De: Portedeslilas
Enviado: Miércoles 01 de Abril de 2009 00:36
Asunto: Cuento breve.
Las dos dagas (Texto original)
Tenía las
dos dagas clavadas, una a la atura del esternón y, la otra, bien en la garganta.
La de la garganta era la que le molestaba más. No podía tragar la saliva.
Las piernas no le obedecían y cada una parecía dispararse sola. Se había parado
y caminado unos pasos con un andar bamboleante y azaroso. Sus ojos estaban
permanentemente húmedos, porque había llorado o estaba a punto de llorar.
Se sentía inmaterial, como si hubiese perdido la sensación de solidez del
cuerpo. No tenía espacio en su cabeza de bonsái para impresionarse por lo
que había alrededor, pero olía la pólvora.
Estaba sin apoyos, sin red, su compañía no existía ya, sólo el barro y el
aire frío y oscurecido de la noche de invierno. Hacía días que no comía, apenas
unos sorbos de agua de la cantimplora que se le deslizaban por las comisuras
de la boca. Su misión no había concluido aún, tenía que atacar el fuerte.
Ese era su objetivo. Pronto amanecería .Seguro que no volverían a revisar
el campo de batalla para enterrar los muertos. Vendrían tropas rezagadas,
alguien iba a animarse a arrancarle las dagas.
Mientras tanto, evitaría mirar cómo sobrevolaban los pajarracos negros".
Lilas
P
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Correcciones
Tenía
las dos dagas clavadas, una a la altura del esternón y, la otra, bien en la
garganta.
La puntuación de esta oración ejemplifica la diferencia
que existe entre las pausas que un narrador oral puede hacer para otorgar
énfasis a su relato o para despertar una mayor expectativa en sus oyentes,
y la puntuación que se requiere para que pueda leerse sin tropiezos
la misma oración puesta por escrito:
Oralmente el narrador puede decir: "Tenía las dos dagas clavadas,
una a la altura del esternón y, (pausa de efecto para crear expectativa)
la otra, (nueva pausa, para dar énfasis) bien en la garganta.
Pero la puntuación que se requiere para una lectura fluida es:
Tenía las dos dagas clavadas: una a la altura del esternón,
y la otra bien en la garganta.
Es decir, dos puntos (:) para anunciar la explicación, y coma antes
de la conjunción "y", para indicar que lo que sigue es un
nuevo inciso, y no el término final de una enumeración.
No podía tragar la saliva.
Aquí resulta superfluo el artículo "la", que correspondería
si se tratara de una bebida: "No podía tragar la cerveza".
Las piernas no le obedecían y cada una parecía dispararse sola.
Coma (,) antes de la conjunción "y", porque lo que sigue
es una nueva oración.
El punto y aparte en "Se había parado" en vez
de punto y seguido remarca el inicio del movimiento, y mejora el ritmo
del relato.
Se había
parado y caminado...
Corresponde "Se había parado y había
caminado..."
Estaba sin apoyos,
sin red, su compañía no existía ya, sólo el barro y el aire frío y oscurecido
de la noche de invierno.
El ritmo del relato mejora separando las oraciones con un punto y coma y
con un punto y seguido:
Estaba sin apoyos, sin red; su compañía no existía ya. Sólo el barro
y el aire frío y oscurecido de la noche de invierno.
...apenas unos sorbos
de agua de la cantimplora que se le deslizaban por las comisuras de la boca.
Se requiere una coma para evitar que "se le deslizaban" que
se refiere a "unos sorbos de agua", hasta llegar al verbo
en plural se atribuya a "cantimplora", y esto altere la entonación
correcta:
...apenas unos sorbos de agua de la cantimplora, que se le deslizaban
por las comisuras de la boca.
Su misión no había
concluido aún, tenía que atacar el fuerte.
Dos puntos(:) en vez de coma, para anunciar las oraciones siguientes.
Su misión no había concluido aún: tenía que
atacar el fuerte.
Ése
era su objetivo.
Punto y aparte aquí, para indicar el siguiente cambio de tono del
relato.
Seguro que no volverían...
Más correcto que el adjetivo "seguro" con el nexo subordinante
"que", es emplear el adverbio:
Seguramente no volverían...
Vendrían
tropas rezagadas, alguien iba a animarse a arrancarle las dagas.
Mejora la fluidez reemplazando la coma por una conjunción. Debería
conservarse también la coma, pero en este caso su ausencia otorga mayor
dinamismo a la oración y prepara el final del relato:
Vendrían tropas rezagadas y alguien iba a animarse a arrancarle las dagas.
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Las dos dagas (Texto
corregido)
Tenía
las dos dagas clavadas: una a la altura del esternón, y la otra bien
en la garganta. La de la garganta era la que le molestaba más. No podía
tragar saliva. Las piernas no le obedecían, y cada una parecía
dispararse sola.
Se había parado y había caminado unos pasos
con un andar bamboleante y azaroso. Sus ojos estaban permanentemente húmedos,
porque había llorado o estaba a punto de llorar. Se sentía inmaterial,
como si hubiese perdido la sensación de solidez del cuerpo. No tenía
espacio en su cabeza de bonsái para impresionarse por lo que había
alrededor, pero olía la pólvora.
Estaba sin apoyos, sin red; su compañía no
existía ya. Sólo el barro y el aire frío y oscurecido
de la noche de invierno. Hacía días que no comía, apenas
unos sorbos de agua de la cantimplora, que se le deslizaban por las comisuras
de la boca. Su misión no había concluido aún: tenía
que atacar el fuerte. Ése era su objetivo.
Pronto amanecería. Seguramente no volverían
a revisar el campo de batalla para enterrar a los muertos. Vendrían
tropas rezagadas y alguien se iba a animar a arrancarle las dagas.
Mientras tanto, evitaría mirar cómo sobrevolaban
los pajarracos negros.
Lilas
P
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Comentario
El relato está logrado: tiene intensidad,
y un tempo de dramatismo y angustia del que consigue hacer partícipe
al lector.
El soldado, agonizante luego de la horrible lucha cuerpo a cuerpo, espera
con dignidad la muerte en el desolador abandono del campo de batalla, y todo
voluntad que se sobrepone a la miseria física sigue pensando
en que debe cumplir con la orden recibida.
Un cuento breve que requiere ser releído varias veces
para impregnarse de su trágico significado y arribar una vez más,
en medio del dolor absurdo y ante la proximidad de la muerte, a la conclusión
que enaltece: El hombre siempre supera infinitamente al hombre.
Conrado
De Lucia
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