De: "Alan Parker"
Enviado: Jueves 17 de noviembre de 2005 11:57
Asunto: Envío de cuento breve
Encontré vuestra página buscando una letra de tangos, y me gustó
mucho.
Bueno, envio un cuentito que escribí y espero que sea de utilidad.
Estamos en contacto.
Saludos.
Pipo.
_____________________________________
Texto corregido:
Alfredo
Alfredo. Ese es su nombre. Abrazó la misma profesión
que su padre. Por sus venas corre sangre árabe. Alfredo elegía
una esquina cualquiera y le hablaba a la gente y la gente creía en lo
que él les decía. Él les decía verdades contundentes,
les decía que murió Eva, que estalló la guerra, que Argentina
es campeón del mundo, que se mató Monzón, que Olmedo se
cayó desde muy alto, que Argentina es campeón del mundo otra vez,
que las cosas no están muy bien en el país..., qué sé
yo. Alfredo los convocaba desde su esquina y la gente acudía a él,
le creían y le compraban... diarios. Alfredo era diariero, como su padre,
con el pecho atravesado por mil cuchillos helados y curado con mil besos de
calor intenso. Eso sí, siempre de madrugada, apretado, arremolinado,
cargando bajo los brazos montones de diarios, siguiendo con la vista los dedos
veloces y entintados de los despachantes: hasta diez, hasta veinte, hasta cien...
La vida le enseñó a contar rápido, demasiado, como el que
come rápido porque le acechan su comida.
Después, a todo pedal, a disputarse las esquinas, con
el polvo de los héroes, de los próceres pariendo encrucijadas.
Y el pregón, su verdad, una verdad demostrada, creíble, pero...
poca. Sólo el título, el enunciado escueto. Los seguidores de
Alfredo incondicionales orejeaban la punta pero querían más,
por eso le compraban el diario y se alejaban presurosos cada cual con su afán.
Yo lo aprendí a querer a ese Alfredo, no sé por qué. En
realidad era un tipo bastante jodido, pero tenía algo... era gordo, qué
sé yo. Era... el quiosquero de mi cuadra, y no de mi cuadra natal, claro
que no, esa cuadra no necesitaba de nada, era perfecta. Alfredo era el quiosquero
de mi primera cuadra de casado, cuando al regreso de mi luna de miel me ofrecía
la alternativa de cientos de páginas de emoción para que me olvidase
que había quemado todos mis patios confinándome frente a una ventana
que desde veinte metros de altura sólo me ofrecía interminables
techos de chapas oxidadas. Por eso Alfredo era mi luz, él me decía:
Hétor querido y me charlaba de cosas que yo... francamente.
Hétor querido... También me decía: "Cómo pelás
la de cuero forrada de tovén" en alusión a mi billetera
y su efímero contenido. Cuando le hacía una compra importante
me gritaba, como despedida: "¡no te mueras nunca...!".
Un viernes por la mañana, rumbo a la cochera para ir
a trabajar, paso frente al quiosco y mis nudillos se quedaron en el aire frente
al vidrio oscuro tragándose el saludo. El gordo cerrado... qué
raro, ¿no?. Al mediodía, ya de regreso, tapera... Lo veo al pibe
de la rotisería de enfrente, el hijo de Mary, me convida un Marlboro
y me dice: "Viste, el gordo... qué cagada...." "¿Qué
pasó?"desesperé en ese instante. "¡Se murió,
loco! Dicen que el corazón...". No escuché más nada.
¡Alfredo! Pero cómo, si anoche estuvimos charlando de marcas antiguas
de cigarrillos, cómo, cómo... Subí al departamento y cuando
dejé las cosas en la silla me puse a llorar despacito, ¡porque
esas cosas no se hacen, gordo! ¿Cómo que te morís así
y listo?. Pasó el viernes, el sábado y todo el domingo, triste.
Pasaba frente al quiosco, y los taxistas de la parada como en un velorio: sin
risas, sin mate, sin cargadas. Hasta el teléfono de la casilla dejó
de aturdir; los muchachos desconectaron la campana del árbol del gordo,
acaso en señal de respeto, no fuera cosa que la campana vieja le invadiese
la paz al difunto nuevo...
El domingo se apagó en una tarde tan triste como la
lluvia finita que calaba hasta las paredes. Desde mi puesto de vigía
los techos abandonados se fueron pintando de negro hasta que la noche se los
comió a todos como el lobo del bosque, pensé, y el
mismo negro me llevó al mundo de los sueños hasta el lunes.
Lunes, igual. Frío, garúa, asfalto tornasolando
combustible bajo las dispares luces, el templo adventista de la vereda de enfrente
de mi edificio lloraba por sus dos altísimas aguas sobre los vecinos
de izquierda y derecha, ¡Ja! pensé, el Señor
hace caer la lluvia sobre el justo y sobre el injusto por igual. ¿Y Alfredo?
Dónde estaría. Debía pasar por el kiosco. Mi camino pasaba
frente al kiosco del gordo y cuando no se detenía por tabaco se llevaba
un comentario o una cargada, pero siempre algo se llevaba. Siempre.
Encaré a paso firme, no todo lo vidrioso era de lluvia
nomás, desde adentro yo seguía incrédulo por ese quiebre
inesperado. Las luces prendidas me intuían a Aurelia, su esposa, con
el dolor a cuestas y la profesión nueva de ser la quiosquera . Pasé
frente a la vidriera, miré para adentro y lo veo al gordo apoyado con
los dos codos en el mostrador como no decidiéndose a tomar el mate que
le cebaba la mujer. Me saltó el corazón en el pecho... (Gordo,
esto está para el carajo, si yo te veo a vos es que estamos los dos muertos,
hermano...). Entré como si me metiera en la jaula del león...
¡Hétor querido! me grita el gordo
con su vos graznada.
¡Alfredo! Pero, ¿¿cómo...??
y por dentro, la máquina a todo lo que da: ¿Qué le
decía?
De pronto mi emoción le solucionó el problema
a la razón:
Alfredo, ¿le puedo dar un abrazo? el gordo,
confundido, se dejó abrazar como si fuese una heladera sometida al fletero.
Sabe qué pasa, Alfredo, que en el barrio se chamuyó
que usted se había muerto, ¡qué quiere que le diga...!
¿En serio? dijo el gordo ¡Más
de uno habrá festejado con un asado! y se reía como loco.
¿Y yo? El tipo se fue a Bariloche a ver a la hija;
¡chau, cerró y se fue, y entre todos lo matamos! ¡Qué
contento estuve ese día! ¡La de gente que se enteró que
Alfredo no se había muerto nada, y ni siquiera sabían quién
era Alfredo, pero qué me importaba...!
Alfredo... fuiste un poco Cristo y un poco fantasma. Cuántas
veces nos tropezamos con estas historias de Cristos y fantasmas, ¿no?
Cuántas veces... sólo que no todos las suelen ver.
Algunos, nomás. Los que aprendimos a creer que todo
lo malo que nos dicen es verdad.
Alfredo: no te mueras nunca.
_____________________________________
Texto original:
ALFREDO
Alfredo, ese es su nombre. Abrazó la misma profesión que
su padre. Por sus venas corre sangre árabe. Alfredo elegía
una esquina cualquiera y le hablaba a la gente y la gente creía en lo
que el les decía. El les decía verdades contundentes, les
decía que murió Eva, que estalló la guerra, que Argentina
es campeón del mundo, que se mató Monzón, que Olmedo se
cayó desde muy alto, que Argentina es campeón del mundo otra vez,
que las cosas no están muy bien en el país... que se yo, Alfredo
los convocaba desde su esquina y la gente acudía a el le creían
y le compraban...diarios. Alfredo era diariero, como su padre, con el
pecho atravesado por mil cuchillos helados y curado con mil besos de calor intenso.
Eso sí, siempre de madrugada. Apretado, arremolinado, cargando
bajo los brazos montones de diarios, siguiendo con la vista los dedos veloces
y entintados de los despachantes, hasta diez, hasta veinte, hasta cien... la
vida le enseñó a contar, rápido, demasiado, como el que
come rápido porque le acechan su comida. Después a todo
pedal, a disputarse las esquinas, con el polvo de los héroes, de los
próceres pariendo encrucijadas. Y el pregón, su verdad,
una verdad demostrada, creíble, pero... poca, solo el título,
el enunciado escueto. Los seguidores de Alfredo (incondicionales) orejeaban
la punta, pero querían más, por eso le compraban el diario y se
alejaban presurosos cada cual con su afán. Yo lo aprendí
a querer a ese Alfredo, no sé por que. En realidad era un tipo
bastante jodido, pero tenía algo... era gordo, que sé yo.
Era... el quiosquero de mi cuadra y no de mi cuadra natal, claro que no, esa
cuadra no necesitaba de nada, era perfecta. Alfredo era el quiosquero
de mi primera cuadra de casado, cuando al regreso de mi luna de miel me ofrecía
la alternativa de cientos de páginas de emoción para que me olvidase
que había quemado todos mis patios confinándome frente a una ventana
que desde veinte metros de altura solo me ofrecía interminables techos
de chapas oxidadas. Por eso Alfredo era mi luz, el me decía Hetor
querido y me charlaba de cosas que yo... francamente. Hetor querido...
También me decía: como pelás la de cuero forrada de toven,
en alusión a mi billetera y su efímero contenido. Cuando
le hacía una compra importante me gritaba, como despedida, no te
mueras nunca!!!. Un Viernes por la mañana rumbo a la cochera para
ir a trabajar, paso frente al quiosco y mis nudillos se quedaron en el aire
frente al vidrio oscuro tragándose el saludo. El gordo cerrado....
que raro no?. Al mediodía, ya de regreso, tapera... Lo veo al pibe
de la rotisería de enfrente, el hijo de Mary, me convida un Marlboro
y me dice: viste el gordo... que cagada.... Que pasó (desesperé
en ese instante) se murió loco! Dicen que el corazón... no escuché
más nada. Alfredo! Pero cómo si anoche estuvimos charlando
de marcas antiguas de cigarrillos, como, como... subí al departamento
y cuando dejé las cosas en la silla me puse a llorar despacito, porque
esas cosas no se hacen gordo! Cómo que te morís así y listo?.
Pasó el Viernes, el Sábado y todo el Domingo, triste, pasaba frente
al quiosco y los taxistas de la parada, como en un velorio, sin risas, sin mate,
sin cargadas, hasta el teléfono de la casilla dejó de aturdir,
los muchachos desconectaron la campana del árbol del gordo, acaso, en
señal de respeto, no fuera cosa que la campana vieja le invadiese la
paz al difunto nuevo...
El Domingo se apagó en una tarde tan triste como la lluvia finita que
calaba hasta las paredes, desde mi puesto de vigía, los techos abandonados
se fueron pintando de negro hasta que la noche se los comió a todos,
como el lobo del bosque, pensé, y el mismo negro me llevó al mundo
de los sueños hasta el lunes.
Lunes, igual. Frío, garúa, asfalto tornasolando combustible
bajo las dispares luces, el templo Adventista de la vereda de enfrente de mi
edificio lloraba por sus dos altísimas aguas sobre los vecinos de izquierda
y derecha, Ja! Pensé, El Señor hace caer la lluvia sobre el justo
y sobre el injusto por igual. Y Alfredo? Dónde estaría.
Debía pasar por el kiosco. Mi camino pasaba frente al kiosco del
gordo y cuando no se detenía por tabaco se llevaba un comentario o una
cargada, pero siempre algo se llevaba. Siempre.
Encaré a paso firme, no todo lo vidrioso era de lluvia nomás,
desde adentro yo seguía incrédulo por ese quiebre inesperado.
Las luces prendidas me intuían a Aurelia, su esposa, con el dolor a cuestas
y la profesión nueva de ser: la quiosquera . Pasé frente
a la vidriera, miré para adentro y lo veo al gordo apoyado con los dos
codos en el mostrador como no decidiéndose a tomar el mate que le cebaba
la mujer. Me saltó el corazón en el pecho... gordo esto
está para el carajo, si yo te veo a vos es que estamos los dos muertos
hermano... entré, como si me metiera en la jaula del león... Hetor
querido, me grita el gordo con su vos graznada, Alfredo!! Pero como??? Y por
adentro la máquina a todo lo que da, ¿qué le decía?
De pronto mi emoción le solucionó el problema a la razón:
Alfredo: ¿le puedo dar un abrazo?, el gordo confundido se dejó
abrazar como si fuese una heladera sometida al fletero. Sabe que pasa
Alfredo, que en el barrió se chamuyó que usted se había
muerto, que quiere que le diga!. En serio? Dijo el gordo, más de
uno habrá festejado con un asado!!!! Y se reía como loco.
Y yo?, el tipo se fue a Bariloche a ver a la hija, Chau, cerró y se fue
y entre todos lo matamos!!!. Que contento estuve ese día! La de
gente que se enteró que Alfredo no se había muerto nada y ni siquiera
sabían quien era Alfredo, pero que me importaba!!!.
Alfredo... fuiste un poco Cristo y un poco fantasma, cuántas veces nos
tropezamos con estas historias de Cristos y fantasmas no?, cuantas veces,...
solo que no todos las suelen ver.
Algunos, nomás. Los que aprendimos a creer que todo lo malo que
nos dicen es verdad.
Alfredo... no te mueras nunca.
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Correcciones:
Se han corregido algunos
signos de puntuación guiones, comas, acentos, para que su
forma no disminuya la atención que merece
su contenido. Nótese lo complejo de la puntuación que se requiere
en el diálogo. Es curioso comprobar cómo al leerlo no percibimos
los guiones, los incisos, los puntos y aparte, pero si no están colocados
correctamente la lectura tropieza y entonces nos damos cuenta
de que algo no está bien resuelto.
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De: "Alan Parker"
Enviado: Martes 22 de noviembre de 2005 17:11
Asunto: Agradecimiento
Quiero agradecerle la publicación de mi cuento; realmente ha sido una
grata sorpresa para mí ver una de mis pequeñas historias formando
parte de una página en serio.
Le cuento que soy de Bahía Blanca, ciudad a la que pertenezco desde siempre
y con el "agravante" de ser, vía paterna, tercera generación
de bahienses que no es poco.
Mi nombre es Héctor, efectivamente, y Pipo es mi apodo estrictamente
familiar. Lo demás... alias para MSN; una especie de baile de máscaras
centelleando en azul.
Le cuento que descubrí la página buscando una letra de Eladia
Blázquez, e inmediatamente pensé en enviar "Alfredo",
que es una historia real ocurrida hace unos diez o doce años en Bahía
Blanca.
En realidad yo no soy escritor ni mucho menos, pero sucede que una vez, hace
unos quince años, me reuní con un arquitecto para empezar a darle
forma a lo que alguna vez sería mi casa. Evidentemente habré sido
tan confuso (ja, ja...) que el pobre muchacho me pidió que le escribiese
qué es lo que quería y se lo hiciera llegar. La idea inicial era
La Casa, esa cueva en la que encontramos refugio...
Bueno, con la tarea encomendada, desempolvé mis precarios conocimientos
de macanógrafo (recibido, y con diploma, en una Royal que
parecía un rinoceronte) y largué con el tipeo. Y así fue
que una cosa trajo a la otra, y de pronto me vi escribiendo noche tras noche,
de mis historias, mis recuerdos... en fin. Todos esos escritos estaban compilados
en una carpeta que se llamó "Mi Casita", carpeta que por
supuesto extravié durante la mudanza a la que hoy es mi casa. ¿Ironia
del destino? Tal vez. Por suerte "Alfredo" y otras historias similares
se salvaron en un disco floppy, ya que entre aquella Olivetti
y la mudanza, incorporé a mis haberes una PC que, en algun momento, recuerdo
como una maravilla tecnológica.
Bueno, pido disculpas por lo extenso, pero ¡habita en mi un terrible charlatán!
De la página poco puedo decirle, ya que no la he revisado en profundidad,
pero se la ve sólida y con una plantilla de gente que es un aval por
sí misma. Me compromento a leerla con detenimiento en cuanto me sea posible.
Renuevo mi agradecimiento por su amabilidad y quedamos en contacto hasta cualquier
momento.
Saludos.
Pipo
Estimado Pipo:
Tal como lo anuncio en la página de inicio de este Taller
Literario Virtual, mi intención es ofrecer una serie de reglas y
criterios estéticos que puedan resultar útiles a aquellas personas
interesadas en mejorar sus habilidades de escritura, y en algunos gratificantes
casos descubrir qué calidad alcanzan los textos que producen algunos
"aficionados".
Vaya como ejemplo el Poema
de Patricia Begino de profesión contadora pública,
que publiqué directamente en la Página
de Poemas, pues no tenía nada para corregir y sí mucho para
admirar.
En Internet hay lugares cuya finalidad es meramente la de publicar producciones
de todo tipo y calidad, y en Mensajes
del año 2003 he sugerido un par de direcciones de tales sitios.
En algunos anecdóticos y patéticos casos, algún
remitente se ha ofendido por las correcciones que realicé a sus producciones
(posteriormente consiguió que se le publicaran en forma de libro con
dinero del municipio bahiense al que aporto desde hace muchos años
con mis cinco facturas de tasas municipales al día).
Hasta ha habido quien llegó a inquirir en tono impertinente con qué
criterios publicaba una producción en la página de Poemas en vez
de en el Taller Literario. (¡ma sí, loco, pegate un tiro...!)
Como la única arma que poseo es una honda (gomera, dice el diccionario)
con horqueta del mimbre del patio, que mi papá cultivaba para sacarle
ramitas largas y delgadas con las que atar las parras después de la poda,
y que conservo desde hace casi cincuenta años ya no está
el mimbre, ni mi papá, pero sí las parras, y ahora soy yo el que
las podo en junio no puedo ofrecerle al desubicado un medio idóneo
para que concrete mi propuesta.
En cambio, voy a proseguir con mi oficio de corregir, corregir encarnizadamente
como lo propone Abelardo Castillo en el encabezamiento de Textos
enviados no sólo los textos de alumnos de carne y hueso
que asisten a mis talleres literarios a quienes exhorto a que sigan reescribiendo
incansablemente sino las páginas de estas mismas secciones de mi
sitio, además de otras correcciones mucho más significativas y
vitales: mi propia conducta, mis valoraciones, mis pecados, aún a riesgo
de incurrir en nuevos y más dolorososo errores: equivocándose
se aprende.
Y también se aprende con el ejemplo. Más aún: el
ejemplo que damos quienes nos dedicamos a la docencia es el recurso didáctico
más poderoso de que disponemos.
Conrado De Lucia
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