De: "Bartolomé
Álzaga"
Enviado: Miércoles 19 de Diciembre de 2007 23:53
Mi nombre es N. P., tengo dieciseis años y encontré su página
por casualidad. Por azar o por destino, leí alguno de los textos y sus
respectivas correcciones. Me gustaría que leyeran uno de mis textos,
y recibir luego una réplica con vuestra opinión adjunta. Probablemente
olvide la pagina; favor de recordarme si es que emprenden la empresa de la corrección.
Sin nada más que decir, saluda,
N.
Versión original
ETERNAMENTE
LIBRE
Laura
yacía en una triste silla de madera. Las horas disimuladas se hacían
notar en su espalda, hubiese deseado tanto tener un hombre con quien conversar,
o una mujer quizás, la verdad hacia ya bastante tiempo que nadie se fijaba
en sus exigencias, ni siquiera ella misma.
Veía la vida pasar por la ventanita
del fondo del bar, allí donde nadie notaba su presencia, allí
donde hubiese podido fundirse en el aire mismo, ese con sabor a mar que tanto
le gustaba, que nadie se hubiera dado cuenta.
Los días fluían, su vida se
iba perdiendo poco a poco. Al principio miraba el gran reloj de madera y se
sorprendía cada vez que el sonido del pájaro que salía
disparado anunciaba una nueva hora. Horas que sentía perder, horas que
le hubiese encantado conservar, en ese lugar tan profundo de su corazón,
de donde salen las blancas plumas del alma.
Rumor de pájaros. Suerte de olores
oceánicos y el inquietante y a la vez hermoso golpetear de las olas hacían
del bar, sí, de aquel barsucho, de esa edificación casi mediocre
en la costa atlántica, un hogar para ella.
Buscaba, como coleccionando piezas de un
gran rompecabezas, almejas en la playa, actividad que despertaba en ella pesares
desolados y delirantes ensueños. Las disponía en forma circular,
y luego las arrojaba con todas sus fuerzas. Inútiles esfuerzos de llegar
a aquel horizonte para ella tan lejano. Ansiaba algún día poder
tocarlo, sentir el abrazo de la eternidad, el infinito universo postrándose
ante ella.
Deseosa de reconfortar su alma, sedienta
de calidez, Laura caminó, tanto, que antes de contar sus pasos hubiese
preferido contar las estrellas del cielo. Al final dobló esa curva oscura;
era como si sus pies respondieran a algo remoto; luego entró tocando
las aberturas de las puertas como uniéndose a su pieza faltante. Caminó
un poco más y cuando intentó sentarse en su lugar habitual encontró
a un joven de aspecto apacible y aire despreocupado, que despertó en
ella sueños de los más deleitables con su insistente perfil y
su ondulante cabello del color de la miel.
El joven transmitía cierta frescura
típica de los jóvenes del sur de Italia, no supo muy bien cómo
pudo reparar en semejante descripción, solo recordó las historias
de inmigrantes que desde la cálida falda de su abuela Nilda había
escuchado con atención cuando era una niña, historias que eran
herencia, valioso patrimonio de su alma.
Cuando lo vio, Laura sintió como
si sus dos piernas cayeran rendidas ante algo mucho más poderoso, había
sido traicionada por ese pérfido pedazo de carne que tantas veces deseó
destruir, pero que con cada tentativa asesina parecía afinar más
la perfecta simetría de su cuerpo. Nadie noto nada como de costumbre.
Entonces, tomó otra silla y se sentó
sobre la ventana media abierta. Sentía estar ardiendo en llamas y a la
vez paralizándose por el soplo helado del reino del Hades. Comprendió
que se hallaba frente a alguien cuya simple personalidad física era tan
fascinante que, si la abandonaba, absorbería por completo su naturaleza,
su alma, su arte mismo.
Sintió el perfume a tierra húmeda,
y lo que sucedería después iba repitiéndose con anticipación
en su mente, las nubes blancas de tiempos pretéritos, se tornarían
negras, las olas del mar perderían su inquebrantable orden y arribarían
a la costa escoltadas por grandes nubes de polvo, todo el mundo se vería
invadido con aires de melancolía y ráfagas de recuerdos. Laura
sentía el transcurso, la esencia del tiempo en sus repeticiones. Y decidió
en ese momento no recordar el presente porque seria alargar más el tiempo.
Cuando logró alzar la vista notó
que había un televisor encendido, una escena en blanco y negro se desarrollaba
en la indecorosa pantalla. Blanco y negro, justo como ella se sentía.
Las dos mujeres del filme actuaban con descomunal
erotismo, nadie salvo ella y el joven parecían notarlo.
Iba cayendo presa en las garras del deseo,
y no se sentía con las agallas necesarias para enfrentarlo. Fotograma
a fotograma, recorría su cuerpo un fuego que le quemaba la piel y, como
no podía ocultar las manifestaciones físicas de su espíritu,
tomó el camino mas rápido, se levantó, hizo varios pasos
hacia el oriente e ingreso en un gran cuarto señalado con un pequeño
dibujo que enmarcaba una eterea casi desgastada figura femenina.
Justo frente al gran espejo, miró
su retrato y no podía reconocer lo que veía, se lavó la
cara tres veces y cuando estaba por secarse, invadida por una gran confusión,
espiritual y visual; ya que todos conocemos los efectos del agua dulce en los
ojos; observó que el joven de su mesa estaba apoyado sobre la puerta.
La miraba con ojos inquisitivos. Cuando
ella se percató, se imagino en la cima de una montaña presa de
un gran halcón hambriento a punto de ser atacada.
El perfume a vírgenes apestaba el
ambiente, se mezclaba con el aroma a café y mariscos, y provocaba una
sensación inexpresable.
Lo que sucedió a continuación,
fue abrazado por los fríos brazos del silencio. El la tomó, y
llevados por el calor y una urgencia premeditada, terminaron haciendo el amor.
El resto fue una mezcla de telepatía de sueños postergados y una
comunicación corporal entre dos cuerpos luchando el interminable duelo
entre el amor y el odio. Todo sucedió muy rápido; como las precipitaciones
en Mar del Plata.
Laura dominada por un frenesí inefable,
recordó la disposición circular de sus almejas, su lugar en el
bar al lado de la ventana, las anécdotas de Nilda, vio su vida repetirse
en pequeños fragmentos y sintió en ese momento, como si se estuviera
preparando para su último lanzamiento.
Fue entonces que la visión conmovedora
del rostro de su compañero la hizo entender que su destino había
estado marcado desde el momento de su concepción, que ella no había
llegado por casualidad a ese bar, ni los desatinos de su vida habían
ocurrido por simple capricho divino. Todo sucedía inevitablemente por
una razón. Razón que aceptó, aunque para eso tuviera que
despegarse de su cuerpo y abandonarlo, sin saber si sus decisiones tendrían
retorno alguno. Las reflexiones quedaron atrás.
Lanzó con todas sus fuerzas. Sintió
sobre ella la magnificencia de un manto de estrellas abrazándola, renuncio
a su ser y alcanzó a tocar aquella eternidad, ahora tan cercana, que
no era mas que otro hilo de la brumosa cortina de los anhelos de Laura.
Bartolomé
Álzaga
Versión corregida
Eternamente
libre
Laura yacía
en una triste silla de madera. Las horas disimuladas se hacían notar
en su espalda. Hubiese deseado tanto tener un hombre con quien conversar, o
una mujer quizás. La verdad es que hacía ya bastante tiempo que
nadie se fijaba en sus exigencias. Ni siquiera ella misma.
Veía pasar la vida por la ventanita del fondo del bar,
allí donde nadie notaba su presencia. Allí donde hubiese podido,
sin que nadie se diera cuenta, fundirse en el aire mismo, ese aire con sabor
a mar que tanto le gustaba.
Los días fluían; su vida se iba perdiendo poco
a poco. Al principio miraba el gran reloj de madera y se sorprendía cada
vez que el sonido del pájaro que salía disparado anunciaba una
nueva hora. Horas que sentía perder, horas que hubiese querido conservar
en ese lugar profundo del corazón de donde salen las blancas plumas del
alma.
El rumor
de los pájaros, los olores oceánicos y el inquietante y a la vez
hermoso golpetear de las olas cercanas envolvían aquella edificación
casi mediocre en la costa atlántica, ese barsucho que era para ella era
un hogar.
Buscaba almejas en la playa, como coleccionando piezas de
un gran rompecabezas, y esa tarea le despertaba pesares desolados y también
delirantes ensueños. Disponía las almejas en forma circular y
luego las arrojaba hacia el mar con todas sus fuerzas, en un inútil intento
de llegar a aquel horizonte tan lejano. Ansiaba llegar a tocarlo algún
día y poder sentir el abrazo de la eternidad, el infinito universo postrándose
ante ella.
Deseosa
de reconfortar su alma sedienta de calidez, Laura salió a caminar a lo
largo de la playa. Caminó tanto que antes de contar sus pasos hubiese
preferido contar las estrellas del cielo. Finalmente, como si sus pies respondieran
a algo remoto, dobló esa curva oscura y luego entró, tocando las
aberturas de las puertas como uniéndose a su pieza faltante. Avanzó
un poco más, y cuando intentó sentarse en su lugar habitual encontró
en él a un joven de aspecto apacible y aire despreocupado, que con su
insistente perfil y su ondulante cabello del color de la miel despertó
en ella sueños de lo más deleitables.
El joven transmitía cierta frescura típica de
los muchachos del sur de Italia. No supo muy bien por qué su aspecto
le recordó una descripción semejante; sólo recordó
las historias de inmigrantes que había escuchado con atención
cuando era una niña, sentada en la cálida falda de su abuela Nilda.
Historias que eran para ella una verdadera herencia, un valioso patrimonio de
su alma.
Cuando lo vio, Laura sintió como si sus piernas cayeran
rendidas ante algo muy poderoso. Había sido traicionada por ese pérfido
pedazo de carne que tantas veces deseó destruir, pero que con cada tentativa
asesina parecía afinar más la perfecta simetría de su cuerpo.
Como de costumbre, nadie notó nada. Entonces tomó
otra silla y se sentó junto a la ventana entreabierta. Sentía
que estaba ardiendo en llamas, y a la vez se sentía paralizada por el
soplo helado del reino del Hades. Comprendió que se hallaba frente a
alguien cuya mera personalidad física era tan fascinante que si se abandonaba
a su influjo absorbería por completo su naturaleza, su alma, su arte
mismo.
Sintió el perfume a tierra húmeda, y en su mente
comenzó a presentarse con anticipación lo que sucedería
después: las nubes blancas de tiempos pretéritos se tornarían
negras; las olas del mar perderían su inquebrantable orden y arribarían
a la costa escoltadas por grandes nubes de polvo, y todo el mundo se vería
invadido por aires de melancolía y ráfagas de recuerdos. Laura
sentía en esas repeticiones el transcurso, la esencia del tiempo. Y entonces
decidió no recordar más el presente, porque sería alargar
en vano la espera.
Cuando logró alzar la vista notó que había
un televisor encendido. Una escena en blanco y negro se desarrollaba en la indecorosa
pantalla. En blanco y negro: Como se sentía ella en ese momento.
Las dos mujeres del filme actuaban con descomunal erotismo,
pero nadie salvo ella y el joven parecían notarlo. Laura iba cayendo
presa en las garras del deseo, y no se sentía con fuerzas para para oponerse;
con cada imagen iba recorriendo su cuerpo un fuego que le quemaba la piel. Como
no podía ocultar las manifestaciones físicas de su espíritu,
se levantó, dio algunos pasos hacia un costado e ingresó en un
cuarto en cuya puerta un pequeño dibujo enmarcaba una etérea y
desgastada figura femenina.
Llegó frente al gran espejo y se miró en él,
sin poder reconocer lo que veía. Se lavó la cara varias veces,
y cuando estaba por secarse, invadida por la confusión espiritual y visual
que produce el agua en los ojos, observó que el joven de su mesa estaba
apoyado sobre la puerta, mirándola con ojos inquisitivos.
Al percibirlo se imaginó en la cima de una montaña,
a punto de ser atacada por un gran halcón hambriento.
Un intenso perfume a vírgenes apestaba el ambiente,
se mezclaba con el aroma a café y a mariscos y provocaba una sensación
inexpresable. Él se le acercó, la tomó entre sus brazos
y, llevados por el calor y una urgencia premeditada, terminaron haciendo el
amor.
El resto fue una mezcla de telepatía, de sueños
postergados y de una comunicación corporal entre dos cuerpos que luchaban
el interminable duelo entre el amor y el odio. Todo sucedió muy rápido;
como suelen serlo las lluvias en Mar del Plata.
Laura, dominada por un frenesí inefable, recordó su lugar en el
bar, al lado de la ventana; las anécdotas de su abuela Nilda, la disposición
circular en que colocaba las almejas antes de arrojarlas hacia el horizonte.
Vio repetirse su vida en pequeños fragmentos y sintió como si
todo su ser se preparara para un último lanzamiento.
Fue entonces que la visión conmovedora del rostro de
su compañero le hizo entender que su destino había estado marcado
desde el momento de su concepción. Que ella no había llegado por
casualidad a ese bar, ni los desatinos de su vida habían ocurrido por
un simple capricho divino. Todo sucedía inevitablemente, por una razón
inexorable. La aceptó, sabiendo que tendría que despegarse de
su cuerpo y abandonarlo, y sin saber si sus decisiones tendrían retorno
alguno.
Las reflexiones quedaron atrás, y Laura lanzó
con todas sus fuerzas. Sintió sobre ella la magnificencia de un manto
de estrellas abrazándola; renunció a su ser, y alcanzó
a tocar aquella eternidad, ahora tan cercana, que no era más que otro
hilo de la brumosa cortina de sus anhelos.
Bartolomé Álzaga
Correcciones y comentario
En el primer párrafo aparecen agrupados los inicios de distintas líneas de pensamiento. Se las debe separar para que no resulten una enumeración confusa. Posteriormente se podrán desarrollar en el texto.
Para dar mayor consistencia a los párrafos algunas cláusulas han sido reordenadas, y se han cambiado algunos nexos lógicos.
En algunos pasajes se mezclan dos niveles de lenguaje: el nivel discursivo del relato, que es analítico, y el de imágenes, que es sintético y, como tal, más adecuado para la composición poética. En lo posible la prosa narrativa no debe utilizar los recursos propios del poema.
Otra digresión que cambia el nivel del discurso, que de descriptivo pasa a ser asertorio, se produce cuando el relato es interrumpido por una afirmación metafórica del narrador. Su discurso debe permanecer en un segundo plano, en lo posible neutral y objetivo, y reservar para el protagonista la expresión de imágenes y vivencias.
No se debe alterar el orden sintáctico
natural del lenguaje: sujeto, predicado, complementos, a menos que resulte imprescindible
para dar un matiz especial al significado de una frase. El hipérbaton
reiterado fatiga al lector porque le exige un esfuerzo adicional de comprensión.
Se debe evitar caer en cierto "literarismo" que supone que la belleza
formal se alcanza anteponiendo los adjetivos a los sustantivos, los complementos
a los verbos y las consecuencias a sus respectivos antecedentes. Aunque este
pueda ser el orden en el que ha surgido la frase en la mente del autor, luego
de escribirla se la debe "enderezar", para que su comprensión
sea lo más directa e inmediata posible.
Con la práctica constante se consigue poco a poco que las frases fluyan en un orden cada vez más llano y sintácticamente más correcto. Si bien cada persona tiene una manera propia de concebir sus ideas, al escribir para ser leído públicamente se debe disciplinar el pensamiento: no agolpar las ideas sino expresarlas en un orden lógico que facilite su comprensión; desechar los términos rebuscados o insólitos la sencillez es un logro difícil; evitar las expresiones periodísticas que contaminan el discurso una lluvia es una precipitación, pero también lo es una nevada; no temer a la repetición de términos cercanos cuando su presencia facilita la comprensión; y tantos otros rasgos que requiere la ciencia de escribir.
El estilo personal no se ve afectado en absoluto por estas indispensables restricciones, sino que surge claro y definido precisamente cuando la ausencia de tropiezos y de inconsistencias formales permite al lector disfrutar de la belleza de un texto, y reconocer en él al escritor consumado. Tolstoi, Dostoiewski, Mamin, Gogol, Pushkin, Korolenko, Averchenko, Chejov por citar algunos de los tantos genios rusos que conviene leer para conocer lo que es la gran literatura se expresan todos de manera impecable, y al mismo tiempo todo poseen un estilo diferente.
Se ha dicho que "el estilo
es el hombre", pero el estilo sólo manifiesta su esplendor sin trabas
cuando el hombre tanto en la literatura como en la música, en la
pintura e incluso en la vida se ha esforzado por adquirir esa ciencia
que le permite alcanzar el nivel del arte.
Conrado
De Lucia