15/04/90
Alejandra
Carlo
llegó a su casa profundamente dolorido. Eran apenas las tres menos cuarto
de la mañana del domingo, y ya estaba de regreso. Puso a calentar la
computadora y el agua para el mate, y mientras terminaba de disolverse en su
boca un caramelo ácido, echó yerba en el recipiente de madera,
lo ensilló cuidadosamente, y volvió junto a la máquina,
que ya lo esperaba resoplando quedamente.
"Enjambre de recuerdos punzadores/ pasaban en tropel
por su memoria". El profesor esbozó apenas la defensa trivial de
hacerse el idiota con su propia pena, y la descartó con inmediato fastidio.
Andrade lo dijo de San Martín; hablaba de cosas grandes, y él
podía tal vez compartir su grandilocuencia, pero nunca era aplicable
a un mendicante de afecto rechazado por una chica de la noche.
Pero Alejandra no lo había calentado: lo había
esperanzado, sin proponérselo y sin que el mismo Carlo se diera cuenta
siquiera. Y ahora dolía, en el mismo lugar de siempre, la quiebra de
la esperanza.
"No sé cuánto tiempo hace que está
en La Gaviota", se dijo. "Deben ser ya varios meses", calculó,
y le dolió aún considerar que pronto partiría hacia otra
"plaza", como todas las demás chicas, "artistas"
del sexo.
Recordaba que cuando llegó no lo había impresionado;
era una más de las que en esa época llegaban desde Santa Fe, joven,
de largos cabellos rubios seguramente teñidos, de estatura
más que mediana y contextura robusta, con caderas amplias y pechos pequeños.
Una típica potra argentina, de las que causaban al profesor un orgullo
idiota, como si fueran una demostración viviente del poderío de
su patria.
Era hermosa, sin duda, con una belleza segura y modesta, una
esposa biológicamente firme donde el azar que gobierna los encuentros
humanos podía quizás producir el acierto de la preñez con
genes más vulnerables pero igualmente valiosos, que transmitieran otros
rasgos más sutiles: los del artista, los del pensador, que necesitan
ser guardados en esas sólidas ánforas para no derramarse y perderse
definitivamente, y que han llevado al plan de Dios tantos siglos de cuidadosa
preparación y espera.
"Vamos bien", dijo el profesor en voz alta, y se
persignó con tranquilidad antes de seguir escribiendo. ¿Qué
podía hacer más que sublimar en meros pensamientos que pretendía
nobles la inquietud de sus órganos ansiosos y de su corazón
dolorido? Pero se puso a sollozar, y la obediente dos ochenta y seis permaneció
imperturbable ante su amo, sin burlarse pero sin intentar tampoco consolarlo
con un imposible afecto electrónico. Siguió escribiendo.
Alejandra: "varón valeroso". Rostro de rasgos
amplios y algo toscos, como los de las mujeres iraníes. Ojos grandes
y, como había constatado Carlo esa noche cuando la miró de cerca,
profundos y atrayentes como un lago tibio. Boca de labios carnosos, responsables
mayores de la fuerza sensual del conjunto.
La primeras noche habían conversado algunas palabras,
cuando ella, que vestía una malla negra, rechazó a un recién
llegado que pretendía manosearla. Carlo estaba sentado a su lado, y escuchó
con amabilidad los comentarios de la chica acerca de tales clientes. Reparó
también en su silueta, que le recordó la de Lía.
Un atardecer, paseando por Quequén con su hijita, el
profesor llegó como de costumbre hasta la puerta de La Gaviota, y se
detuvo para saludar a las chicas que por momentos se asomaban a la calle, a
esas horas apenas transitada.
"Esta chica es Alejandra", había dicho Carlo, y ella se había
inclinado para besar a la nena, mientras le decía con afecto: "¡Hola,
madre!" Ahora el profesor comprendía cómo ese detalle ínfimo,
sumándose insensiblemente a otros que sucedieron después, la había
acercado a su corazón.
Garronero incomprensible para las chicas, ya que jamás
había logrado en realidad el triunfo de un garrón, tampoco su
actitud entre melancólica y cordial tenía significado para ellas.
"¡Tenés que ir en ganador!", le recomendaba Lía
cuando Carlo naufragaba, como Fernández Moreno, entre sus brazos de única
y tan imperfectamente amada, y le hablaba dolorido de su pena y su soledad.
Del mismo modo, pero en sentido opuesto a lo que había
sucedido en él, Alejandra había ido acumulando imágenes
anodinas de Carlo en el boliche, pero nunca había dejado de darle a entender
con su sencillo saludo, aunque estuviera entre los brazos de un cliente, que
había notado su presencia. Esto ya era suficiente para Coioni, quien
podía entonces ir a sentarse en alguno de los duros asientos de cemento,
a la espera de lo que esa noche sucediera, con la tranquilidad de haber recibido
ese mínimo salvoconducto de autoestima que conlleva el no ser tratado
como un objeto por los demás.
Gratitud, esa era la palabra, y gratitud recíproca:
Lo que se da por gracia: una gota de ágape, el gesto que suprime la distancia.
Pensó en Juan Angel, el abogado de Villarrica, su abogado en los quilombos
de San Pablo. Está aquí ahora, constató el profesor, y
sus ojos se humedecieron.
No estaba sucumbiendo a sensiblerías. ¿Había
sido acaso más real la presencia de su amigo cuando, aquella madrugada
de años atrás, lo llamó por teléfono desde Paraguay?
Le había dicho simplemente: "Es que estaba pensando en tí;
por eso te llamo. Sólo eso quería decirte" Y eran casi las
cinco de la mañana, y ambos habían percibido que todo estaba bien,
que
el lazo amistoso ordenaba un poco más la realidad
Ahora también se acercaban las cinco, y Carlo volvió
a pensar en Alejandra. Todavía estaría atendiendo a los parroquianos
en esa noche de sábado, que se prolongaría hasta el amanecer.
A veces la había contemplado con delicia mientras ella
deambulaba por la sala, solicitada aquí y allá por los hombres.
Pero no la había deseado lo suficiente. Algo indefinible la asemejaba
a Lía y eso era precisamente lo que neutralizaba su deseo. Hasta había
pensado de modo ruin: "Si la invito a acompañarme, es como gastar
plata con mi esposa. Para eso me voy a casa." Y con la misma actitud había
seguido contemplando otros cuerpos y otras posibilidades de inversión
de sus escasos pesos de docente, y finalmente había regresado a Necochea
con el alivio de conservar el dinero para la siguiente noche, pero con el desasosiego
de no haberse encontrado con nadie.
Gratitud recíproca. ¿Por qué? ¿Qué
le había dado él a Alejandra, y qué había percibido
ella como una gracia que le ofrecía el profesor? Esta noche lo había
sabido, y por eso percibía ahora esa mezcla de sentimientos recíprocos,
que por otra parte le resultaba conocida y hasta familiar, eran tantas las veces
que la había adivinado en el trato de sus alumnas del profesorado, y
también algunas escasas veces en el de estas otras discípulas
nocturnas a las que quería tanto como a las otras.
El ovejero alemán viejo y gordo del restaurante griego
de al lado, que solía dormitar en la vereda, había entrado esta
noche de otoño demasiado húmeda al salón de La Gaviota,
y se había tendido cerca de la estufa para seguir durmiendo. Alejandra
se le había acercado y, agachándose, lo había acariciado.
Con la espalda apoyada en una columna decorada con espejos en forma de rombo,
Carlo había mirado con vértigo esas caderas ceñidas por
un short rojo que la luz del mismo tono hacía desaparecer, creando la
ilusión de que sólo las cubría la breve trusa negra, puesta
alevosamente sobre el breve pantalón.
A continuación ella se fue en dirección a las habitaciones interiores,
y Carlo se separó de la columna protectora y se acercó al perro.
Le pisó suavemente una de las patas traseras, pero el ovejero prosiguió
su sueño inmutable, entre las piernas de chicas y clientes que lo rodeaban.
Sólo más tarde, al recordar su actitud, Carlo se percató
de sus celos y del por qué del reprimido pisotón reprimido.
Ahora Alejandra había vuelto, y estaba sentada sobre
uno de los tres muchachos que ocupaban el sofá construido en mampostería,
toscamente tapizado con tela de alfombra, y con mesitas laterales revestidas
de cerámicos. Había separado sus muslos en posición casi
ginecológica, y Carlo se había emocionado. Cuando volvió
a levantarse, el profesor la llamó tímidamente:
Alejandra...
Ella acudió con expresión solícita, y
él se dio cuenta de que era la primera vez que la llamaba, y le dijo
con una insensatez que percibió como algo inevitable:
¿Por qué me tratás siempre como
a un bicho raro? Vaciló, al comprender que estaba iniciando una
conversación estúpida. "Con menos afecto que a este perro",
prosiguió mentalmente, y volvió a odiar al animal que dormía
junto a ellos.
Alejandra le sonrió, le acarició brevemente la cara con un dedo,
y volvió a su lugar entre los muchachos. Al poco rato ellos se marcharon
y la chica se fue a iniciar una conversación con otro cliente, cerca
de la puerta. Coioni miró su reloj, y se acercó también
a la puerta con gesto de estar pronto a irse. La chica dejo a su interlocutor,
y cuando pasó a su lado, Coioni volvió a llamarla.
Ella se detuvo con la misma actitud cortés y, prosiguiendo
neciamente su absurda interpelación, Carlo le dijo:
¿Cuándo vas a tratarme como a un cliente?
Vaciló, y continuó con dificultad: Me gustaría
que vos me atiendas...
Alejandra lo interrumpió:
Usted es un amigo, no un cliente. Y al ver la
expresión desconcertada de Carlo, prosiguió: Yo a usted
no podría atenderlo. Le tengo mucho aprecio y respeto. Mis amigos no
son clientes; es una norma.
"¡Otra vez!", se dijo el profesor furioso
consigo mismo, "¡Otra vez me quedo solo por mi culpa! ¿Por
qué mierda no trato de proceder como los demás?" Pero argumentó
todavía, sabiendo que ya no podría cambiar el veredicto:
Pero, ¿Quién pone esa norma? Yo también
te he tratado siempre con respeto y aprecio, y por eso mismo quiero que me atiendas.
Vos viste que yo no paso con ninguna chica. Me interesás vos precisamente
por eso...
Yo pongo esa norma respondió ella en un
tono que Carlo percibió implacable. No me sentiría cómoda.
Usted vio que yo tuteo a todo el mundo, pero a usted no, porque lo respeto y
para mí es un amigo.
Yo voy a tratarte con todo cariño y respeto protestó
infantilmente Carlo. Si te digo esto es porque lo necesito Y la
miró suplicante a los ojos. Nunca la había notado tan distante,
ni tan atrayente. En la penumbra, su rostro se había transfigurado y
era en ese instante la mujer más deseable del mundo. Y, como siempre,
lo rechazaba.
Yo me siento muy honrado por lo que me decís
le dijo dándole un golpecito con los dedos entre los dos pequeños
pechos, pero si te pido esto es porque lo necesito repitió
mientras trataba de mantener firmes las comisuras de sus labios. Ella permaneció
en silencio.
Mirá, pensalo, si vos sos mi amiga, pensalo unos
días. Yo voy a volver dentro de unas noches, y entonces, si te parece
bien, me decís.
Bueno respondió ella sin ninguna convicción.
Chau dijo el profesor, y sin escuchar su respuesta
huyó avergonzado por la puerta cercana.
Ya del otro lado del puente, caminando hacia su casa, Carlo
se dijo en voz alta: "Bueno, voy a consolarme con un caramelo". Y
sacó de su bolsillo uno de los que Lía le daba para ofrecerle
a las chicas. Un mezquino sabor a fruta sintética comenzó a llenarle
la boca. Carlo hizo un bollito con el papel doble del envoltorio, y lo lanzó
con rabia contra la vereda.
Qué mierda pasa? exclamó casi sollozando.
¡Por Dios!
Durante un brevísimo instante su mente quedó
en blanco, pero luego, en una mezcla de miedo, pena y agradecimiento, creyó
percibir que arribaba la respuesta, mayestática pero llena de piedad:
Eso mismo.
A las seis y cuarto de la mañana terminó la
tarea, y otra vez rompió en sollozos. La dos ochenta y seis seguía
con su suave resoplido, imperturbable.
El domingo
siguiente, poco después de las dos de la madrugada, Carlo entró
a "La Gaviota", y se dirigió, sin prisa, hasta la barra. Saludó
al encargado y al cliente que estaba sentado frente a él, e intentó
cambiar algunas frases con ellos. Pero ambos hombres permanecieron callados,
como aguardando a que Coioni concluyera su interrupción para reanudar
su silencio inerte, que evidentemente no admitía a terceros.
Particularmente animado por los signos de la Resurrección,
que se le habían insinuado durante todo ese domingo de Pascua, el profesor
decidió no seguir, como de costumbre, malgastando su actitud de búsqueda,
y se dirigió hasta el extremo de la barra, junto a la puerta que comunicaba
con las habitaciones interiores. Por allí apareció Liliana, vestida
con una prenda entera terminada en minifalda amplia, de color blanco y con grandes
lunares negros. Carlo giró la cabeza para saludarla amistosamente, y
recibió una respuesta hosca, por lo que volvió a su posición
anterior y permaneció en silencio, tratando de mantenerse bien erguido
y mirando hacia la sala con dignidad.
Entonces sus ojos, comenzando a adaptarse a la penumbra rojiza
y fluorescente, comprobaron lo que le había parecido ver al entrar: A
un costado de la puerta, rodeada por tres marineros filipinos, riendo y gesticulando,
estaba Alejandra.
Por momentos uno de ellos la abrazaba. Otro intentaba dar
algunos toscos pasos de baile con ella. Le habían puesto uno de los ordinarios
gorros de visera que traían puestos, y con su estatura mayor que la de
ellos, sus pantalones vaqueros y sus cabellos cortos, parecía por momentos
un capataz benévolo festejando con sus trabajadores el día de
cobro.
Habían transcurrido escasos minutos cuando Coioni salió
de nuevo a la claridad lechosa de la calle. Caminó algunos pasos y se
detuvo para mirar hacia el cielo brumoso y húmedo de la madrugada. El
plenilunio pascual iluminaba difusamente la calle desierta, a través
de un espeso velo de nubes.
Una tranquilidad pequeña, el atisbo de un sosiego,
comenzó a desarrollarse y crecer en el ánimo de Carlo, y a medida
que dejaba atrás calles adoquinadas y luces rojas de otros boliches comprendió
que estaba comenzando a transitar por un territorio diferente. Pisándolo
primero de puntillas, por temor de desvanecerlo o dañarlo, y luego con
paso gradualmente más seguro, se atrevió finalmente a mirar hacia
atrás en su interior, y pudo entonces aprehender con lucidez la prueba
que había concluido, y el nuevo plano en el que ahora proseguiría
su peregrinación.
Como lo sostenía desde su temprana juventud, siempre
ocurren milagros en Pascua, porque todo lo creado se asocia a la apoteosis de
su Creador y cada criatura asume, en la fiesta del triunfo definitivo de la
vida sobre la muerte, el misterio renovado de su propio destino, de esa minúscula
porción que le toca en la gran manifestación cósmica de
la Gloria. Carlo percibió entonces con agradecida certeza que había
sido liberado de otro obstáculo que dificultaba su camino.
Con paso deliberadamente tardío terminó de cruzar
el puente sobre el Quequén, de regreso su casa en la ciudad vieja. Sentía
todavía esa nostalgia sin fundamento, pero tan humana con
que abandonamos esas prendas viejas que hasta ayer mismo nos protegían
y abrigaban, para empezar a vestir con cierta reticencia la ropa nueva que va
a acompañarnos en la siguiente etapa.
Pascua de Resurrección, 15/04/1990
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