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De "Eclesalia", 26 de julio de 2005
www.ciberiglesia.net/eclesalia.htm
Diario informativo:
www.eclesalia.blogia.com
Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión
de sus artículos, indicando su procedencia.
Publicado en Terapia Tanguera por gentileza del Prof. Lic. Santiago
Delfín Boland, sboland@criba.edu.ar
El pensamiento de Josef Ratzinger
Por
José Ignacio González Faus,
responsable
del área teológica de Cristianisme i Justicia
Quisiera ofrecer una aproximación periodística al pensamiento
del nuevo papa, por si sirve a creyentes o no creyentes, que quizá no
saben a qué atenerse a partir de lo que oyen, y tampoco están
obligados a leer su extensa obra. Voy a sistematizar unos textos tomados de
El nuevo pueblo de Dios. La mayoría son comentario al Vaticano
II. Los sistematizo en seis capítulos de actualidad, más aquello
que los fundamenta.
1.- El cristiano. Para explicar la identidad cristiana combina Ratzinger
dos respuestas que otros se empeñan en contraponer: "La primera
dice: el que tiene la caridad lo tiene todo. Eso basta de manera completa, simple
y absoluta... El 'sacramento del hermano' aparece aquí como el único
camino suficiente de salvación, el prójimo como la 'incógnita
de Dios', en que se decide el destino de cada uno. Lo que salva no es que uno
conozca el nombre del Señor (Mt 7,21); lo que se le pide es que trate
humanamente al Dios que se esconde en el hombre" (p. 391).
El problema de esta respuesta tan exacta es que "nadie tiene realmente
la caridad (cf. Rom 3,23). Todo nuestro amor está una y otra vez corroído
y deformado por el egoísmo". Precisamente por eso "aquí
viene la segunda respuesta del Nuevo Testamento que dice: sólo una cosa
es menester, que abramos las manos y aceptemos el regalo de Su misericordia.
Este movimiento de abrirse para recibir el regalo del amor representativo del
Señor lo llama Pablo 'fe'...". Esta respuesta deja claro que
hay una fe de actitud que es anterior a la fe de contenidos (una "fe
antes de la fe" la llama Ratzinger) que: "es lo contrario de
aquella actitud que los antiguos llamaban hybris, la negación de la propia
complacencia y de la justicia a fuerza de brazos." (p. 392).
Por eso, "el Nuevo Testamento dice a la par que 'la caridad por sí
sola basta' y que 'sólo la fe basta'... Ambas afirmaciones juntas expresan
una actitud de salir de sí mismo, en que el hombre comienza a dejar a
las espaldas su egoísmo y avanza en dirección al otro. Por eso,
el hermano, el prójimo, es el verdadero campo de prueba de esta disposición
de espíritu; en su "tú" viene al hombre de incógnito
el "tú" de Dios." (p.393).
De ahí brota una conclusión fundamental: "no se es cristiano
para sí mismo sino para los otros, o más bien: sólo se
es [cristiano] para sí mismo cuando se es para los otros." (p.397).
2.- La iglesia. De acuerdo con esa visión del cristianismo, lo
primero que debe saber la Iglesia es que "es falsa, ante todo, la divinización
del sistema y de las instituciones. Ni el sistema ni la observancia de un sistema
salvan al hombre; sólo lo salva lo que está por encima de todos
los sistemas y lo que representa la apertura de todos los sistemas: el amor
y la fe" (p.394).
De aquí se sigue que: "como signo del amor divino, la Iglesia...
no puede ser círculo esotérico, sino que es esencialmente un espacio
abierto... una realidad dinámica" (p.399). Precisamente "el
no estar ligada a una forma de este mundo, le da fuerza para dirigirse a todo
el mundo" (p.422). Observaciones muy importantes ante la tarea actual
de desoccidentalizar al cristianismo.
Por ser así, "lo que necesita la Iglesia de hoy y de todos los
tiempos no son panegiristas de lo existente, sino hombres... que amen a la Iglesia
más que a la comodidad e intangibilidad de su propio destino".
Pues "la verdadera obediencia no es la obediencia de los aduladores...
que evitan todo choque y ponen su intangible comodidad por encima de todas las
cosas" (p.292). Por eso pregunta Ratzinger si el que no haya gente
que se atreva a hablar con libertad "es signo de mejores tiempos o signo
de un menguado amor al que no se le quema ya el corazón por la causa
de Dios en este mundo... un amor que se ha hecho romo y no se atreve ya a abrazar
el sufrimiento por la amada." (p.290)
Con este mismo amor se preguntaba él si a la Iglesia de hoy "no
habrá que reprocharle que, por exceso de solicitud, declara demasiado,
reglamenta demasiado; y tantas normas y reglamentos han contribuido más
bien a abandonar el mundo a la incredulidad que no a salvarlo de ella... En
otras palabras: que a veces pone harto poca confianza en la fuerza victoriosa
de la verdad.., se atrinchera en seguridades externas en lugar de confiar en
la verdad que vive en la libertad y no necesita de tales precauciones."
(pp.294-95).
Ratzinger sabe también que una de las tareas de hoy es descentralizar
el papado: "La Iglesia, que es el pueblo uno de Dios, se compone de
los muchos pueblos de este mundo que... aportan la riqueza de sus diversos dones
a la ciudad única y escatológica de Dios... La Iglesia única
se compone de muchas 'iglesias' en los lugares y regiones del orbe, y sólo
la variedad de las iglesias que mantienen la mutua comunión en el vínculo
de la unidad, de la caridad y de la paz, constituye la unidad cumplida de la
Ecclesia catholica." (p.423). Esta tesis "lleva a la intuición
concreta de la mutua responsabilidad de las iglesias particulares entre sí:
la responsabilidad por los miembros no es asumida únicamente por la cabeza
(con la que en este caso se significa al papa y a la iglesia principal de
Roma), sino también por los miembros mismos, es decir, que las iglesias
particulares asumen la responsabilidad de unas para con otras." (p.424).
3.- El mundo. El Vaticano II pidió a la Iglesia una triple apertura:
"a las fuentes, a los otros cristianos y a los interrogantes de la humanidad
entera." (p.321). Por ello, "la Iglesia debe hablar, pensar
y ser de manera que los otros puedan percibir y entender la palabra que les
dirige." (p.318).
Ratzinger insiste con frecuencia en que el esquema bíblico de la fe en
el judeocristianismo es el de "los pocos por los muchos (o por todos)".
De acuerdo con eso "el mundo debe ser aceptado y respetado como tal
por la Iglesia... por la sencilla razón de que la Iglesia no es Cristo".
Por eso "no es posible entenderla como fin en sí misma, sino
que pertenece esencialmente al orden de los medios... Por eso, la autoridad
eclesiástica no puede suplir la pericia en los órdenes respectivos
de la realidad, sino únicamente reconocerla... Tampoco puede suplir la
competencia científica de la teología, sino que debe también
reconocerla y darla por sentada como tal." (p.330).
4. La teología. Una palabra, pues, sobre la teología. En
primer lugar, "el mensaje cristiano se propone siempre en lenguaje humano...
en un repensar la palabra divina dentro de lo humano; no se propone nunca en
su absoluta e incontaminada pureza divina... En el kerygma [mensaje transmitido]
hay siempre algo que en realidad no es kerygma sino una elaboración humana".
Por eso "se impone en cada época la escucha paciente de lo que la
humanidad sabe de hecho." (p.327).
Precisamente por eso, "casi todos los documentos [del Vaticano II]"
muestran una apertura que sobrepasa la que Ratzinger llama "teología
de encíclicas: una forma de teología en que la tradición
parecía lentamente estrecharse a las últimas manifestaciones del
magisterio papal". Frente a eso la voluntad del Concilio fue: "no
mirar las fuentes [cristianas] únicamente en el espejo de la interpretación
oficial de los últimos cien años, sino leerlas y entenderlas en
sí mismas,... escuchar los interrogantes del hombre de hoy como tales
y partiendo de ellos repensar la teología y, por encima de todo esto,
escuchar la realidad, 'la cosa misma', y aceptar sus lecciones." (pp.318-19).
Por ello, una enseñanza del magisterio eclesiástico "que
naciera del miedo al riesgo de la verdad histórica o al riesgo de la
realidad misma, sería cabalmente una teología apocada, una teología
de poca fe desde su punto mismo de partida." (p.320).
5.-La reforma litúrgica. No caben aquí las respuesta que
da Ratzinger a los empeñados en volver al latín en la liturgia.
Pero sí podemos notar que derivan de una determinada concepción
de ésta: "el culto divino más auténtico de la cristiandad
es la caridad." (p.346). Por esta razón, "la liturgia
no tiene por fin llenarnos, entre temor y temblor, del sentimiento de lo santo,
sino enfrentarnos con la espada tajante de la palabra de Dios: no tiene por
fin procurarnos y un marco bello y festivo para el recogimiento callado y la
meditación, sino introducirnos en el "Nosotros" de hijos de
Dios y, con ello, en el anonadamiento de Dios que descendió hasta lo
ordinario..." (p.341). Y esto significa que "para la reforma
litúrgica se requiere una gran capacidad de tolerancia dentro de la Iglesia...
El soportarse mutuamente... la anchura de la caridad, son los únicos
medios que pueden crear el espacio en que el culto cristiano madure en verdadera
renovación" (p.346).
6. Las religiones de la tierra. Pero no sólo espacios para el
culto: también para la convivencia entre cultos: "Para el cristiano
de hoy se ha hecho algo inconcebible que el cristianismo, más exactamente
la Iglesia católica, sea el único camino de salvación;
con ello se ha hecho problemático desde dentro el absolutismo de la Iglesia...
Que todos los hombres 'buenos' se salvan es hoy.. evidente". Y ello
por una razón que brota de la más antigua tradición cristiana:
("la salvación del hombre consiste en ser amado por Dios, mas
para el amor no hay ningún título jurídico, ni se apoya
tampoco en excelencias morales o de cualquier tipo." (pp.367-69).
"Las religiones del mundo se han convertido en interrogante que se le
plantea al cristianismo, que debe repensarse ante ellas en su pretensión
y recibir así... por lo menos un servicio de purificación."
(p.402).
Todo lo expuesto se fundamenta en lo que significa Jesucristo y lo que Él
revela de Dios. Veámoslo para concluir.
7. Jesucristo y Dios.
7.1. En su Introducción al cristianismo había escrito
Ratzinger que "la persona de Jesús es su doctrina, y su doctrina
es él mismo". Pues bien: sobre esa persona escribe ahora: "la
orientación existencial de Jesús, su verdadera esencia, se caracteriza
por el 'a favor de'. Si la salvación consiste en hacernos como él,
en tal caso debe presentarse concretamente como participación en ese
a favor de" (p.396). Ratzinger retoma aquí, para hablar
de Jesucristo, el término teológico de "pro-existencia",
que proviene del protestante D. Bonhoeffer ("Jesús, el hombre para
los demás") y del católico de Alemania Oriental H. Schürmann;
y que es también fundamental por ejemplo en la cristología de
Jon Sobrino.
7.2. "El primer gran ensayo de una teología cristiana,
el discurso del diácono Esteban en Hch 7... hace ver que Dios no está
de parte de la institución, sino del lado de los que sufren y son perseguidos
a lo largo de toda la historia; y demuestra la legitimidad de Jesucristo cabalmente
por insertarlo en la línea de los perseguidos, de los profetas de la
historia." (p.279).
Como conclusión, he aquí una presentación de la
fe que es fiel y abierta al diálogo. Quizá alguien arguya que
esta visión es del Ratzinger "joven", que hoy ha cambiado de
modo de ver. A eso caben dos respuestas: es difícil pensar que haya cambiado
precisamente en los textos aquí citados, porque casi todos ellos son
comentarios al Vaticano II (por eso los elegí); y no se le hace un favor
a Ratzinger diciéndole que ha abandonado al Vaticano II. En segundo lugar:
en el caso de que el hoy Benedicto XVI ya no piense así, sigue siendo
verdad que cuando pensaba así era un teólogo católico autorizado,
muy reconocido y totalmente ortodoxo. Por tanto, es absolutamente legítimo
profesar esas opiniones en el seno de la Iglesia.