Sobre la sexualidad femenina y masculina

   El concepto de sexualidad es abarcador de todos los aspectos en los que varón y mujer se diferencian.

   El eminente sexólogo español doctor Gregorio Marañón, ha dicho que para la mujer la sexualidad constituye un estado, mientras que para el hombre es una actividad.

   Este sintético enunciado proporciona una clave para explicar la divergencia permanente e insalvable –por radicar en los estratos ontológicos más profundos– entre lo femenino y lo masculino.

   Para la mujer la posesión de su sexualidad es un estado, algo que permanece constante, que tiñe toda su conducta, desde la afectividad instintiva hasta el pensamiento superior.

   Finalísticamente, esta condición nos muestra a la mujer ya ordenada a la maternidad, al tono afectivo ininterrumpido que requieren no sólo la gestación y la cría, sino posteriormente la perduración de sus cuidados y su consagración en cuerpo y espíritu a la animación de la casa, a dotar a los espacios físicos de la riqueza serena del alma femenina. Por eso la mujer es la reina del hogar.

   Para el hombre, la sexualidad, que en él es mucho más acusadamente genitalidad, es solamente una actividad entre muchas otras que lo ocupan de continuo y conforman la construcción del mundo a su manera. Por eso el hombre es el rey de la creación humanizada con su esfuerzo, el protagonista de la cultura.

   Sus emprendimientos materiales e intelectuales, son unas veces grandiosos, y otras tan semejantes a las conductas infantiles que la mujer no puede evitar el considerarlos con la condescendencia de una madre ante los juegos y fantaseos de sus niños.

   Al reflexionar sobre esto, se pone de manifiesto que la mujer proporciona continuidad a lo humano, es la encargada de aglutinar y estructurar lo que en el varón tiene mucho de proyecto que se comienza y se concluye, para de inmediato acometer uno nuevo.

   La dispersión de las diversas y múltiples actividades e intereses masculinos reencuentra su cauce y su sentido en la estabilidad y perdurabilidad que lo femenino le proporciona. Podría decirse que el hombre es el que construye la casa, y la mujer la que la habita.

   El varón deja encinta a su esposa, y acomete luego otras empresas, mientras que la mujer permanece grávida del hombre que ha aceptado, y esa gravidez no cesa con el alumbramiento –ya que es mucho más espiritual y afectiva que fisiológica– sino que se prolonga, como su sexualidad asumida como un estado, durante toda su vida.

   Es inevitable mencionar aquí la idea a la moda de una pretendida igualdad entre los sexos, que se interpreta no como equiparación jurídica, sino como negación de la maravillosa e insalvable diferencia que Dios ha querido que exista entre los sexos.

   Una mujer que ostenta actitudes y rasgos de hombre, es ante todo un ser de femineidad carenciada, no una mujer que posee caracteres que mal pueden considerarse masculinos.

   Del mismo modo, un varón con actitudes y conductas de mujer no es un ser afeminado, sino más bien un varón escaso de rasgos masculinos.

   Ambas patologías –no puede definirse más que como patológico el defecto de rasgos propios del sexo al que se pertenece– convergen en el sin sentido de una neutralidad que violenta, así sea sin culpa, la voluntad de Dios, que "varón y mujer los creó".

   Por otra parte, la participación en actividades típicamente masculinas, si bien no agrega nada a la mujer, que ya posee un ámbito total pleno de significado en su sexualidad–estado, no tiene nada de masculinizante. La mujer reemplaza al hombre en cualquier disciplina o tarea, y al hacerlo les confiere el sello particular de su modalidad femenina, las tiñe con su femineidad. Esta mera constatación no implica en modo alguno un juicio de valor.

   De la misma manera, la cultura muestra permanentemente al varón asumiendo ocupaciones históricamente femeninas, como la preparación de alimentos o la confección de prendas de vestir, y dándoles a su vez a estas actividades una tonalidad inevitablemente masculina, ya que todo su ser lo es.

   Y como es propia de su sexo la ilimitada diversidad de ocupaciones, resulta manifiesto que el hombre sí se enriquece cuando realiza tareas femeninas, y que en modo alguno esto lo feminiza.

   Lo único que la mujer no puede hacer es ser masculina, con imposibilidad ontológica, no cultural, y del mismo modo la única actividad que le está vedada al varón –por serle imposible– es intentar la femineidad.

   El andrógino como posibilidad real, la pretensión de suprimir la polaridad sexual, es tan solo una ofuscación de la capacidad de percibir lo que cada ser es.

   En cambio sí resulta enteramente posible –y ética y culturalmente deseable–, la restauración del andrógino primordial entendido a la manera platónica.

   Es el hecho que acontece afortunada y reiteradamente en la unión matrimonial de varón y mujer, emprendimiento mutuo que apunta a alcanzar que ambos puedan llegar a reunirse "en una sola carne".

   Como acotación final, cabe señalar que todo paródico "matrimonio" entre personas del mismo sexo, aunque constituya un hecho cada vez más frecuente, carece de relevancia para ser considerado seriamente por la antropología filosófica.

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