evocación, y que despiertan
a su vez otros recuerdos...
Afectuosamente,
Conrado
N.B.: Para facilitar su lectura, he ido comentando uno a uno
los temas que nos propone el señor Oscar Ponce:
El tren de Garro
Cuando caminaba con mi mamá y mi hermana unas cuadras hasta la estación
de Garro, tomábamos el tren para Galván a la hora de la siesta,
en pleno verano, para ir a la marea y refrescarnos un poco, y de paso visitaba
una cantina que había en ese lugar, y cuando no me veía el dueño
jugábamos al metegol con unos corchos porque no tenía plata para
comprar
las fichas.
Comienza usted recordando a la estación de ferrocarril
Garro. Estoy escribiendo desde mi casa, ubicada a menos de cien metros de ella,
en el solar donde ha residido mi familia desde el año 1901. Esta estación,
desafectada del servicio hace casi treinta años, conserva sus ocho grandes
eucaliptos, que forman un monte ininterrumpido entre las calles Lorenzo Mascarello
y José Avenente (dos de los marinos que hacían la navegación
de cabotaje desde Buenos Aires hasta Patagones).
También yo tomaba, con mi hermana y mis primos, el tren de las 14 o de
las 16, en pleno verano, para descender dos kilómetros más allá,
en la playita artificial que habían hecho los ingleses, depositando por
refulado un banco de arena hallado mientras dragaban el canal que llega hasta
Puerto Cuatreros, donde estaba el frigorífico del vasco Sansinena -posteriormente
de la CAP-, junto a la localidad de General Daniel Cerri.
Solamente podíamos bañarnos en las horas de pleamar, en las que
el agua avanzaba mansamente sobre la arena, hasta permitir bañarse en
poco más de medio metro de profundidad. Recuerdo, en las noches de verano,
bajo la luna llena, estar haciendo la plancha junto a otros bañistas
en la serenidad de esas aguas sin oleaje y en completo silencio, y escuchar
y ver a mi lado de tanto en tanto el salto de los pejerreyes, en sus piruetas
que celebraban tal vez sus ritos nupciales, o simplemente manifestaban una sencilla
alegría de vivir semejante a la nuestra.
Entre la estación Garro y la parada del balneario, el tren se desplazaba
sobre un talud de grandes trozos de granito, que lo elevaba entre dos y tres
metros sobre el nivel de la marea alta. A ambos lados de la única vía
crecían los grandes matorrales de tamariscos que usted menciona, que
en los atardeceres se poblaban de grupos semiocultos merendando y tomando mate,
y desde donde descendían hasta el agua haciendo equilibrio sobre las
grandes piedras. Mientras estábamos allí, a cada hora pasaba el
tren, yendo o viniendo de la estación Bahía Blanca Noroeste, de
donde también traía oleadas de humildes veraneantes. Era emocionante,
cuando se acercaba la máquina de vapor pitando a más no poder,
y mientras las mamás sujetaban a sus hijos pequeños, ver pasar
lentamente a medio metro de distancia al negro monstruo resoplante, que parecía
abrirse paso dificultosamente entre los tamariscos y el gentío que lo
contemplaba a ambos lados de los rieles.
Galván, un pueblo que ya no está
¿Dónde está Galvan? ¿Dónde están
esos tamariscos que de día nos daban sombra
y de noche eran un perfecto albergue transitorio?
¿Quién no recuerda el sonido de las máquinas a vapor del
ferrocarril en esas
siestas calurosas, y el choque de los vagones vacíos?
Entre el precario anden donde se detenía el tren, y el puerto cercano con sus viejos elevadores había desde 1905 talleres ferroviarios que ocupaban a más de un centenar de operarios. Junto a ellos se formó un caserío con los primeros pobladores de Galván -Lorenzo Natali, Rinaldo Genovali, Rómulo Capomassi, Papalardo, Rigano y tantos otras familias unidas en la solidaridad estimulada por las condiciones de vida humildes y a la vez llenas de dignidad y de sentido. Cuando el horario del tren no coincidía con el de las obligaciones, había que recorrer caminando los dos kilómetros hasta Ing. White a través del salitral próximo a las vías, poblado por singulares arbustos halófilos que podían sobrevivir a la frecuente invasión del agua de mar. Así, don Rómulo Capomassi se iba trotando por las tardes a atender la Biblioteca Sarmiento, que el Partido Socialista había fundado en la esquina de Avenente y Edmundo Elsegood.
El Ferrocarril B.A.P.
En Puerto Galván se encontraban también las oficinas del Ferrocarril
Buenos Aires al Pacífico
(el Ferrocarril Trasandino, que todavía no se concluyó).
La máxima autoridad en ellas, y en los talleres contiguos, era el superintendente
Mister Bruce. Lo secundaba su secretario, un italiano de origen abruzzés
que dominaba también el idioma inglés por haber residido en Filadelfia
durante sus primeros años de inmigrante. Se había casado con una
baronesa pobre de su mismo pueblo -Rosello, en la provincia de Chieti-: doña
Novilia Josefína Cimino Fornari, y se llamaba Conrado Egidio De Lucia
Conti. Era mi abuelo, a quien no llegué a conocer, y que se desempeñó
como Vice Cónsul de Italia en Ingeniero White.
Al igual que usted, Oscar, yo también jugué con corchos en el
metegol de la cantina de Galván, junto a la que había unos quinchos
en los que también se mateaba y merendaba al volver del chapuzón
en la marea. Un poco más allá, los buenos nadadores se atrevían
a aventurarse en el canal, navegado por los grandes barcos cerealeros y petroleros
que amarraban en Puerto Carlos Pellegrini -ese es el nombre oficial, muy poco
conocido, de Puerto Galván.
La vergonzosa entrega
Recuerdo cuando Petroquímica Bahía Blanca no existía,
ni tampoco
la central termoeléctrica Luis Piedra Buena.
En 1977, amparado por el gobierno militar, el capitalismo salvaje completó
su apropiación del frente marítimo argentino más profundo,
mejor situado, más extenso y mejor dotado de ventajas naturales: Los
mil quinientos metros de costa junto al canal entre Ing.White y Puerto Galván.
La vergonzosa entrega de nuestro patrimonio había sido iniciada por otra
dictadura militar, la del general Onganía, que vendió a la multinacional
Dow Chemical las trescientas dos hectáreas que abarcan desde el mar hasta
la avenida San Martín, y donde las multinacionales han instalado fábricas
peligrosas y contaminantes que no les fueron permitidas en otros países
del mundo que todavía conservan su dignidad y su soberanía.
Ni playa ni "autódromo"
Así desapareció la humilde playita de Puerto Galván, y
en el gran salitral donde con Alberto Fernández -actualmente empresario-
habíamos acondicionado un circuito delimitado con latas y neumáticos
viejos, al que llamábamos pomposamente "el autódromo",
y en el que corríamos, él en su Torino y yo en el 404 de mi papá,
además de algunos midgistas que venían de Bahía Blanca
a practicar sus derrapajes, hay ahora fábricas fuera de toda escala humana,
catedrales infames del lucro desenfrenado y el capitalismo salvaje, que producen
riqueza para otros países a costa de nuestros recursos no renovables,
dan trabajo a pocos y amenazan la salud de todos.
Años de trabajo para todos
En los años de mi infancia, con la llegada del último tren del
atardecer, centenares de trabajadores desfilaban por la esquina de mi casa,
para volver a la mañana siguiente a sus puestos de trabajo, en el Tren
Obrero de las siete. Y en los meses de verano, el Tren Marea arrastraba hasta
catorce vagones para transportar a la muchedumbre que, desde ambos extremos
de la línea de ocho kilómetros, concurría a la playa de
Galván con sus precarias carpas cosidas con retazos de lona, sus sombrillas,
sus canastos para las merienda y sus decenas y decenas de pibes alegres que
a la delicia del chapuzón y de los juegos en el agua agregaban la aventura
de tomar el tren para un viaje de juguete, tan breve que nos dejaba siempre
con las ganas de que hubiera durado un poco más, como las vueltas -siempre
insuficientes para nuestros deseos- que dábamos en la calesita.
La central termoeléctrica "Luis Piedra Buena"
La gran usina eléctrica que iba a trabajar "de base"
-generando durante las veinticuatro horas sus 620 Mw.- tenía un costo
estimado de 500 millones de dólares. Fue inaugurada no menos de tres
veces por distintos gobiernos, aunque no estaba en condiciones de funcionamiento,
y cuando finalmente se concluyó, su construcción había
costado una suma estimada en los 1300 millones de dólares. Años
después fue vendida a la empresa Camuzzi en poco más de cuarenta
millones de dólares, y actualmente trabaja sólo "de punta"
-genera electricidad y la aporta al sistema interconectado solamente en las
horas de mayor demanda- , porque su operación resulta antieconómica.
Los radioteatros bahienses: Javier Rizzo, Mario Mauret
Cambiando de tema, ¿usted recuerda el radioteatro, Nazareno Cruz y
el lobo?
Durante varias décadas, hasta la llegada de la
televisión, prácticamente en todas las casas de familia se escuchaban
desde las primeras horas de la tarde las novelas presentadas por varias compañías
de radioteatro, que además salían en gira por los pueblos de la
zona, donde sus habitantes acudían a la "Sociedad Española",
o "Italiana", o al salón de la "Juventud Agraria Cooperativista"
para poder ver personalmente a los queridos actores cuyas peripecias seguían
día tras día por la radio. "A la finalización, gran
baile familiar", solía concluir la propaganda que se irradiaba en
los cortes del desarrollo de la novela.
A las 15:15 se escuchaba por LU2 la marchita compuesta especialmente por el
bandoneonista bahiense Héctor Silva -con quien tuve ocasión de
tocar el piano, acompañando a cantantes de tango -María Garay,
Héctor Pacheco, Enrique Dumas-, junto con los demás músicos
del night club International Show, desde 1982 hasta mayo de 1983, en
que el dueño del local, Roberto "El zurdo" Angeletti, apremiado
por algunas deudas, vendió el piano.
La inolvidable marchita, iniciada con un redoble de tambores, era la señal
de que comenzaba el radioteatro de don Javier Rizzo, cuyo nombre es recordado
hoy por una calle de nuestra ciudad. Un rato antes, a las 14:30, el rimbombante
inicio del concierto Nº 1 de Chaicovsky anunciaba la novela que dirigía
"Valentina de la Cruz, la actriz de los hogares", es decir, doña
Nélida Valenti de Rizzo, esposa de don Javier y militante del movimiento
peronista, en el que participó como candidata a diputada.
Sus dos niñas, Pirucha y Pirula Rizzo, hacían los papeles propios
de su edad, que iban lógicamente cambiando con los años. Una de
ellas llegó a ser la esposa del galán de la compañía,
Luis Harris -su verdadero nombre-. Al desaparecer el radioteatro por el avance
excluyente de la televisión, la otra continuó desempeñándose
en LU2 como excelente locutora.
El primer actor Ricardo Soler, que también llegó a dirigir su
propia compañía teatral, hacía los personajes de villano.
Su risa sarcástica sonaba canallesca, tanto por radio como desde el escenario,
y más de una vez, cuando actuaban en los pueblos, hubo que serenar a
personas indignadas que lo aguardaban a la salida del teatro para tratar de
darle una justiciera paliza.
El lobizón
"Nazareno Cruz y el lobo" es la sobresaliente versión cinematográfica
de la novela de Juan Carlos Chiappe "El lobizón", que dirigió
el genial Leonardo Favio (Fuad Jorge Jury), sobre un tema popular de la tradición
gauchesca argentina, el del séptimo hijo varón que padece de licantropía,
es decir, que se transforma en lobo en las noches de luna llena.
Ha sido tan arraigada esta superstición que se habló incluso de
infanticidios cuando nacía una séptima criatura del sexo masculino,
lo que habría motivado la decisión de protegerlo designando como
su padrino al presidente de la república.
En Ingeniero White, el que fue puntero izquierdo del equipo campeón invicto
de Comercial en 1943, Roberto Séptimo Martellini, posteriormente próspero
comerciante y por sobre todo bellísima y generosa persona, llevaba esos
nombres porque, como séptimo hijo varón de don Juan Martellini,
era ahijado de Roberto Marcelo de Alvear, el sucesor de don Hipólito
Irigoyen que con su aristocrática galerita inició el aburguesamiento
de un partido cuyas actitudes y decisiones debían ser radicales, a lo
sumo romperse, pero nunca doblarse, y que al languidecer en sus principios fue
desplazado en el apoyo popular por el naciente movimiento peronista, al que
a partir de 1943 adhirieron tantos radicales de corazón y de intención
antes que de partido, como el gran Homero Manzi, hombre de FORJA (Fuerza de
Orientación Radical de la Joven Argentina), a la que pertenecieron también
Arturo Jauretche, Luis Dellepiane, Raúl Scalabrini Ortiz, entre otros
grandes argentinos, que en vez de hacer política de facción disolvieron
su grupo para integrarse al peronismo, reconociéndolo como el gran movimiento
nacional y popular que ellos propiciaban.
La "canción característica"
Luego de la presentación radial del elenco, solía difundirse cada
día la canción característica elegida para esa novela.
En "El secreto de la gitana", con Valentina de la Cruz como protagonista,
se escuchaba cada tarde la más bella versión del pasodoble "El
cantar de los gitanos": "Baila, gitana, mora hechicera, / mueve tu
cuerpo sin descansar;/ muestra el hechizo de tu alma bohemia/ que al mundo entero
admirarás..." cantaba con su maravillosa plasticidad para todos
los géneros Carlos Gardel.
Hace pocas semanas una oyente me preguntó si recordaba un vals que se
tocaba antes de una novela, y que hablaba de los trenes. Como respuesta, de
inmediato me puse a entonar: "Barreras, barreras que son/ como largos brazos/
que están extendidos/ para un apretón...", de la novela "El
tren de las ocho", que todos escuchábamos en 1955.
Cuando se irradió "Juan Barrientos, carrero del novecientos",
cada tarde se escuchaba el tango "El carrerito": "Chiche, Moro,
Zaino.../ vamos, pingos, por favor,/ que pa'subir el repecho/ no falta más
que un tirón...", y como este, tantos otros temas fueron quedando
en la memoria afectiva de nuestro pueblo.
"El triunfal radioteatro de las dieciséis"
Cuando concluía la media hora de la novela de Rizzo, las amas de casa
giraban el dial de la radio de válvulas, instalada en un lugar preferencial
de la cocina, para pasar a "LU3, Radio Splendid, Bahía Blanca",
como decía con su dicción perfecta y su timbre levemente nasal
la locutora Delia Marvel -seudónimo de Delia Kauffman-, porque a las
cuatro de la tarde Federico Fernández -luego directivo de la emisora-
anunciaba: "Mario Mauret presenta... (aquí se escuchaba el comienzo
de la segunda parte de la obertura "Poeta y aldeano", de Franz von
Suppé) ...el triunfal radioteatro de las dieciséis", y a
continuación se anunciaba el elenco: el primer actor Germán Tabarés
-verdadero nombre y apellido tanto de él como de su padre, Mario Mauret-
y luego las hijas del director, y sus maridos: Nancy Grey, Isabelita Tabarés,
Ricardo Iglesias, Adalberto Norton, y "la damita joven Olguita Miranda",
conocida también como cantante de tangos con su verdadero nombre, Olga
Cela. Olguita, ya abuela, y mamá del actor de la televisión porteña
Iván Romanelli (el gordo Liberosky), es asidua oyente de "Terapia
Tanguera", y ha colaborado en el programa como secretaria, atendiendo las
decenas de llamados de los oyentes en reemplazo de la profesora Nora Oliveto.
Comercial campeón
¿Y cuando Comercial salió campeón en el ´73 y fabricamos
un pescado de alambre
tan grande que lo paseamos en el camión Ford del gringo Aversano?
No pude participar de esa celebración, porque estaba en Buenos Aires
estudiando filosofía en la Universidad del Salvador, pero recuerdo un
festejo similar, cuando en 1967 el otro club de Ingeniero White, Huracán,
festejó a su vez la obtención del campeonato, y también
recorría el pueblo un camión engalanado con hermosas señoritas
del Bulevar Juan B. Justo que rodeaban a un gran globo blanco con la hache en
rojo, y vestidas con esos mismos colores del querido club.
El porrazo de Niccolino Locche
Otra que recuerdo fue cuando Nicolino Locche, en el ´74, bastante
borracho esa noche, de regreso de una cantina whitense, volcó su cupé
Torino blanca, en la curva de la diagonal Dasso antes del paso a nivel.
Niccolino había estado cenando esa noche en la cantina "Il Vero",
del cantor de tangos Tulio Angelozzi, que oficiaba también de mozo. Con
su servilleta al hombro, cada noche Tulio cantaba, "Pero yo sé",
de Azucena Maizani, y sobre todo "Garufa", al que denominaba "el
tango de la casa".
En la página
puede verse una foto suya cantando en su cantina, y puede leerse el soneto "El
último bohemio", que le dedicó el tangólogo whitense
Florentino "Tino" Diez.
Tulio vive aún, actualmente en avanzada senilidad, pero hasta mediados
del 2002 se lo pudo ver y escuchar cantando tangos en las "cantinitas"
del Museo del Puerto, tres construcciones metálicas de aspecto más
boquense que whitense, construidas por el municipio en la avenida Guillermo
Torres, justo frente a donde por muchos años funcionaron el Varietèe
Montecarlo, el bar nocturno de Juan Colombo y el bar Curacó de Antonio
"Piraña" Fontán, con sus dos fornidas camareras, una
de las cuales era apodada "La boxeadora", por su nariz deformada.
Volviendo a Locche, el campeón mundial habia estado cenando y bebiendo
en exceso, y ya había protagonizado un raro incidente, con un admirador
que se acercó a su mesa para decirle en tono festivo: "Yo a vos
te fajo en cualquier momento". Niccolino se levantó sin decir palabra,
¡y lo durmió de un terrible piñazo!
A la mañana siguiente había una nueva atracción turística
en el zanjón que bordeaba la curva de la avenida Dasso antes del paso
a nivel que ingresa a Villa Rosas: la Torino blanca del campeón parecía
haber sido colocada delicadamente de canto en el profundo y estrecho zanjón.
La municipalidad podría colocar allí uno de sus indicadores de
"Referencia histórica" que señalan lugares importantes,
como el ubicado en Moreno 318, lugar donde estuvo 'La casita de mis viejos'
en la que pasó su infancia Juan Carlos Cobián.
La escuela de Educación Técnica Nº 1
En esa época yo estudiaba en la Escuela Técnica, donde está
hoy el Teatro de Ing.White.
La escuela ocupa ahora su edificio propio entre las avenidas Cabral y Dasso. Lleva el nombre de "Crucero A.R.A. 'General Belgrano'", algunos de cuyos marinos, fallecidos tras el ataque ilegal del submarino atómico "Conqueror" a nuestro crucero en la Guerra de las Malvinas, eran muchachos whitenses.
El viejo templo de chapa y madera
Tomé mi comunión en la Iglesia vieja de madera y chapas, y
vi como
levantaban la nueva de hormigón, con el padre Daniel Melchior como párroco.
Como tantos otros chicos y chicas, yo también fui todas las tardes a
las cinco "al Catecismo", las niñas en la fila de bancos de
la izquierda, los varones en la de la derecha. El padre Vicente Palmitano nos
hablaba de Jesús, del Evangelio, de nuestros deberes y obligaciones como
buenos hijos y buenos cristianos. Cantábamos, nos contaba entretenidas
historias sobre chicos alegres y buenos como debíamos serlo nosotros,
y luego... al patio parroquial, a jugar al fútbol con el cura, que corría
con la sotana arremangada colgando de un brazo, mientras las niñas se
reunían en amable tertulia en el saloncito que estaba junto al templo,
en donde también se les enseñaban labores de bordado..
San Silverio
¡Y las baterías de petardos y bombas del día de San Silverio...!
Cada veinte de junio, la colectividad pescadora de Ingeniero White, compuesta
en su mayoría por inmigrantes napolitanos, de Ischia y de Ponza, celebraba
la fiesta de su santo protector, con una fiesta que se iniciaba antes del amanecer,
y duraba todo el día.
Al comenzar a aclarar, poco después de las siete de la mañana,
los sones de una alegre banda nos despertaban a los vecinos de la calle Cárrega,
corazón del barrio de los pescadores. Desde la ventana, los pibes soñolientos
y tiritando en ropa de dormir, contemplábamos a los heroicos músicos
del Colegio La Piedad, de los padres salesianos, que parados en la esquina alcanzaban
a mover sus dedos ateridos sobre las llaves de los instrumentos de bronce, soplando
con todas sus ganas. Luego de dos o tres canciones, se iban caminando hasta
la esquina siguiente, donde volvían a tocar. Algunos vecinos salían
a ofrecerles bebidas calientes para aliviar los efectos del frío cortante,
entre ellos Cumpà Luiggi ("Compadre Luis", el apelativo
que le dirigían sus paisanos, a la usanza napolitana), ya vestido para
la misa de la hora siguiente con su traje azul marino de casamiento.
Al acercarse el momento de la Elevación, en la misa de las nueve, abandonábamos
la celebración de la misa con infantil irreverencia, para salir a la
helada mañana del 20 de junio y poder presenciar el estallido de la primera
batería del día, apoyada contra la pared lateral de chapas del
templo. Decenas de petardos de diez centímetros de largo, colgados de
una cuerda de varios metros, estallaban uno tras otro. Cada veintena de explosiones
menores, el fuego que avanzaba lentamente por la mecha encendía una bomba,
y seguía el crepitar de los petardos, y otra bomba, y más petardos,
hasta que se llegaba a la seguidilla final de una docena de bombas que estallaban
una tras otra, en medio de una gran humareda celeste y un delicioso olor a papeles
quemados, hasta que, luego de una pausa de efecto, estallaba la gran bomba final,
que no colgaba como las otras sino que estaba depositada en el suelo, del tamaño
de un paquete de yerba de un kilo, y con su estruendo, cuyo eco resonaba a lo
lejos en los elevadores de granos del puerto, concluía el ruido de
i botti, que según la tradición sirven para ahuyentar al demonio,
pero que hacían correr desesperados a los perros de todo el pueblo. Adentro
del templo, sacudido por las explosiones, un polvillo acumulado entre las rendijas
de la pinotea desde el año anterior, caía lentamente sobre los
fieles que colmaban el templo, como materializada bendición del santo
Silverio, que fue Papa milagroso y que padeció prisión en la isla
de Ponza.
Por la tarde Cumpà Luiggi, como principal integrante de la comisión
de festejos, era el encargado de encabezar la procesión llevando un gran
estandarte rojo, junto al cura vestido de gala y los vecinos principales, precediendo
al cortejo que transportaba en andas la efigie del santo, y a la muchedumbre
de dos cuadras de largo que avanzaba lentamente hacia el muelle, rezando oraciones
y cantando el Himno a San Silverio, de hermosa melodía, irradiado por
el amplificador instalado en el techo del taxi de Salotti, que difundía
las voces de Julia Ursino, "Pori" Echevest y otras señoritas
de la parroquia.
La procesión avanzaba desde el templo de la avenida Santiago Dasso -nombre
innecesariamente cambiado por el de avenida San Martín- , por Avenente
hasta Cárrega. Varios metros por delante de la procesión iba don
Francisco Stira, que vivía como cuidador en la sede de la Sociedad "La
Siempre Verde" -hoy salón de la Agrupación Scout "Don
Ernesto Pilling"-. Con su mortero al hombro, acompañado por un ayudante
que llevaba un racimo de bombas, se detenía cada veinte o treinta metros,
colocaba el mortero en el suelo, le introducía una bomba y la encendía
con su toscano Avanti, quedándose bien cerca para que el disparo
de la carga de proyección, que la arrojaba a decenas de metros de altura,
lo envolviera con su fuerte soplido y demostrara su intrepidez.
Al llegar a Cárrega la procesión doblaba hacia el Puente La Niña,
donde se detenía antes de doblar nuevamente por Guillermo Torres hacia
el puerto, para que el santo, desde su parihuela, asistiera al encendido de
una nueva batería de bombas, esta vez sujeta al alambrado que servía
de baranda al tramo ascendente del puente.
Cuando la procesión llegaba al borde del muelle, la muchedumbre se congregaba
en torno a la efigie del santo, cuya plataforma era suspendida con sogas a una
de las grúas, para depositarla en la lancha pescadora que aguardaba junto
al muelle.
Al elevarse la efigie a una decena de metros de alto, la banda de La Piedad
atacaba el himno: "Al santo protettore, Silverio venerato...",
estallaba una nueva batería, se oían fervorosos vivas y aplausos,
los barcos anclados junto a los muelles hacían sonar sus sirenas y la
pluma del enorme guinche giraba hacia el mar, para hacer descender al santo
sobre la cubierta de la lancha pesquera, engalanada con guirnaldas de flores,
que ese año tenía el honor de recibir al santo.
Después zarpaba la lancha, seguida de las demás embarcaciones
de casco de color amarillo con su castillo en amarillo y rojo. Se alejaban algunos
centenares de metros hasta el centro del canal, y allí se arrojaba al
mar una corona de flores en recuerdo de los ahogados y desaparecidos en el duro
oficio de los pescadores. Otros ramos de flores eran arrojados por los familiares
de los fallecidos. El santo, por su parte, bendecía con su presencia
a sus devotos, a sus naves y a las aguas de la bahía.
Después, al retornar el periplo, el santo era nuevamente izado, entre
vivas y aplausos, y la procesión emprendía el regreso hacia el
templo, esta vez por Guillermo Torres hasta la avenida Dasso.
Y al llegar frente a la iglesia, un hermoso rasgo de la cultura popular: desde
un palco embanderado, el cura párroco nos dirigía una alocución
¡sobre Belgrano y el Día de la Bandera! En el corazón de
todos los presentes se unían la devoción religiosa y la veneración
por el Santo Silverio, con la unción patriótica y el homenaje
a ese otro santo laico que fue Manuel Belgrano.
Finalmente la efigie del santo ingresaba al templo, volvía a ocupar su
lugar al costado izquierdo del altar hasta el año siguiente, y se oficiaba,
ya poniéndose el sol del último día del otoño, la
misa con la que concluía la celebración.
Los bomberos
¿Y los bomberos voluntarios? ¿Quién no recuerda
el Chevrolet Canadiense, ese frontal que tenían tirado en el baldío,
y cuando sonaba la sirena los perros corrían abajo de la cama, y los
pibes a la vereda a mirar como pasaban los bomberos a medio vestir, según
la hora: recuerdo a mi vecino don Pedro Movich correr en calzoncillos para el
cuartel.
También recuerdo con tristeza el dia que voló el tanque de YPF,
y ni qué hablar de la explosión de los elevadores de granos.
Los pibes de Ingeniero White teníamos nuestros héroes locales
indiscutidos: los integrantes del cuerpo activo de la Asociación Bomberos
Voluntarios, que se había constituido en 1907 -una de las primeras del
país- luego de un gran incendio que destruyó varias viviendas.
La asociación se creó por iniciativa del carpintero don Antonio
Valle, que fue también quien construyó el templo de madera y chapa
de la parroquia "Exaltación de la Santa Cruz", y que vivía
en la misma avenida Dasso, enfrente del salón de la Società
Italiana di Mutuo Socorso "Unione Operai", en el que
presentaban sus obras teatrales las compañías dirigidas por Radelgi
y por Gianetto Belavigna, y. años después por el "Seminario
de Teatro Vocacional Whitense, dirigido por Elder Silvio Emiliani, bailarín,
actor, director y autor de numerosas obras que se estrenaban allí.
Cuando todavía no existía la sirena eléctrica para convocar
a los bomberos con su hermoso sonido de contralto -actualmente, por requerirlo
la extensión del pueblo, la acompaña al unísono otra sirena,
de timbre más agudo- la señal para acudir al cuartel era una bomba
de estruendo, como las de los festejos de San Silverio, pero más poderosa,
y que estallaba a gran altura precedida por una breve ráfaga de petardos
que la hacía inconfundible.
Entonces se alborotaba todo el pueblo, fuera la hora que fuese. Ladraban por
doquier los perros, salían a la calle los vecinos, ante todo para comprobar
que el incendio no era en la planta de grandes tanques de inflamables de YPF,
ilegalmente instalados a cien metros de las antiguas casas de la calle Rubado,
frente a la estación Garro.
Y allá iban, el International modelo 1928 y el Dodge modelo 1936 -que
todavía conservan los bomberos en impecable estado-, a luchar contra
el fuego, contra el viento y muchas veces también contra la escasez de
agua en las tomas de incendio, que motivaba que se despachara también
al viejo Chevrolet canadiense, con su tanque de 3500 litros. Precisamente en
ese camión, acompañando al chofer Sauro Stacco, pude entrar a
la una de la madrugada a la zona del incendio de uno de los grandes tanques
de YPF, que había estallado a la una de la tarde del domingo 29 de junio
de 1969 -justamente el día de la fogarata de San Pedro y San Pablo,
que curiosamente para esa noche, por primera vez en muchos años, no habíamos
preparado. Solíamos hacerla entre todos los pibes -y no tan pibes- en
la calle Plunkett, entre Cárrega y Rubado, a cien metros del tanque que
se incendió.
Es curioso recordar que tres años después, en 1972, tampoco hubo
fogata de San Pedro y San Pablo, pero a la medianoche se incendió la
planta de Gas del Estado en las afueras de General Cerri. Desde Ingeniero White,
a una veintena de kilómetros, podía verse hacia el noroeste el
gran penacho de deslumbrante luz anaranjada que producía el gas del gran
gasoducto Pico Truncado-Buenos Aires al quemarse. El diario contaba al día
siguiente que en la localidad de Cerri, normalmente muy poco iluminada, podía
leerse en plena calle con el resplandor del incendio, a casi cinco kilómetros
de distancia.
El cine Jockey Club
También recuerdo que a mi papá lo contrataron para desarmar
el Cine Jockey Club.
En 1909 ya existía en la esquina de Torres y Elsegood el bar y biógrafo
de los hermanos Mingorance. De día funcionaba como bar, y por la noche
se exhibían películas, que los parroquianos disfrutaban sin dejar
de consumir las bebidas que servían en la oscuridad los mozos. Un piano,
adelante y a la izquierda, acompañaba, según el mejor criterio
del pianista que lo ejecutaba, las secuencias e incidentes de la cinta. Hasta
la llegada del cine sonoro, después de 1930, fue el gran artista Oscar
Orzali uno de los encargados de completar con su música las alternativas
de lo que se veía en la pantalla.
Probablemente de la época inicial del cine sonoro es la renovación
del edificio, desarmándose el de chapa y madera para construir el edificio
actual. Con el tiempo pasó a ser el Cine Jockey Club, que durante muchos
años ofrecía una programación distinta cada día:
Matinée los sabados a las dos de la tarde para los pibes; continuado
-tres películas- para toda la familia los domingos; película seria
o de tema audaz -para la época- los viernes por la noche; "día
de damas" los jueves temprano por la tarde -siempre cine en castellano,
para quienes tenían dificultades de lectura, ya sea visuales o por su
imperfecta alfabetización..
Los pibes llevaban para el matinée toda clase de golosinas, compradas
al caramelero en los intervalos: "¡Caramelos, pastillas, bombón
helado...!", o al viejo Foca en la esquina del cine. Foca era un anciano
que llevaba ese apodo por sus grandes mostachos de búlgaro. Habia venido
a la Argentina con su hermano, y ambos hombres solteros vivían en el
conventillo de Mascarello al 3800, casi enfrente del cuartel de bomberos. En
todo acontecimiento que congregara pibes, allí estaba Foca con su insólito
puesto de golosinas y maníes: Un gran cochecito de bebé, de cuatro
ruedas con suspensión de flejes de acero, modificado para llevar su mercadería.
Foca -Stéfano Naumoff por verdadero nombre, vestido con un guardapolvo
blanco y una boina negra, se defendía de los incesantes hurtos de los
muchachos -que alargaban sus manos inquietas hacia los paquetitos de "Volpi",
"Alpino" o "Renomé", las cajitas de "Chiclet's
Adams" o los chocolatines "Milkybar"- blandiendo un trozo de
palo de escoba, que a veces descargaba de verdad sobre los lomos de los más
desaforados, mientras los apostrofaba: "¡Turos!"
Conrado De Lucia
El mensaje del señor Ponce concluye:
Me vienen a la mente muchos otros nombres de quienes han sido o todavía
son personajes whitenses, otros que ya no están, y otros cuyos nombres
ya ni consigo recordar... pero es dificil detenerse cuando de recuerdos se trata;
es lindo volver a la infancia en estos tiempos que vivimos, aunque más
no sea por un ratito...
Cuando envíe este mensaje tendré que seguir batallando la vida.
Con afecto,
Oscar Ponce
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