30/10/90
                                                                Apuntes sobre masaje heterosexual    

    El doctor Abel Abrite Oscantos considera a la ciencia como fundamento último de su tarea de médico. De allí que suela orientar su pensamiento en la dirección de lo biológico, particularmente en el análisis de los condicionamientos de la personalidad y de la conducta que se originan en la actividad de las glándulas endocrinas y en los sistemas nerviosos autónomos.
   Por su parte el profesor Carlo Dionisos Coioni ahonda en la filosofía, cuyos múltiples aspectos expone durante su quehacer docente. Acostumbra además llevar las objetivas conclusiones de su amigo a un plano antropológico y metafísico, para desde allí tratar de alcanzar el plano religioso.
   Ambos amigos comparten la esperanza de poder, a través de sus diferentes métodos –científico positivo el uno, especulativo y contemplativo el otro–, llegar a vislumbrar aspectos de lo permanente e inmutable cuya existencia postulan como fundamento de lo fenoménico y transitorio.
   Carlo y Abel parecen creer también en la existencia del amor al prójimo, si bien como hecho minúsculo y apenas perceptible, pero cuya existencia pueden comprobar cotidianamente. Comparten también un entusiasmo que llega al arrobamiento ante la belleza femenina.
   Esta última afición los lleva a atravesar por las noches el puente sobre el río que separa la ciudad de Necochea, en donde residen sus pacientes y sus alumnos, del puerto de Quequén, en busca de otro plano de la realidad, que encuentran en los bares penumbrosos frecuentados por marinos y camioneros.

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   Coioni había tenido la semana anterior una prolongada sesión de exploraciones corporales sobre la turgente y elástica piel de Marcela, su amiga Marcelita, casi siempre tranquila y estable, casi siempre anímicamente bien dispuesta y, tal vez por esa misma serena disposición escasamente erótica para su gusto.
   En realidad, y desafortunadamente, Carlo no había podido experimentar, como en cambio sí había sucedido en noches anteriores con Estela o con Patricia, las propiedades físicas directas de la suntuosa piel de Marcela, sino más bien una
especie de sumatoria o resultante de la interacción entre la elasticidad natural de la niña, y la conferida por las medias de seda y la malla negra de lycra.
   Abel insistía en la importancia del contacto directo de las manos con la piel, y Carlo argumentaba que valía igualmente la experiencia del masaje con interpósita tela –y además, sintética– pues podía contribuir a desmitificar la cuestión del "contacto". Citó la conocida objeción femenina contra los preservativos, y recordó una gloriosa transa con Laura, la fogosa pelirroja judía, agradabilísima pese a estar intermediada por una tosca goma higiénica con tecnología de los años sesenta.
   Por otra parte –sostenía Carlo–, la interposición de la tela amortiguaba la intensidad de las percepciones, y contribuía a hacer más suave y gradual la pendiente de la comunicación erótica que, a fin de cuentas –según el profesor–, subyacía como horizonte intencional de todo masaje.
   La cuestión suscitó una breve discusión entre Abel y Carlo, que fructificó en un esquema que entre ambos trazaron en unas pocas líneas –al dorso de una boleta de comercio–, sobre la ubicación del hombre dentro de los grados de la realidad. La tarea, tan alejada del contexto de la casa de pases, debió ser pospuesta por los dos amigos para mejor oportunidad, urgidos por la presencia de las chicas que les apoyaban las tetas sobre sus espaldas, y los instaban a ocuparse de ellas, y "no de los negocios de ustedes".
   Abel aceptó ambos criterios de su amigo, en particular el de la conveniencia de atenuar la realimentación erótica mutua, ya que posibilita la prolongación en el tiempo del placentero acto fricativo. No otra cosa que la prolongación del momento de feliz abandono –afirmó– reclaman las desdichadas mujeres de los no menos infelices eyaculadores precoces. Por otra parte –concedió también el médico–, los clientes con tal disfunción son los preferidos por las chicas, ya que les posibilitan hacer más pases por noche, y les evitan una participación anímica que podría fatigarlas en exceso.

   En la fresca noche de fin de mes de octubre, sólo transitaban por las calles los perros solitarios, y unos pocos adictos a la cerveza aparecían y desaparecían por el local, dejando vacíos hasta esa hora un total de veintisiete porrones, según la cuenta hecha por Daniel –un muchacho de quien Abel sospechaba cierta inteligencia– que se ocupaba de ayudar al encargado.
   De modo que, luego de tres cuartos de hora de tranquilo dejarse estar, sumidos ambos amigos en la meditación y la contemplación, llegó el momento de iniciar un breve masaje de espalda a Viviana, interrunpido por la llegada de un par de
clientes tardíos. Fue entonces cuando Marcela pidió ser masajeada, y Soledad, muñequita rubia tan bella como celosa, no lo pasó por alto. Intentó tomar a burla la situación, cuyo valor y sentido ella misma había experimentado unas noches antes.
   Probablemente a causa de ese mismo grato recuerdo de algo que hoy no era para ella, trataba de interferir:
   –El profe no te quiere masajear. No sos su tipo –le dijo mientras ya Coioni iniciaba la tarea sonriendo mansamente, y temeroso a la vez de que por alguna causa se interrumpiera el clima mágico que comenzaba a crearse –así lo percibía él– por el contacto físico con la chica.
   –La otra faceta de esta cuestión es que, ¡oh, la intuición femenina!, en parte es cierto lo que dice Soledad –murmuró el profesor al m‚dico, que permanecía a su lado. Y prosiguió:
   –La quiero mucho a Marcelita, que pese a su juventud ya casi forma parte del inventario del "Quitapenas", pero nunca he sentido la necesidad, esa aguda e inesquivable necesidad que otras chicas me producen, de pasar con ella.
   –Otro interesante aspecto para comprobar –respondió con su invariable actitud indagatoria el médico–. Vas a poder percibir a qué grado llega el vínculo que establece el masaje, cuando la masajeada no excita directamente la genitalidad.
   –Vamos a tener que reescribir alguna parte de la teoría del masaje –dijo a su vez Carlo, con fingida solemnidad–. Fijate vos que no usamos cremas ni aceites, si bien la ropa funciona como lubricante, pero aún así eso nos obliga a inventar modos de presionar, en reemplazo de los modos de frotar, o "toques" –petissage, effleurage–, que establecen los textos. Y estamos descubriendo que la presión puede ser tanto o más gratificante mutuamente que la frotación, que es lo que comúnmente se entiende por el término "masaje".
   –No sólo eso –contestó Abel–. A mí me parece que comprimir músculos, articulaciones y órganos a través de la piel, produce una percepción del otro más honda que frotarlo, y, paradójicamente, se acerca más a la caricia, por lo que tiene una tonalidad profundamente sexual.
   El médico hizo una pausa, y fijando la vista en su vaso contempló meditativamente la escasa cantidad de whisky, ya casi totalmente aguado, que rodeaba la base de los redondeados trozos de hielo.
   –No estamos sin embargo ante nada nuevo –prosiguió–. Ése es el sentido de las técnicas especiales, de efectos incluso directamente psicoterapéuticos, como el masaje de Reich, o el Rolfing. La presión puede llegar a tener esa fuerza comunicativa que percibimos en el apretón de manos, el abrazo y el golpe cariñoso que suelen darse los amigos...
   –¡Qué deshí, Lobo! –lo interrumpió Carlo, al tiempo que daba un medido puñetazo sobre el redondo vientre del médico.
   –No te olvides –prosiguió éste, incrementando su tono doctoral para recuperar la dignidad menoscabada por el manoseo de su amigo– que todo golpe, aún el no cariñoso, y hasta la peor trompada, es siempre un intento, bien que desesperado a veces, de poder comunicarse con el otro. Cuando fracasan o se cierran los caminos del gesto, la mirada, la actitud corporal, el lenguaje hablado, siempre nos queda el recurso de agarrarnos a golpes para lograr esa comunicación que se nos niega por otros medios.
   –Me hacés acordar a la manida caracterización de la guerra como continuación de la política, como lo enunció Clausewicz.
   –Acordate mejor de esa novela para escolares del padre Francisco Finn, creo que se llamaba Lord Bountiful, en la que el pibe protagonista se trenza a trompadas con su amigo, y entonces comprende cuánto lo aprecia –recordó el médico evocando sus tiempos de alumno salesiano.
   –Por eso tenés tanto cariño por los boxeadores, aunque no te gusta el boxeo –le dijo Carlo, conmovido.
   Por la mente del médico pasó el recuerdo de su emocionado encuentro en un restaurante del barrio de Congreso, en Buenos Aires, con Andrés Selpa, convertido en pacífico fotógrafo social. El gran campeón había escrito su autobiografía, titulada Sin Prejuicios, y estaba escribiendo entonces un nuevo libro: Psicosociología del Boxeo, cuyos capítulos le comentó detenidamente.
   Abel lo había invitado a compartir su mesa, y mientras cenaban juntos le produjo admiración la lucidez de su pensamiento de hombre insospechadamente profundo, luchador permanente contra las difíciles circunstancias de su vida y los problemas causados por él mismo.. "El boxeador es el producto de dos factores –le había dicho con su dicción confusa–: Miseria e ignorancia."
   Abel permaneció en silencio, mientras el profesor proseguía su tarea en los hombros de Marcela.
   –Decididamente –dijo Carlo como hablando consigo mismo–, puedo masajear a Marcela, linda, joven y tibiamente perfumada, sin percibir nada que se parezca al erotismo. O al menos hasta ahora –agregó en voz más baja–.
   Abel lo disculpó con una mirada compasiva.

 Patricia, la petisita de bellas caderas, pasó junto a la pareja de tribantes y miró al pensativo médico con su peor cara.
   –Es culpa tuya –le dijo Carlo–. La otra noche, si lo pensó un instante, debió de sentirse un poco violada.
   –¿Por qué? –se defendió Abel–. Yo sólo llevé la situación, y muy gradualmente, como vos lo viste, hasta donde podía dar. ¿Acaso no la había masajeado en el mismo estilo in crescendo unas noches antes?
   –Sí, pero el contacto directo... –dijo Carlo en tono dubitativo–. Aunque su conducta evasiva y hasta de franco rechazo –reconoció– puede deberse también a una suma de otras circunstancias: Te contó que tiene miedo de haber quedado
embarazada hace algunas semanas, y eso bastaría para justificar una actitud de hostilidad hacia los hombres en general, y hacia los garroneros como vos en particular.
   Además –prosiguió–, están sus reflejos condicionados de chica de la noche. En cierto sentido tuviste con ella una relación sexual, y fue bastante más erótica que la que se puede alcanzar como cliente de un pase. Y encima no le pagaste un centavo, y ella se dio cuenta de que vos lo habías pasado fenómeno masajeándola.
   –Bueno –se defendió el médico–, pero ella también lo pasó fenómeno. ¿No te lo conté esa misma noche?
   –He ahí la cuestión –dijo Carlo–: Hasta qué punto una de estas excelentes chicas puede todavía permitirse pasarla bien.
   –Pobres chicas, no excelentes –refutó Abel, con cierta brusquedad–. Hablá desde tu humanidad racional, no desde tu agradecimiento genital.
   –Tenás razón –reconoció Abel–. ¡Cómo nos hace cambiar de perspectiva la gratificación corporal! Sólo falta que exclame, como el paisano del cuento: ¡Chivito lindo!
   El médico prefirió pasar por alto la grosería de su amigo.
   
    La regordeta y curvilínea Vilma-la-chiquita (la llamaban así para diferenciarla de Vilma-la-grandota, una turca de mucha mayor estatura) se acercó nuevamente a fastidiarlos a ambos. Ya lo había estado haciendo durante la estéril primera hora de la velada, mientras los dos amigos contemplaban calladamente la rutina de copas, manoseos y alguno que otro pase con los escasos clientes a los cuartos interiores. La rubiecita teñida, de generosos pechos y caderas –decididamente deseable para cualquiera que la contemplara en su ir y venir reposado de hembra en el grado justo de sazón, había dicho Carlo–, se había dedicado a atacar al profesor de todos los modos que se le alcanzaron a ocurrir. Tenía un nuevo truco idiota, que repetía incansablemente:
   –Cuento hasta cien y te borrás –anunciaba, y proseguía–: Noventa y nueve... ¡borrate! –acercando su mano al rostro de Carlo y chasqueando los dedos. Y repetía una y otra vez la gracia, con infantil perseverancia.
Carlo recordó que Vilma aún no tenía dieciocho años, y que trabajaba merced a la protección que Laurelito, el dueño, tenía –coima mediante– frente a toda posible intervención policial. La gordita se ubicó frente a un cliente que tomaba cerveza junto a la barra y que apoyaba silenciosamente sus bromas dirigiendo su mirada burlona hacia el profesor.
   –¡Sabés lo que confesó el Profe! ¡Le gusta que le hagan ahí atrás! ¡Se lo dijo anoche a Vicky! ¿Cómo es ese dotor que le metió el dedo, Profe? ¿Protol... prol...?
   –Proctólogo –contestó Carlo amigablemente, mientras le sonreía a su vez al doctor Abel.
   Ahora Vilma volvía a la carga. Se acercó a Marcela, quien se encontraba pr cticamente de pie, sentada en el borde de uno de los altos taburetes fijados a la barra. Detrás de ella Carlo, también de pie, proseguía con su masaje. Ora recorría como si se tratara de un mórbido teclado la piel de la espalda, única zona que dejaba expuesta la malla oscura, y le enviaba de este modo centenares de breves estímulos con la firme presión de la punta de sus dedos, ora los deslizaba hacia la nuca, para –con un nuevo e incruento arte quirúrgico más cercano a la caricia que al masaje– comprimir delicadamente los promontorios óseos situados detrás de las orejas, en un movimiento circular que rozaba también, apenas, el dorso de los pabellones.
   Luego sus dedos descendían por las fibras musculares del cuello, y finalmente sus manos cubrían los hombros y presionaban rítmicamente los deltoides, sincronizando el movimiento con el invariable ritmo de "pachanga" que no cesaba de surgir de los estridentes parlantes cercanos al techo.
   Al par que avanzaba en su tarea, Carlo continuaba su reflexión. "Aquí aparece –se decía– otro elemento esencial de la comunicación: el ritmo. La presión no debe aplicarse sin orden en el tiempo, como si se tratara de un acto puramente técnico, sino que hay que descubrir su ritmo apropiado, su cadencia, y si hay alguna percepción exterior se impone, como es el caso de la música aquí, es conveniente subordinarse a ella. Es mejor adecuarse a ese ritmo, aunque nos parezca poco adecuado, que romper la integración de las percepciones procediendo a contratiempo, como quien llevara el paso equivocado en una danza."
   "Precisamente el masaje forma parte de una danza, que yo vivo en forma cuasi nupcial, y que el masajista ejecuta con sus manos sobre el cuerpo de la masajeada. Me parece que surje aquí el requisito inevitable de la heterosexualidad. No me imagino esta misma tarea realizada entre hombres, o entre mujeres. En el masaje hay algo de la restauración de la integridad primitiva, como en toda comunicación entre los cuerpos."
   "Esto tendría que comprobarlo en la práctica, por ejemplo con Abel" se dijo. "pero no hace falta." prosiguió, como avergonzado consigo mismo. Sentía una suerte de bien entendido decoro masculino que le resultaba más importante aún que el conocimiento que pudiera obtener en caso de transgredirlo.
   "Y además –concluyó–, los cuerpos del mismo sexo no son complementarios sino simétricos uno respecto del otro, casi diría paralelos, y si bien podemos masajearnos entre personas del mismo sexo, en particular con fines terapéuticos, buscar en esa actividad danzas, ritmos, me parece algo fuera de lugar, algo esteticista, hasta con una pizca de narcisismo egoísta."
   Como si leyera sus pensamientos, Abel salió de su también reflexivo mutismo.
   –A mí me parece que entre nosotros el masaje sería una cosa algo masturbatoria –le comunicó–. Y yo estoy cansado de tantas que me he hecho, como para empezar ahora de nuevo.
   Vilma había caído esa noche en una especie de huella mental, y no quería, o no conseguía salir de ella. Alentado por la sonrisa de un cliente de rango muy bajo –"no llega a camionero de Ford Guerrero", evaluó Carlo para sus adentros–, que parado junto a la barra la tenía ceñida por la cintura, ella proseguía en el mismo tono de dama ofendida, entre escandalizado y moralista:
   –¡Y lo que le hizo el profe a Paola la otra noche! ¡La agarró de las tetas!
   Paola, la rubia y joven señora de padre italiano y madre judía, había disfrutado mucho durante aquella sesión de masaje, en la que Carlo efectivamente incluyó un toque circular, simétrico y masivo, con las manos abarcando sus grandes pechos de madre en un abrazo desde atrás, que ella sólo abandonó para ir a atender a un cliente, después de besarlo con cordialidad y exclamar: "¡No te mueras nunca, Profe!". Después, durante el resto de la noche Paola se mantuvo algo distante con un dejo de reticencia que parecía tener la intención de volver a dejar sentada su inmutabilidad de profesional, y que le confirmó al profesor en qué medida ella seguía percibiendo –y reprimiendo–las agradables resonancias del encuentro.

   Meses después, cuando se reencontraron en otro boliche, al lado del "Quitapenas", su franca actitud amistosa seguía testimoniando lo perdurable del vínculo interpersonal que puede iniciarse a partir de la corporeidad.
   –Vos tendrías que escribir algo para aclarar un poco la confusión que existe en este tema –le dijo entonces el médico.
   Carlo, demasiado perezoso para hacerlo, lo obsequió en cambio con un esbozo monologado sobre el tema, todo lo ordendo que podía hacerlo mientras no dejaba de ocuparse en masajear –o acariciar– a Marcela.
   –Lo primero que encontramos al analizar al hombre desde este águlo –comenzó–, es la sorprendente decisión de Dios de hacernos a imagen y semejanza suya. Somos en cierta forma íconos de Él, y creo que esta analogía puede ayudarnos a considerar a toda persona como algo sagrado.
   Recíprocamente, al pensar en Dios tendemos a imaginarlo como un anciano bondadoso, y este antropomorfismo muchas veces ha sido un obstáculo para la profundización de nuestra religiosidad. Sin negar que pueda dificultar el logro de una concepción más reflexiva y abstracta de Dios –si es que eso nos sirve para algo– yo creo que pensarlo con figura de hombre nos ayuda a no perder de vista que lo ganz andere, lo totalmente otro, está mucho más próximo a nosotros que lo que la abismal diferencia entre el Creador y su creatura nos hace generalmente suponer.
   La misma semejanza e imagen divina, que tanto dignifica y embellece nuestra condición, nos permite también concebir la suma racionalidad de Dios, extrapolando al infinito la que nos ha participado a nosotros. Conocemos sólo en parte –ec mérus guinóscomen– , como ha dicho San Pablo, pero esto es suficiente para que podamos confiar, por analogía y en modo preeminente, que Dios conoce perfectamente todo, incluyéndonos a nosotros mismos. De manera semejante, somos escasamente libres porque nuestra voluntad es muy débil, pero podemos confiar, por otra analogía semejante, en la plena libertad y omnipotencia de Dios, y digo confiar porque lo que todos esperamos, más o menos oscuramente, es que en medio de la abundancia de nuestros pecados nos sobreabunde la gracia de Dios.
   Carlo hizo una pausa, y para recuperar la atención de Abel, tanguero como todo buen médico, le citó a Cátulo Castillo:
   –Viste lo que dice el protagonista de "Amor en remolino", mientras está con la mujer de otro: "...y pretender que Dios, tan sólo Dios, nos llene de perdón, dejándonos querer con este amor ladrón que nadie ha de entender".
   Abel lo miraba serio, y a Carlo le pareció que tras sus últimas palabras los ojos del médico brillaban demasiado. Inmediatamente el profesor se arrepintió de haber puesto ese ejemplo, y se apresuró a continuar:
   –Después de considerar que nuestra racionalidad es semejante al infinito poder y conocimiento de Dios, viene la constatación de algo más misterioso aún, y de lo que deriva buena parte de los pasos de la comedia humana –incluyendo nuestra presencia esta noche en esta casa de putas–: Varón y mujer nos creó. Esto puede tomarse como un signo de la riqueza desbordante del poder divino: Después de darse el lujo de desarrollar estadio por estadio a su creatura predilecta a través de millones de años de evolución cósmica y biológica –lo que nos sugiere hasta la evidencia que estamos emparentados con todo el universo, y que la creación es tan sagrada como nosotros–, Dios nos hace a su imagen y semejanza en dos versiones complementarias: macho y hembra.
   Se ha dicho –prosiguió– que si hipotéticamente existieran otros seres racionales que llegaran a conocernos, se sorprenderían de nuestra separación en dos sexos. Para poseer racionalidad, es decir, capacidad de conocer y de querer, no se requiere que seamos a un tiempo tan iguales y tan diferentes como pueden serlo un hombre y una mujer. Nuestra condición corpórea y biológica tampoco exige la existencia de dos sexos: en la naturaleza abundan los clones y la partenogénesis.
   Podemos postular entonces que es otra la intención de Dios al hacernos sexuados, al crearnos varón y mujer. Es un signo de sobreabundancia, como la existencia de las flores, las estrellas, la complejidad de las galaxias y la del mundo subatómico. Pero sobre todo es un signo de llamado a la totalidad, a la salida de uno mismo, a la entrega recíproca, al encuentro en el amor.
   Este llamado al encuentro –la verdadera y única vocación del hombre– lo ha impreso Dios en nuestra carne a través del misterio de la sexualidad. Y aunque la respuesta que damos es tan contradictoria y ambigua como todo lo humano, la sexualidad es el gran cauce que se ofrece a nuestra búsqueda de encuentro, y es matriz y medida de la paternidad y la maternidad, del amor fraternal y de la posibilidad de ver al prójimo como a alguien que está buscando y que necesita lo mismo que nosotros.

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