Sistemáticamente
se han querido callar con el hambre del silencio, las voces a través
de las cuales los humildes se expresan. Así intentaron destruir a don
Osvaldo Pugliese, una frágil figura expuesta a los vientos contrarios
y que sin embargo tuvo el estoicismo de soportar y salir reconfortado de tantas
veces que quisieron callarlo y tantas otras que con su verdad y firmeza de criterio
solidificó en su interior.
Se iba el año 1955, y un grupo de militantes de izquierda
poblaban las cárceles y los barcos. Algunos, muy cercanos al maestro
Pugliese, como Jacobo Amar o Saúl Cascallar. Este último recordaba
que, en momento, los amenazaban con separarlos, con tirarlos como lastre al
Río de la Plata, y el temor comenzaba a hacer mella. Osvaldo comenzó
a tocar con todo ímpetu el Himno Nacional Argentino, para fortalecer
a los que flaqueaban y, en medio de la emoción única del que sabe
que va a morir, cuentan que nunca se escuchó un himno igual; tenía
la tragedia y la fuerza 'de la última vez'. Ese día 'todo el barco
cantó', aunque algunos también lloraron.
Después, en Devoto, nacieron el tango No juegues
a la guerra de don Osvaldo y Morales Miramonte, como también, con
letra de Jacobo Amar y música de Pugliese, La pintada, 34
a comer y Parar la olla, aun inéditos, y otros, como
Proletario del mar, Amor por la vida, La luna
enrejada, con letra y música de Domingo Arce, seudónimo
de Domingo Arcidiácono, Cachito de Arce y Julio Siesler,
y Marcha de la juventud de Arce y Pugliese.
Con esas partituras, como con muchos recuerdos inestimables
para Pugliese, hubo destrucción y muerte, por parte de la turba moralizadora,
en las repetidas y sucesivas requisas que sufrió su domicilio.
De la Milonga
para Fidel debe de haber unos pocos ejemplares, de los que con certeza
conocemos tres: El propio Fidel Castro recibió uno de don Osvaldo; el
segundo ejemplar lo tiene la señora de Pugliese, y el tercero la hija
del autor de la letra.
Un "día de visita" en la cárcel de
Villa Devoro, coincidió y se celebró allí el octavo cumpleaños
de Norberto Amar, el hijo de Jacobo, y se estrenaron varios tangos, entre ellos
La Pintada. Muchos años más tarde, Norberto Amar recordaría
ese instante, en una poesía titulada Cumpleaños:
Devoto
era una fiesta
para
mí,
en
esa nochecita
arrancada,
especial,
cuando
un cantor
me
fraseó "La Pintada"
mientras
el piano de Osvaldo
junto
a los versos del viejo
tocaban
entre rejas.
Pero
a pesar de tanta maldad y destrucción, los temas están esperando
un instrumento, para poder exclamar:
las voces que silenciáis, vuelven a encontrar la luz.
Tino
Diez
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