De: N. D
Enviado: Domingo, 24 de Octubre de 2010 06:59 p.m.
Asunto: Corrección de textos
Hola Conrado: adjunto a
ésta una poesías que me atreví a escribir, utilizando como
disparadores las palabras resaltadas en negrita. Como mi experiencia en jugar
con las letras formando palabras e hilvanando frases no es muy larga, pero si
me atrapa, te hago llegar ello para que tengas la amabilidad de realizar las
correcciones pertinentes.
Desde ya agradezco la deferencia que descuento tendrás para con esto
y quedo al aguardo de tus noticias. Cordialmente.
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AMISTAD Amistad que el destino Compartiendo recuerdos, Y un paisaje furtivo Mensajes de ensoñación Amistad: devoción
demostrada -------------------- REMEMBRANZA El lenguaje
acompasado Como una metáfora
de viento Surgen mis días
dorados Y el campaneo rutilante Y hoy toda esta algarabía Nuevos bríos
me imprimen estas felices evocaciones |
Amistad Amistad
que el destino Compartiendo
recuerdos Y
un paisaje furtivo Mensajes
de ensoñación Amistad:
devoción demostrada -------------------- Remembranza El lenguaje
acompasado Como una metáfora
de viento Surgen mis días
dorados, Y el campaneo rutilante Y hoy toda esta algarabía Nuevos bríos
me imprimen estas felices evocaciones, |
Correcciones
Como puede verse en las dos versiones que anteceden, estos ejercicios han requerido en primer lugar correcciones formales de puntuación, y otras como quitar mayúsculas indebidas y agregar sangrías.
En segundo
lugar, más allá de algunas rimas, cabe señalar que no se
trata de poemas sino de oraciones en prosa.
Esto se evidencia al disponerlas de corrido, lo que además permite percibir
los requerimientos de puntuación que motivan los cambios realizados.
Tanto un poema como una prosa deben llevar los mismos signos de puntuación,
dado que su finalidad es la misma: evitar posibles errores de intepretación
ambigüedades, anfibologías, y facilitar la lectura.
Amistad
que el destino al azar un día me regaló, y con la magia del lenguaje
algunos secretos reveló.
Compartiendo recuerdos metáforas nos unieron
como aquellas campanadas que están al viento atadas.
Y un paisaje furtivo de poesías entonadas van
hilvanando palabras en los eslabones del alma.
Mensajes de ensoñación repartimos cada día
con ilusión, apegados simplemente al cariño que nos abriga incansablemente.
Amistad: devoción demostrada que espanta a la desazón
para sentirnos acompañados y hacer retozar de alegría al corazón.
La ausencia de ritmo en estos textos aspecto que les daría un carácter poético definido motiva que la aparición de algunas rimas dispersas provoque cierta cacofonía. Tampoco tiene fundamento el hipérbaton cambio del orden sintáctico habitual que aparece reiteradamente. Puede eliminarse la cacofonía repetición desagradable de sonidos reemplazando por adjetivos algunos de los adverbios en mente. Al corregir estas alteraciones el texto mejora:
Amistad
que el destino me regaló un día al azar, y reveló algunos
secretos con la magia del lenguaje.
Nos unieron metáforas compartiendo recuerdos,
como aquellas campanas que están atadas al viento.
Y un paisaje furtivo de poesías entonadas van hilvanando
palabras en los eslabones del alma.
Cada día repartimos con ilusión mensajes de ensueño,
apegados simplemente al cariño incansable que nos abriga.
Amistad: devoción demostrada, que espanta a la desazón,
nos hace sentir acompañados y hace retozar de alegría al corazón.
Como
ejercicio para aplicar las sugerencias anteriores se puede seguir perfeccionando
la sintaxis del texto y desarrollando sus conceptos.. Queda también librado
al interés del lector hacer las modificaciones análogas que requiere
el texto titulado "Remembranza".
Comentario
Escribir
poemas no consiste precisamente en armar oraciones enhebrando palabras, sino
en algo más simple* y por consiguiente más difícil
de lograr: expresar percepciones personales, experiencias íntimas,
vivencias subjetivas; encontrar la manera de hacerlas comunicables, lograr que
el lector participe experimente, perciba análogos estados
de ánimo que los que motivaron e inspiraron la producción del
poeta.
*Si
bien el lenguaje corriente asimila simple a fácil,
y compuesto a difícil, en realidad simple es lo
que no tiene partes el alma, el amor. Esa simplicidad dificulta
la intelección; en cambio lo compuesto puede ser analizado des-compuesto
parte por parte para facilitar su comprensión: Una máquina, un
edificio, también un contrato comercial o un manual de instrucciones
tienen partes yuxtapuestas que pueden separarse, mientras que las palabras de
un poema bien logrado constituyen una totalidad de sentido que invita a la contemplación
más que al análisis. La poesía constituye en realidad una
síntesis una com-posición que participa de la íntima
unidad de las cosas simples: el espíritu, lo sagrado, lo bello. El poeta
Armando Tejada Gómez ha escrito: "Por eso, muchacha, no partas
ahora soñando el regreso/ que el amor es simple, y a las cosas simples
las devora el tiempo".
En el
quehacer poético no se trata de escribir versos ingeniosos, formalmente
logrados y literariamente impecables, sino de decir a los demás al
lector, al prójimo algo visceralmente propio y a la vez de todos,
individual pero generalizable; algo recóndito que debe ser mostrado para
ensanchar la realidad en que vivimos todos los seres humanos, pero que exige
la mediación de la palabra develadora del poeta.
Esa realidad suma a la que se refiere la auténtica
poesía es el Ser, el misterio inefable inexpresable que está
más allá de todos los entes, que los fundamenta y los cobija.
Ese Ser trascendental es inalcanzable para nuestra condición de seres
creados y finitos, y por lo tanto contingentes y perecederos. Sin embargo, la
poesía nos permite durante unos luminosos momentos acercarnos a la sacralidad
de ese Ser perpetuamente esquivo. Por eso Martín Heidegger ha dicho que
"la poesía nombra a lo sagrado". Cuando un poema no consigue
nombrarlo siquiera sea mínimanente; cuando quien escribe se da cuenta
de que no ha aportado nada para sí ni para su prójimo, le queda
un solo y honesto recurso: el cesto de papeles.
En sus clases de cancionística el maestro Virgilio
Expósito solía ponerse a componer en presencia de sus alumnos,
sentado al piano. Nos enseñaba que una melodía desarrollada con
acierto depende "del sentido melódico y de los dedos armónicos
del pianista". O lo que es equivalente, de una equilibrada
mezcla de conocimientos técnicos y de inspiración creadora.
Su capacidad de instrumentista le permitía a Virgilio desarrollar frases musicales ricamente armonizadas, modulaciones acertadas, efectos rítmicos, acentos inesperados. Pero cuando ese brillante oficio, que le permitiría disimular la escasez de contenido de una improvisación, no satisfacía su anhelo de expresar algo nuevo, Virgilio se detenía, nos miraba arrugando el ceño y exclamaba con su voz cascada: "¡Qué malo...!". Y abandonaba el intento.
Esa ha
sido una de sus profundas enseñanzas: la de que un músico profesional
puede escribir melodía tras melodía "con la máquina
de hacer chorizos", como decía él del mismo modo en
que un periodista escribe uno tras otro olvidables artículos para publicar
en el diario que, como bien se ha dicho, "hoy se lee con interés
y mañana sirve para envolver pescado".
Otra enseñanza implícita era la que Virgilio
Expósito nos ofrecía con su actitud autocrítica: no se
enamoraba de sus creaciones, sino que cuando constataba su inanidad las sacrificaba
apenas nacidas. Seguía en esto el precepto de su hermano Homero, quien
cuando nos enseñaba a escribir letras de canciones nos decía:
"No se miren al espejo, sino desde el espejo".
Cuando Virgilio murió, en octubre de 1997, había
escrito más de tres mil quinientas composiciones, en una tarea desarrollada
incansable y cotidianamente durante décadas. Pero, como él mismo
decía, apenas un centenar podían llegar a trascender algún
día, y tal vez media docena de ellas podían ser lo son,
sin duda geniales, es decir, habitadas por ese genio mágico que
de tanto en tanto inspira a los artistas. Otro tanto puede decirse de la obra
de su hermano, con quien en colaboración nos dejó "Vete de
mí", "La Cruz del Sur", "Naranjo en flor", y
unas pocas canciones más definitivamente logradas.
Cierta alumna de taller literario solía enamorarse de sus más que modestas producciones, las aprendía de memoria y pretendía recitarlas en clase, como si se tratara de poemas unánimemente apreciados por su calidad artística. Una vez me animé a decirle en privado que no malgastara más su tiempo memorizando sus propios balbuceos a menos que se lo hubieran prescripto como ejercitación para evitar el mal de Alzheimer y que, ya que le agradaba hacerlo, aprendiera de memoria cuantos poemas de autores clásicos pudiera. Le aseguré que ese trasfondo poético guardado en su subconsciente y aun en su inconsciente iba a enriquecer su espíritu mucho más que la contemplación satisfecha de su propio ombligo literario.
La memorización de poemas enriquece no sólo las clases de literatura sino las de toda disciplina intelectual, aun de las que requieren de un rigor lógico extremo. Cuando se han sedimentado en el intelecto frecuentes lecturas en verso y en prosa, acuden a la mente imágenes originales que facilitan la expresión de nuevas ideas y conceptos. Así lo reconocen incluso docentes totalmente pragmáticos como Postman y Weingartner (La enseñanza como actividad crítica, Madrid, Fontanella, 1969). Otro pedagogo norteamericano, Lloyd Kline, afirma rotundamente que el maestro de cualquier disciplina es ante todo un maestro del idioma (Búsqueda personal y educación, Bs.As., Guadalupe, 1973).
Ciertos "creadores" se jactan de que no leen para no influenciarse con la manera de escribir de otros. Niegan que exista esa "digestión intelectual" en parte deliberada y en parte inconsciente que nos permite asimilar lo requerido por nuestro espíritu e y desechar lo que no lo nutre o que incluso lo perjudica. Su afectada búsqueda de originalidad se asemeja a no querer alimentarse para no parecerse a las sustancias que forman parte de la comida.
En definitiva,
tanto la escritura literaria como la composición musical aun admitiendo
lo placenteras que esas actividades resultan en algunas ocasiones no son
entretenimientos para los ratos de ocio sino medios que hacen posibles las más
elevadas expresiones del espíritu. El lenguaje nombra lo sagrado, y hace
ya mucho tiempo que por intermedio de Moisés Dios ha prescripto
que lo sagrado no debe ser tomado en vano.
Conrado De Lucia
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