Enviado por Cristina
(México)
Fecha: Martes 30 de agosto de 2005 23:03
Estimados señores:
Espero que se encuentren bien. El motivo de mi e-mail es para felicitarlos por
su página web la cual me parece muy interesante, y para agradecerles
el haber dispuesto un espacio para el "Taller Literario Virtual",
el cual me ha sido de gran utilidad. Asimismo me permito la
ocasión para que, por medio del presente, tengan la amabilidad de leer,
criticar o corregir mi texto, el cual les envío adjunto a este mensaje.
Sin más por el momento, les envío un cordial saludo desde México.
Atte,
Cristina.
_________________________________________
Correcciones:
He indicado en color rojo las modificaciones
efectuadas, incluso cuando se ha tratado solamente de quitar o de agregar una
coma. En estos casos, he señalado en rojo la palabra que antecede al
signo agregado o suprimido, para facilitar su cotejo con el texto original.
La intención del trabajo de corrección no es
sólo la de mejorar el texto presente, sino también ofrecer ejemplos
que enseñen a mejorar los textos futuros que escriban tanto el autor
como quienes utilicen su relato como lección para mejorar a su vez sus
habilidades de escritura.
La revisión cuidadosa de este texto me ha ofrecido
algunas dificultades particulares, originadas no precisamente en errores, sino
en las diferencias entre los giros usuales del español mexicano y el
argentino.
Del mismo modo cabe aclarar que aunque parte de los errores
de puntuación señalados lo son sin ninguna duda, otros no son
errores en sentido estricto, sino que se deben nuevamente a la diferencia de
modalidades del español escrito en ambos países.
Por otra parte, el régimen habitual de la puntuación
no es su régimen obligado, sino que varía a lo largo de
las épocas e incluso según las preferencias de cada autor. Basta
comparar en dónde ubican las comas autores españoles que han escrito
con algún siglo e incluso algunas décadas de diferencia.
Finalmente debe tenerse en cuenta que aun el corrector mejor
intencionado puede falsear el ritmo, el particular escandido que el autor había
querido imponer a su relato. La codificación escrita del lenguaje oral
el verdadero, es siempre imperfecta, tal como sucede con la notación
musical. En consecuencia, tanto quien lee un texto como quien ejecuta una partitura
en un instrumento musical, no reproduce exactamente la obra del autor, sino
que meramente la interpreta.
Tras estos reparos que intentan justificar los errores
inevitables de un trabajo de corrección, queda por decir que este relato
de Cristina está entre los más originales, imaginativos y deleitables
que he recibido en el Taller Virtual. Es un texto que por su frescura y vitalidad
tiene buenas probabilidades de ser reconocido en un concurso literario.
Conrado
|
Texto original:
Carmelo, el hijo
gordo de la señora del puesto de tamales que se ponía a
jugar en la esquina del mercado lo había descubierto. Primero se
sorprendió de verlo abajo del puesto de tomates, luego, le escupió
un exclamo nauseabundo al ver al Chorizo comiendo un bolillo mohecido,
con pequeños brotes blancos. Y por tal motivo, comenzó a
razonar que si el Chorizo comía tales porquerías, seguro
todo su organismo estaba lleno de lombrices, y si no cambiaba sus hábitos
alimenticios, alguna lombriz astuta llegaría hasta su cerebro y
se abastecería rotundamente del órgano, hasta dejarlo idiota.
El Chorizo escuchaba al gordo Carmelo con una paciencia inescrutable,
sin ofenderse por la grotesca manía de Carmelo de rascarse la nariz
justo cuando hablaba con alguien, ni de sus comentarios, pues nadie ni
nada le quitaba el gusto al Chorizo de comerse su bolillo duro. El pan
ganado con esfuerzo, atiborra alegrías sin importar los ladrillazos
en las uñas de los pies o los cueros de las costillas que se arranca
uno, en el desperdicio de la sociedad, pues es aún una bendición
del cielo encontrar alimento en los caminos, y es un pecado desperdiciar
tanta comida, abandonándola en la basura, teniendo tanta hambre. Terminada la merienda y dejando las migajas en el suelo para los ratones o cucarachas ( que también son dignos de ser alimentados) el Chorizo dio un paso tranquilo hacia la plaza municipal, donde pólvoras chinas se vendían por colores llamativos y estruendos voraces.
En medio de la plaza
municipal, en un banco de madera, ya muy viejo y rechinante, don Sebastián,
fabricaba sus toritos con mucha paciencia, a menester de que
sus dedos temblaban al más mínimo contacto con el aire,
y en veces se equivocaban, derramando la pólvora en el suelo, o
cortando de más los cartones que formaban el cuerpo de los toritos.
Aún así, don Sebastián, no desistía de su
labor, pues para ser honestos, vendía mucho más que ningún
otro, y siempre fabricaba toritos especiales para el Chorizo que explotaban
mucho más fuerte, y esparcían por los cielos mucho más
colores que las demás pólvoras. Algunos toritos hasta dibujaban
flores rojas que al irse desvaneciendo, desplegaban sus coloras dormidas
en tonos amarrillos, terminando con sus hojas caídas de chispas
color verde. Todo un arte, que adornaba el cielo, provocando la envidia
de las estrellas azules titilantes.
El Chorizo llegó
con don Sebastián y después de platicar sobre el fútbol
de temporada y los sucesos del día, compró al menos unos
diez toritos. El Chorizo, contento con sus cartones llenos de pólvora,
caminó hacia el kiosco de la plaza municipal, sacó sus cerillos,
y justo cuando iba a encender uno, gritos de hombres roncos y huecos,
lo asustaron. El banco de don Sebastián, estaba partido a la mitad,
y un hombre vestido de azul, golpeaba en la cabeza con un mazo al débil
anciano. El Chorizo no tuvo tiempo de ir a rescatarlo, y por más
que corrió, no alcanzó a defender a don Sebastián,
que después de la golpiza, a pocos segundos, estaba dentro de una
patrulla. El polvo no dejó anuncio del camino que la patrulla tomaría,
ni nunca se supo el motivo de la detención de don Sebastián,
pero el banco partido a la mitad, anunciaba el fin de las colas estelares
y cósmicas que los toritos dibujaban en la plaza.
Pasaban los días como hormigas ambulantes, sin ton ni son, y el Chorizo, preocupado, se paraba enfrente del kiosco de la plaza municipal todos los días, con la esperanza de ver llegar a don Sebastián, libre y erguido de un buen orgullo. Pero, don Sebastián nunca llegaba. Así que, desesperanzado, y con las rodillas clavadas en el piso, el Chorizo desistió de su guardia después de muchas lluvias que lo ahogaban, y con un dolor en el alma que le invadía como vinagre amargo la garganta y el pecho, dejó la labor de guardia a un árbol robusto que figuraba justo enfrente del kiosco, y que sabría esperar con mucha más paciencia a don Sebastián. No hay mal que dure mil años, dicen por ahí, así que don Sebastián tenía que aparecer en algún momento soleado, nublado o lluvioso, ya sea de noche o de día.
Pero pasaron los días que se dormían, y las noches que se despertaban, en las cuales, algunas veces la lluvia atormentaba a los amantes, que se escondían bajo los árboles, o el viento alzaba juguetonamente las faldas de las criadas. Y en todo ese andar en forma de calidoscopio del tiempo, el Chorizo se había olvidado casi por completo de don Sebastián y sus toritos. Le dolía tanto no saber de él, que lo terminó enterrando en su memoria, con claveles rojos y una luciérnaga taciturna, la cual se aparecía en las noches, jalando a don Sebastián de la mano, y ambos (el viejo y la luciérnaga) despertaban a media noche al pobre Chorizo de su olvido. Muchas noches como esas, vivía el Chorizo, y en una de esas, no pudo resistir la angustia de ver al anciano siendo arriado como burro por esa luciérnaga. Se levantó despavorido, y caminando por donde la desesperación le guiaba, llegó a toparse con el vacío de una barranca, llena de basura hostil e inservible, en donde ni las ratas pretendían vivir.
Hasta la fealdad
más agraviada, refleja un poco de belleza, cuando nos sentimos
aliviados de esos sentimientos opresivos, que nos hacen regar agua por
los ojos, apachurrar el corazón y arrancarnos el esqueleto, y por
eso el Chorizo, por un momento, se convenció que la exhalación
de su aliento, levantaba una línea sutil y blanca que parecía
una pequeña ninfa, volando sobre un extraño mundo de óxidos
y fétidos, que era tranquilo y bello. A punto estuvo el Chorizo
de quedarse a dormir ahí, cuando por alguna razón (quizás
coincidencia o quizás el destino) una mariposa nocturna se posó
sobre una botella de plástico, quemado y arrugado, en donde, a
través de su cuerpo transparente, se veía un ojo bien abierto
y trillado. El ojo que descubría los ojos del chorizo, que reflejaban
a través de su retina, el cuerpo demacrado y tieso de don Sebastián.
Entonces los perros aullaron, por el miedo de oír el grito desgarrador
y trastornado, de un niño penando.
Con los ojos rojos y brillantes, el Chorizo caminaba como un lobo perdido, entre las calles dormidas, y las sombras de la luna. No tenía destino alguno, más que el de divagar como alma flotante, por el dolor y la angustia. Aquella ponedumbre que alguna vez le había brindado el placer de la supervivencia, le dejaba ahora la mancha negra sobre la frente, del velo de la muerte.
El Chorizo se siguió
caminando por una banqueta sin fin, continua y distante, hasta que el
oscuro fin de esta, se lo tragó. Nunca más se supo del Chorizo,
ni se le vio rodando por el mercado buscando algún fruto del concreto.
Algunos dicen que se fue al mar, otros que sentado en un banco de madera,
cuelga de una estrella, en las noches de colores salpicones y toritos,
para ver, los destellos caer, sobre la tierra fiel. |
Texto
corregido:
Carmelo,
el hijo gordo de la señora del puesto de tamales,
Terminada la merienda, y dejando las migajas en el suelo para los ratones o las cucarachas (que también son dignos de ser alimentados) el Chorizo dio un paseo tranquilo hasta la plaza municipal, en donde se vendían pólvoras chinas de colores llamativos y estruendos voraces.
En
medio de la plaza municipal, en un banco de madera
ya muy viejo y rechinante, don Sebastián
fabricaba sus toritos con
mucha paciencia, a menester de que sus dedos
El
Chorizo llegó junto a don Sebastián,
y después de platicar sobre el fútbol
de temporada y los sucesos del día, compró al menos
unos diez toritos. Contento con sus cartones
llenos de pólvora, caminó hacia el kiosco
de la plaza municipal, sacó
Pasaban
los días como hormigas ambulantes, sin ton ni son, y el
Chorizo, preocupado, se paraba enfrente del kiosco de la plaza
municipal todos los días, con la esperanza de ver llegar
Pero
pasaron los días que se dormían
y las noches que se despertaban, en las que
algunas veces la lluvia atormentaba a los amantes, que
se escondían bajo los árboles, o el viento alzaba
juguetonamente las faldas de las criadas. Y en todo
Hasta la fealdad más agraviada refleja un poco de belleza cuando nos sentimos aliviados de esos sentimientos opresivos que nos hacen regar agua por los ojos, apachurrar el corazón y arrancarnos el esqueleto, y por eso el Chorizo, por un momento, se convenció de que la exhalación de su aliento levantaba una línea sutil y blanca que parecía una pequeña ninfa, volando sobre un extraño mundo de óxidos y olores fétidos, que era tranquilo y bello. A punto estuvo el Chorizo de quedarse a dormir ahí, cuando por alguna razón (quizás coincidencia o quizás el destino) una mariposa nocturna se posó sobre una botella de plástico, quemada y arrugada, en donde a través de su cuerpo transparente se veía un ojo bien abierto y trillado. El ojo que descubría los ojos del Chorizo, que reflejaban a través de su retina el cuerpo demacrado y tieso de don Sebastián. Entonces los perros aullaron, por el miedo de oír el grito desgarrador y trastornado de un niño penando.
Al
Chorizo le temblaban las manos y le
lloraban los ojos; su garganta
atiborrada de saliva obstruía el paso
del aliento, y
Con
los ojos rojos y brillantes, el Chorizo caminaba como un lobo
perdido entre las calles dormidas y las sombras
de la luna. No tenía destino alguno, más
que el de vagar como
El
Chorizo siguió caminando por
una banqueta sin fin, |