26/02/91 -
04:55
Encuentro con Betty
A las
dos de la madrugada de la noche siguiente el profesor entró en "La
gaviota". El boliche tenía abierta una de las dos hojas de la puerta
vaivén de madera ordinaria y pintada de negro para disimular sus defectos,
recurso que también solía utilizarse en las desconchadas paredes
del interior. Se acercó a la barra y saludó a un camionero conocido,
que estaba junto a un compañero conversando con Carmen, la eterna correntina
"Carmencita está en el inventario del boliche", solía
decir Norman, uno de los músicos. Desde el sofá más
grande Betty lo saludó levantando la mano. A su lado, en minifalda negra,
Rosita, una santafesina alta y de muslos sólidos, fumaba con expresión
de distraído aburrimiento.
Había escasa clientela, y el profesor se acercó
primero a una columna para tratar de mimetizarse con ella y poder observar con
tranquilidad el transcurso de la noche. Con el mismo propósito, poco
después caminó unos pasos y cubrió sus espaldas con la
baranda de mampostería de la escalera que conducía al matadero.
Permaneció pocos instantes allí, pues Betty lo llamó desde
su sofá, en donde había quedado sola, y al acercarse Carlo se
corrió del extremo del gran almohadón blanco tapizado en cuerina,
y además de asiento le ofreció involuntariamente la gratificante
tibieza dejada en él por la firme carne de sus muslos.
En el sillón de enfrente, dispuesto junto a uno más
de modo de formar una tertulia en torno de una mesita baja ubicada en el centro,
se arrellanó Sandra, y poco después le dedicó desde allí
al profesor una olvidable cuarteta popular en la que expresaba en tono burlón
cuánto lo amaba.
Coioni hablaba con Betty del interrumpido masaje de la noche
anterior, que sin embargo ella consideró como muy bueno. Luego el profesor
le contó, para lucirse y mostrarse valioso y por ende, querible
que él era tímido y hasta tonto, pero que no fingía ni
mentía, y condimentó estas obviedades con breves citas de las
palabras de Eva durante la noche anterior.
Mientras formulaba sus lamentables coartadas percibía
una y otra vez una necesidad cada vez más fuerte de tocar la piel de
Betty, deseo que intentaba reprimir y canalizar a través del movimiento
nervioso de sus manos, gesticulando con ellas al hablar, de un modo desusado
para él. Para mayor incomodidad suya, Betty lo advertía, y se
puso a seguir con mirada deliberadamente interrogante el movimiento de las manos
de Carlo, en un par de oportunidades en que él no pudo evitar tocarle
los muslos. Asomaba a sus labios una apenas perceptible sonrisa, entre burlona
y cómplice, que se manifestó más abiertamente cuando Carlo
le dijo: "Vos me cohibís", y sintiéndose de pronto con
coraje e infundadamente autorizado, pasó su brazo sobre la espalda desnuda
y sedosa y la tomó por el hombro.
Conversaron amablemente, y enseguida el profesor retiró
su brazo del hombro para posarlo sobre una rodilla de Betty e iniciar un masaje
justificante. Inmediatamente ella, en un gesto que ya había observado
Carlo en otras mujeres como obvio signo de aceptación, levantó
la pierna y la acomodó, girando y estirandola, sobre las rodillas del
profesor, que pudo iniciar así una sesión de masaje y conversación
neutra sobre músculos y articulaciones desmentida por la honda
comunicación que se
iba estableciendo entre sus manos y la piel de Betty, entre lo cuerpos de ambos
y a la vez entre sus espíritus.
Carlo sentía una desacostumbrada sed física,
análoga a la de su ánimo. Para no interrumpir el placentero diálogo
físico, y para cumplir con un precepto básico del arte del masaje:
no apartar las manos de la piel, le pidió a Sandra, que observaba en
silencio desde su sillón, que le trajera una gaseosa. Cuando regresó
con el vaso colmado, la dulce muchacha le anunció bastante en serio,
pero escudándose en un leve tono de broma, que quería escribirle
una poesía para que supiera cuánto lo amaba. Carlo no se sorprendió
de esta nueva expresión. En noches anteriores había captado el
significado típicamente ambiguo y femenino de su actitud invariablemente
cordial pero al mismo tiempo distante. "Hoy le sucede con sus palabras
algo semejante que a mí con las manos", se dijo, mientras convertía
cada vez más su masaje en caricia afectuosa, y Betty lo premiaba diciéndole:
"Ahora sí que me siento diez puntos".
Carlo pagó los veinte mil australes de la gaseosa,
y mientras Betty le daba la espalda y él le masajeaba el vientre, le
dijo junto a su oído: "Si vale veinte un trago, y cien un rato de
amor, lo que estamos pasando nosotros bien vale quinientos". Ella se rió,
complacida.
Inesperadamente, parpadeó la odiosa luz blanca. Carlo,
que ni había bebido su copa, aceptó con desgano que por esa noche
concluía una hora y media de verdadera comunión entre personas
casi desconocidas por obra del contacto físico. En la conversación
que en forma cómplice habían mantenido espaciadamente, para disimular
el verdadero diálogo que transcurría entre ellos sin necesidad
de palabras, habían coincidido en que el compañero habitual del
profesor, el doctor Abrite, quien sostenía la imposibilidad de un auténtico
vínculo humano en la fugaz relación de un pase quince minutos,
no sólo no sabía nada de la corporeidad real, con su sutil dialéctica
de encuentros mágicos y distanciamientos inexplicables, sino que, en
consecuencia, probablemente tampoco debía de saber mucho sobre medicina.
Betty se había quejado de insomnio en las noches anteriores,
y había recabado la opinión del profesor. Sin dejar ni un segundo
de tocarla, de recorrer todo centímetro posible de su piel velada por
el vestido, Carlo le había dicho:
Quizás te produce mucha tensión este trabajo
de tener que conversar y permitir que te toque alguien que no te interesa, o
directamente te desagrada. Cuando el diálogo o el sexo no tienen verdadero
sentido, es natural que vaya en aumento la nerviosidad y que después
no puedas descansar. En cambio no hay nada que ayude más a dormir bien
que haber tenido una buena relación física. Incluso hay quienes
piensan que es el mejor antidepresivo que existe agregó.
Los últimos clientes se retiraban.
Hoy sí vas a dormir bien le dijo Carlo.
Te llevás a tu masajista en la piel.
Betty se rió, y al despedirlo con un beso en la mejilla
le dijo, evitando mirarlo:
Voy a pensar en vos.
Tal vez como corroboración de todo lo vivido y conversado
esa noche, al amanecer Betty dormía con placidez en su cuarto de un hotelito
de Necochea, mientras el profesor continuaba escribiendo febrilmente.
26/02/91 - 06:35
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