Escritos periodísticos de Julio Sosa
Recopilados por
Cristina Salinas
Durante la década
del '60, Julio Sosa se desempeñó como colaborador de la desaparecida
revista "Tanguera" -cuya dirección general estaba a cargo de
Ricardo Honegger-, con una serie de notas a las que denominó "Siluetas
Porteñas", y que contienen semblanzas de notables figuras del tango.
La primera de ellas apareció en el sexto número de la revista,
que presentaba una estructura renovada, gracias al éxito de sus ventas.
La dirección anunciaba de esta manera la labor del cantor:
"Con
esta sección 'Siluetas Porteñas', Julio Sosa se incorpora al grupo
de nuestros colaboradores. El gran cantor es a la vez -nuestros lectores ya lo
saben- un notable poeta y un escritor de valiosas condiciones. Por eso tenemos
la seguridad de que esta colaboración habitual de Julio Sosa ha de ser
recibida con el mayor agrado por nuestros amigos.
La estampa de Enrique Santos
Discepolo es realmente magnífica, y pinta con rasgos certeros la personalidad
física y espiritual del 'filósofo del tango'."
Siluetas porteñas
Hoy: León Elkin
Amigos
de TANGUERA:
Cuando esta inquietud mía de escribir, tan vieja y tan
querida, traspuso el plomo del anonimato, y llegó a la generosa consideración
de los lectores, alguien que me merece profundo respeto y afectuosa admiración,
dijo por radio, que lo que yo hacía era periodismo auténtico. ¡Gracias,
Julio César Marini!.
Yo personalmente no estoy seguro de merecer tan
brillante calificativo, y me inclino a creer, que ese veterano, popular y querido
"flaco" Marini, ese gran corazón de piernas largas y mano cálida,
se dejó arrastrar por el afecto que me profesa, y que, me honro en corresponder.
No se si lo que hago es periodismo. Lo único que puedo asegurar, es que
me anima al hacerlo, el mas puro y sincero sentimiento de justicia, para aquellos
que, en una u otra forma, contribuyen a mantener y elevar el prestigio de nuestro
segundo Himno. Por eso hoy, les hablaré de alguien que jamás, o
por lo menos muy rara vez, ocupó el primer plano en el periodismo tanguero,
a pesar de que muchos de los primeros astros y estrellas de nuestra canción,
le deben su carrera, algunos su fortuna y muchos, como yo, la alegría de
vivir, y la inefable sensación de sentirme alguien...
Nuestra figura
de hoy no es músico, no es cantor ni compone tangos, y sin embargo, es
una de las más auténticas "Siluetas Porteñas" de
nuestra galería, y salvando distancias tiene la importancia de un técnico
mecánico para un coche de carrera, la de la savia para el árbol,
la del sol y la lluvia para el trigo. Todo esto envuelto en una generosidad sin
límites, porque el también es un gran artista. Es un hombre de ciencia.
Es el doctor León Elkin y es evidente que detrás de su deslumbrante
inteligencia y de sus manos maravillosas, está Dios... No sé si
estas palabras mías llegarán a su esfera, pues por razones lógicas
de profesión, su círculo está distante, pero solo su círculo,
pues él, está constantemente cerca de todo aquel que usa su voz
para ganarse la vida, ya sean estos cantantes, actores, oradores o maestros. Por
eso, los intérpretes del tango, debemos hacer público nuestro reconocimiento
a este gran médico, que lucha por nosotros, desde el severo recinto de
su consultorio. Las paredes del mismo, cubiertas totalmente por el testimonio
agradecido de artistas mundialmente famosos, hablan elocuentemente de su eficiencia
sin igual como laringólogo, y también, tal vez él no lo sepa,
como médico de almas... Al entrar a su consultorio de la calle Arroyo,
nos recibe como infundiéndonos confianza, la amplia sonrisa de Carlos Gardel.
Cuando a mi vez entré hace cinco años, me acerqué a su retrato,
con un nudo en mi garganta enferma, y pude leer al pie de la foto: "A mi
gran médico y amigo León Elkin, a quien debo el milagro de conservar
una garganta perfecta. Carlos Gardel"
¿Hace falta agregar algo
más?...
Doctor, permítame usted finalizar estas palabras con
mi oración más querida:
Padre Elkin que estás en la tierra...
JULIO
SOSA
Siluetas porteñas
Hoy: Enrique Santos Discepolo
Estatura pequeña,
enjuto y cadavérico, con su cabeza de pájaro, ligeramente hundida
entre los hombros. Huesos, piel, cerebro y sentimiento.
¡Qué
deuda enorme tiene para ti el ciudadano del tango! ¡Qué grande y
lacerante enseñanza desnudó implacable el bisturí de tus
palabras a través de tu pluma valiente y resignada... y como un Cristo
moderno fuiste vapuleando, traicionado y vencido... Como todos los genios, sufriste
el derrotismo de algún "seudo-poeta" que condenó cobardemente
tus amargas verdades, sin asomarse a la profundidad abismal de tu alma, ni comprender,
que tristeza y poesía son palabras gemelas...
alguna vez te hicieron
justicia y tu nombre fulguró en luces, sobre la fachada de un teatro céntrico,
pero el reinado de esas letras fue fugaz... tal vez incomprensión, tal
vez olvido... Buenos Aires nocturno continúa su vida, más pálida
y triste, pero recordándote como a un Mesías del dolor humano. Como
al más fiel exponente de una suprema frustración sentimental, porque
es evidente que has dado de ti mucho más de lo que has recibido...
Quién se atrevería hoy a negarte, si hombres y mujeres de remotas
latitudes, han cantado y comprendido tu doloroso lenguaje... "Cuando manyés
que a tu lado se prueban la ropa que vas a dejar...". Quién se atrevería
hoy a discutir, la meridiana claridad de tu filosofía, cuando quizás
enfrentando el dantesco sufrimiento del propio fracaso dijiste en otra de tus
obras: "Cuanto dolor que hace reír". Has muerto, filósofo
doliente, de magra figura, y alma exuberante... Te has desprendido de la materia,
para seguir viviendo por siempre en la voz de todos los cantores del Plata, y
en la voz de los que vendrán mañana, cuando la muerte nos apague
en la garganta el deseo de seguir cantando tus tangos, mas allá de la vida...
Buenos Aires te querrá siempre, porque ha visto la limpidez de tu alma,
a través del designado cansancio de tus ojos buenos... No importa que no
haya calles ni estatuas que recuerden tu nombre. En cada corazón argentino
hay un bronce virgen que te espera...
JULIO
SOSA
Siluetas porteñas
Hoy: Oscar Alonso
La tarde es fría y lluviosa.
El dueño del café " 25 DE AGOSTO " comienza a tapizar
con aserrín el suelo desparejo y húmedo del viejo boliche, allá
en la ciudad de LAS PIEDRAS, en el URUGUAY. Corre el año mil novecientos
cuarenta y tantos... y hay esa noche mayor número de parroquianos, y mucha
expectativa, flotando en el ambiente denso de humo y de alcohol, del viejo café
de la Avenida Artigas. Un disco gira en el viejo gramófono de corneta y
cuando por momentos enmudecen los pitazos de las locomotoras, de la cercana estación
la voz grabada se percibe en todos sus matices, imponiendo a toda la concurrencia
de todo el café un silencio pleno de admiración y silencio. La dicha
y fortuna me fueron esquivas... Las sentidas estrofas del tango " San José
de Flores " cobran vida y se renuevan en la expresión y en el mágico
calor de esa voz varonil y dramática.
Es la voz de Oscar Alonso que
llega desde la negra circunferencia giratoria atravesando el humo, enredándose
entre las copas del mostrador, removiendo recuerdos, abriendo viejas heridas,
deteniendo en la mitad de su vuelo el pucho que la mano temblona de un ebrio lleva
a los labios, sentado junto a la ventana. Y es que de todos los presentes se ha
adueñado la sugestión poderosa de esa voz, plena de intensa vida.
Esta noche se presentará Oscar Alonso con sus guitarristas en el Teatro
Avenida, cumpliendo una de las últimas actuaciones de su gira por el Uruguay,
antes de regresar a Bs. As. Y esta noche, en el viejo café 25 DE AGOSTO
nos hemos congregado a esperarlo, todos los que no disponemos del importe para
pagar la entrada en el teatro. Se ha corrido la voz de que el gran cantor vendrá
luego de su actuación al boliche, con los amigos que le acompañan,
para hacer tiempo y tomar una copa, mientras llega el tren que deberá llevarlo
a Montevideo, y algunos de los más audaces piensan pedirle que cante allí,
en el boliche, para los que no tuvieron la suerte de poder verlo. De pronto, el
canillita de la puerta, que atisba calle arriba las tres cuadras que median entre
el teatro y nosotros, nos pone sobre aviso, y minutos más tarde, varias
personas llegan al café. En medio del grupo se destaca un morocho corpulento,
de rostro simpático y socarrón, y aspecto de luchador. Es Oscar
Alonso en persona. En seguida lo rodeamos, y luego de un par de copas y de aguardar
impacientes un tiempo prudencial, le pedimos que cante. El formidable morocho
no se hace rogar, y nos regala tres viejas canciones, que en su voz parecen recién
nacidas. Mientras canta, solo se oye la respiración de treinta pechos emocionados...
Y cuando la última nota de la canción agoniza en su garganta como
una lágrima, una atronadora salva de aplausos, y un ensordecedor griterío
conmueve las paredes del viejo café. En la estación, el tren ronronea
desde sus entrañas de fuego su constante y eterna sed de distancias, mientras
arroja por los grifos laterales un abundante y blanco aliento de vapor.. Inmediatamente
la locomotora grita su despedida estridente y el tren se aleja llevando la simpatía
de Oscar Alonso asomada a la última ventanilla, mientras su mano ancha,
carta de honradez y hombría, nos envía el último saludo...
Son las dos de la mañana y la "vieja " debe estar intranquila..
Me vuelvo a casa rápidamente, gustando en el recuerdo las canciones de
Oscar Alonso y pensando que no hay nada que hacerle: " Después del
que te dije, primero él..."
JULIO
SOSA