De: Lilas P
Enviado: Domingo 19 de Abril de 2009 21:07
El
volquete (Original)
Venían haciendo ochos en la vereda, corriendo de a tramos y escondiéndose
el uno del otro detrás de los árboles viejos de la avenida Las
Heras. Les quedaban pocos días juntos antes de que Germán viajara
a Basilea para cumplir el sueño de perfeccionarse en órgano.
Había estado trabajando para eso desde hacía años. No
tenía talento - argumentaba él mismo - pero era perseverante.
Que se fuera justo ahora era triste, pero cumplir un viejo sueño era
algo poderoso. Quién sabe que les depararía el destino, todo
estaba por develarse aún. Quizás ella fuera a saludarle después,
si reunía el dinero para viajar.
A Lucila le fascinaba el cine, estudiaba Diseño de Imagen y Sonido
en la facultad de Arquitectura de la UBA, pero ahora, además, estaba
haciendo un curso sobre guión en una dependencia de la Municipalidad.
Si lo ganaba, tendría derecho a filmar en forma gratuita.
Se detuvieron súbitamente frente a un volquete que estaba en la calle,
junto al cordón de la vereda. Uno de esos contenedores que suele solicitar
la gente cuando tiene que librarse de objetos grandes y llama a alguna compañía
para retirarlos. Estaba lleno de cosas personales y trozos de madera, como
si hubiesen roto una biblioteca adosada a una pared a mazazos, pues también
había trozos de mampostería. Ropa, cacerolas, un juego de perfumeros
de vidrio celeste, platos de porcelana golpeada, cables, botones en una bolsa
de plástico transparente y fotos en blanco y negro, algunas con sus
marcos. El conjunto les produjo una sensación de irreverencia, de violación
a la privacidad. El colmo del avasallamiento lo daba una dentadura postiza
que brillaba impúdicamente al sol, junto a una palangana amarilla y
a una especie de peluca en uno de los bordes del volquete.
Les paralizó una sensación compartida ¿eso pasa al final
de la vida? ¿Ese era el destino de lo que conservamos con amor - o
con amor y tedio - cuando abandonamos la guardia? Era un golpe artero en la
mitad del rostro, una burla para los propios sueños. ¡Cuanto
debía haber amado ese alguien anónimo los perfumeros de vidrio
celeste! .Es que un simple frasco bien tallado puede envolver cierto misterio
y un juego de tocador, mirado con algo de ensoñación, no deja
de ser un lujo.
Pero lo que les atrapó, fue un conjunto de sobres atados por una cinta
bordó de terciopelo. Un papel rayado, sin sobre, se deslizaba casi
saliéndose del conjunto de cartas. La tentación fue grande.
Juntando las cabezas leyeron conmovidos lo siguiente:
Buenos Aires, 23 de marzo de 1951.
Estimado Negro:
Le sorprenderá recibir estas líneas, que espero le encuentren
bien de salud. Mi familia y yo, afortunadamente lo estamos. Mi padre regresó
de Europa hace quince días; su viaje en barco fue un poco largo, pero,
el estar frecuentemente tomando sol en cubierta le hizo bien.
El domingo pasado estuvimos en el Tigre con Margarita - su prima querida,
Negro- pasamos un hermoso día. Mientras paseábamos, mi padre
nos contó anécdotas de los hermosos lugares que visitó,
- aunque nos dijo que extrañaba- claro está.
Pero la razón de mi carta, mi estimado amigo, es que he decidido finalmente
escribirle - después de mucho dudar- por un motivo específico:
Deseo agradecerle la propuesta que me ha hecho. No supe valorarla en su momento,
y me negué a su solicitud, por mi tonta impulsividad - no exenta de
timidez, le confieso- . Pero ahora lo he meditado bien y quiero manifestarle
que mi respuesta es: Sí.
Deseo verle; nuestras charlas siempre me fueron agradables y en mi casa lo
estiman mucho. Si aún estoy a tiempo, y no me odia por mi rechazo inicial,
puede empezar a visitarme, si le parece, como usted mismo había propuesto,
los martes, jueves y sábados a eso de las siete de la tarde.
Con todo mi afecto e ilusión, le espera
Rosita
Sin consultarse, se dirigieron
al hombre de uniforme gris que barría la vereda:
- Señor - preguntó Lucila- ¿Aquí vivía
un hombre llamado Negro?
- No - contestó el portero del edificio - Aquí vivía
una señora llamada Rosita, la pobre murió hace dos días.
Lilas
P
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Correcciones
El texto original tenía interlineado doble, líneas
justificadas y dos fuentes tipográficas distintas: Arial y Monotype
Corsiva.
La primera modificación consistió en cambiar esos rasgos, que
dificultan la lectura y no mejoran la calidad del texto. Cuando
se requieren letras itálicas como en este caso,
deben utilizarse las de la misma fuente.
Se agregó una sangría de tres espacios en el comienzo
de cada párrafo, para facilitar su ubicación visual.
Aunque
en España suele usarse como objeto directo el pronombre dativo "le",
lo correcto es el pronombre acusativo "lo". En lugar de "Quizás
ella fuera a saludarle" debe decirse:
"Quizás
ella fuera a saludarlo".
Del mismo modo, en: "Pero
lo que les atrapó";
corresponde: "Pero
lo que los atrapó".
En la carta atribuida a "Rosita" puede aceptarse
el uso de "le" como objeto indirecto, porque reflejaría su
manera de escribir:
"Le
sorprenderá recibir estas líneas, que espero le encuentren bien
de salud.". Lo correcto sería:
Lo sorprenderá recibir
estas líneas, que espero lo
encuentren bien de salud.". En nuestro país
suele emplearse el "leísmo" cuando se afecta escribir o hablar
con elegancia.
Por la misma razón, no deberían aparecer en la carta incisos entre rayas aunque sea más correcto que el empleo de comas, porque muy raramente son usadas en la escritura epistolar.
El
término "bordó" no existe en español. De emplearlo,
debe escribirse "bordeaux" en francés y, por
consiguiente, en letras itálicas. En castellano podría
reemplazarse aproximadamente por "morado".
Se ha aplicado a la carta una sangría mayor de
diez espacios para destacar, junto con las letras itálicas, su
condición de cita textual.
El diálogo final tenía guiones (-) separados
de las palabras. Lo correcto es emplear rayas (), sin dejar espacio
entre ellas y el inciso que delimitan.
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El volquete (Corregido)
Venían
haciendo ochos en la vereda, corriendo de a tramos y escondiéndose
el uno del otro detrás de los árboles viejos de la avenida Las
Heras. Les quedaban pocos días juntos antes de que Germán viajara
a Basilea para cumplir el sueño de perfeccionarse en órgano.
Había estado trabajando para eso desde hacía años. No
tenía talento argumentaba él mismo pero era perseverante.
Que se fuera justo ahora era triste, pero cumplir un viejo
sueño era algo poderoso. Quién sabe qué les depararía
el destino; todo estaba por develarse aún. Quizás ella fuera
a saludarlo después, si reunía el dinero para viajar.
A Lucila le fascinaba el cine, estudiaba Diseño de
Imagen y Sonido en la facultad de Arquitectura de la UBA, pero ahora, además,
estaba haciendo un curso sobre guión en una dependencia de la Municipalidad.
Si lo ganaba, tendría derecho a filmar en forma gratuita.
Se detuvieron súbitamente frente a un volquete que
estaba en la calle, junto al cordón de la vereda. Uno de esos contenedores
que suele solicitar la gente cuando tiene que librarse de objetos grandes
y llama a alguna compañía para retirarlos. Estaba lleno de cosas
personales y trozos de madera, como si hubiesen roto una biblioteca adosada
a una pared a mazazos, pues también había trozos de mampostería.
Ropa, cacerolas, un juego de perfumeros de vidrio celeste, platos de porcelana
golpeada, cables, botones en una bolsa de plástico transparente y fotos
en blanco y negro, algunas con sus marcos. El conjunto les produjo una sensación
de irreverencia, de violación de la privacidad. El colmo del avasallamiento
lo daba una dentadura postiza que brillaba impúdicamente al sol, junto
a una palangana amarilla y a una especie de peluca, en uno de los bordes del
volquete.
Los paralizó una sensación compartida: ¿Eso
pasa al final de la vida? ¿Ese era el destino de lo que conservamos
con amor o con amor y tedio cuando abandonamos la guardia? Era
un golpe artero en la mitad del rostro, una burla para los propios sueños.
¡Cuanto debía de haber amado ese alguien anónimo los perfumeros
de vidrio celeste! Es que un simple frasco bien tallado puede envolver cierto
misterio, y un juego de tocador, mirado con algo de ensoñación,
no deja de ser un lujo.
Pero lo que los atrapó fue un conjunto de sobres atados por una cinta
bordeaux de terciopelo. Un papel rayado, sin sobre, se deslizaba casi
saliéndose del conjunto de cartas. La tentación fue grande.
Juntando las cabezas leyeron, conmovidos, lo siguiente:
Buenos
Aires, 23 de marzo de 1951.
Estimado Negro:
Le sorprenderá
recibir estas líneas, que espero le encuentren bien de salud. Mi familia
y yo, afortunadamente lo estamos.
Mi padre regresó de Europa hace quince días; su viaje en barco
fue un poco largo, pero el estar frecuentemente
tomando sol en cubierta le hizo bien.
El domingo pasado
estuvimos en el Tigre con Margarita, su prima querida, Negro. Pasamos un hermoso
día. Mientras
paseábamos, mi padre nos contó anécdotas de los hermosos
lugares que visitó, aunque nos dijo que extrañaba,
claro está.
Pero la razón
de mi carta, mi estimado amigo, es que he decidido finalmente escribirle, después
de mucho dudar,
por un motivo específico:
Deseo agradecerle
la propuesta que me ha hecho. No supe valorarla en su momento, y me negué
a su solicitud, por
mi tonta impulsividad, no exenta de timidez, le confieso. Pero ahora lo he meditado
bien y quiero manifestarle
que mi respuesta es: Sí.
Deseo verle; nuestras
charlas siempre me fueron agradables y en mi casa lo estiman mucho. Si aún
estoy a tiempo,
y no me odia por mi rechazo inicial, puede empezar a visitarme, si le parece,
como usted mismo había propuesto,
los martes, jueves y sábados a eso de las siete de la tarde.
Con todo mi afecto
e ilusión, le espera
Rosita
Sin
consultarse, se dirigieron al hombre de uniforme gris que barría la vereda:
Señor preguntó Lucila. ¿Aquí
vivía un hombre llamado Negro?
No contestó el portero del edificio.
Aquí vivía una señora llamada Rosita. La pobre murió
hace dos días.
Lilas P
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Comentario
El desarrollo del cuento contiene detalles que acentúan
eficazmente su verosimilitud. Los objetos íntimos expuestos dentro del
volquete fundamentan el ánimo de melancólica piedad que despiertan
en la pareja que los observa. El sentido de sus reflexiones es corroborado por
el contenido de la carta, y rematado con acierto por el doloroso e inesperado
final.
Conrado
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