16/7/92
                                  Un diálogo en La Gaviota

   Después de varios meses de ausencia, el doctor Abel Abrite Oscantos había ido hasta la parte vieja de Necochea, y luego de cenar en casa del profesor Carlo D. Coioni, lo había invitado a su vez a recorrer los locales nocturnos de Quequén.
   El raudo 505 del médico había recorrido en pocos minutos las calles semidesiertas del centro, y tras cruzar velozmente el puente al que tantos significados simbólicos atribuía Carlo –en el parecer de Abel sin demasiada razón–, habían estacionado en la calle de los lupanares.
   Ahora los dos amigos se embriagaban cautelosamente con humo, perfume barato y agua tónica, sentados en los altos taburetes de la barra de La Gaviota, el único lugar en el que el escrupuloso facultativo consentía algunas veces "pasar", porque tenía bidés en vez de jarros y palanganas de plástico.
   La noche se presentaba aburrida en ese jueves frío y húmedo, y casi todas las chicas estaban en brazos de algún cliente, u ocupadas en las piezas de adentro con tripulantes, los únicos que a esa altura del mes disponían de los dólares necesarios para disfrutar de un pase.
   Abel contemplaba con interés profesional el culo de Analía, que se había inclinado hacia adelante sobre la barra para pedir una cerveza, y Carlo se sumergía con devoción de lactante en el abismal hueco que quedaba en medio del corpiño de Ángela, blanco y de encaje traslúcido en la mitad superior de sus tazas, que permitía ver la sombra de unos pezones negros como los escarabajos que revoloteaban afuera en torno de las columnas de luz de la calle..
   –Creo que toda mi vida he sido a la vez un erotómano y un agapómano... –comenzó a decir Carlo con cautela–.
   El doctor lo interrumpió:
   –No empieces con tus términos raros. ¿Qué estás queriendo justificar?
   Abel solía darse una tregua en sus sapientes y cotidianas exploraciones rectales, para aventurarse en el buceo del psiquismo de su prójimo. El dedo enguantado y seguro del prestigioso urólogo era reeemplazado entonces por un vacilante aventurarse en los vericuetos del psicoanálisis, al que, como muchos médicos, conocía en el nivel de la sólida infomación y respetaba casi míticamente como a la quintaesencia del saber psicológico.
   Por eso se impacientaba con su amigo, admirador de Freud tanto como él, pero que sin embargo abandonaba sus doctrinas cuando intentaba llevar su discurso al plano del ser o de la religiosidad, para fastidio del médico, que consideraba esa actitud como poco científica.
   –Quiero decir –explicó Carlo en tono cordial–, que por una parte siento, desde la más temprana infancia que alcanzo a recordar, una atracción por lo femenino que está siempre presente en cada uno de mis actos y pensamientos. Una especie de idea fija –hizo el signo de la vulva con el índice y el pulgar orientados hacia abajo, y levantando el brazo se dio golpecitos con ellos en la frente–, que se suele llamar erotomanía.
   Pero por otra parte –prosiguió–, estoy siempre buscando un encuentro con los demás, al margen de su sexo, y cuando eso se produce me resulta muy gratificante, no sólo por lo que recibo en él, sino particularmente por la felicidad que me ocasiona el poder también entregar algo de mí mismo. Y cuanto más profundamente mío lo reconozco, más intensa me resulta la vivencia del encuentro. A eso me refería al decir que soy un agapómano.
   –Es un poco encontrarse a uno mismo en los demás –observó el médico–. Pero, ¿no se corre el riesgo de usar al otro –en el más sano sentido del término–, como un espejo en el que ves reflejada tu propia personalidad? Allí radicaría la causa principal de tu satisfacción: más que en lo que das, en el hecho de que te permite encontrarte con vos mismo.
   –Sí, puede ser –admitió de buena gana Coioni–. El otro es el lugar de sentido de la persona; me parece que fue Martín Buber el que lo dijo. Por eso el peor coito suele tener mayor significado humano que la mejor puñeta. Aunque también es cierto que "a veces conoce Onán cosas que ignora Don Juan", como dice un personaje de Antonio Machado.
   –Cierto –contestó Abel, meditabundo–. Estaría bueno que Serrat desarrollara ese tema y lo cantara. Los médicos hace rato que hemos desincriminado la masturbación, pero igualmente sigue teniendo poco prestigio.
   Hubo un largo silencio, durante el que ambos contemplaron, reverentes, el increíble culo de Cecilia, contenido por un par de calzas blancas a las que la luz negra confería una tonalidad lechosa. La alta morena –megaloesplácnica según Abel–, entibiaba sus amplios cantos frente a la salamandra para leña modificada a gas, y de tanto en tanto, en una danza lenta e insinuante que para nada seguía el ritmo del cuartetazo de Alcides, "El rey del ritmo", que vomitaban los altoparlantes, dirigía hacia ellos sus nalgas prominentes, que subían y bajaban alternativa y pausadamente con el majestuoso rolido de una fragata.
   Cuando giraba de nuevo hacia ellos, la anchura de su cuerpo de viscerotónica se manifestaba en todo su esplendor, y Carlo pensaba que sólo le faltaba llevar un gran número de dos cifras trazado con caracteres rectos en el vientre, para sugerir acabadamente la amplia cubierta de un portaviones, despejada de obstáculos y ofreciéndose amistosa al piloto naval que descendía hacia ella, ávido de tomar contacto con la acogedora pista de carne, firme y móvil a la vez, que constituía su único apoyo y refugio en medio de la soledad del mar.
   Los dos amigos habían abandonado dulcemente la realidad. Cada uno con sus ensoñaciones eróticas, se mecían en el vaivén hipnótico de aquellas nalgas y ese bajo vientre que ondulaba vertiginoso.
   Retomando el tema anterior, Abel rompió el hechizo:
   –¿Por qué no escribís un trabajo sobre la puñeta, vos que te animás a reconocer, como Nietzsche, que vivís estrangulando la gallina?
   –Bueno, no es para tanto –dijo Carlo con afectada modestia–. Lo hago por necesidad, como el pobre Federico, no como Diógenes que lo hacía para demostrar autosuficiencia.
   –Ahora recuerdo –dijo Abel con una carcajada–, que vos hiciste un agregado a la anécdota de Diógenes haciéndose la paja en la plaza: Inventaste que un ateniense le había refutado: "No es cierto que eres tan autosuficiente. ¿En quién piensas cuando te masturbas?" Y Diógenes le habría respondido, imperturbable: "En mi propio trasero."
   Esta vez fue Carlo, que había olvidado aquella dudosa humorada, quien se echó a reír francamente. Y respondió en tono festivo:
   –Tendría que escribirlo con la mano izquierda, como empecé a hacerlo espontáneamente de chico, para no tener que soltar el ganso con la diestra. En la escuela me obligaron después a aprender a escribir con la mano derecha, pero se olvidaron de enseñarme a masturbarme con la izquierda, así que lo tuve que aprender de grande.
   –¿Cómo fue eso? –le preguntó Abel con manifiesto interés clínico.
   –Mirá –le dijo Carlo confidencialmente–, el conocimiento que tenía sobre el tema se me amplió un poco cuando me enteré de la "técnica de la mano dormida", que se usa en las cárceles.
   Y se puso a explicar:
   –Hay que acostarse sobre el propio antebrazo, para que se dificulte la circulación, hasta que se siente el hormigueo que indica que se ha perdido la sensibilidad. Entonces uno se hace la paja con la mano anestesiada, y parece que lo estuviera masturbando otra persona. Es una manera de no sentirse tan solo.
   –¡Notable! –acotó el médico con ironía. Pero Carlo prosiguió:
   –A partir de allí se me ocurrió pensar en qué sensaciones nuevas produciría el masturbarse con la otra mano. Como suele pasarle a los ambidiestros, tengo una lateralidad selectiva: Uso las dos manos para manejar pinzas o destornilladores; la izquierda solamente cuando se requiere fuerza, por ejemplo para serruchar o martillar, y la derecha para escribir o hacerme la puñeta. Y creeme que la paja con la lateralidad contrariada resulta tan distinta como la escritura hecha con la mano que uno no acostumbra usar.
   –Me parece que ya tenés algunos puntos interesantes como para empezar a elaborar tu trabajo –lo alentó Abel.
   –Y creo que ya tengo un buen título para el opúsculo –lo interrumpió Coioni con vivacidad–: "Ars Masturbandi", o sea, el arte de cómo debe ser hecha la masturbación.
   –Siempre me admira la concisión del latín –comentó Abel–. Yo creí que se diría "Ars Puñeta", o algo así.
   –También podría ser –concedió Carlo–. De todos modos, voy a buscar en el diccionario del padre salesiano Luis Macchi, que trae muchos modismos y ejemplos literarios, porque en una de esas los romanos ya habían encontrado una fórmula para describir esta obra menor de autocompasión.
   –A menos que el cura la haya omitido pelotudamente –replicó Abel.
   –Puede ser –admitió Carlo. Y agregó con solemnidad:
   –Primum virtus, deinde veritas.
   –¡Va fangulo! –le respondió el doctor.

16/7/92
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