25/02/91 -
04:45
Encuentro
con Eva
La luna
de febrero se había hecho con buen tiempo, tras un mes de lluvias alternadas
con repentinas sudestadas. Ahora
el verano había regresado, y el viento norte espeso y polvoriento teñía
de un amarillo sucio, como una más de las luces de sodio de la calle,
a la luna en cuarto creciente que se caía sobre la Necochea vieja.
Movido por la vaga inquietud de siempre, Carlo cruzó
el puente sobre el río Quequén y se adentró en la noche
de perfume
y danza, de sudor y tal vez de pecado aunque se dijo esto último
sin convicción, tan sólo por cumplir con un resto de
la moral de la ciudad vieja.
Sudor sí había; la remera se pegaba en su piel.
Las chicas más viejas mentían con su perfume la misma eterna verdad
femenina que las más jóvenes proclamaban con su danza y sus risas.
Unos chinitos ebrios bailaban solos, tontamente,
en la penumbra del "Quitapenas".
El profesor esperó durante un rato algún milagro.
Nada desacostumbrado sucedió. Vio llegar a los canillitas acarreando
con inocencia su carga de mentiras y malas noticias, y salió a la vereda
a sacudirse el aire denso del prostíbulo con las rachas calientes que
atravesaban el Quequén laborioso, dormido profundamente a las tres de
la mañana.
Otra noche más de esperanza defraudada reflexionó.
Esto sólo significa que estoy una noche más cerca del próximo
milagro y pensó en las dos noches del encuentro que había
tenido con Miriam en diciembre.
Estaba seguro de que en alguna parte una mujer, un ángel
Eva o María se estaba dirigiendo a encontrarse con él,
y que de la mera proximidad física surgiría entre ambos el inicio
de una comunicación inmediata. Podía ser a través de un
"pase", o tal vez sin siquiera mediar una caricia. Con palabras, quizás
tan sólo con miradas, se agradecerían mutuamente el sencillo encuentro
entre peregrinos, y, como ángeles que eran, se intercambiarían
los mensajes que desde siempre cada uno traía consigo para ayudar al
otro.
Pero hoy no pasaba nada, y tras caminar varias calles sin
entrar en ninguno de los otros locales nocturnos, volvió al que había
sido casa de show en tiempos menos duros, con la intención de reconfortarse
contemplando las largas piernas de
Betty, y de distraerse analizando qué exaltación subjetiva lo
había llevado en noches anteriores a que las nalgas de Sandra, que hoy
notaba tan pesadas, le hubieran parecido entonces un ánfora de placeres
incalculables.
Fue
entonces cuando percibió que desde el otro extremo de la barra la propia
dueña del local, Eva la propiciadora de todos los pecados
le hacía señas de que se acercara.
Nunca habían hablado anteriormente, un poco porque
la señora solía permanecer junto a la caja fichando copas y pases,
y otro poco porque el casi siempre insolvente profesor se avergonzaba de su
situación de garronero contemplativo, y por una especie de pudor paradójico
en ese local impúdico no se atrevía a acercarse a la propietaria.
Pero ahora Eva, en la pausa de silencio entre dos cumbias,
lo había llamado, y el profesor se dirigió a la barra con timidez.
Ella comenzó a charlarle del tiempo y del viento norte, y a contarle
anécdotas de la educación de sus hijos. Luego deploró que
el ambiente que se creaba entre la clientela, con el ánimo alterado por
la creciente penuria económica, ya no era el de años anteriores,
en que el dinero abundaba en el bolsillo de marinos y camioneros..
Y finalmente, con sencillez y en voz tan queda que a Carlo
le costaba oírla por encima de la música, Eva le dijo su mensaje:
Yo lo observo siempre a usted, profesor, cuando viene
y anda por los rincones y habla con las chicas.
Sí la interrumpió Coioni casi bruscamente,
para ocultar su naciente vergüenza; usted debe de pensar que sólo
vengo a garronear.
No le dijo Eva en tono concluyente. Usted
no es un garronero.
Y prosiguió de pronto:
¿Sabe a quién me recuerdan las personas
como usted? A la Madre Teresa de Calcuta.
El profesor percibió lo exagerado de tal comparación,
y mientras, sorprendido, la miraba atentamente, ella continuó:
Hay algunas personas, son pocas, que están llenas
de amor y viven para darlo. Hay personas que realmente dan amor, que
tienen las manos abiertas y el corazón abierto.
Y tras este preámbulo, concluyó:
Yo veo que usted viene acá a hablarle a las chicas,
a enseñarles un poco, a aconsejarlas. Usted es abierto, sincero.
Hizo una pausa.
Pero, ¿Sabe una cosa? Así uno se lastima
más. Porque aquí vienen todos con una careta, a hacer el mismo
verso. A veces lo cambian un poco, pero uno sabe que siempre es igual, que todos
terminan en lo mismo, en querer engañar. Y hay que hacer como que uno
no se da cuenta.
Por eso yo paso por un tonto confesó Coioni;
soy un mishé, uno que paga. Y se apresuró a agregar:
Cuando puede.
No insistió Eva. Tontos son los que
quieren engañar.
Coioni pensó en aquella mujer madura que había
conocido una madrugada en el "Whisky Bar" de la Avenida de Mayo, en
Buenos Aires. Ella lo había mirado fijamente desde su mesa mientras el
profesor, sentado a otra mesa contigua, tomaba un modesto café, y le
había comunicado abruptamente su inesperado mensaje:
Vos decís la verdad. Y el que dice la verdad
tiene toda la fuerza sentenció, como hablando consigo misma. Hizo
una pausa y luego agregó: Y Dios está con él.
¿Qué te dijo esa puta vieja? le
preguntó entonces un desconocido que permanecía de pie junto a
la barra cercana.
Me recordó cosas importantes le había
contestado Coioni. Y había agregado con convicción: Siempre
las mujeres me enseñan cosas.
¿Qué cosas? se impacientó
el otro, creyendo entrar así en conversación. ¿Qué
te puede enseñar una puta de mierda?
Coioni prefirió callar, y en seguida se levantó
y salió del bar, sin volver a mirar hacia donde seguía estando
su ángel.
Ahora Eva le decía, casualmente:
Yo siempre aprendo. Siempre estoy tratando de aprender.
Por eso lo he observado a usted.
Pero me ha comparado con la Madre Teresa insistió
el profesor, en un tono que quería invitarla a corregir la afirmación,
o al menos a quitarle importancia. ¿Por qué?
Se lo digo así para que me entienda, porque usted
viene a predicar, a enseñar el amor. Pero es inútil prosiguió
después de una larga pausa. A la gente le entra por acá
se señaló una oreja, y le sale por acá y
se tocó la otra.
Pero igual hay que hacerlo dijo animadamente el
profesor. Créame, señora Eva, que con las alumnas del profesorado
y del magisterio, que han tenido más suerte que estas chicas, sucede
lo mismo. Y ellas no tienen la disculpa de las mujeres que están aquí.
¡Profesor! llamó Betty desde un sillón.
Carlo miró a Eva, que en ese momento estaba sirviendo unas cervezas,
y decidió ir hacia la que lo llamaba. Al verlo acercarse, la bella de
las largas piernas le dio la espalda con un elegante movimiento, y le
pidió que la masajeara.
Carlo había pensado en retirarse del "Quitapenas"
autocomplacido, regodeándose con las virtudes que le había atribuido
Eva y con su propia actitud de mosquita muerta, en la que podía esconder
sus defectos. Sentía también demasiado calor para transpirar aún
más complaciendo el caprichoso pedido.
Pero apoyó con ternura ambas manos en los hombros de
Betty, luego llevó sus dedos a los pequeños promontorios
óseos de detrás de las orejas, y comenzó concienzudamente
a hacer la tarea que había aprendido rudimentariamente en el "Nuevo
Instituto Reflexológico", y que había completado después
por su cuenta con el estudio de textos de Do-In y Rolfing.
Luego de estimular suavemente las sienes, descendió por el
cuello hacia la espalda en busca de contracturas, y desbordó poco a poco
el movimiento de sus manos hacia los lados, sobre la malla apretada, experimentando
a través de su tela la cálida elasticidad de los flancos, mientra
imaginaba la firmeza intocable de los pechos.
La pretensión de complacencia en la propia virtud se
había trocado en solicitud física, y el cuidado del otro tanto
en este caso como en cualquier otro, con su inevitable carga de ambigüedad,
iba debilitando el efecto bienhechor del mensaje recibido a través de
Eva.
La autoestima de Carlo volvió a descender a su módico
nivel habitual, y casi se alegró cuando el parpadeo de las luces
blancas, anunciando que el boliche ya cerraba, lo liberó de su tarea.
Dejó con lentitud de apoyar sus manos en el cuerpo de
Betty, prometió a la caderuda Sandra, que se había acercado unos
momentos antes, un masaje para la noche siguiente, y sin
querer herirse con el desolado aspecto del local bajo la luz de los tubos fluorescentes,
besó fugazmente a Betty, y sin saludar
a Eva huyó como un vampiro.
En la calle la luna ya había desaparecido. El profesor
volvió a pensar con gratitud en el mensaje que había recibido.
Una vez más Dios le enviaba a alguien a su encuentro para decirle que
todo estaba bien, que no estaba yendo por un camino equivocado como se
cuestionaba tantas veces a sí mismo, en medio de sus dolorosas caídas
y tropiezos.
Pensó en Lía, en cómo le había
costado acompañarlo en esas actitudes que a él mismo le resultaban
extrañas. La recordó expresando su malestar sin enojo, para luego
aceptarlas poco a poco, como había aceptado su carácter tantos
años atrás. Sin poder explicarlo con razones,
intuía quién era ese Carlo que cruzaba por las noches el puente
entre la ciudad honesta y el barrio reservado, acuciado por angustias desconocidas
y conducido al parecer por un mandato inexcusable. Lo que primero le había
parecido un sinsentido, había llegado finalmente a su corazón
en la forma de un misterio en el que, al igual que el propio Carlo, percibía
un recóndito significado.
Ahora Eva le había hecho recordar que el intento de
las personas por entenderse por amarse no era nunca un esfuerzo
vano. Ella también deploraba las actitudes ingratas y desleales de sus
chicas, pero volvía siempre a observarlas y a tratar de guiarlas, del
mismo modo en que había estado observando a Carlo hasta indicarle esta
noche que podía seguir adelante con su derrotero.
25/02/91 - 07:00