Querido Horacio:
Al llevarte
quisieron hacer otro tanto con tu nombre;
por eso las madres se armaron de pañuelos blancos
para caminar las plazas a cualquier precio.
Nuestra vieja, en cambio,
ovilló tu historia con las hilachitas que dejaste,
allí,
donde el balero y la bolita,
tu boletín de sexto y el álbum de fotos familiares.
Allí,
donde Patricia y la primera cita,
donde la libertad y la justicia tenían todo por delante.
Yo, como ves, no morí por nadie.
Volví al patio donde el viejo
nos enseñó a jugar con la de trapo
y escuchábamos los domingos el partido.
Horacio, querido Horacio,
me pregunto qué sería de nosotros,
si se hubieran cumplido algunos de tus sueños;
pero no creas que te extraño:
me acostumbré a dormir con la luz prendida
y a estas basuritas en los ojos.
Ya soy abuelo y tengo
las canas que desearía ver en tu sabiola.
Mis hijos saben de vos
como las mariposas de las flores,
y riego los malvones por si te dejaran salir
y anduvieras con ganas de un mate largo
como este abrazo.
Tu hermano Víctor
Elsa
Calzetta
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