|
|
|
Poetas de la baldosa y el parquet
Agazapado, maniatado, domesticado durante largas
horas detrás del volante, el escritorio o el mostrador, él llega
a la milonga a descomprimirse, explayarse, expresarse.
Es su oportunidad de ser único, de romper
con las reglas del rebaño.
Corriendo todo el día detrás de
los hijos, los hombres, el carrito del supermercado, el mango, y la tan pregonada
emancipación, ella encuentra en el baile el tiempo de soñar, de
entregarse, de ponerse en manos del otro y no tener que hacerse cargo por un
rato de tomar sus propias decisiones. Acunada, amparada y guiada renuncia impunemente
al mandato de ser independiente. Pero a la vez adquiere nuevos derechos: sentarse
sola, mirar sin rodeos al hombre con quien quiere bailar, abrazarse a un desconocido,
y a otro, y a otro
Allí en la milonga hombre y mujer escribirán
su novela que expresa la medida de su prisión cotidiana y la inmensidad
de su sueño de libertad.
Por horas o minutos él podrá ser
artista: dibujar el parquet con invisible fileteado, hacer vibrar los cuerpos
como instrumentos musicales, o declamar ese verso que le llevó años
perfeccionar hasta hacerlo tan sintético que encajara justo en los escasos
segundos que hay entre tango y tango. Aunque nunca falta el incontinente que
relata su soneto ¿o sanata? durante toda la tanda.
Pero el texto principal, el arte efímero
escrito en la pizarra de la pista, es el baile mismo.
"Los pasos de tango son como las letras del
abecedario con las que cada bailarín escribe su propio poema", se
cansan de repetir los maestros a los que quieren aprender secuencias de memoria,
copiar pasos, imitar estilos.
Hay bailarines parcos, de texto breve y conciso,
despojado y austero. Sólo el sentimiento, la calidad del abrazo y el
modo de llevar el compás los rescatan de la monotonía. Algunos
que deslumbran con la destreza de su fraseo. Otros son tan floridos que empalagan.
Ni hablar de los inexpertos que bailan un monólogo de memoria, no saben
marcar y cuando ella no los puede seguir le dicen con expresión sabihonda:
"Este paso no te lo sabías, ¿no?"
La poesía de las mujeres merece un capítulo
aparte. Se supone que se dejan llevar. Aunque algunas se resisten, no se sabe
si por recato o en un arranque de inoportuno feminismo. Otras van a remolque
con una pasividad que más que entrega parece resignación.
Están también las que sin perder
el diálogo imprimen al baile su propia energía, estrenando un
adorno cada tanto, jugando sutilmente con las distancias y los gestos. Entregan
al piso cómplice las caricias que no se atreven a brindarle al hombre.
A él le toca descifrar el mensaje.
Y este milagro de creatividad se repite y se multiplica en cada pareja, con
cada tango en una literatura de textos inéditos e irrepetibles.
El porteño es experto en improvisar, cómo
llegar a fin de mes, cómo cruzar una calle sin semáforo, cómo
encarar los mil y un problemas cotidianos en que lo único seguro es la
incertidumbre. "Yo me mando, ya se me va a ocurrir cómo resolverlo",
parece ser su lema tanto en la vida como en el tango.
Así, el antiguo arte del payador, el renovado
arte del milonguero, y el arte de vivir cada día en la Argentina tienen
algo en común: el sublime talento de la improvisación.
Sonia Abadi, El bazar de los abrazos,
Bs.As., Lumiére, 2001