A ti
Llegaste a mis tinieblas como enviada
del cielo.
Tus manos de alabastro curaron mis heridas.
Y oí los cascabeles de olvidados anhelos
que habían enmudecido en medio de mis ruinas...
Me diste una esperanza poblada de
inquietudes.
Un amor vacilante de dudas, de temores...
Una paz temblorosa que muere si me huyes
y resucita en risas cuando a mi encuentro corres.
Y en el fugaz instante de esa rara
alegría
la noche ya no existe, el tiempo se detiene
y se anida en mis ojos la luz de un nuevo día...
Mi corazón cansado es un
niño que espera
fervoroso a tus plantas con pasión enfermiza.
No le niegues, amada, tu adorada presencia.
Por lo que tú más quieras, no le quites la vida...