La fogata de San Pedro y San Pablo

                           El rito religioso de una noche mágica

                                                                                                                                               por  Conrado De Lucia.
       
                                                                                                                          Publicado en el diario "La Nueva Provincia"
                                                                                                                                           el domingo 24 de junio de 2001

  Cada veintinueve de junio, después de haber recolectado y acarreado durante semanas toda clase de elementos combustibles –en nuestro medio, cardos rusos prensados, grandes ramas de palmera, cubiertas viejas de autos–, llega el momento culminante: Los pibes de cada barrio encienden sus fogaratas.

  Un escritor argentino identificado con el sentir del pueblo, –Arturo Jauretche– escribió acertadamente que "fogarata" no es un término erróneo, sino una suerte de pleonasmo instintivo para dar cuenta de la grandiosidad del espectáculo.
 
            29 de junio de 1986 – Fogata con banderas:
                     Argentina Campeón Mundial de fútbol.

  Porque –enfatizaba– la de los veintinueve de junio no es una fogata como las que hacen los boy-scouts en sus campamentos, o cualquiera que quiere quemar hojas en el otoño, o simplemente entrar en calor: La fogarata es un rito religioso, y conserva ese carácter aún cuando quienes la preparan, la encienden y la disfrutan en esa noche mágica, ignoren que ese día se conmemora el martirio del primer papa, San Pedro, y del Apóstol de los Gentiles, San Pablo.

  Al amanecer del 29 de junio del año 67, ambos fueron sacados de la prisión para ser ejecutados por orden de Nerón. Pedro fue llevado a la Colina Vaticana y crucificado cabeza abajo según su deseo, por considerar demasiado digno morir como su maestro.

  Pablo fue conducido a Ostia, lugar próximo al río Tiber, y allí fue decapitado. Su cabeza al caer dio tres saltos, y del suelo brotaron otros tantos manantiales. Aún hoy los peregrinos que van por la Via Ostiense se detienen allí para llevar agua de las fuentes milagrosas.

  Tanto el agua como el fuego son tomados como sígno de otra realidad inexpresable. El simbolismo del fuego está siempre asociado con un trasfondo religioso: expía el demonismo de las brujas, ahuyenta los malos espíritus, se ofrenda a los dioses telúricos, conmemora acontecimientos sagrados.

  El año litúrgico acompaña con sus mitos y sus ritos el transcurrir profano, que sacraliza solamente –cuando lo hace– el día del señor, el domingo. Pero los tiempos fuertes del año no están señalados por sucesos del hombre, por la fecha de victorias o de emancipaciones, sino por acontecimientos religiosos: el adviento que prepara la Navidad, la cuaresma que anuncia la proximidad de la Pascua.

Principios cósmicos
  Las grandes fechas cristianas están vinculadas desde su origen a la religiosidad cósmica primitiva, al culto del campo –el pagus de los paganos. Esta reverencia instintiva hacia los acontecimientos de la naturaleza ha inspirado los rituales de cambio de estación, en los solsticios y en los equinoccios. Así, al comienzo del invierno del hemisferio norte, se hacían desde la antigüedad fuegos nocturnos para intentar devolver su fuerza a un sol que día a día se mostraba más débil.

  El mito cristiano asume esta antigua tradición, y en la noche más larga enciende la máxima luz de esperanza para los hombres: El nacimiento de Jesús, la Nochebuena, fecha que antaño era móvil como lo sigue siendo el domingo de Pascua.

  Con el retorno de la primavera, en la pascua florida –anterior aún al Pesaj hebreo–, la vida vuelve a renacer, y en el primer domingo de luna llena de cada primavera boreal, los cristianos celebramos la victoria definitiva de Cristo ante la muerte: el domingo de Resurrección.

  Los días se van haciendo más largos, se desarrolla la vida de plantas y animales, y en la noche de San Juan –el solsticio de verano– se encienden fogatas de fiesta a la puesta del sol, que permanecen encendidas hasta su nueva salida, para abolir para siempre la oscuridad, símbolo del mal.

  En esta noche mágica, como en Nochebuena, se produce la comunicación entre el mundo profano y el mundo sagrado. Desde nuestra duración temporal, una transitoria brecha nos permite comunicarnos con lo trascendente.

  Este hecho se manifiesta además en humildes milagros: confraternizan ricos con pobres, se comparte la cena con desconocidos, las niñas sueñan con quien ha de desposarlas y las viejas enseñan los ritos que curan el mal de ojo y el empacho, cuyo poder efectivo sólo entonces puede transmitirse.

Purificación
  Los cultos populares son propicios para el sincretismo, y esto permite que se vinculen entre sí ritos opuestos. El sentido purificador atribuido al fuego se mezcla con el rito estival de la fogata de San Juan. El martirio de los santos Pedro y Pablo se confunde con las ordalías en que se quemaban presuntos cómplices del diablo. La muerte por crucifixión y decapitamiento se asocia de este modo con el sacrificio en la hoguera.

  Así, en lo alto de la fogarata no suele faltar "el muñeco", una figura humana hecha al modo de los espantapájaros, que es quemado como expiación colectiva, o para rendir homenaje a mártires inocentes –Giordano Bruno, Santa Juana de Arco–. Hasta suele atribuirse festivamente al muñeco la identidad de algún vecino del barrio, como signo de popularidad más que de agravio.

  Y la ceremonia del encendido se vincula con otros rituales aprendidos en las novelas o en el cine: Hordas de muchachitos disfrazados irrumpen por una calle lateral portando antorchas encendidas, rodean la pira celebratoria y la encienden por todos sus costados. Al anochecer, poco después de encenderse, el farol de la esquina ya ha perecido de un certero hondazo.

  Después acontece la tertulia familiar. Con el rostro ardiendo por la radiación, y con las espaldas heladas por el frío de la noche invernal, chicos y grandes rodean el fuego, encienden cohetes, bengalas y cañitas voladoras.

  Algun vecino, más audaz, arroja temerariamente al fuego chorros de kerosene, multiplicando por unos instantes la magnificencia de las llamas. Los insensatos echan al fuego envases de aerosoles, ignorando que pueden producir un grave accidente y convertir la fiesta en una desgracia.

  En otros lugares se aprovecha el rescoldo de un fuego más moderado para introducir entre las cenizas papas y palomas que se comerán hacia el final de la fiesta: "Paloma y papa asada los pibes comerán", dice el tango "San Pedro y San Pablo" Y al día siguiente, poco a poco el viento irá llevándose las cenizas y avivando las últimas llamas azuladas, entre el azufre y los rollos de alambre de lo que fue goma vulcanizada y talones de neumáticos viejos.

  Una nueva fiesta a la vez pagana y religiosa –humana– habrá quedado para siempre en el recuerdo, que volverá, cálido y emocionado, cuando con el paso de los años el adulto y el viejo vean a otros chicos y muchachos continuar esa tradición querida. La sacralidad tan primitiva como auténtica del ritual del fuego habrá intentado una más vez un conjuro mágico que permita alcanzar lo inasible: esa trascendencia que –a veces sin sospecharlo–, anhelamos todos los hombres.


                                                                                                             El licenciado Conrado De Lucia ha sido durante
                                                                                                           quince años profesor de Historia de las Religiones
                                                                                                                    en el Instituto Superior "Juan XXIII".

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