El 23 de mayo de 1995
se nos fue Jorge Melazza Muttoni, el escribano poeta.
Vaya
a saber por qué, tenía dos miedos, que le sirvieron de causa para
otras tantas bellas poesías: a los días viernes y a morirse en un
café. La vida le deparó la gracia de morir en su casa, entre los
suyos, y un martes (que, hélas, era el día aciago para los
antiguos).
Será por eso que no quiso abusar de la suerte y se quedó
sin ver el sol patrio que se acercaba.
Discurrió
su vida en un plano discreto y menor, perfectamente asumido y determinado, como
sólo los grandes que saben que lo son tienen el temple para decidir. Porque
Melazza fue un gran poeta, aunque jamás lo admitiera y aunque la sociedad
en que vivía apenas se diera cuenta.
Y como tal le
cantó incomparablemente, alternando un castizo ortodoxo y un lunfardo encantador,
a su ciudad (baste recordar Buenos Aires, 1930, Palermo,
Boca Juniors ¡era hincha de San Lorenzo! y Gardel, todas
antológicas), a sus gentes, a sus pequeñas cosas cotidianas, a los
misterios de la vida.
Pero, además, cantó
a sus grandes hombres y a la historia patria, clavando así en este duro
Flandes americano su pica revisionista: desfilaron de este modo por su lira San
Martín, el Perito Moreno, Dorrego, Lugones, Yrigoyen, Artigas, Chilavert,
José Hernández, Perón, el Operativo Cóndor
(quién, si no Melazza, se acordó de él y se conmovió
ante él?). Todos transfigurados, protagonistas de una poesía sin
prosopopeya, con adjetivos administrados cicateramente a fuerza de tanto respetarlos,
con imágenes originalísimas, desde puntos de vista inatisbados y
sorprendentes.
Pero dos de estas poesías sobresalen
del resto: las que dedicó a Rosas y a Ciriaco Cuitiño, el mazorquero,
pequeñas joyitas que afortunadamente merecieron imprenta. La primera fue
incluida en la formadable crestomatía La Vuelta de Don Juan Manuel,
que seleccionó Fermín Cháves y editó Theoría
en 1991. La segunda la sacó el padre Castellani de Tenemos que morirnos
todo un título para un libro de versos y la reprodujo en Jauja
Nº 11, de noviembre de 1967.
En 1993, seguramente por
una premonición de ésas que los poetas tienen (porque sólo
a ellos les es dado), sintió la necesidad de publicar una antología,
De la ciudad, su gente y sus amores, que le editó Vinciguerra y
que naturalmente ni intentó vender, limitándose a distribuirla generosamente
entre sus amigos.
En el prólogo escribió:
"En mi país duramente contradictorio, el comenzar
a ser se inaugura con la muerte.
A su espera, aún a riesgo de que en ella se me
catalogue de buen hombre, publico estos versos, que valen como formal
angustia".
Jorge
Melazza Muttoni ya no está angustiado. Ya comenzó a ser. Respetuosos,
no cederemos a la tentación de calificarlo de buen hombre, aunque
lo fue y en grado sumo.
Pero, hueros de su poesía
singularísima, habremos para concluir de tomarle prestados unos versos
escogidos de su Poeta envejecido que escribió, con temor tal vez:
Lo
llevan y lo traen mansamente
con algún gil para contar su gloria.
Pero
al final se irá de la memoria
como
se va en el subte alguna gente.
Y
habrá crecido pelotudamente
como
una mina que no tuvo historia...
Melazza tiene ya asegurado un lugar entre los que, si querer hacerla, hicieron sin embargo Historia, con la más difícil, dura y noble de las herramientas: la poesía. Y ya integra la memoria de la Patria.
Néstor
Luis Montezanti
Nota: El
doctor Montezanti es Juez de la Cámara Federal de Apelaciones de Bahía
Blanca.
Poeta envejecido
La noche lo fatiga.
Y el deschave
de encontrarse fulero y amargado
toca su corazón del otro lado
(ése
que no se ve, pero se sabe).
Inútil
su chamuyo. Todo cabe
en su vieja vejez. Está
parado
detrás de un Buenos Aires ignorado,
y es un enfermo que se siente grave.
Lo
llevan y lo traen mansamente
con algún
gil para contar su gloria.
Pero al final se
irá de la memoria
como se va en el
subte alguna gente.
Y habrá crecido pelotudamente
como una mina que no tuvo historia.
Jorge
Melazza Muttoni
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Perón Soy metalúrgico. Yo
soy aquel que vos no conociste Yo siempre te voté,
no quiero nada; Mirá: |
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Fantasma
Mañana,
amiga
cuando el tiempo apriete,
yo
quedaré con vos
como un fantasma
de esos que nos frecuentan
y
nos aman,
de esos que nos invaden dulcemente.
Viviré
lo entendés,
con
esa angustia
que me empaña los ojos
como el tango.
Estaré
en los rincones
de tu casa
esos
que se acomodan como perros fieles,
en esas
horas
en que nada pasa
y
te encontrás perdida entre los muebles.
De
noche creceré
junto a tu sueño
como un amigo servicial y escaso,
y
así sabré si bailas,
cuando bailas
con el talle rodeado por mi brazo.
Te
buscaré, seguro,
de improviso,
cuando
el domingo muera
como un pájaro
y
estaré junto al pan del mediodía
o
en el espejo gris de tu nostalgia.
Seré
un fantasma
particular y quieto;
ocuparé
un lugar
donde tú vayas
y
creceré con vos.
(Al fin y al cabo,
será una forma extraña
de
renacer
como una vieja planta.)
Jorge Melazza Muttoni
Hombre
Como un animal
estúpido
y cansado
caigo en la cama,
en
esta noche
entre abril y mayo,
solemnemente
angustiado
por el oficio de hombre.
¿Qué
llega en esta sangre
notarial y difusa?
¿El abuelo carpintero?
¿la
savia rosada de mis primeros años?
¿los
trasnochados paños de billares
de la
juventud?
¿acaso mi madre
o
las facultades con olor a papel viejo
y a palomas?
Tal
vez nada de eso,
tal vez un antepasado homesexual,
un mago, un conocido al que le falta un diente,
alguna calle con nombres olvidados
o
sólo tú.
Entonces debemos olvidar,
dejarnos llevar por el sueño
como
a un viejo prostíbulo.
Jorge
Melazza Muttoni