De: N.N.
Recibido: Domingo 13 de julio de 2008 11:00
Asunto: Texto nuevo
Nuevamente molesto su atención para enviarles un texto para su corrección.
Agradezco por dedicar su tiempo a esta importante labor. Los felicito.
De: Conrado De Lucia
Enviado: Domingo 13 de Julio de 2008
Estimado N.N.:
He recibido su texto y ya me he puesto a trabajar en él, y en otros que han
llegado en estas últimas semanas.
En cuanto lo suba a mi sitio le avisaré por mail.
De: N.N.
Recibido: Sábado 16 de mayo de 2009 13:05
Amigos de Terapia Tanguera:
Saludándolos muy atentamente y agradeciéndoles por haberme ayudado en la corrección
de mi cuento: "La pedrada del condenau", les escribo para solicitarles se sirvan
retirar mi cuento de la página que se muestra permanentemente en Internet. Observo
que no está actualizandose este sitio, ya que envié anteriormente otro
cuento y no obtuve respuesta alguna. Agradeciéndoles anticipadamente, me despido
de ustedes con un fuerte abrazo.
De Conrado De Lucia
Enviado: Lunes 26 de mayo de 2009
Estimado N.N:
Supongo que su intención puede ser la de preservar su identidad, por
lo que he quitado toda referencia que permita su identificación.
Le recuerdo que al enviar el texto usted no empleó la opción que
ofrezco de usar un seudónimo.
Si observa con mayor detenimiento la lista verá que el taller se ha actualizado
con más de una docena de textos posteriores al suyo.
Su segundo envío ya estaba corregido desde el año pasado pero
evidentemente, por un cambio de servidor, algún texto se extravió.
Gracias a su pedido volví a revisar los archivos y pude recuperar el
trabajo que había realizado.
Lo saludo cordialmente.
Texto original
EL RECREO.
Escribe N.N.
Su cuerpo yacía sensualmente sobre la mesa. Era una niña aún;
su esbelta figura arrebujada contra la madera, parecía el de una señorita.
-¿Qué hace profesor? -dijo y trató de repetir- ¿Qué ha ?
Orlando, el profesor, la sostenía por la cintura. Ella alzó una pierna justo en ese momento. No era la primera vez que sucedía El profesor la encandiló llenándola de frases y caricias que la hacían enloquecer. Él, encima de ella, semidesnudo, parecía un fauno lascivo. Marcia, con la falda levantada y la blusa abierta hasta la altura del ombligo, parecía gozar del momento. Los labios de Orlando la besaban por los hombros y el cuello, mientras sus delicadas manos se deslizaban de arriba abajo y se mecían despacio, acompasadas. No les importaba si caían lápices y demás piezas que el profesor usaba en sus clases de historia.
La niña no se movió. Orlando se fue apartando poco a poco y su mirada tropezó con la de ella.
-Lo siento -susurró- tenía ganas y... bueno, no lo pude evitar.
-Estás loco -le dijo ella con suma confianza y en tono divertido- Imagínate que ingresaran los alumnos y nos vieran así. ¿Qué les dirías?
Orlando no contestó. Miró las vigas de eucalipto del cielo raso del aula, las sillas, los lápices y hojas sueltas tiradas por los suelos y suspiró. ¡Claro que le importaban los alumnos! Aunque su preocupación no eran precisamente ellos. Lo que cuidaba era su prestigio ganado como el mejor profesor, el más respetado y digno; el hombre que convenció al pueblo de su honorabilidad impoluta, con poses de divo, palabras de erudito, escrupulosa limpieza y puntualidad de funcionario británico.
Ella lo miró detenidamente. Lo estudió durante breves segundos. No era joven ni simpático, pero si aseado y zalamero. Tenía una voz encantadora, tocaba la guitarra y no lucía la clásica barriga de cincuentón.
-Dime, ¿te gustó, palomita mía? -preguntó él sin mirarla.
-¿Ah?- contestó ella, fingiendo que no escuchó la pregunta.
Orlando sabía que no había hecho un buen papel. La incomodidad de la mesa y su desesperación por terminar, lo obligaron a actuar apurado, con violencia, y se dijo que hubiese sido bueno hacerlo mejor, con mucho amor, de tal manera que no pareciera una permanente violación.
Todo empezó una mañana durante el recreo, como dicen, sin querer queriendo, en un partido de voley que el profesor, entusiasta, dirigía. Primero fueron palmaditas, halagos, luego las miradas matadoras y por último aquel beso a escondidas, detrás de los manzanos, que hizo palpitar el corazón de la niña como el de un pajarillo prisionero en la palma de una mano, luego vino lo demás.
Marcia se alisó el pelo. Sus compañeras eran muy "fijonas", sospechaban algo y sus cabellos revueltos la podían delatar; después se detuvo y lo miró. Comprendió que estaba jugando con fuego.
-¿Y si se entera tu esposa?- le preguntó.
-Aunque su genio es el de una bruja; no creo que tenga dotes de adivina- contestó muy fresco.
-Eres un bandido- le dijo ella con su carita de ángel, pero con palabras de mujer madura.
Orlando terminó de vestirse en silencio. Se miró al espejo y, muy a su estilo, se arregló el cabello ondulado.
Vuelta a su condición de escolar, la niña salió corriendo, dando brincos, dejando atrás momentos en que actuaba como una mujer.
El profesor quedó arreglando lapiceros, libros y demás cosas para que todo estuviera en orden. Era la tarde de un jueves en que, como todas las semanas, suspendían clases y las convertían en recreos largos donde pasaban momentos de relax y alegría.
Ese día, el profesor, una vez más, llegó tarde a casa y encontró a su esposa sentada en el quicio de la puerta. Se acercó, le dio un beso y pensó que era hermosa a pesar del tiempo.
-Hola, ¿qué tal, amor?
Ella no dijo nada, pero dibujó en su cara una sonrisa. Parecía haber llorado.
-¿Me estabas esperando?
-Si, como siempre -contestó.
-¿Y las niñas?- preguntó él.
- Se acostaron temprano. A propósito -agregó- te esperé despierta para decirte que mañana tienes que ir al colegio secundario a conversar con el Director.
- ¿Qué ha pasado?
- Unos muchachos malcriados estuvieron jugando con unos "pajuros" pelados, mostrándolos en el aula a las chicas como si fueran sus penes y, nuestra hija, como debe ser, se ha quejado al Director.
- ¡Qué barbaridad! -dijo alarmado- ¡esto no puede quedar así!.
Orlando se dirigió al segundo piso para contemplar la plaza de armas, como siempre hacía, y filosofar que el mundo estaba perdido. Hizo la señal de la cruz, contemplando la luz encendida del convento e imaginó al párroco solitario, rezando por la salvación del mundo ¡El muy hipócrita!
Al día siguiente, estirando el cuello como un cisne, el profesor Orlando se encaminó al colegio secundario. La noticia que asistiría se propaló rápidamente, alborotando a profesores y alumnos. Los primeros preocupados porque no sabían cómo iría a reaccionar y los segundos teniendo por segura la expulsión de sus compañeros bromistas.
Los padres de familia y sus hijos se encontraban en la Dirección. Todos llegaron temprano y ensayaron una que otra explicación sin llegar conclusión alguna. Conociendo el temperamento del distinguido maestro, era natural su miedo.
Cuando el profesor Orlando ingresó por la puerta principal, el Auxiliar de Educación lo saludó militarmente.
En la sala de profesores, todos se pusieron de pie:
- Lamento haberlo molestado, profesor- habló el Director, nervioso y confundido.
- Ya me enteré del suceso -dijo el profesor Orlando- estos energúmenos, bellacos- y paseó su mirada por los alumnos, -no comprendo que hacen aquí; deberían estar en la cárcel, son unos delincuentes.
- Profesor -repuso el director tartamudeando- a a lo los alumnos ya se les ha llamado la atención.
- No me importa -contestó el profesor, categórico- Es increíble lo que sucede aquí, usted también es culpable como sus padres y sus madres. ¿Cómo es posible que eduquen y críen de esta manera a sus hijos? ¿Qué se han creído? ¿Qué esto es un corral y todos somos uno?
El profesor estaba fuera
de sí y gesticulaba como un energúmeno.
Ante esto, una madre de familia se levantó y le increpó indignada:
- Oye, Orlando -le dijo- lo que han hecho estos niños ha sido una broma; no me vengas a hablar de moralidad por que tú, un poco más y empreñas a medio pueblo. ¿Crees que no lo saben todos? ¿Quieres que diga nombres? ¡El delincuente eres tú! ¿No te da vergüenza? ¡Las niñas lo cuentan todo y el pueblo nunca se tragó el sapo, encorbatado de dignidad, que representas!
El profesor miró sorprendido a los de la sala y antes que la señora pronunciara otra palabra salió despavorido como perro que escucha la explosión de un cohete.
Mas allá, camino
a la escuelita donde trabajaba, al pasar junto al puesto policial, el profesor
tembló como una marioneta.
----------------------------------------------
Correcciones
El título debe llevar con
mayúscula sólo la letra inicial, y no debe haber un punto al final.
El nombre del autor debería estar al final. Su colocación
antes o después del título, así como la expresión
"Escribe...", son rasgos que sólo se emplean para presentar
textos de autores consagrados o muy conocidos.
Se debe cuidar la puntuación y el manejo de las rayas.
Esos rasgos establecen la diferencia entre un texto que se lee con fluidez y
otro en el que las indicaciones incorrectas hacen tropezar al lector, e incluso
llegan a confundirlo. Es un hecho curioso que cuando leemos percibimos estos
errores de inmediato aunque no podamos decir con facilidad en qué
consisten, mientras que cuando los signos están correctamente dispuestos
ni siquiera nos damos cuenta de su existencia.
En la
primera línea dialogada aparecen algunos errores que se repiten a lo
largo del texto (más adelante están indicados en color rojo):
-¿Qué hace profesor? -dijo y trató de repetir- ¿Qué
ha
?
La
forma correcta es:
¿Qué hace, profesor? dijo, y trató
de repetir: ¿Qué ha
?
Respecto
de la corrección que antecede, cabe comentar algunos aspectos:
Las expresiones dialogadas se anuncian con una raya (),
no con un guión (-).
Los vocativos deben ir entre comas o separados por una coma
cuando los sigue otro signo: "¿Qué hace, profesor?"
En una enumeración no va coma antes de la " y"
que antecede al último término, pero va coma cuando esa "y"
señala que comienza una oración distintas "dijo, y trató
de repetir"
Deben ponerse dos puntos (:) cuando se anuncia algo. Si lo
que se anuncia está dentro de un inciso, los dos puntos debe ir afuera:
"dijo, y trató de repetir:"
Conviene
hacer una sangría de dos o tres espacios luego de cada punto y aparte,
no solamente por elegancia visual sino para facilitar la lectura.
Por el contrario, la separación innecesaria de las
líneas debilita la intensidad del relato y dificulta la lectura. Se puede
utilizar esta separación para indicar una pausa temporal o un cambio
de escenario o de contenido, como cuando concluye la primera escena y comienza
el relato de sus antecedentes: "Todo empezó una mañana
durante el recreo,", o cuando va a retomarse el relato, después
de: "Luego vino lo demás."
En un cuento o una novela extensa se suele intercalar una
línea en blanco cuando lo que sigue no justifica iniciar un nuevo capítulo.
Puede indicarse una separación mayor colocando una línea de puntos
entre dos líneas en blanco antes de proseguir el texto.
Se han agregado algunos giros y nexos indicados en rojo que en algunos casos mejoran el ritmo del relato o ayudan a su comprensión: "Orlando se dirigió al segundo piso para contemplar desde allí la plaza de armas"
---------------------------------------
Texto corregido
El recreo
Su cuerpo
yacía sensualmente sobre la mesa. Era una niña aún; su
esbelta figura arrebujada contra la madera, parecía el de una señorita.
¿Qué hace, profesor? dijo, y trató
de repetir: ¿Qué ha
?
Orlando, el profesor, la sostenía por la cintura. Ella
alzó una pierna justo en ese momento. No era la primera vez que sucedía.
El profesor la encandiló llenándola de frases y caricias que la
hacían enloquecer. Él, encima de ella, semidesnudo, parecía
un fauno lascivo. Marcia, con la falda levantada y la blusa abierta hasta la
altura del ombligo, parecía gozar del momento. Los labios de Orlando
la besaban por los hombros y el cuello, mientras sus delicadas manos se deslizaban
de arriba abajo y se mecían despacio, acompasadas. No les importaba si
caían lápices y demás piezas que el profesor usaba en sus
clases de historia.
La niña no se movió. Orlando se fue apartando
poco a poco y su mirada tropezó con la de ella.
Lo siento susurró;
tenía ganas y... bueno, no lo pude evitar.
Estás loco le dijo ella con suma confianza y en tono divertido.
Imagínate que ingresaran los alumnos y nos vieran así. ¿Qué
les dirías?
Orlando no contestó. Miró las vigas de eucalipto
del cielo raso del aula, las sillas, los lápices y hojas sueltas tiradas
por los suelos, y suspiró. ¡Claro
que le importaban los alumnos! Aunque su preocupación no eran precisamente
ellos. Lo que cuidaba era su prestigio ganado como el mejor profesor, el más
respetado y digno; el hombre que convenció al pueblo de su honorabilidad
impoluta con poses de divo, palabras de erudito, escrupulosa limpieza y puntualidad
de funcionario británico.
Ella lo miró detenidamente. Lo estudió durante
breves segundos. No era joven ni simpático, pero sí
aseado y zalamero. Tenía una voz encantadora, tocaba la guitarra,
y no lucía la clásica barriga de cincuentón.
Dime, ¿te gustó, palomita mía?
preguntó él sin mirarla.
¿Ah? contestó ella, fingiendo no
haber escuchado la pregunta.
Orlando sabía que no había hecho un buen papel.
La incomodidad de la mesa y su desesperación por terminar, lo obligaron
a actuar apurado, con violencia, y se dijo que hubiese sido bueno hacerlo mejor,
con mucho amor, de tal manera que no pareciera una permanente violación.
Todo empezó una mañana durante el recreo como dicen, sin querer queriendo, en un partido de voley que el profesor, entusiasta, dirigía. Primero fueron palmaditas, halagos, luego las miradas matadoras, y por último aquel beso a escondidas, detrás de los manzanos, que hizo palpitar el corazón de la niña como el de un pajarillo prisionero en la palma de una mano. Luego vino lo demás.
Marcia
se alisó el pelo. Sus compañeras eran muy "fijonas",
sospechaban algo, y sus cabellos revueltos
la podían delatar; después se detuvo y lo miró. Comprendió
que estaba jugando con fuego.
¿Y si se entera tu esposa? le
preguntó.
Aunque su genio es el de una bruja; no creo que tenga
dotes de adivina contestó
él, muy fresco.
Eres un bandido le
dijo ella, con su carita de ángel
pero con palabras de mujer madura.
Orlando terminó de vestirse en silencio. Se miró
al espejo y, muy a su estilo, se arregló el cabello ondulado. Vuelta
a su condición de escolar, la niña salió corriendo, dando
brincos, dejando atrás los momentos en que
había actuado como una mujer. El profesor
quedó arreglando lapiceros, libros y demás cosas para que todo
estuviera en orden. Era la tarde de un jueves en que, como todas las semanas,
suspendían clases y las convertían en recreos largos en
los que pasaban momentos de relax y de alegría.
Ese día
(,) el profesor, una vez más, llegó
tarde a casa, y encontró a su esposa
sentada en el quicio de la puerta. Se acercó, le dio un beso,
y pensó que era hermosa a pesar del tiempo.
Hola, ¿qué tal, amor?
Ella no dijo nada, pero dibujó en su cara una sonrisa.
Parecía haber llorado.
¿Me estabas esperando?
Si, como siempre contestó ella
sin mirarlo.
¿Y las niñas? preguntó él.
Se acostaron temprano. A propósito agregó
te esperé despierta para decirte que mañana tienes que ir al colegio
secundario a conversar con el Director.
¿Qué ha pasado?
Unos muchachos malcriados estuvieron jugando con unos
"pajuros" (*) pelados, mostrándolos en el aula a las chicas
como si fueran sus penes y, nuestra hija, como debe ser, se ha quejado al Director.
¡Qué barbaridad! dijo Orlando,
alarmado ¡Esto no puede quedar así!.
Orlando
se dirigió al segundo piso para contemplar desde
allí la plaza de armas, como siempre hacía, y filosofar
acerca de que el mundo estaba perdido. Se
hizo la señal de la cruz, contemplando la luz encendida del convento,
e imaginó al párroco solitario, rezando por la salvación
del mundo ¡el muy hipócrita!
Al día siguiente, estirando el cuello como un cisne,
el profesor Orlando se encaminó al colegio secundario. La noticia de
que asistiría se propaló rápidamente, alborotando a profesores
y alumnos. Los primeros, preocupados porque
no sabían cómo iría a reaccionar,
y los segundos teniendo por segura la expulsión de sus compañeros
bromistas.
Los padres de familia y sus hijos se encontraban en la Dirección.
Todos llegaron temprano y ensayaron una que otra explicación sin llegar
conclusión alguna. Conociendo el temperamento del distinguido maestro,
era natural su miedo.
Cuando el profesor Orlando ingresó por la puerta principal,
el Auxiliar de Educación lo saludó militarmente. Al
entrar en la sala
de profesores, todos se pusieron de pie (:)
Lamento haberlo molestado, profesor habló
el Director, nervioso y confundido.
Ya me enteré del suceso dijo el profesor
Orlando; estos energúmenos,
bellacos y paseó su mirada
por los alumnos, no comprendo que
hacen aquí; deberían estar en la cárcel, son unos delincuentes.
Profesor repuso el director tartamudeando
a
a
lo
los alumnos ya se les ha llamado la atención.
No me importa contestó el profesor, categórico.
Es increíble lo que sucede aquí, usted también es culpable,
como sus padres y sus madres. ¿Cómo es posible que eduquen y críen
de esta manera a sus hijos? ¿Qué se han creído? ¿Qué
esto es un corral y todos somos uno?
El profesor estaba fuera de sí y gesticulaba como
un energúmeno. Ante esto, una madre de familia se levantó y lo
increpó indignada:
Oye, Orlando le dijo.
Lo que han hecho estos niños ha sido una broma; no me vengas
a hablar de moralidad, porque tú, un poco
más y empreñas a medio pueblo. ¿Crees que no lo saben todos?
¿Quieres que diga nombres? ¡El delincuente eres tú! ¿No
te da vergüenza? ¡Las niñas lo cuentan todo y el pueblo nunca
se tragó el sapo, encorbatado de dignidad, que representas!
El profesor miró sorprendido a los de la sala y,
antes de que la señora pronunciara otra
palabra, salió despavorido como perro
que escucha la explosión de un cohete. Mas allá,
en camino a la escuelita donde trabajaba, al pasar junto al puesto policial
(el profesor) se puso a temblar
como una marioneta.
N.N.
Volver
a Textos enviados
Volver
a la Página Principal