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Lunes 25 de julio de 2005 22:10
Estimados amigos:
Esta lúcida (¡qué bien escrita!) nota de Eduardo Galeano
no necesita comentario alguno: habla por sí sola.
Me la envió José Petrosino, a quien agradezco mucho su gentileza
(en realidad, ya no tengo palabras
para agradecerle debidamente su "bombardeo" de buena información).
Un abrazo.
Juan Gabriel Labaké
Peligro
Por
Eduardo Galeano
El poder come miedo. Sin los demonios que crea, perdería sus fuentes
de justificación, impunidad y fortuna. Sus satanes -Bin Laden, Saddam
Hussein o los próximos que aparezcan- trabajan, en realidad, como gallinas
de los huevos de oro: ponen miedo. ¿Qué conviene enviarles? ¿Verdugos
que los ejecuten o médicos que los cuiden?
El miedo distrae y desvía la atención. Si no fuera por los servicios
que presta, lo evidente quedaría en evidencia: en realidad, el poder
se mira al espejo y nos asusta contando lo que vio. Peligro, peligro, grita
el peligroso. .
El patriotismo es un privilegio de los que mandan. Cuando lo ejercen los mandados,
¿se reduce a mero terrorismo? ¿Son terroristas y nada más
que eso, pongamos por caso, los actos de desesperación suicida de los
palestinos desalojados de su país y los ataques de la resistencia nacional
contra las fuerzas extranjeras que ocupan Irak? .
El mundo patas arriba nombra al revés. El poder, enmascarado, niega el
sentido común.
Si así no fuera, ¿podría caber alguna sombra de duda de
que el actual gobierno de Israel practica el terrorismo, el terrorismo de Estado,
y difunde la locura? A medida que ese gobierno devora más y más
tierras y más humillaciones inflige al pueblo palestino, más respuestas
criminales genera. Y esos atentados, que matan inocentes, le sirven de pretexto
para matar muchos más inocentes y para cometer cuantas atrocidades se
le ocurran.
Si algún resto de sentido común quedara en el mundo, resultaría
increíble que Ariel Sharon pueda hacer lo que está haciendo con
absoluta impunidad, como si fuera la cosa más normal: invade y acribilla
territorios ajenos; alza un muro que deja chico al de Berlín, de triste
memoria, para blindar lo que usurpa; anuncia públicamente que asesinará
a Yasser Arafat, un jefe de Estado democráticamente elegido por su pueblo;
y bombardea Siria, a sabiendas de que los Estados Unidos vetarán, como
de costumbre, cualquier condenación del Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas. .
Ocurre que en este mundo los países y las personas se cotizan en la Bolsa,
y su valor depende de la geografía del poder.
¿Cuántos inocentes volaron en pedazos, sin comerla ni beberla,
en la última guerra de Irak? Los vencedores no han tenido tiempo para
contar a sus víctimas, civiles que existían y ya no existen, porque
han estado ocupados buscando las armas de destrucción masiva que no existían
ni existen.
No hay, pues, cifras oficiales. Los cálculos oficiosos más serios
han contado, sin embargo, no menos de siete mil setecientos muertos civiles,
muchos de ellos niños, mujeres y viejos. ¿Cuánto valen
esas vidas? En proporción a la población, la cantidad de iraquíes
destripados equivale a noventa y cuatro mil estadounidenses. ¿Qué
hubiera pasado si el país invasor hubiera sido el país invadido?
Las víctimas norteamericanas de semejante carnicería seguirían
siendo el tema perpetuo de los medios de comunicación masiva. Las víctimas
iraquíes no merecen, en cambio, nada más que silencio.
De sobra se sabe que el robo fue el único móvil de esta matanza,
cometida con premeditación y alevosía. Pero los asesinos en serie
siguen diciendo que hicieron lo que hicieron en defensa propia, y no están
presos ni arrepentidos. El crimen paga: desde las cumbres del poder, ellos amenazan
al mundo con nuevas hazañas, mintiendo peligros, inventando enemigos,
sembrando el pánico.
El presidente Bush adora citar el Apocalipsis, pero más práctico
sería que citara los noticieros, que son más actuales y dicen
más o menos lo mismo.
Aquel espeluznante texto bíblico, una profecía contada en tiempo
pasado, era más bien exagerado y se equivocaba en las cifras, pero hay
que reconocer que las noticias del mundo de hoy se le parecen bastante. Decía
el Apocalipsis: «Junto al gran río Éufrates fue exterminada
la tercera parte de los hombres por el fuego, el humo y el azufre». Y
también decía: «La
tercera parte de la tierra quedó abrasada, la tercera parte de los árboles
quedó abrasada, toda hierba verde quedó abrasada. Pereció
la tercera parte de las criaturas que tienen vida en el mar. Mucha gente murió
por las aguas de los ríos, que se habían vuelto amargas.»
El autor, San Juan o quien haya sido, atribuía estas catástrofes
a la ira divina. El nunca había oído hablar de las bombas inteligentes,
ni del dióxido de carbono, ni de la lluvia ácida, ni de los pesticidas
químicos, ni de la basura radiactiva. Y no podía imaginar que
la sociedad de consumo y la tecnología de la devastación serían
más temibles que la cólera de Dios.
Bombas contra la gente, bombas contra la naturaleza. ¿Y las bombas de
dinero? ¿Qué sería de este modelo de mundo enemigo del
mundo sin sus guerras financieras?
En más de medio siglo de existencia, el Banco Mundial y el Fondo Monetario
Internacional han exterminado una cantidad de gente infinitamente mayor que
todas las organizaciones terroristas que en el mundo son o han sido. Ellas han
contribuido, de muy poderosa manera, a hacer el mundo tal cual es. Ahora este
mundo, que hierve de indignación, asusta a sus autores.
«El Banco Mundial, apóstol de la privatización, sufre una
crisis de fe», comenta el diario The Wall Street Journal. En un informe
reciente, el Banco descubre que la privatización de los servicios públicos,
que sus funcionarios han impuesto y siguen imponiendo a los países débiles,
no es exactamente un maná del Cielo, sobre todo para los pobres abandonados
a su suerte. Alarmado por las consecuencias de sus actos, el Banco dice, ahora,
que habría que consultar a los pobres y que los pobres «tendrían
que
«supervisar las inversiones privadas», aunque no explica cómo
podrían realizar esta tareíta. Y los pobres también preocupan
al Fondo Monetario, que se ha pasado la vida estrangulándolos: «Es
preciso disminuir las desigualdades sociales», concluye el director del
Fondo, Horst Köhler, después de meditar el asunto.
Los pobres no saben cómo agradecer tanta gentileza. .
Estos organismos, que ejercen la dictadura financiera en el orden democrático,
de democráticos no tienen nada: en el Fondo, cinco países deciden
todo; en el Banco, siete. Los demás ni pinchan ni cortan.
Tampoco es democrática la dictadura comercial. En la Organización
Mundial de Comercio nunca se vota, aunque el voto está previsto en los
estatutos. La organización colonial del planeta correría peligro
si los países pobres, que suman la abrumadora mayoría, pudieran
votar. Ellos están convidados al banquete, para ser comidos.
La dignidad nacional es una actividad no rentable condenada a desaparecer, como
la propiedad pública, en el mundo subdesarrollado. Pero cuando las dignidades
se juntan, otro gallo canta. Eso ocurrió en Cancún, recientemente,
en la reunión de la OMC: los países despreciados, los mentidos,
se unieron en un frente común, por primera vez después de muchos
años de soledad y de miedo. Y naufragó la reunión, convocada,
como de costumbre, para que la mayoría ejerciera su derecho de obediencia.
Está ocurriendo por todas partes: resulta que el poder no es tan poderoso
como dice que es.
Eduardo
Galeano