Un capítulo de novela lleno de humor

De: Mario Moreira
Enviado: Domingo 04 de Mayo de 2008  12:17
Asunto: Solicitud de ayuda

Licenciado Conrado De Lucia.
Terapia Tanguera
Muy apreciable Licenciado:
Le saluda cordiamente Mario Moreira, salvadoreño, residente de Brisbane, Australia y muy amigo de Lucila Reyna, quien me recomendó enviarle una muestra de mi trabajo de novato escritor. Este material no ha sido publicado y será una gran ayuda para mí su crítica; no importa que sea despiadada, pues yo sé que será constructiva.
Me he esforzado por seleccionar una muestra breve, pero no he podido. Le envío un capítulo algo extenso, y ruégole por ello disculparme. El capítulo describe una reunión del Rector de un colegio religioso de enseñanza secundaria, con el cuerpo de profesores.
Le agradezco anticipadamente su atención a mi solicitud.
Cordialmente,
Mario Moreira

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Paquete Undécimo

   DONDE LOS PROFESORES, PREVIA PERSECUCIÓN DE UN PÍCARO, PASAN DE LA PARLETA A LA PARRAFADA, PROSIGUEN CON PERORATAS, Y PARAN EN PARLOTEO.

   En la Rectoría, lugarote favorito de Sabadell, se arremolinan: Adimagio, con sombrero de ala encubridora; Betinotti, de botines amarillos para escándalo de la sotana negra; Basurto, ceñida la cabeza con pañuelo tricolor, y Sigüenza el Melífluo, emperejilado con un collar de flores naturales. Para destrozar una mariposa que patalea sobre el timbre de la mesa, el Rector levanta el labio, muestra un colmillo y descarga un golpe de bolígrafo. Pero el insecto se aparta y el timbre suena.
   –¡Se abre la sesión! –martilla nuevamente Sabadell.
   –¡El ladrón, agarren al ladrón! –vocifera el padre Ramírez. Por la puerta de la Rectoría cruza veloz una sombra, propiedad del amigo de lo ajeno, y tras él en carrera taconeante, Ramírez, Jefe de Deportes del Colegio, quien se estrella contra una pilastra, zambombazo que lo tumba sobre la grama. Aflauta la voz Amapolo:
   –¡Pronto, un médico, aunque sea el doctor Mendoza!
    Acude Basurto a los primeros auxilios y Adimagio se encarga de la persecución. El autor del alzado, de saco y corbata, sin zapatos ni calcetines, estroboscópico de empeine, célere de callos, de tabas, ligeruelo; con pisadas abofeteantes de ladrillos y media de mujer ceñida hasta el cuello (cara de masa encefálica tras cedazo); listo de manos y largo de uñas, abraza un copón de plata labrada y reflejante, y así, apegado a lo eucarístico, se interna en las galerías de Primaria, seguido por los trancos y chirridos de las suelas de Adimagio. El Hermano choca con el padre Krauss, quien suelta partituras y escritos, y queda por el suelo y sin anteojos. Teme el extravío de un extraño croquis del órgano hidráulico construido por Ctesibios de Alejandría, durante el reinado de Ptolomeo VII; de un papel que contiene calumnia contra Vitrubio; y se conduele por lo que ya da volteretas y bailadas con el viento: una copia borrosa de la notación inventada por Herman Contractus; el adagietto falsamente atribuido a Buxtehude; la chacona que le robó a Lulli el inepto de Baetius, y una sonatucha de Spitz el Ignorado. Amapolo, en pantalones zarrapastrosos, camisa en jirones y zapatos descoloridos, ofrece su brazo al padre Krauss, y no bien se incorpora el derribado, le acierta un puñetazo al conserje por considerarlo autor del empujón. Cacosamente desaparece el malandrín y en espera de ruidillo que revele su escondite, nadie despega labios ni mueve pies. El descalzo se ha metido en la Rectoría, y respira con miedo a las espaldas de Aquilino y cerca de la nuca de Basurto, quien lo busca con gemelos. Se abre paso el caco con una embestida y lanza a Basurto contra los ladrillos, quien acrobático, se pone vertical, persigue con un azador al saqueador, y visto que se le escapa, le arroja la herramienta, que da en los rostros del acaudalado matrimonio Sutterson, progenitor de los alumnos de apellido igual. Aquilino patentiza su pesar y sus respetos y asegura que por cuenta del colegio, correrán los honorarios del cirujano plástico que fuere necesario. Mientras tanto el rufián y el copón salen a la calle y se pierden en el mar de gente.

    Una hora más tarde, recuperada la paz, se reanuda la sesión.
   –Este Consejo se convoca –exclama el Director– a solicitud del padre Betinotti.

   Conecta cables y tuberías el Ingeniero William Luna para que el agua y la luz le resulten por cuenta del vecino. Luna, 2.00 PM.
   
   El perpendicular Betinotti junta las manos a la altura del pecho, las mueve como si se las lavase y le da jabón al jerarca:
   –Amadísimo Padre Director...
   –Dejemos de hacer tilín y entremos en materia –corta el teólogo.
   –Es causa de profunda pena para nosotros –manifiesta Betinotti– el sacrílego robo, que debiéramos denunciar a la Policía.
   –¿Para qué? –pregunta Aquilino–. 
¿Para que nos exijan partidas de nacimiento? ¿Certificados de matrimonio de nuestros abuelos? ¿Para que nos encierren en una celda mientras escriben nuestras biografías, y redactan en decuplicado nuestra denuncia? ¡Faltaría eso!
   –Tiene razón, Padre.
   –Vamos a lo nuestro –dice el Rector–. ¿Hay algo que tratar que no esté incluído en la agenda?
   –Se perdieron unos libros de canto –informa Sigüenza.
   –¿Algo más, hermano Adimagio?
   –Nacas.
   –¿Cómo?
   –Nada más, quise decir.
   –Bien, comencemos. Punto primero. Pruebas contra los autores del daño a mi sillón. Tiene la palabra padre Betinotti.
   –Oh, sí. De acuerdo a sus instrucciones, me puse guante de hierro, expulsé tres días a los alumnos de quinto curso, y les dije cuántas son cinco.
   Se exaspera Aquilino y habla fuerte:
   –No se vaya por las márgenes. En concreto, ¿qué pasó?
   –Al discipulado se le pegó la lengua al paladar. No dijo haches ni erres.
   El maestro Sigüenza interviene:
    –Sí Padre. Soy testigo. Nadie soltó el mirlo.
   –¿Qué lenguaje, qué chachareo tenemos? ¡Por San Millán de la Cogolla! ¿Me tratan de decir que no conocen los nombres de quienes me derribaron?
   –Sospecho de Ling –insinúa Betinotti con tono de voz agallinado.
   Aquilino tartajea:
   –¿En qué se fundan sus sospechas?
   –No sé. No me gusta su rostro. Además, yo desconfío de chinos y japoneses.
   Sufre el Rector un ataque de desesperación, y en busca de consuelo eleva los ojos al firmamento, pero no trepan, pues los detiene el cielo raso, donde cuelgan unos alambres que sostienen un cocodrilo disecado, de escamas lustrosas, sonrisa eufórica y ojos de vidrio azul. Baja la vista y tropieza con los calcetines de Sigüenza, rojo uno, amarillo el otro.
   –¡Por el Cenobio Burgalés de Silos! ¡Ustedes no tienen prueba ni de su propia existencia!
   –Hemos hecho lo que buenamente hemos podido –afirma Adimagio. El Rector se dirige a Sigüenza:
   –¿Y usted?
   –¿Yo?
   –Sí, usted.
   –Ah.
   –¡Usted no diga nada!
   –Sí.
   –¡He dicho que no!
   –No.
   –¿O debe decir algo?
   –No.
   –¡Entonces cállese!
   Tadeo Sigüenza se pone de mil colores. Se arrepiente de haber desenmudecido.
   –Hablemos del punto número dos: robo de ácidos en el laboratorio. Explique padre Betinotti: ¿qué hedió ayer en su clase de Moral y Urbanidad?
   –Burlaron la vigilancia de Amapolo. Robaron sustancias químicas y las vertieron debajo de los muebles. Hablar de hediondez es quedarse corto. Aquello era una cicuta volátil, si se me permite la licencia.
   Aquilino tira de sus cabellos y aprieta los dientes:
    –¿Quién regó el ácido?
   –No estoy seguro. Por las dudas castigué a Sánchez y a Blockenmeyer. Los mantengo de pie, cara a la pared, una hora diaria.
   –¡No hay pruebas contra nadie! ¡Por la zona salmantina de Cespedosa! ¡Corrieron los días y ustedes cazando jejenes! ¿Descubrieron por error o chiripa, los nombres de los bellacos que cursan estudios en el colegio y que a la sombra, resquebrajan su disciplina y desmoronan mi paciencia? ¡Ustedes cacarean y no ponen el huevo! Y yo soy el dueño de la culpa por depositarles mi confianza. ¿Acaso no me sé que el olmo no da peras? ¿No es evidente que del caldo no se puede sacar tajadas? ¡Ah, pero de aquí en adelante, alto al bobeo! Yo mismo me encargaré de descubrir a los revoltosos. ¡Ningún alumno moverá una pestaña sin mi permiso! ¡Lo juro por el monje Bermudo! ¿Me escucha, Sigüenza? ¿Qué libros ojea?
   –Dos novelas: Doña Ana no está aquí y El Hombre Araña.
   Sabadell se golpea la frente con la palma de la mano y exclama:
   –Punto tercero y último. Propuesta del señor Ling. Padre Basurto, tiene la palabra.
   –Gracias. El señor Chang Ling, padre del alumno Ling, es dueño de un cohetería y nos propone sus productos, que son los siguientes: el cohete chispero, novedad pírica; el toro de fuego, en versión taiwanesa; la girándula lírica, recreación propia; el salchichón volador, imitación de platillo y los buscaniguas Splish Splash, premiados por la Municipalidad.
   Aquilino se pone cejijunto. Basurto despega los labios:
   –El cohete chispero es graciosísimo. Se propele a sí mismo con un rebufo lengüeteado de fuego terso y solicita la atención de quienes lo rodean con un "shhhhhh" de salida, salvadas sean las distancias, en la tradición de Cabo Cañaveral. Pero en medio de la tufarada, a los dos metros, frena, se frustra y traquea. No se decide. Ni sube ni baja. China la pólvora. Vuelve por su prestigio al formar un hongo de chispetillas multicolores, en miríadas que deslumbran y carbonizan ojos si los hay cerca, o incendian cortinajes si cuelgan en las inmediaciones. En pluvial descenso, terminan las partículas ígneas la alharaca, con un silencio que desilusiona, pues se esperaba más del cohete chispero (aunque si lo analizamos bien) honesto de nombre pues sólo chispas prometía.
   Aquilino arquea las cejas. Locuta Basurto:
   –El toro de fuego no lo recomiendo, pues para sacarle partido hay que embestir con él a alguien y no encuentro razón para que nos quememos entre nosotros mismos. Ponerlo en manos de los alumnos sería prenderle fuego al colegio.
   –¿Muge? –pregunta Sigüenza.
   –No. Es de varillas de madera forradas de papel. En los cuernos lleva atadas bombas; de las ancas se le dispersan ráfagas de fuego rojo, veteado de amarillo. El tableteo de triquitraques es tal que se encoge el ánimo en arrepentimiento de haberle arrimado el fósforo de arranque.
   Aquilino enfierece el rostro y Basurto adelanta la conferencia:
   –La girándula lírica es lo mas cíclico que ustedes puedan imaginar. Redondelea sus visajes con una ardentía de movimiento que es un gusto. Orbicular y fosfóricamente. Derrama una pulverizada incandescencia, en finísimo y plateado centelleo, con suavidad de melodía, y si algún chisporrotazo brota del halo azul, interrumpiendo la certeza del giro (a batutta) no se sale, cíñese, regresa puntual al esquema rítmico. Rescoldos descienden como nieve quemante sobre el piso y partículas de trémolos luminosos, en sordísimo y apagado glokenspiel, son delicia de abellimenti en el aire ahumado. Los chinos tienen sus cosas sin lugar a dudas.
   Interrumpe el padre Krauss:
   –Por culpa de la música china mi abuelo se volvió loco.
   –¿Cómo es eso? –chispea Basurto.
   –Se tomó a pecho aprender dicha música, cero temperada, jamás armónica. Investigó sus remotos orígenes, desde cuando Huang Ti abofeteó a Ling Huen por el desorden con que ejecutaba, y lo conminó a establecer orden en aquel océano de maullidos. El primer lío en que se metió mi abuelo (que se llamaba Otto) fue el proponerse distinguir entre el aspecto cheng y el aspecto yn. ¡Qué iba a poder! Se agravó su estado mental cuando se adentró en la sabiduría del Sistema Heptáfono. Progresó su locura al penetrar en la Escala de los Siete Principios, sumergida en el misterio como la Antártida. Fué tan prolongada la zambullida que hubo de ahogársele la mente. Quedóle aterida y ya no pudo ejecutar. Se quedaba tieso, saxofón en mano, es decir zing tung en mano, que así se llamaba un complejo de tubos vegetales, hoy en desuso por impráctico, pues sonaba quedo, como canto de chicharra muerta. Pero el acabóse comenzó con la transgresión de normas religiosas locales, al componer una polca dentro de los moldes anhemitónicos, lo cual casi le vale decapitación chorreante. Lo salvó su mucamo Tang, quien ofreció su cabeza por la de mi abuelo. Cedió al filo la de Tang. Finalmente, enrevesada su razón pasó a la condición de orate. No lo culpo. Tal es la profusión de métodos de esos señores chinos, que Schoenberg habría pasado entre ellos por un simplón, al competir contra sesenta sistemas principales y veinticuatro secundarios (que alguna gracia tenían y aceptación) y ello sin hablar de modulaciones que son ochenta, multiplicadas por las variantes que resulten de la habilidad individual de garganteo.
   Betinotti corta al padre Krauss:
   –Padre, estamos hablando de pólvora, no de música. Además, usted no está invitado a esta reunión. Le sugiero que vaya a la enfermería a ponerse hielo sobre ese chichón morado que se le ve en la frente y parece cacho.
   –Es cierto, señores –musita Krauss–. Con permiso, me retiro.
   –Continúe, padre Basurto –metronomiza Betinotti.
   –El salchichón volador deflagra en otro estilo. De mecha como culebra, se levanta por levitación y vuela con mansedumbre. Saluda con luces de bengala. Huele a perro quemado y lanza llamitas azules con ruidos de maíz que se revienta, de tronitosa timidez. El padre Aquilino, tajante:
   –Háblenos de los buscaniguas y termine.
   Obedece Basurto y resume:
   –El concepto de la rapidez en turno: los buscaniguas Sssssssssssplish Sssssssssssplash. Peligrosas rúbricas de fuego, de cauda ampollante. Curvos balazos de luz silbadora. Flechas rastreadoras de juanetes. Cometillas enloquecidos. Aullidos de la noche.
   –¡Un momento! –interrumpe el Director del Instituto San Heliodoro–. ¡Ya estuvo bueno! ¿Quiere decirme, padre Basurto, para qué necesitamos productos pirotécnicos en nuestro colegio?
   –Para nada.
   –Entonces dígale al padre del alumno Ling, que se vaya a reventar petardos a Noruega. ¡Desalojen mi oficina cuanto más antes! ¡Usted Sigüenza, el primero! ¡Salgan ya, pero ya! ¡Afuera he dicho!

   Expulsados los profesores, el maestro de Solfeo en un aparte con Basurto le confiesa:
   –Quisiera ser ciempiés.
   Basurto se sorprende y pide a Sigüenza que se explique.
   –El padre Aquilino las tiene contra mí. Si existe la reencarnación, a mí me gustaría ser el insecto que dije.
   –¿Pero qué rayos pinta aquí el padre Aquilino?
   –Si yo fuera ciempiés tendría espíritu guerrero, no pusilánime. Habría de temerme el padre Aquilino, no de regañarme.    Caminaría en zigzag, algo que siempre he soñado pero que no pongo en práctica para que no me crean loco. Sería ondulante, no tieso; inquieto, no pasivo; abundante de pies, en compensación de lo que me ha escatimado la vida; coloreado, no pálido. Pediría nacer fosforescente, para que no me pisoteen de noche como me pisotea de día el señor Rector. Polipatudo, galán herrumbroso, erizadamente acicalado, con anillos por costillas, media docena de fauces y antenas en mis ojos, las lombrices temblarían al verme. ¡Al fin temblaría alguien que no sea yo!
   –Maestro Sigüenza. Sus deseos son heréticos. Olvídelos.
   –Sí señor.
   
   Bernita Flint pega fuego a su negocio asegurado contra incendio. Flint, 4.30 AM. 
   
   El maestro de Solfeo se va para su casa y Basurto a rezar a la capilla.
   
   
El ingeniero González paga para que lo secuestren. González, 3.48 PM.


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Correcciones e indicaciones

   He corregido un solo error ortográfico: los monosílabos se acentúan solamente cuando su significado es ambiguo: "dé" –del verbo dar– lleva acento para diferenciarlo de la preposición "de". "Da", del mismo verbo, que aparecía tres veces con acento, evidentemente no lo requiere.

   No encontré ningún error sintáctico –lo que es digno de destacar en esta época de diarios, revistas e incluso libros plagados de ellos–. La puntuación está dentro de la variabilidad admitida como correcta para las distintas modalidades de elocución del castellano, por lo que solamente agregué alguna coma que me pareció indispensable.

   El empleo de las rayas de diálogo, un aspecto formal que suele originar numerosísimas dudas, ha sido resuelto con escasos errores:

   L
a raya no es el guión que está en el teclado y que se usa para separar sílabas, unir dos palabras o indicar que una palabra continúa en el renglón siguiente. La raya de diálogo es más larga, y debe escribirse con Alt + 0150, o incluso con Alt + 0151: La primera tiene la longitud de la letra "n", y en la pantalla de las computadoras suele resultar visualmente más adecuada. La segunda es la raya que aparece en los textos impresos, y su longitud equivale a la de la letra "m".

   Al estar separadas por líneas en blanco, las presentes indicaciones podrían prescindir de la sangría en el margen. En cambio en los textos literarios la sangría es indispensable para facilitar la lectura, pero no debe ser excesivamente larga: Tres o cuatro espacios son suficientes. Con la sangría sucede lo mismo que con las rayas de diálogo y con la puntuación: cuando estos rasgos están correctamente dispuestos, el lector no los advierte, y en cambio percibe que lee el texto con facilidad.

   En cambio, una coma mal ubicada –por ejemplo, entre el sujeto y el verbo– hace tropezar en la lectura, y otro tanto ocurre cuando la falta de sangría dificulta encontrar el comienzo de cada nuevo párrafo.

   En el caso de las rayas de diálogo, cuando no están pegadas a la palabra que corresponde sino a la anterior o la siguiente; cuando flotan entre dos espacios, y cuando el inciso que delimitan contiene algún signo de puntuación que debería quedar afuera, la lectura resulta dificultosa y hasta molesta.
Ejemplo:
   -Es causa de profunda pena para nosotros- manifiesta Betinotti -el sacrílego robo, que debiéramos denunciar a la Policía.
La forma correcta es:
   –Es causa de profunda pena para nosotros –manifiesta Betinotti– el sacrílego robo, que debiéramos denunciar a la Policía.

   Acotación: El verbo no debería estar en subjuntivo: "debiéramos", sino en potencial: "deberíamos". Como es una sustitución de uso frecuente, cabe atribuirla al modo de hablar del personaje, y no necesariamente a un error del autor. Por otra parte, es el único verbo de conjugación objetable que encontré.

   Volviendo al uso de las rayas de diálogo, el siguiente es un ejemplo de error mínimo, pero que basta para producir extañeza en el lector:
   -¿Para qué? -pregunta Aquilino. -¿Para que nos exijan partidas de nacimiento?
Cuando el inciso concluye, el punto debe quedar afuera:
   –¿Para qué? –pregunta Aquilino–. ¿Para que nos exijan partidas de nacimiento?

   Por motivos formales semejantes a los anteriores –facilitar la lectura–, lo correcto es que cada frase de un diálogo se inicie en el margen, y no a mitad del renglón:
   Se exaspera Aquilino y habla fuerte: -No se vaya por las márgenes. En concreto ¿qué pasó?
La disposición correcta es:
   Se exaspera Aquilino y habla fuerte:
   –No se vaya por las márgenes. En concreto, ¿qué pasó?

   Acotación: En la oración que antecede se ha agregado una de las pocas comas de uso posiblemente indispensable.

   Cuando concluye lo dicho por un hablante, no se debr repetir la raya de diálogo luego del punto. Las frases dichas, y los comentarios, deben disponerse además en renglones distintos.
   Ejemplo:
Aflauta la voz Amapolo: -¡Pronto, un médico, aunque sea el doctor Mendoza!- Acude Basurto a los primeros auxilios y Adimagio se encarga de la persecución.
   Lo correcto es:
   Aflauta la voz Amapolo:
   –¡Pronto, un médico, aunque sea el doctor Mendoza!
   Acude Basurto a los primeros auxilios y Adimagio se encarga de la persecución.

   Cuando el hablante reproduce un sonido en forma de onomatopeya, ésta debe ir entre comillas:
-El cohete chispero es graciosísimo. Se propele a sí mismo con un rebufo lengüeteado de fuego terso y solicita la atención de quienes lo rodean con un shhhhhh de salida, salvadas sean las distancias, en la tradición de Cabo Cañaveral.
   La forma correcta es:
   –El cohete chispero es graciosísimo. Se propele a sí mismo con un rebufo lengüeteado de fuego terso y solicita la atención de quienes lo rodean con un "shhhhhh" de salida, salvadas sean las distancias, en la tradición de Cabo Cañaveral.

   Es correcta la inclusión de una línea en blanco cuando concluye una secuencia del relato y se incia otra.
   Ejemplo:
(...) Aquilino patentiza su pesar y sus respetos y asegura que por cuenta del colegio, correrán los honorarios del cirujano plástico que fuere necesario. Mientras tanto el rufián y el copón salen a la calle y se pierden en el mar de gente.

    Una hora más tarde, recuperada la paz, se reanuda la sesión.
   –Este Consejo se convoca –exclama el Director– a solicitud del padre Betinotti.

   Se debe dejar también una línea en blanco antes y después de un párrafo que no forme parte del relato. También debe separarse del mismo modo todo párrafo que se incluya sin pertenecer al relato, y destacarlo, como usted lo ha hecho correctamente, con letras itálicas..
   Como, ejemplo, el final del capítulo:

   –Maestro Sigüenza. Sus deseos son heréticos. Olvídelos.
   –Sí señor.
   
   Bernita Flint pega fuego a su negocio asegurado contra incendio. Flint, 4.30 AM. 
   
   El maestro de Solfeo se va para su casa y Basurto a rezar a la capilla.
   
   
El ingeniero González paga para que lo secuestren. González, 3.48 PM.
   
   
    Finalmente, algunas indicaciones respecto de la presentación:

    Se debe escribir en un estilo de Word lo más llano posible, sin viñetas al margen como las que tenía su texto (pueden utilizarse como guías en un borrador, pero que debí quitarlas copiándolo en un nuevo archivo).  

   La tipografía debe ser la usual en los libros impresos: una fuente como ésta (Times New Roman) es adecuada para ser leída con comodidad en la pantalla, pero tiene sarifes demasiado marcados para un texto impreso sobre papel. La que usted utilizó, sin sarifes, en estilo de helvética de trazo grueso (Arial Rounded MT bold) es adecuada en carteles, pero no en un texto literario.

   Cuando el texto ha de ser impreso en forma de libro, se usa normalmene la fuente "AGaramond" (Adobe Garamond), en cuerpo 12, 13 o 14.. Algunos libros están impresos con la fuente "Garamond", que es ligeramente más redondeada. Toda otra fuente desmerece la edición, y en algunos casos puede llegar a arruinarla: He visto un ejemplar de la gran novela de George Orwell 1984, impreso en una tipografía tan molesta para la vista que se vendía a la mitad del precio de otras ediciones.

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Comentario

Estimado Mario:
Me he divertido grandemente con su texto, escrito en un lenguaje muy castizo y repleto de humor, un tanto culterano pero también de una agudeza mordaz y una inteligencia poco común. Me recordó a los Artículos de costumbres de Mariano José de Larra, a Camilo José Cela, al Machado de Juan de Mairena, a los escritos satíricos de Francisco de Quevedo, y también a escritores argentinos como Leopoldo Marechal –Adán Buenosayres, El banquete de Severo Arcángelo–; Miguel Cané –Juvenilia–; Enrique Larreta –La gloria de don Ramiro–, y tantos otros que afortunadamente se atrevieron a dejar de lado la solemnidad y nos legaron obras perdurables.

Su narración me trajo a la memoria a otro escritor argentino, Pedro Orgambide, quien declaró en una oportunidad: "Estudié en un hirsuto colegio de salesianos. De él obtuve un mal latín, el hábito de ponerme los pantalones dentro de la cama, y la costumbre de cagarme en Dios cada cinco minutos.". Los extravagantes religiosos de su relato me recordaron también a algunos personajes que conocí personalmente, como el padre Martinelli, quien se revolvía la entrepierna con una mano sobre la sotana mientras, sentado en su cátedra, explicaba brillantemente –aunque farfullando– la metafísica de Santo Tomás.

Los párrafos en letra itálica incluidos en el capítulo despiertan curiosidad por conocer las otras historias que se desarrollan en su novela. Creo que valdrá la pena que la concluya y la publique, con el solo requisito de ajustar detalles formales como los señalados . El contenido, más allá de que pueda gustar o no –eso depende de la preferencia de cada lector–, merece ser reconocido por su calidad. Reciba mis felicitaciones por su trabajo.

                                                                                                                                          Conrado De Lucia
   
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