De: Susana F. Q. (Buenos Aires)
Enviado: Viernes 23 de Mayo de 2008  14:44
Asunto: Envío de texto

Estimado Prof. Lic. Conrado De Lucia:
Le envío nuevamente un texto. Espero contar, una vez más, con sus interesantes observaciones y su siempre invalorable crítica. Aprovecho la oportunidad para hacerle llegar un afectuoso saludo y mi agradecimiento.
Susana F. Q.

Texto original:
 
                               EL ENIGMA DE LA MUERTE DE MADEMOISELLE ROCHET
    
    Permaneció pensativo un momento mientras contemplaba el cadáver. Mademoiselle Rochet lo había impresionado.
    
    Cuando lo llamó el inspector Casaux, supo que estaría ante uno de los más resonantes casos de su carrera. Una mujer joven aún - de increíble belleza-, atractiva y vivaz a pesar de la palidez de su rostro, permanecía inmóvil junto al hogar. Ni la rigidez de la muerte lograba ocultar el gesto enérgico con el que había sostenido un libro entre sus manos.

   
Se había dado orden de no tocar ningún elemento en la escena del crimen. Aunque la carátula era "muerte dudosa", un anónimo amenazante –encontrado sobre su escritorio– hacía suponer que se había cumplido con la profecía:

–"Morirás en el exacto minuto en que se hayan cumplido doce años de mi desaparición".
 
    Esto decía la nota encontrada sobre el escritorio de Mademoiselle Rochet, quien había aparecido muerta en circunstancias de lo más extrañas. El inspector Poitiers estaba convencido de que era un crimen –y eso había adelantado al forense– quien debía desentrañar lo que el cadáver quería contarle.

    En la morgue, Monsieur Desmond permaneció pensativo un momento. Mientras contemplaba el cuerpo y se apresuraba a atar al tobillo el cartelito color marrón que indicaba el número de autopsia, se sorprendió por la vivacidad que se desprendía del rostro pálido de notable belleza. Las sugerentes formas de Mademoiselle justificaban su bien ganada fama. Por todos era sabido que años atrás había rechazado un título de belleza en un concurso, en base a un alegato sobre la fragilidad de lo corpóreo, hecho sin precedentes que la había transformado en un personaje emblemático, al cual solían acudir asociaciones que cuestionaban ciertas tendencias que consideraban peligrosas para los jóvenes. Lo cierto es que a juzgar por la popularidad que había logrado y la energía que imprimía a sus proyectos, no parecía precisamente dispuesta a abandonar tan rápido el mundo de los mortales. Ni siquiera el rigor mortis alcanzaba a ocultar el gesto enérgico de sus manos, de dedos largos y bien cuidados, sobre los cuales se distinguía una leve mancha de color morado que no dejó de llamarle la atención. No había golpes visibles, ninguna herida, nada que hiciera sospechar un episodio violento.

   Con un corte rápido y preciso abrió el cuerpo, desde la pelvis al mentón. A su lado, el médico obductor tendría la desagradable tarea de retirar la piel del rostro hacia adelante, una vez practicada la incisión en el cuero cabelludo, dejando al descubierto el cráneo que luego sería serruchado para extraer el cerebro. Tarea de la que se veía felizmente librado. Al fin y al cabo, su función era otra, como tanatólogo especializado en casos de difícil resolución con cuyo compendio había publicado ya seis libros.

    Entretanto, el oficial ayudante preparaba una manguera con la cual se limpiarían los trozos para su análisis posterior. Se trataba de determinar el tipo y características de las lesiones.

    Desmond colocó en la balanza los pulmones y comprobó que pesaban más de lo normal, lo cual indicaba que la muerte se había producido como consecuencia de un edema pulmonar. Sólo restaba pesar el corazón para descartar como causa de lo anterior una cardiopatía, lo cual desestimaría la hipótesis que manejaban los investigadores. Tenía casi la plena seguridad de que el tamaño del órgano no era el normal y su ojo acostumbrado a leer las señales que el cadáver le enviaba, pocas veces se había equivocado.

   Efectivamente, pudo constatar que sobre la mesa de Morgagni yacía el cuerpo exánime de una mujer cuya muerte la había desencadenado un paro cardíaco. Sintió a través de los guantes el frío del acero sobre el cual reposaba el cuerpo, al intentar reacomodarlo para la sutura.

    Lemonnier, que así se llamaba el ayudante, llenaba con puntillosidad de orfebre la larga planilla con casilleros denominada "Protocolo de Autopsia":

   –"Tórax sin lesiones traumáticas", repetía en voz alta. –"Corazón y pulmones aumentados, pesan tantos gramos…"–, mientras examinaba atentamente lo que marcaba la balanza.

    Desmond fruncía el ceño y resoplaba de tanto en tanto, dispuesto a prestar atención al leve hematoma que cubría los dedos de la mujer. Estaba convencido de que a más tardar, dos días después, cuando los análisis de sangre demostraran si se había producido o no envenenamiento, el cuerpo terminaría por decirle la verdad.

    Cuatro largas horas habían transcurrido cuando los tres médicos terminaron la faena. Los guardapolvos cayeron pesadamente en el estante junto a los delantales de hule, esperando que al día siguiente una siempre cansada Mme. Dupuy los recogiese para llevarlos a la lavandería. Las botas y los guantes habían sido enjuagados en el enorme piletón. Los dos médicos salieron rápidamente, después de saludar con el debido respeto a su maestro, quien lógicamente era el último en retirarse. Siempre acostumbraba permanecer a solas, meditando un rato, lo que le había permitido desentrañar muchos enigmas que rodeaban el caso. Esta vez tenía un especial interés, mezcla de curiosidad y sorpresa, quizá porque sentía que ella intentaba decirle algo más.

    Un leve sonido lo sobresaltó. Provenía de la pileta. Algo así como gotas cayendo sobre la superficie.

    Efectivamente, la sangre se deslizaba desde el hule y comenzaba a formar una extraña figura. Esperó un rato, inquieto, mientras observaba absorto como el líquido rojo dibujaba algo que iba cobrando forma. De a poco, cuatro números –separados por una barra– permitían leer una fecha. Sin ninguna duda, correspondían a un día, a un mes y a un año. Alarmado corrió hacia el cadáver. Sobre una de sus manos, la mancha morada de bordes difusos se había transformado en nítidos caracteres que coincidían con los anteriores.

    El día y mes eran los del fallecimiento de la joven. El año correspondía a doce años atrás.


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Correcciones
Se han puesto entre paréntesis las expresiones que deben cambiarse, y en itálicas las correcciones propuestas.
Cuando se han agregado comas se lo ha indicado con el signo "(c)".

 
                        EL ENIGMA DE LA MUERTE DE MADEMOISELLE ROCHET

   Permaneció pensativo un momento mientras (contemplaba el cadáver) lo contemplaba. El cadáver de Mademoiselle Rochet lo había impresionado.1

1 El cambio de lugar del término "cadáver" mejora el sentido de la frase.

   Cuando lo llamó el inspector Casaux, supo que estaría ante uno de los más resonantes casos de su carrera. Una mujer joven aún, de increíble belleza,2 atractiva y vivaz a pesar de la palidez de su rostro, permanecía inmóvil junto al hogar. Ni la rigidez de la muerte lograba ocultar el gesto enérgico con el que había (sostenido) estado sosteniendo3 un libro entre sus manos.

2 Entre comas, porque es uno de los rasgos que se enumeran.
3
El tiempo de verbo se adecua mejor al ritmo de la frase.

   Se había dado orden de no tocar ningún elemento en la escena del crimen. Aunque la carátula era "muerte dudosa", un anónimo amenazante encontrado sobre su escritorio4 hacía suponer que (se había cumplido con la profecía) había sucedido lo que su texto profetizaba:5

4 Este inciso no requiere rayas ni comas.
5 El verbo "profetizaba" en vez del sustantivo "profecía" y el término "sucedido" en vez de "cumplido", indican que no se trata realmente de una profecía sino de una expresión metafórica.

   "Morirás en el exacto minuto en que se hayan cumplido doce años de mi desaparición".6

6 El comienzo debe llevar sangría, pero no raya.

   (Esto decía la nota encontrada sobre el escritorio de)7 Mademoiselle Rochet, (quien) había aparecido muerta en circunstancias de lo más extrañas. El inspector Poitiers estaba convencido de que era un crimen (–y eso),  y esa impresión le había adelantado al forense. (– quien debía desentrañar lo que el cadáver quería contarle.)8

7 Puede eliminarse esta circunstancia, y abreviando el párrafo también se evita la repeticion del término "quien".
8 La personificación "quería contarle" puede eliminarse. La prosopopeya es un tropos del que suele abusar el periodismo, atribuyendo conductas intencionales a objetos inanimados y a seres irracionales, cuyo comportamiento no puede ser voluntario porque no se trata de personas. Aquí puede tener el propósito de anticipar el desenlace del relato, pero éste no es tampoco humano sino sobrenatural.

   En la morgue, Monsieur Desmond permaneció pensativo un momento. Mientras contemplaba el cuerpo y se apresuraba a atar al tobillo el cartelito color marrón (que indicaba) con el número de la autopsia9, se sorprendió por la vivacidad que (se desprendía) mostraba el rostro pálido,(c) de notable belleza. Las sugerentes formas de Mademoiselle justificaban su bien ganada fama:10 (Por todos era sabido) Era sabido que años atrás había rechazado un título de belleza en un concurso, (en base a un alegato sobre) alegando11 la fragilidad de lo corpóreo, hecho sin precedentes que la había transformado en un personaje emblemático12 al (que) cual solían acudir asociaciones que cuestionaban ciertas tendencias (que consideraban) consideradas13 peligrosas para (los) las jóvenes. Lo cierto es que,(c) a juzgar por la popularidad que había logrado y la energía que imprimía a sus proyectos, no parecía precisamente dispuesta a abandonar tan rápido el mundo de los mortales. Ni siquiera el rigor mortis alcanzaba a ocultar el gesto enérgico de sus manos, de dedos largos y bien cuidados, (sobre los cuales se distinguía) en los que podía distinguirse una leve mancha de color morado que no dejó de llamarle la atención. No había golpes visibles, ninguna herida ni nada que hiciera sospechar un episodio violento.14

9 La ausencia del artículo "la" indicaría que se trata de un nombre propio, y en ese caso debería llevar mayúsculas: "el cartelito marrón que indicaba el Número de Autopsia". De lo contrario, la expresión correcta es: "el cartelito marrón con el número de la autopsia".
10 El signo ":" anuncia que el párrafo prosigue con una explicación.
11 Gerundio correctamente usado –lo que ocurre raramente–, y que en este caso permite evitar un circunloquio.
12 No va coma aquí.
13 El predicado subordinado "que consideraban" es más correcto que el participio "consideradas", pero éste evita la repetición del nexo "que".
14 En lugar de la coma, antes del último término ("nada") debe ir la conjunción "ni", que reemplaza a la "y" cuando la enumeración es negativa.

   Con un corte rápido y preciso abrió el cuerpo,15 desde la pelvis (al) hasta el mentón. A su lado, el médico obductor16 tendría (a su cargo) la desagradable tarea de retirar la piel del rostro hacia adelante, una vez practicada la incisión en el cuero cabelludo, dejando al descubierto el cráneo, (c), que luego sería serruchado para extraer el cerebro. Operación17 de la que (se veía) felizmente se veía librado. Al fin y al cabo18 su función era otra, (c la de tanatólogo especializado en casos de difícil resolución, (c) (con cuyo compendio) sobre cuya descripción detallada había publicado ya seis libros.19

15 No va coma aquí.
16
Esta palabra no existe en español, aunque alguien la haya podido utilizar como término técnico. La más cercana sería "abductor", pero la expresión correcta es " médico ayudante", ya que efectuar una abducción no lo convierte en "abductor".
17 "operación", para evitar la repetición "tarea" - "tarea".
18 No va coma aquí.
19
Compendio –exposición breve y resumida– es incompatible con "libros", que denota una descripción detallada.

   Entretanto, el oficial ayudante preparaba (una) la manguera con la (cual) que se limpiarían los trozos para su análisis posterior. (Se trataba) Con él se trataría20 de determinar el tipo y características de las lesiones.

20 El modo condicional indica que la finalidad puede no lograrse.

   Desmond colocó en la balanza los pulmones y comprobó que pesaban más de lo normal, lo cual21 indicaba que la muerte se había producido como consecuencia de un edema pulmonar. Sólo (restaba) faltaba22 pesar el corazón para descartar (como causa de lo anterior)23 una cardiopatía, (lo cual) lo que (desestimaría) permitiría desestimar la hipótesis que manejaban los investigadores. Tenía casi la plena seguridad de que el tamaño del órgano no era el normal,(c) y su ojo,(c) acostumbrado a (leer las señales que el cadáver le enviaba) 24 intepretar los signos que presenta un cadáver, pocas veces se había equivocado.

21 Aquí también iría "que", pero puede aceptarse "cual" para evitar la repetición del mismo nexo.
22 Aunque el reiterado uso periodístico del verbo "restar" con el significado de "quedar", "faltar", llevó finalmente a la RAE a aceptarlo como séptima y última acepción del término, no es aconsejable su empleo literario.
23 El contexto de la oración permite suprimir este giro.
24 Abuso metafórico: no se leen, ni son señales, ni las envía el cadáver.

   Efectivamente, (pudo constatar que) sobre la mesa de Morgagni25 yacía el cuerpo exánime de (una) la26 mujer,(c) cuya muerte (la había desencadenado) había sido desencadenada por un paro cardíaco. Sintió a través de los guantes el frío del acero sobre el cual reposaba el cuerpo, al intentar reacomodarlo para la sutura.

25 Dato erudito superfluo. Aunque se corresponda con el tema, es poco adecuado para un texto literario que no va a ser leído solamente por especialistas.
26 No corresponde "una" sino "la", porque es la mujer a la que se refiere el relato.


El párrafo puede reordenarse así:

"Efectivamente, la muerte de la mujer que yacía exánime sobre la mesa de autopsia había sido desencadenada por un paro cardíaco. Cuando intentó reacomodar el cuerpo para la sutura, sintió a través de los guantes el frío del acero sobre el que reposaba."

Pueden todavía obviarse algunas circunstancias que ya se describieron anteriormente, y formular así el parrafo:

"Efectivamente, la muerte de la mujer había sido desencadenada por un paro cardíaco. Cuando intentó reacomodar el cuerpo para la sutura, sintió a través de los guantes el frío de la mesa de acero sobre la que reposaba."

   Mientras tanto,27 el ayudante Lemonnier28 (, que así se llamaba el ayudante,) llenaba con puntillosidad de orfebre la larga planilla con casilleros denominada "Protocolo de Autopsia":29

27 Corresponde incluir la circunstancia temporal.
28 Al señalar su rol, se introduce el nombre de Lemonnier sin necesidad de otra explicación
29 Las comillas y mayúsculas, correctamente usadas aquí, corroboran lo indicado en la nota 9.

   "Tórax sin lesiones traumáticas", (repetía) decía en voz alta. "Corazón y pulmones aumentados, que pesan (tantos gramos)…"30, repetía mientras examinaba atentamente lo que marcaba la balanza.31

30 Se ha quitado la expresión "tantos gramos", porque en una cita textual se supone que el hablante no diría "tantos", sino una cifra determinada.
31 Cuando se usan comillas no se usan las rayas de diálogo, y viceversa. Con rayas de diálogo –preferibles en este caso, por la proximidad de otras comillas ("Protocolo de Autopsia") que no denotan una expresión textual– el pasaje quedaría así:

   –Tórax sin lesiones traumáticas –decía en voz alta–. Corazón y pulmones aumentados, que pesan... –repetía mientras examinaba atentamente lo que marcaba la balanza–.

   Desmond fruncía el ceño y resoplaba de tanto en tanto, dispuesto a prestar atención al leve hematoma que cubría los dedos de la mujer. Estaba convencido de que a más tardar 32 dos días después, cuando los análisis de sangre (demostraran) mostraran si (se había producido) había habido o no un envenenamiento, (el cuerpo terminaría por decirle la verdad) se sabría la verdad.33

32 Sin coma.
33 Como en párrafos anteriores, no corresponde la personificación.


   Cuatro largas horas habían transcurrido cuando los tres médicos terminaron la faena. Los guardapolvos cayeron pesadamente en el estante junto a los delantales de hule, (esperando que) a la espera de que al día siguiente una siempre cansada Mme. Dupuy los recogiese para llevarlos a la lavandería. Las botas y los guantes habían sido enjuagados en el enorme piletón. Los dos médicos salieron rápidamente, después de saludar con (el debido) respeto a su maestro, quien (lógicamente) era el último en retirarse. Siempre acostumbraba permanecer a solas, meditando un rato sobre el caso, (lo que) y esto le había permitido desentrañar muchos enigmas (que rodeaban el caso.) Esta vez tenía un especial interés, mezcla de curiosidad y (sorpresa) de expectativa, quizá porque (sentía) presentía que (ella intentaba decirle algo más.) el cuerpo podía aún revelarle algo más.34

34 Aquí la prosopopeya sólo desluce el relato.

   Un leve sonido que provenía de la pileta (lo sobresaltó. Provenía de la pileta. Algo así), como de gotas cayendo sobre la superficie, lo sobresaltó.

   Efectivamente, la sangre se deslizaba desde el hule y comenzaba a formar una extraña figura. Esperó un rato, inquieto, mientras observaba absorto como el líquido rojo dibujaba algo que iba cobrando forma. De a poco(, cuatro números –separados por una barra–) fueron apareciendo cuatro números que permitían leer una fecha. Sin ninguna duda 35 correspondían a un día, un mes y un año.36 Alarmado,(c) corrió hacia el cadáver. Sobre una de sus manos, la mancha morada de bordes difusos se había transformado en nítidos caracteres que coincidían con los anteriores.

35 Sin coma.
36 No corresponde reiterar la preposición "a"

   El día y el mes eran los del fallecimiento de la joven. El (año) tercer número correspondía a doce años atrás.

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Texto corregido:

                            EL ENIGMA DE LA MUERTE DE MADEMOISELLE ROCHET

   Permaneció pensativo un momento mientras lo contemplaba. El cadáver de Mademoiselle Rochet lo había impresionado.

   Cuando lo llamó el inspector Casaux, supo que estaría ante uno de los más resonantes casos de su carrera. Una mujer joven aún, de increíble belleza, atractiva y vivaz a pesar de la palidez de su rostro, permanecía inmóvil junto al hogar. Ni la rigidez de la muerte lograba ocultar el gesto enérgico con el que había estado sosteniendo un libro entre sus manos.

   Se había dado orden de no tocar ningún elemento en la escena del crimen. Aunque la carátula era "muerte dudosa", un anónimo amenazante encontrado sobre su escritorio hacía suponer que había sucedido lo que su texto profetizaba:

   "Morirás en el exacto minuto en que se hayan cumplido doce años de mi desaparición".

   Mademoiselle Rochet había aparecido muerta en circunstancias de lo más extrañas. El inspector Poitiers estaba convencido de que era un crimen, y le había adelantado al forense esa impresión.

   En la morgue, Monsieur Desmond permaneció pensativo un momento. Mientras contemplaba el cuerpo y se apresuraba a atar al tobillo el cartelito color marrón con el número de la autopsia , se sorprendió por la vivacidad que mostraba el rostro pálido, de notable belleza. Las sugerentes formas de Mademoiselle justificaban su bien ganada fama: Era sabido que años atrás había rechazado un título de belleza en un concurso, alegando la fragilidad de lo corpóreo, hecho sin precedentes que la había transformado en un personaje emblemático al que solían acudir asociaciones que cuestionaban ciertas tendencias consideradas peligrosas para las jóvenes. Lo cierto es que, a juzgar por la popularidad que había logrado y la energía que imprimía a sus proyectos, no parecía precisamente dispuesta a abandonar tan rápido el mundo de los mortales. Ni siquiera el rigor mortis alcanzaba a ocultar el gesto enérgico de sus manos, de dedos largos y bien cuidados en los que podía distinguirse una leve mancha de color morado que no dejó de llamarle la atención. No había golpes visibles, ninguna herida ni nada que hiciera sospechar un episodio violento.

   Con un corte rápido y preciso abrió el cuerpo desde la pelvis hasta el mentón. A su lado, el médico ayudante tendría a su cargo la desagradable tarea de retirar la piel del rostro hacia adelante, una vez practicada la incisión en el cuero cabelludo, dejando al descubierto el cráneo, que luego sería serruchado para extraer el cerebro. Operación de la que felizmente se veía librado. Al fin y al cabo su función era otra, la de tanatólogo especializado en casos de difícil resolución, sobre cuya descripción detallada había publicado ya seis libros.

   Entretanto, el oficial ayudante preparaba la manguera con la que se limpiarían los trozos para su análisis posterior. Con él se trataría de determinar el tipo y características de las lesiones.

   Desmond colocó en la balanza los pulmones y comprobó que pesaban más de lo normal, lo cual indicaba que la muerte se había producido como consecuencia de un edema pulmonar. Sólo faltaba pesar el corazón para descartar una cardiopatía, lo que permitiría desestimar la hipótesis que manejaban los investigadores. Tenía casi la plena seguridad de que el tamaño del órgano no era el normal, y su ojo, acostumbrado a intepretar los signos que presenta un cadáver, pocas veces se había equivocado.

   Efectivamente, la muerte de la mujer había sido desencadenada por un paro cardíaco. Intentó reacomodar el cuerpo para la sutura, y sintió a través de los guantes el frío de la mesa de acero sobre el que reposaba.

   Mientras tanto, el ayudante Lemonnier llenaba con puntillosidad de orfebre la larga planilla con casilleros denominada "Protocolo de Autopsia":

   –Tórax sin lesiones traumáticas –decía en voz alta–. Corazón y pulmones aumentados, que pesan... –repetía mientras examinaba atentamente lo que marcaba la balanza–.

   Desmond fruncía el ceño y resoplaba de tanto en tanto, dispuesto a prestar atención al leve hematoma que cubría los dedos de la mujer. Estaba convencido de que a más tardar dos días después, cuando los análisis de sangre mostraran si había habido o no un envenenamiento, se sabría la verdad.

   Cuatro largas horas habían transcurrido cuando los tres médicos terminaron la faena. Los guardapolvos cayeron pesadamente en el estante junto a los delantales de hule, a la espera de que al día siguiente una siempre cansada Mme. Dupuy los recogiese para llevarlos a la lavandería. Las botas y los guantes habían sido enjuagados en el enorme piletón. Los dos médicos salieron rápidamente, después de saludar con respeto a su maestro, quien era el último en retirarse. Siempre acostumbraba permanecer a solas, meditando un rato sobre el caso, y esto le había permitido desentrañar muchos enigmas Esta vez tenía un especial interés, mezcla de curiosidad y de expectativa, quizá porque presentía que el cuerpo podía aún revelarle algo más.

   Un leve sonido que provenía de la pileta, como de gotas cayendo sobre la superficie, lo sobresaltó.

   Efectivamente, la sangre se deslizaba desde el hule y comenzaba a formar una extraña figura. Esperó un rato, inquieto, mientras observaba absorto como el líquido rojo dibujaba algo que iba cobrando forma. De a poco fueron apareciendo cuatro números que permitían leer una fecha. Sin ninguna duda correspondían a un día, un mes y un año. Alarmado, corrió hacia el cadáver. Sobre una de sus manos, la mancha morada de bordes difusos se había transformado en nítidos caracteres que coincidían con los anteriores.

   El día y el mes eran los del fallecimiento de la joven. El tercer número correspondía a doce años atrás.


                                                                                                                                                Susana F. Q.

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