Julio Sosa
Dos horas antes del alba


Reflexión

Tus manos sarmentosas se elevan en la niebla
escuálidas y negras en la súplica muda
recogiendo tan sólo del corazón que pasa
una ausente mirada de indiferencia oscura.

Cuántas veces te he visto tembloroso en el atrio
de la vieja capilla guarecerte del frío
cuyas finas agujas despiadadas y crueles
mordían implacables en tu cuerpo aterido.

Tus pupilas sin vida atisbaban la calle
y en un esfuerzo estéril aguzabas tu oído
con la vana esperanza de acercar tu miseria
al gabán insolente de un señor presumido.

Cuántas veces te he visto recoger tus harapos
que estorbaban el paso de la dama elegante
y otras veces te he visto, como a un Cristo, golpeado
y a la calle empujado por un sucio gendarme.

Y en la oscura calleja del dolor y del hambre
yo te he visto encorvado arrastrando tus trapos
masticando el recuerdo de un amor o de un hijo
en los pliegues vetustos de un pasado lejano.

Y a la puerta inflexible que cerró el egoísmo
del estómago lleno y del cómodo sueño
al mandato del hambre, el cansancio y el frío
yo te he visto golpear con un tímido empeño

e internarte más tarde como un tétrico duende
en el negro bostezo que anochece sombrío
y adornar tu cabeza de apóstol olvidado
con mil perlas fugaces: el llanto del rocío.

Quién supiera tu historia, tu niñez, tus anhelos
y el pesar inaudito que ha empujado tus pasos
a este triste destino de fantasma doliente
a este negro sendero que apresura tu ocaso.

Qué consuelo egoísta me has brindado al mirarte;
comparando mis ropas y mis años tan nuevos
a tus pobres harapos, a tus tristes achaques
tu espantosa miseria me ha sanado por dentro.

Me he quejado iracundo insultando a los cielos
lamentando en blasfemias mis problemas pequeños
y tus trapos gritaron a mi ciega experiencia
que no me falta nada para vivir contento.

Gracias, pues, buen amigo, acepta este dinero,
que a cambio de las sucias monedas que te dejo
como un valioso escudo me llevo tu recuerdo...