Julio Sosa
| Agonía
(Fragmento) Cuando mi alma abandone su envoltura terrena y a tu alcoba se acerque, doliente y errabundo, impotente y terrible mi deseo de amarte retorcerá mi cuerpo prisionero en mi tumba. ....................................................................... Cierra bien la persiana, que la luz me molesta, ahora, vete, amor mío... vete... y cierra la puerta. (del libro de Julio Sosa Dos horas antes del alba) |
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SU NACIMIENTO
Julio Sosa vino al mundo en una
cuna pobre y tosca hecha a mano por su padre, hombre de campo. Allí, en
Las Piedras, en la verde floresta que besa a la ciudad pequeña, nació
Julio Sosa el 2 de febrero de 1926. En esa casa no sobraba nada, pero había
abundancia de amor y de respeto; una familia de gente trabajadora, sufrida, noble
y leal, trabajando la tierra desde la mañana a la noche.
SU NIÑEZ
Creció en un clima sano; sus ropas eran humildes pero limpias, en un hogar
sin ningún lujo, pero con la leche recién ordeñada -a veces
por él mismo-, que lo hizo crecer superando a otros chicos en fortaleza,
corpulencia, alegría e inteligencia.
En el colegio era el elegido
por las maestras, despierto y vivaz, tanto al presentar sus lecciones como cuando
leía algún poema de Fernán Silva Valdez.
SUS LECTURAS
En su modesta mesita de luz de la casa paterna se juntaban los versos y las prosas
de Justino Zavala Muñiz, del ya citado Silva Valdez, de Juana Ibarbourou,
de Yamandú Rodríguez, entre otros.
LOS CHICOS CRECEN
Julio crecía e iba transformándose en un adolescente de recia estampa.
Las amigas con las que se encontraba en el "Club Olimpia" no ocultaban
su atracción por él, sintiéndose orgullosas de bailar entre
sus brazos. Ya empezaban a conocerse sus cualidades de cantor.
NACE EL
CANTOR
Julio Sosa fue un privilegiado; "nació" cantor
de forma y estilo desde chiquilín. A los doce años ganó un
concurso en el recreo "Luces de Canción Chico", en las afueras
de Montevideo, con el tango de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera "Cuesta abajo"
y con el vals de Santos Lípesker y Homero Manzi "Gota de lluvia".
Cobró un premio de diez pesos oro; con parte de él mitigó
la mishiadura de algunos amigos suyos, y el resto lo entregó a su
madre.
Pese a su corta edad ya tenía decidido su futuro: Lo atraía
el tango, y con ese fuego sagrado de los grandes de verdad,
virtió
esas resonancias que bullían en su interior y cantó tangos no sólo
en la capital uruguaya sino en ciudades y pueblos vecinos. Julio Sosa, erguido
en sus trece años de edad, con un carácter singular, mostró
las letras de la música del Río de la Plata. Nadie le enseñó
nada, sólo las grabaciones de los grandes cantores, sus ademanes, su propiedad
interpretativa y la intuitiva selección de temas que hablaran de trascendencia
o que fueran una descripción de la verdadera esencia del pueblo al que
pertenecía. La explicación era sencilla, él llevaba el tango
en el alma, y tenía planta y garra.
SU SED DE AVENTURAS
Luego de haber trabajado como boyero, supernumerario municipal, podador de árboles
y guarda de ómnibus, ingresó a la marina, donde se ganó la
simpatía y la admiración de superiores y camaradas, quienes supieron
reconocer en él al muchacho bueno y sano de cuerpo y espíritu. Dos
años permaneció en la fuerza y cuando era propuesto para su ascenso
a cabo renunció al puesto, respondiendo a su permanente sed de aventuras
e impulsado por su vocación musical.
Se integró entonces a un
conjunto formado por Carlos Gilardoni, pero Las Piedras era demasiado pequeña
para sostenerlos; con alguna actuación semanal tan solo podían juntar
unos pesos. En Montevideo no les fue mejor, y después de muchas noches
solían amanecer en el viejo café "Tupinambá" ante
un café con leche y una ensaimada, y a veces algún sándwich
que el mozo les acercaba, cargándolo en su cuenta personal.
SUS PRIMERAS ACTUACIONES
Bordeaba los veinte años cuando se le
presentó una pequeña oportunidad: un certamen para aficionados que
se organizó en el café "El Ateneo" de Montevideo. Con
los bolsillos flacos y su única camisa, que había lavado la noche
anterior, cuando lo llamaron a participar subió al escenario con todo el
desparpajo y el aplomo. Julio cantó "Tarde gris" con el conjunto
de Hugo Di Carlo, que eran quienes acompañaban a los competidores. Cuando
concluyó su interpretación, Di Carlo lo invitó a incorporarse
como vocalista de su orquesta.
Por algunos problemas que había tenido
con Gilardoni, y por su condición de menor de edad, mientras integró
el conjunto de Di Carlo utilizó el seudónimo de Alberto Ríos.
Actuaban en radio y en clubes nocturnos, y su nombre comenzó a sonar en
la constelación del tango.
Desvinculado de Di Carlo, pasó a
la orquesta del argentino Edelmiro Toto D´Amario, actuando con él
en dos temporadas en Punta del Este. Si bien no le faltaba trabajo, su situación
económica era difícil y tenía que administrarse bien para
poder seguir tirando.
CRUZAR EL CHARCO
El ámbito de acción
era cada vez más chico para la dimensión del cantor. Alguien le
sugirió cruzar al otro lado del Plata, pero Julio advirtió con desesperación
que por más economía que hiciera en sus gastos no llegaba a juntar
para el traslado.
Varios amigos que confiaban en él no vacilaron en
aportar el importe necesario para el viaje y para pasar unos días en Buenos
Aires. Con lo obtenido tenía para un pasaje de tercera clase en el "Ciudad
de Montevideo", hasta tanto ganara algo en la capital porteña.
"Esos amigos queridos a quienes no olvidaré nunca, organizaron una
cena de despedida en mi honor en el evocador boliche de la vieja plaza" evocaba
Julio tiempo después.
Su amigo Cacho Maggiolo recordaba en un reportaje:
"Cuando fuimos al puerto a despedirlo, el 15 de junio de 1949, desde la proa
del barco nos cantó " Mi Buenos Aires querido" y "Adiós,
muchachos".
BUENOS AIRES, UNA HERMOSA MAÑANA
Con
el corazón contento y gran parte de su capital dilapidado en la despedida
que le hicieron en Montevideo, pisó Buenos Aires una hermosa mañana
de fines de otoño. Su vigoroso organismo soportó las pausas entre
comida y comida (capuchinos y ensaimadas) y la estadía en un hotelucho
de mala muerte.
El bar "Los Andes" de Jorge Newbery y Córdoba
lo contrató por veinte pesos por noche, juntamente con las violas
de Fontana y Cortese. El ambiente del viejo café comenzó a alborotarse
cuando corrió la voz que cantaba un "oriental" y lo hacía
como los dioses. En poco tiempo no alcanzaba el lugar para escucharlo, y debían
pedirse las mesas con anticipación.
RAÚL HORMAZA
Un día alguien le apunta al conocido representante artístico Raúl
Hormaza: "Mirá, arrimate por el lado del café ´Los Andes'.
Hay un muchacho que vale la pena oir. Es algo nuevo, distinto".
Luego
de escucharlo en su segunda interpretación, Hormaza ya era su admirador
número uno. Lo conectó con la orquesta Francini-Pontier, que estaba
en su mejor momento en el favor de los tangueros. Lo escucharon y, comprobando
la realidad de una nueva voz para el tango, comenzaron a anunciar que tenían
escondido un verdadero fenómeno.
SU DEBUT
Ensayando a
diario y en secreto, su debut se anunció para un primero de abril, en el
local "Picadilly" de Paraná y Corrientes.
Gran parte de las
mesas estaban ocupadas por los seguidores que Sosa ya había ganado. El
sentimiento de responsabilidad de Julio ante tamaño compromiso casi hace
posponer el debut, ya que se encontraba, vacilante, en un café cercano,
y tuvo que ser llevado en vilo por su "barra" al camarín.
Al fin se decidió y salió, iluminado por el foco del reflector.
Le temblaban las manos y un sudor frío comenzó a recorrerlo. El
tibio aplauso de los muchachos de la barra no llegó a contagiar al resto
de la sala, que había ido a escuchar a la orquesta y no al ignoto cantor.
Luego de los primeros compases, Julio comenzó a cantar. Había ganado
la batalla. La voz fluía de su privilegiada garganta con fuerza arrolladora.
Al finalizar "Tengo miedo", el ambiente se atronó de aplausos.
La barra suspiro aliviada. Luego vino "Lloró como una mujer",
y se renovaron los aplausos más fragorosos. La noche se hizo mañana
en el prolongado festejo con sus flamantes admiradores.
CARTA AL AMIGO
De entre los amigos del Uruguay, Cacho Maggiolo era el que más lo había
alentado en todo y el que más veces "le puso el hombro". Julio
acostumbraba a escribirle permanentemente, pero hay una carta a la que Cacho considera
"la más feliz por su contenido general". Alguno de sus párrafos
decían: "Bs. Aires, 13/6/1949. Querido Cacho: Abrazame fuerte, te
voy a dar algunas noticias. El sábado debuté con guitarras en un
café varietée de la calle Córdoba y Jorge Newbery
y cuando leas ésta habré debutado en una bôite de la
calle Corrientes... Y aquí viene la noticia que te va a llenar de alegría:
Debuto nada menos que con una de las orquestas de más cartel de Buenos
Aires; debuto con Francini-Pontier. Di la prueba el viernes pasado y los tipos
se quedaron locos de la vida... El lunes 20 tomaré el vapor para Montevideo,
y regresaré el 30 para empezar al día siguiente en Radio El Mundo.
Hasta pronto. Un abrazo".
SU ASCENSO
Corría el año
1953. Un excelente director, Francisco Rotundo, se había quedado con un
solo cantor, Floreal Ruiz. Se había ido Enrique Campos y necesitaba un
vocalista de nivel para reemplazarlo. Lo convocó a Sosa y le hizo una oferta
como para que no pudiera negarse a aceptar: $ 5.000.
Cuando Julio lo comentó
con Francini y con Pontier, éstos le dieron un fuerte abrazo, y entre lágrimas
le desearon buena suerte.
UNA NUBE
Floreal Ruiz, "El Tata",
era un excelente ejemplo para su avidez profesional, pero llegó un cono
de sombra para Julio: le aparecieron pólipos en su garganta. El deterioro
era progresivo, y algunos diagnósticos auguraban el alejamiento de la canción.
La caída de su voz era notable. La esposa de Francisco Rotundo, Juanita
Larrauri, cantante de tangos y dirigente política, lo recomendó
al brillante otorrinolaringólogo León Elkin. Llegó la operación
y con ella retornó la paz. Julio resurgió, con una coloratura vocal
nueva y madura.
DE NUEVO EL SOL
En 1957 Armando Pontier se había
separado de Enrique Mario Francini, y le pidió a Julio Sosa que completara
el tríos de vocalistas, conjuntamente con Roberto Florio y Oscar Ferrari.
Poco tiempo después, al notar la preeminencia de Julio Sosa en los
principales temas que se hacían, Roberto Florio se sintió desplazado
y se alejó de la orquesta.
Viendo la convocatoria de Julio Sosa, Armando
Pontier formó con él una sociedad que a partir de su constitución
comienza recorrer un sendero de éxitos repetidos, en los que participaba
también Oscar Ferrari.
Y EL ESPLENDOR
Durante cinco años
Julio había sido el cantor de la orquesta de Armando Pontier. Ahora había
decidido largarse solo a la gran parada de ser cantor solista, y su representante
en Buenos Aires comenzó a recibir pedidos para animar los bailes del año
1960. El binomio con Leopoldo Federico aún no se había integrado,
pero Federico ya tenía doce orquestaciones que coincidían con el
repertorio de Julio Sosa. La combinación resultaba perfecta: Bastaba ensayar
dos o tres veces un tema para que el número estuviera listo. Grabaciones,
radio, giras; aquel verano de 1960 signó el comienzo de su consagración
total.
EL VARON DEL TANGO
La voz de Julio Sosa hacía
detenerse a los bailarines; se estaba convirtiendo en el cantor del pueblo. Hacía
falta un slogan para él, una definición que fuera a la vez
vendedora e identificatoria del nuevo solista que arremetía con fuerza
propia en las filas de tango. La tarea fue encargada al jefe de prensa de la grabadora,
el periodista Ricardo Gaspari. Y en pocos minutos nació "El Varón
del Tango". Así se llamó el primer larga duración, y
de allí en adelante el mote se hizo carne en el fervoroso público
que seguía sus presentaciones y aumentaba día a día.
DOS
HORAS ANTES DEL ALBA
Julio Sosa publicó el l 8 de febrero de
1964 su único libro de poemas: Dos horas antes del alba, que prácticamente
sin publicidad fue un éxito de librería. Dejó impresos en
aquellos versos una faceta de su alma inquieta y soñadora. Mostraba en
sus pormenores casi grotescos realidades que lo asqueaban, y también describía
con maestría personajes de un acontecer angustiado y problemático.
Puede extraerse de su lectura la amarga visión de Julio Sosa con respecto
del mundo que lo rodeaba. Su destinatario fue él mismo: Julio, sin exageración
fue siempre un hombre en busca de sí mismo.
Todos los poemas de este
libro pueden leerse en la página Dos
horas antes del alba
SUS GRABACIONES
Con Luis Caruso
y su cuarteto dejó para el sello uruguayo "Sondor" cinco grabaciones.
Luego, con el binomio Francini-Pontier realizó para el sello "RCA
Victor" 15 registros. Con Francisco Rotundo, en el sello "Odeón",
llegó a 12 temas.
Con Armando Pontier dejó 34 grabaciones distribuidas
en 9 para RCA Victor y 25 para CBS Columbia.
En el mismo sello realizó
62 registros con la orquesta dirigida por Leopoldo Federico y completó
12 temas con las guitarras de Héctor Arbelo.
ASOMBROSA MEMORIA
"Julio tenía una asombrosa memoria; era capaz de recordar ciento cincuenta
tangos con su primera parte bis y todo... Me di cuenta de que estaba junto a un
ídolo con todas las condiciones... Si eran tangos que él ya había
escuchado alguna vez, los grabábamos de entrada...", contaba Leopoldo
Federico.
No solo la letra de todos los tangos quedaban registrados en su
memoria, sino que se extendía a los cuentos. Los contaba por decenas y
sin interrupción. Apenas daba tiempo para finalizar las carcajadas y arremetía
con el siguiente. Y aunque -lógicamente- incursionaba por los relatos verdes,
se cuidaba siempre de no hacer sentir molestos a sus ocasionales compañeros
de reunión.
En una de los tantos regresos a Las Piedras, desde el café
vio pasar a un hombre por la vereda de la plaza. "¡Che, fulano, vení!"
le gritó; en el Uruguay Sosa ya era un ídolo, por lo que el hombre
cruzó la calle, y delante del cantor se mostró emocionado y extrañado
a la vez. "¿Cómo, no te acordás de mí? -le preguntó
Julio- Yo soy aquél al que un día le prestaste guita para tomar
el ómnibus...".
DISCEPOLÍN
Una noche, al salir
a cantar se encontró con que en la platea estaban Tania, Enrique Santos
Discepolo y Aníbal Troilo. Julio cantó "Confesión",
justamente de Discépolo. Al finalizar, el genial flaco le dijo: "Te
felicito, botija... Si lo hubieras hecho mejor, ya habría estado mal".
"MUDO
SÍ, PERO..."
Luego de su comentada operación en las
cuerdas vocales, y próximo a lograr el alta, se organizó en un restaurante
céntrico una cena en la que Julio se reunió con su gente. Aún
no podía comunicarse más que por gestos o alguna palabra en tono
bajo. Esa noche le tocaba pagar la cuenta, y los amigos decidieron gastarle una
broma. Le pidieron al mozo que trajera la boleta con una cifra más abultada,
para hacerlo salir de las casillas. La adición llegó, y cuando todos
esperaban la previsible reacción, Julio tomó tranquilamente la lapicera
del bolsillo del mozo, dio vuelta la factura y en el dorso escribió: "Estoy
mudo pero no estúpido ¿Me miraste la cara? Volvé con otra
boleta porque te reviento". Risa general incontrolable
EXCELENTE
SILBADOR
Melodioso y con buen oído para reproducir variaciones
con el silbido, Julio Sosa dejó grabaciones como "Silbando",
con Armando Pontier, "En la madrugada", con Leopoldo Federico y "Criollita
de mis amores", con Héctor Arbelo y sus guitarras.
DOS
TEMAS FUERTES
A pesar de serles requeridos con asiduidad en los bailes,
Sosa se negaba a cantar "El rosal de cerros" y "Dios te salve,
m'hijo". Argumentaba que tenían ´mucha letra´ y, debido
a los bises que siempre le pedían, le hacían forzar demasiado la
garganta.
SUS AUTORES PREFERIDOS
Julio Sosa nutrió su
repertorio con nueve temas de Carlos Gardel; siete de Enrique Cadícamo,
otros tantos de Celedonio Flores; seis de José María Contursi; cinco
de Cátulo Castillo y Armando Pontier; cuatro de Federico Silva, Aníbal
Troilo, Sebastián Piana, Enrique S. Discepolo, Homero Manzi y Mariano Mores
y dos de Agustín Magaldi.
EL CINE
Hugo del Carril lo
convocó para protagonizar junto a Beba Bidart el film "Buenas noches,
Buenos Aires" donde cantó la milonga de Mariano Mores, Fernando Caprio
y Rodolfo M. Taboada "El firulete". Esta milonga era hasta entonces
un tema solamente instrumental, y se le incorporó letra especialmente para
este filme.
EN TELEVISIÓN
Los expertos en el medio manifestaban
que se movía como un pez en el agua, que era una verdadero showman y eran
pocas las cosas que había que indicarle a la hora de encenderse las cámaras.
Sus ciclos en los programas "Luces de Buenos Aires", "Copetín
de tango" y "Casino" fueron impecables producciones, todavía
hoy recibidas con beneplácito cuando son recorda-das por algún canal
de cable.
LA CUMPARSITA
"La actuación concluía.
Julio había terminado de cantar y ya estaba con el sobretodo puesto, esperando
que la orquesta de Leopoldo Federico terminara su última interpretación.
Atacaron con "La cumparsita" y de pronto, como en un arranque de inspiración,
Julio se quitó el sobretodo, subió al escenario y recitó
"Por qué canto así" de Celedonio Flores. Fue el delirio.
Los más sorprendidos, los músicos. Y nunca más pudo dejar
de hacerlo en sus actuaciones... Así era él, intempestivo, pero
bien inspirado...", según el recuerdo de Cacho Maggiolo.
SU
ATORMENTADA VIDA SENTIMENTAL
Julio tuvo tres convivencias que lo dejaron
marcado para siempre y se sumaron a su azarosa esgrima sentimental. Se casó
cuando contaba 16 años, enamorado de una jovencita uruguaya llamada Aída
Acosta. Un año después la pareja decidió separarse.
Nueve
años después, en 1951, se unía en Buenos Aires a Nora Edith
Ulfed, con quien tuvo su única hija, Ana María.
Esta vez la
separación fue traumática, a tal punto de que Nora no le permitió
que continuara viendo a su pequeña hija.
Pasaron los años y
su tercera esposa fue Susana Merighi, con quien vivió desde el 3 de junio
de 1959 hasta su trágica desaparición el 26 de noviembre de 1964.
HABLARON
DE JULIO SOSA
"Muchas veces, por falta de tiempo, solía pasarme
por teléfono los tangos y los tonos en que los hacía." (Leopoldo
Federico).
"Vivía buscando la felicidad, pero cuando la encontraba
no sabía conservarla. Creo que era un hombre desolado por dentro, a pesar
de su imagen de hombre alegre." (Oscar Ferrari)
"Pocas veces he
escuchado un cantor tan completo como Sosa...sin más adornos que los que
impone cada tema. Irónico, sentimental, viril... En la primera fila de
aquellos que han dedicado su existencia a la música de Buenos Aires".(Juan
D´Arienzo)
"Amigo sincero y cordial, es uno de los pocos artistas
que habrán de perdurar para siempre en el cariño del público"
(Juan Carlos Thorry)
"Un cantor de garra, con fuerza y ternura; un valor
que a cualquier músico le hubiese complacido acompañar." (José
Basso)
"Pocas veces quise tanto a este país como cuando presencié
la devoción popular que nació por Julio Sosa." (Antonio Prieto)
"Si el tango tuviera muchos cantores como Julio Sosa, la música
de Buenos Aires se vería honrada como pocas. Gardel y Sosa son, para mí,
los dos valores más grandes de nuestro tango" (Enrique Dumas)
SU
SÉPTIMO DISCO INCONCLUSO
El 18 de noviembre de 1964, seis días
antes del accidente, Julio ingresa a los estudios de CBS en la calle Paraguay
para iniciar el trabajo que iba a constituir su séptimo disco long play
como solista. Dejó terminados los temas "Siga el corso" y "Milonga
del 900".
Debido a su fallecimiento, la grabadora editó esos dos
temas en un disco simple de 33 r.p.m. En el sobre en que salió a la venta
se podía leer un sentido escrito de despedida de todos los integrantes
de la orquesta de Leopoldo Federico, con la firma de cada uno de ellos.
LA
GIRA QUE NO FUE
Poco antes de su muerte, Julio había firmado contrato
para una gira que lo llevaría a México, España y Francia.
Al respecto, escribió a su amigo José Pascual Maggiolo: " Después
de ésta, Cacho, ya no tengo más problemas en mi vida."
Tino Diez
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