Julio Sosa
Dos horas antes del alba


Himno a la virgen mía


Se han quebrado tus alas que han caído a la tierra
como dos blancos pétalos arrojados al viento.
Y tu imagen augusta, adorada y eterna
brota insomne y doliente de mi cruel desaliento...

Una noche muy negra se detuvo en mi alma
dibujando con sombras tu sonrisa cansada
y tus manos de santa que cubrieron mis lágrimas
no acarician mis sienes en la triste alborada...

Maravilla de novia sin pasiones ni sexo
que viviste callada, ignorada y sufrida,
tu abnegado calvario de final sin regreso
hasta el postrer instante de tu brusca partida.

Te llamó Dios al cielo cuando vio que eras mía...
me castigó implacable cuando observó tu pelo
que en los mejores años de mi vida egoísta
yo había transformado en un gris ceniciento...

Y te fuiste, ¡oh, Madre!, en silencio... sin quejas
y me has dejado solo, aturdido y cobarde,
errando pavoroso en esta casa vieja
donde aprendí a quererte ya demasiado tarde.

Madre...
Haz que vuelvan tus manos en el tenaz insomnio
de mis noches tan largas, tan amargas y frías.
Madre...
Haz que vuelvan tus ojos a vestir el otoño
de mi vida que muere sin tu amor, virgen mía...

Madre...
Haz que vuelvan tus besos en la brisa que pasa,
que retorne tu acento en las voces del río...
mientras vierto este llanto que mis ojos abrasa
acodado en la mesa, frente al sitio vacío...