En la edición de La Nación del 27 de marzo se publica bajo ese título el reportaje que Hugo Gambini le hiciera al dirigente conservador Pablo González Bergez.
Es una lástima que el Partido Conservador haya desaparecido de la escena política, desaparición que, entre otros motivos, fue producto de que sus miembros no supieron cómo ganarse limpiamente al electorado por lo que recurrieron al fraude en sus distintas formas, o tuvieron que resignarse a integrar los ministerios o aceptar las canonjías que, en forma de embajadas, les ofrecieran las dictaduras militares. Esa desaparición fue resultado también de que en ese Partido militaban más caciques que indios.
En nuestro país fracasó todo intento de conformar un "partido conservador de masas"(1) . Ni el proyecto corporativo de José Félix Uriburu ni las propuestas políticas y sociales de Manuel Angel Fresco fueron viables en la Argentina de los años 30 (2) .
En opinión de González Bergez "el Partido Conservador empieza
a diluirse en la provincia de Buenos Aires y quien le hizo el mayor daño
fue Manuel Fresco, porque no sólo era muy fraudulento, sino que además
se jactaba de ello", y agrega que Fresco "sentía orgullo por
estimular el fraude y encima se confesaba fascista, admirador de Hitler y de
Mussolini".
Olvida González Bergez que el PDN de la provincia de Buenos Aires estaba
dividido al extremo de que fueron los mismos conservadores los que forzaron
la renuncia del gobernador Federico Martínez de Hoz el 7 de febrero de
1935.
En 1935, el Partido Demócrata Nacional de Buenos Aires consideró a Fresco el
candidato ideal para las elecciones de gobernador por sus buenas relaciones
con la cúpula partidaria y con los grupos nacionalistas. Fresco era partidario
del sistema corporativo de gobierno y admiraba a
Hitler, Franco y a Mussolini, quien lo recibió en audiencia cuando preparaba
su candidatura a gobernador (3). El mote de "Mussolini
criollo" -en lugar de ofenderlo, como suponían sus opositores- lo debe haber
enorgullecido. Winston Churchill también admiraba a Mussolini.
Si bien la expresión corporativismo puede tener connotaciones negativas, cabe
preguntarse cuál es la diferencia entre ese régimen de gobierno y uno democrático
en el que coexisten los lobbies y los grupos de presión.
Los jóvenes de aquella época abrazaron el corporativismo desilusionados
del sistema democrático ante el desgobierno de Yrigoyen. Paradójicamente,
Diego Luis Molinari adhirió al corporativismo siendo senador por el Partido
Radical, y presentó su proyecto de Código Laboral inspirado en
la Carta del Lavoro como informa en los fundamentos al mismo.
Los conservadores sabían que para ganar las elecciones presidenciales necesitaban triunfar en las provincias más populosas como Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, y estaban conscientes que, para lograrlo, era necesario recurrir al fraude pero luego, una vez obtenido el triunfo, pretendían en su cinismo apartarse de los dirigentes que habían incurrido en esa práctica tildándolos de fraudulentos.
El desprestigio del Partido Conservador se inicia con la participación de sus dirigentes en la sublevación de Uriburu y por integrar su gabinete. Dijo en su autocrítica José Aguirre Cámara:
"Nosotros sobrellevamos
el peso de un error tremendo. Nosotros contribuimos a reabrir en 1930
en el país la era de los cuartelazos victoriosos (4).
El año 1930, para salvar al país del desorden
y del desgobierno, no necesitamos sacar a las tropas de los cuarteles y enseñar
al ejército
el peligroso camino de los golpes de estado. Pudimos, dentro de la ley, resolver
la crisis.
No lo hicimos, apartándonos de las grandes enseñanzas
de los próceres conservadores,
por precipitación, por incontinencia partidaria, por olvido de las lecciones
de la experiencia
histórica, por sensualidad de poder. Y ahora está sufriendo
el país las consecuencias
de aquel precedente funesto
" (5)
Entre los conservadores que se hicieron peronistas no fue José Emilio Visca "el que más gravitó", como afirma González Bergez. Es difícil elegir quién fue el que más gravitó entre los conservadores que se pasaron al peronismo: Héctor J. Cámpora, Ramón Carrillo, José Arce, Jerónimo Remorino, Uberto Vignart, Edmundo Sustaita Seeber, Oscar Ivanissevich, Ramón J. Cárcano, Manuel Fresco y el mencionado Visca (6), correspondiendo agregar a esa lista a Angel J. Miel Asquía, Hipólito J. Paz y a Vicente Solano Lima. Es injusto González Bergez culpando a la Unión Democrática de esa diáspora: el arribismo ha sido común en todos los partidos políticos y en todas las épocas.
Contrariamente a lo que sostiene González Bergez, el presidente Justo
no impuso una economía que reactivara el trabajo: las Juntas Reguladoras
fueron creadas para limitar la producción de los cereales, carnes, leche,
yerba mate y vinos a fin de defender los precios de la producción agrícola-ganadera (7).
El ministro de Hacienda Federico Pinedo careció de iniciativa para buscar
mercados extranjeros donde colocar esos productos, prefiriendo que se emborracharan
los caballos con el vino que en Mendoza se tiraba a las acequias en lugar de
bajar los precios al consumidor o de exportar esos productos. Tampoco se reactivó
el trabajo: había una gran desocupación y empezaron a aparecer
las villas miserias.
Reconoce González Bergez que fue José Luis Torres el que acuñó
la expresión "la década infame" para denostar el período
que se inicia con la sedición del 6 de septiembre de 1930, pero no es
cierto que "hoy nadie se acuerde de Torres". Aunque así fuera,
el supuesto olvido del autor de esa frase no hace desaparecer los actos que
dieron lugar a ese descalificativo, entre los que se encuentran aquellos ocurridos
durante la presidencia de su admirado Agustín P. Justo: pacto Roca-Runciman,
prórroga de las concesiones eléctricas, asesinato del senador
Enzo Bordabehere (8), atentado contra la vida de Federico
Cantoni, fusilamiento del cabo Paz, intervención federal a la provincia
de Santa Fe (9), creación de la Sección
Especial de la policía, prisión y exilio de dirigentes radicales,
etc.
En su afán por distraer la atención por la ilegitimidad de su mandato, el gobierno de Justo fue pródigo en la construcción de obras públicas. Tal vez sea ése el único mérito que cabe reconocérsele.
Carlos
A. Manus
Marzo
2004
Notas
(1) Cornblit, Oscar. La Opción Conservadora
en la Argentina. Desarrollo Económico N° 56, enero-marzo,
1975 (citado por Rafael Bitrán y Alejandro Schneider en El Gobierno
Conservador de Manuel A. Fresco en la Provincia
de Buenos Aires (1936-1940). Centro Editor
de América Latina. Buenos Aires, 1991, pág. 9).
(2) Bitrán, Rafael y Alejandro Schneider. El
Gobierno Conservador de Manuel A. Fresco en la Provincia
de Buenos Aires (1936-1940). Centro Editor de América Latina. Buenos
Aires, 1991, pág. 9.
(3) Walter, Richard J. La Provincia de Buenos Aires
en la Política Argentina. 1912-1943. Emecé
Editores. Buenos Aires, 1987 (pág. 198).
(4) En 1930 se abrió (no se reabrió) en
el país la era de los cuartelazos victoriosos.
(5) Declaración efectuada el 31 de julio de
1946 ante el Comité Nacional del Partido Demócrata Nacional
(citada por Félix Luna en Yrigoyen. Editorial El Coloquio. Buenos
Aires, 1975, pág. 382).
(6) Mencionados por Hugo Gambini en su nota del 16
de marzo pasado a La Nación.
(7) Azaretto, Roberto. Federico Pinedo, Político
y Economista. Emecé Editores. Buenos Aires, 1998
(pág. 95), con prólogo de Domingo Cavallo.
(8) Asesinado en pleno recinto del Congreso Nacional
por Valdez Cora, matón al servicio de Antonio
Santamarina prestado al ministro de Agricultura Luis Duhau durante la interpelación
a éste y a Pinedo por el negociado de las carnes.
(9) Era gobernador Luciano Molinas, del Partido Demócrata
Progresista, y su administración (1932/35) fue
la más honrada y dinámica de que hubiera memoria entre los santafesinos,
pero
era necesario retener el poder de la Concordancia.
Como excusa para intervenir, se alegó que en 1932
el gobierno provincial había vuelto a poner en vigencia la Constitución
de 1921 que, a juicio del Poder Ejecutivo, era
nula. Justo y Leopoldo Melo (ministro del Interior) recuperaron la memoria
tres años después de la entrada en vigencia de esa Constitución
(Félix Luna. Conflictos y Armonías
en la Historia Argentina. Editorial Planeta. Buenos Aires, 1993 (pág.
145).
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