Una plegaria de Saint-Exupery

                                                                           Publicado el 16 de julio de 1998 en el diario
                                                                           "La Nueva Provincia" de Bahía Blanca


Se cumplen cincuenta y cuatro años de la desaparición de Antoine de Saint-Exupéry. El 31 de julio de 1944 había partido con su avión de reconocimiento desde el norte de la isla de Córcega, y fue derribado por un piloto de caza alemán que cumplía su primera misión.

Su prematura muerte estaba tal vez prefigurada en el anhelo de absoluto que se desprende tanto de sus obras como de las actitudes que adoptó en su vida.

Apreció la amistad como un don otorgado por Dios a los hombres para que pudieran reparar el crimen de Caín y la traición de Judas. Por eso pudo exclamar con noble orgullo: "¡No cualquiera es amigo de un Jean Mermoz!", y revivir a los legendarios amigos Damón y Pitias al buscar a Guillaumet en la cordillera de los Andes.

Percibió que es misión del hombre erguirse en sí mismo y dignificarse, pero no a la manera del humanismo, que intenta prescindir de Dios y absolutizar al hombre, sino a través del esfuerzo de mostrar la imagen y semejanza del Creador presente en cada criatura humana.

De allí la aparente contradicción de su piedad y su severidad; de su comprensión benevolente hacia la debilidad y pequeñez de los hombres, y su exigencia del cumplimiento inflexible del deber.

En su Carta al general X había escrito: "Me da igual si muero en la guerra; ¿Qué habrá quedado de lo que amé?"

Ante todo, Saint-Exupéry amaba a Dios, el autor del nudo de relaciones que da sentido a las cosas y al quehacer de los hombres. Se ha creído ver en su vida un culto de la acción, sin reparar en que ésta era el medio que había encontrado para vincular a los hombres -en la amistad, el proyecto común, el heroísmo aceptado con sencillez- y encaminarlos hacia Dios.

El Dios de Saint-Exupery no es el de una confesión determinada, sino aquél que se hace manifiesto a la religiosidad del hombre superior: lo ganz andere, lo Totalmente Otro, que no admite denominación ni tiene preferidos.

Es el Dios que rehúsa dar signos sensibles al hombre, el Dios que permanece en silencio. Así se lee en Ciudadela:

"-Señor -le dije (porque había un cuervo negro sobre una rama vecina)-, comprendo bien que sea señal de Tu majestad callarte. Sin embargo, tengo necesidad de un signo. Cuando termine mi plegaria, ordena volar a ese cuervo. Eso será como el parpadeo de otro distinto a mí, y no estaré solo en el mundo. Estaré ligado a ti por una confidencia, aunque sea oscura. No pido nada sino que me sea significado que hay, quizá, algo por comprender."
"Y observaba al cuervo. Pero se mantuvo inmóvil. Entonces me incliné hacia el muro."
"Señor -le dije-. Sin duda tienes razón. No corresponde a Tu majestad someterte a mis consignas. Si el cuervo se hubiera volado, me hubiese entristecido más hondamente. Porque un signo tal sólo lo hubiera podido recibir de un igual; por lo tanto, de mí mismo, reflejo todavía de mi deseo. Y nuevamente hubiera encontrado mi soledad."
"Así pues, luego de prosternarme volví sobre mis pasos."
"Mas sucedió que mi desesperación cedía a una serenidad inesperada y singular. Me hundía en el fango del camino, me arañaba en las zarzas, luchaba contra el látigo de las ráfagas, y sin embargo se hacía en mí una especie de claridad. Porque nada sabía que hubiera podido conocer con repugnancia. Porque no había tocado a Dios; pues un dios que se deja tocar no es ya un dios. Ni tampoco si obedece a la plegaria. Y por primera vez adiviné que la grandeza de la plegaria estriba en que no tiene respuesta y que no entra en ese cambio la fealdad
del comercio. Y que el aprendizaje de la plegaria es el
aprendizaje del silencio. Y que el amor comienza donde no hay ya don que esperar. El amor ante todo es ejercicio de la plegaria y la plegaria ejercicio del silencio."

El protagonista pide a Dios un signo sensible de su presencia. Será la comprobación de que hay otro, el fin de la soledad. Promete a su vez -intentando en su deseo tentar a Dios-, guardar ese gesto mínimo, pero decisivo, como la participación en el secreto de que la realidad tiene a fin de cuentas un sentido.

Dios guarda silencio, y el hombre comprende que no corresponde a Dios obedecer a sus conjuros. Si lo hubiera hecho, ese provisorio cese de la soledad le hubiera revelado tristemente a un Dios con la limitaci¢n de las dimensiones humanas, tal vez sólo una ilusión creada por su propio anhelo, y hubiera vuelto a su soledad ya sin posibilidades de superarla.

Pero al aceptar a ese Dios que no se manifiesta con signos, entra en el ámbito de la fe, y sobreviene la serenidad y la luz en medio de las dificultades y dolores de su peregrinar. Ahora percibe que nada divino ha sido profanado por su avidez, que Dios permanece intacto, y lo ha resguardado de la soberbia de un conocimiento del que luego tuviera que avergonzarse.

Entonces se le revela el sentido de la plegaria, que no es intercambio mágico ni transacción. Comprende que es un camino silencioso, iluminado por la fe, que no espera respuesta y conduce a darse en la práctica del amor, la forma más alta de oración silenciosa.

"Después de la guerra, ¿qué habrá quedado de lo que amé?", se preguntaba Saint-Exupéry. Percibía que ese orden regido calladamente por Dios -las cosas vinculadas por la voluntad divina, los hombres celebrando el ceremonial que confiere un sentido sagrado a cada humilde acción cotidiana, como el sentarse a la mesa familiar-, iba a desaparecer.

Surgió en su reemplazo un orden sin Dios, orientado unicamente por los criterios de la mundanidad. Se reemplazó la sacralidad de la naturaleza por la ecología, la de la persona por los derechos humanos, el bien por la legalidad, la belleza por la eficiencia, la dignidad por el éxito.

Dios escuchó la plegaria en que consistió la vida de Saint-Exupéry, y le concedió, como único signo, librarse del sufrimiento de verse rodeado por la corrupción y la decadencia de todo lo que amaba. No tuvo que padecer la actual cultura utilitaria que manipula las cosas y las personas, convierte en ídolos a la ciencia y a la técnica, rechaza la fe y agobia al hombre en la desesperanza.

Una sociedad que comercializa en posters los dibujos y las frases de El principito, y que ve en Vuelo Nocturno y en Tierra de los hombres relatos de aventuras, necesita redescubrir al Saint-Exupéry religioso, al hombre que en el transcurso de su hermosa vida atravesó los estadios del héroe y del sabio, para arribar finalmente al plano definitivo del encuentro con Dios.

                                                                                                          Conrado De Lucia


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