Palabras del embajador Albino Gómez
     para despedir los restos mortales de Rogelio Frigerio
     en el cementerio de La Recoleta, el 15 de septiembre de 2006
      
               Rogelio Frigerio
Amigos:
Ayer por la mañana, cuando me llamó Octavio, supuse que lo hacía para charlar sobre algún eventual proyecto. Tanto así que lo primero que le pregunté fue cómo estaba Rogelio, esperando que me confirmara que físicamente seguía bien, porque para nosotros, sus cercanos y fieles amigos, el Tapir era indestructible, siempre estaría, pero ahora se ha ido para siempre. Fue un golpe muy duro. Cuando me pidió que hoy hablase en nombre de los amigos, dudé y quedé en llamarlo más tarde. ¿Por qué dudé? Porque pertenezco a una generación a cuyos niños los grandes les dijeron ese disparate de que los hombres no debían llorar. Sobre todo frente al dolor fìsico, y también se suponía lo mismo frente al dolor emocional. Seguramente, circunstancias favorables me permitieron poder cumplir con la primera parte, pero en cambio, no pude evitar llorar más tarde por algunas pérdidas de seres muy queridos. Esta mañana, después de cortar la comunicación con Octavio, lloré por la partida de nuestro querido Rogelio.. Pero claro está, una cosa es hacerlo en soledad y otra quebrarse en público, y esa probabilidad fue la que determinó mi duda. Por eso, si me quiebro les ruego a los amigos que sepan disculparme, al menos recordando aquello de que los hombres que no son capaces de llorar por emoción suelen llorar por miedo.

Andaba yo por mis veinte años cuando a través de la lectura de Historia de una Pasión Argentina de Eduardo Mallea, aprendí a ver y a querer en profundidad a nuestro país. Pero ese ver y querer tenían mucho más una juvenil dimensión intelectual de las cosas que una madura fuerza vital. Hasta que pocos años más tarde, hacia fines de la década del cincuenta, supe recién lo que podía ser una pasión argentina vivenciada, y esa verdadera pasión por el país la encontré encarnada en un político de acción y pensamiento como era Rogelio Frigerio.

Para mí entonces, constituyó no solo un honor conocerlo y trabajar con él, sino también la mayor experiencia intelectual y polìtica de mi vida poder hacerlo y, muy especialmente servir innumerables veces de puente de comunicación entre él y el Presidente Arturo Frondizi, antes y después de sus encuentros, cuando los Servicios llamados generosamente “de inteligencia” o las Fuerzas Armadas, impedían la continuidad de los diálogos entre esos dos lúcidos patriotas y auténticos hombres de Estado. Porque quienes formábamos parte del equipo de Frigerio dentro del gobierno de Frondizi, los que constituíamos la llamada USINA, con Carlos Florit, Arnaldo Musich, Marcos Merchensky, Isidro Odena, Ramón Prieto y Cecilio Morales, entre otros, teníamos que actuar siendo gobierno, como conspiradores, para eludir a los Servicios. Y entonces, comunicarnos con claves, a veces tan complicadas en la transmisión por el querido y fiel secretario privado de Rogelio, José María Carazo, que no sólo despistaba a los Servicios sino también a nosotros mismos, produciendo breves desencuentros. Pero nuestros trabajos se realizaban en diversos departamentos solo mentados por el nombre de sus calles, que se cambiaban permanentemente por otros, en los cuales se discutían y elaboraban todas las estrategias políticas, se redactaban los memos de información y análisis, y todos los discursos del último proyecto de desarrollo nacional, político, econónico y social que tuvo nuestro país.

No tengo necesidad en esta ocasión, ante tantos amigos y seguidores políticos de Rogelio, de hacer siquiera una breve reseña de lo que fueron sus invalorables aportes intelectuales para la clarificación de toda la problemática nacional e internacional, plagada de confusiones conceptuales y de errores ideológicos, no sólo porque demandaría horas intentarlo, sino porque son bien conocidos por todos ustedes. Pero sí creo necesario destacar que veinte años después de caído el gobierno de Frondizi, es decir en 1982, le hice a Rogelio un reportaje sobre la economía del país para una agencia extranjera, y unos veinte años más tarde, en el 2003, cuando por razones circunstanciales volví a leer ese reportaje, me llevé la increíble sorpresa de que a pesar de las dos décadas transcurridas podría haberlo publicado ese mismo día como hecho el día anterior. Lo que constituía no solo una muestra más de la lucidez de nuestro amigo, sino también una demostración dramática e irrefutable de la parálisis sufrida por nuestro país. Por eso mismo no nos debe llamar la atención cuando desde altas tribunas políticas escuchamos que hay que industrializar el país. Caramba, nos decimos, por supuesto que se trata de un objetivo sumamente plausible, pero también deberíamos escuchar la reflexión y el reconocimiento acerca de que hace ya casi medio siglo que Frondizi y Frigerio comenzaron a hacerlo contra viento y marea, durante cuatro años, mediante el autoabastecimiento petrolero, la petroquímica, la siderurgia, la industria automotriz, los caminos, y para qué voy a seguir enumerando todo lo que constituyó ese extraordinario desarrollo de la industria pesada, etapa que ya estaría más que cumplida con todos sus beneficios económicos y sociales. Pero un golpe de Estado terminó con esos logros de un proyecto que nunca más fue retomado. Sin embargo, de haberlo continuado, no tendrìamos hoy desempleo ni pobreza. Tampoco problemas energéticos, y estaríamos, entre tantas otras cosas positivas, exportando petróleo, y seguramente más petróleo que soja. Además, habríamos ya entrado en una etapa de pleno desarrollo cientifico y tecnológico, liderando fraternalmente y sin discusión a esta América del Sur.

Rogelio Frigerio nos exigía en la USINA trabajar sin desmayo, estimulándonos en los aciertos pero también criticando con rigor nuestros eventuales errores conceptuales, analíticos o de procedimiento. Incluso era muy riguroso en el uso del lenguaje en todos los documentos de trabajo, porque no sólo exigía su mayor precisión sino que además había palabras para él insustituibles. En todo esto no había concesiones y yo fui acusado por él varias veces de hacer gimnasia literaria en los discursos. Pero a la vez, esa cabeza cientìfica, analítica, racionalista, sólida y poderosa, estaba totalmente equilibrada y hasta contradicha si era menestar, por un corazón pascaliano, porque Rogelio era profundamente humano y sensible. Siempre atento a nuestros eventuales problemas personales o familiares. Amante del arte, de la música, de la poesía, de la pintura. ¿Qué político argentino era capaz como él, de editar a su costo una antología poética de los autores que más le gustaban, para regalárselo a los amigos? ¿Y hacer lo mismo con una antologìa del cancionero popular de su preferencia?

Podría pasar horas contando de mis encuentros con él en Nueva York, de mis visitas durante su exilio en Montevideo, de tantos almuerzos y cenas, no sólo de trabajo, sino también destinados a disfrutar de la buena mesa y del placer de la charla sobre la vida, el arte y, cuándo no, la política. Él además, disfrutaba mucho de mi modesto humor porteño y me lo estimulaba.

También viene a mi memoria el día de Navidad de 1958, cuando yo lo esperaba en la terraza del aeropuerto de Carrasco, prácticamente vacío, adonde llegaría él desde Buenos Aires –tratando de despistar una vez más a los Servicios– en una avioneta alquilada para el caso, y luego embarcarnos en un vuelo internacional con destino a Santo Domingo para un encuentro con Perón. Yo portando Aguafuertes Porteñas de Roberto Arlt, y él, claro está, el tomo segundo de la Lógica de Hegel. Pero también le fascinaba la lectura de Roberto Arlt y de todos los buenos escritores argentinos de esa época.

Y también viene a mi memoria el día de la triste madrugada del 20 de marzo de 1962, cuando por indicación del Presidente Frondizi fui a despertarlo para decirle que, por razones de su propia seguridad personal, debía salir del país. Estábamos en las visperas del golpe.

En fin, dejemos estos mínimos recuerdos personales para volver a esta Argentina de hoy, que aunque todavía no lo sepa, ha perdido sin reconocerlo, a un gran hombre, a una extraordinaria inteligencia política que comprendía el mundo, el país y a su pueblo.

Y para nosotros, ha partido un gran amigo, un amigazo, pero se ha ido de esta Tierra para ser eterno. Entonces, cuando nos pregunten por él, no digamos que murió. Digamos como decían los antiguos romanos de sus grandes hombres: "Vivió".
¡Y Rogelio Frigerio vivió! Y seguirá para siempre viviendo entre nosotros.
               
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