Sábado 16 de febrero de 1991 - 05:00

                                                 Moral cerrada y moral abierta

   Había transcurrido media hora escasa del encuentro físico pleno y reparador. Tras semanas de agonía, de verdadera lucha entra fuerzas impersonales que pugnaban dentro de sí amenazando destrozarlo, una pequeña decisión propurgatorial, tomada tras largas vacilaciones que debilitaban sus días y blanqueaban sus noches, había despejado la tempestad. Y Coioni, agradecido a Dios, se precipitaba a testimoniarlo, cuando aún acariciaban, sedantes, su organismo los ecos benefactores de un polvo –por fin– bien echado.
   ¿Y cómo es que había llegado, que se había deslizado a una tal situación? –se preguntaba, asombrado, desde el otro lado del charco–. Su intelecto alerta le advirtió que la metáfora espontánea: "charco" –casi escribe pantano, pero lo percibió desmedido para un modesto pase de quince minutos– denotaba el juicio descalificante de su superyó.
   Es cierto –insistió– ¿cómo se había construido a sí mismo una vez más la tan repetida cárcel de los respetables y dignos valores de la moral cerrada, él, que se consolaba de los esfuerzos de su ascesis precisamente en las mieles de la moral abierta, en esa tan difícil –pero que por su parte sabía que podía testimoniar con convicción, hasta con certeza– libertad alcanzada a costa de tanto aceptar el sinsentido del esfuerzo?
   Las afirmaciones de dos personas que habían llegado a la cúspide humana de la libertad, para desbordarla con la plenitud ilimitada del santo, acudieron en su ayuda: Agustín y Teresa. El Carlo aferrado a su propio devenir individual pensó en sus dos amigos –y en una amada alumna– homónimos, pero los postergó para el solaz posterior de sus pensamientos, y prosiguió en la tensión creadora que permite alcanzar el conocimiento: el ejercicio continuado de intentar llegar a lo general, y aún a lo universal, remontándose al concepto inespacial y atemporal desde la necesariamente limitada vivencia particular.
Agustín de Hipona: "Ama y haz lo que quieras". Teresa de Ávila: "Muchas inquietudes metafísicas se solucionan con una buena comida.". Un tercer santo –no oficial: Leonardo Castellani– terció: "Leer no es trabajar. Escribir es trabajar.".
   El profesor miró el reloj: Media hora justa para escribir una carilla, y como siempre, era mucho menos lo escrito que –convocado por esa primera sistematización de su pensamiento– lo que quedaba por escribir. Cada párrafo, cada inciso, se presentaba más bien como una vigorosa rama que invitaba a ser recorrida en cada una de sus articulaciones y detalles. Esta misma breve digresión era un ejemplo: contenía en embrión toda una reflexión sobre la actividad espontánea de la mente –bien que ya disciplinada por el ejercicio–, que es lo que da más fuerza, riqueza y originalidad a las realizaciones del intelecto.
   Por cierto que un nuevo precepto de disciplina se impone cuando se desea concluir un desarrollo en pocas páginas, y es el de evitar toda digresión. Pero Coioni escribía acuciado por la idea de su ocaso, e incluso de su próxima muerte, y entonces, como lo hacía en todo momento –desde la cátedra, con sus amigos, con sus hijos–, sembraba febrilmente, proponía y señalaba senderos, líneas de pensamiento, de reflexión, de conducta, aun presintiendo que no iba a disponer del tiempo necesario para cultivar y desarrollar las consecuencias de esa siembra.
   –Pero allí entra la fe –interumpió el profesor–. Los artículos inconclusos, los hallazgos sin pulir ni redondear, son –lo veía claramente– un acto de fe, y no de fe abstracta y sin objeto, sino de fe en Dios, una fe que percibía
escandalosa y avasalladora en la fuerza con que lo impulsaba a negar el pecado en donde se suponía que debería verlo, y a enfrentarlo en donde nadie veía ningún mal.
   Otra vez la moral cerrada y la moral abierta, la presión y la aspiración, las categorías que había encontrado y propuesto otro santo extraoficial, el judío Henri Bergson.
   –¿Y por qué un acto inconcluso es un acto de fe? –recapituló. Y comenzó otra respuesta también inconclusa:
   –Porque la busqueda de lo cerrado y definitivo es en realidad un anhelo bastante comprensible –pero altamente neurótico– de seguridad. Obviamente, ésas son las características de toda búsqueda de seguridad. Es comprensible, pero insensato pretenderla –y Coioni la buscaba, así de insensatamente, muy a menudo, hasta el punto de que varias paredes de su cárcel actual habían sido construidas por ese deseo necio–; la seguridad empieza donde termina el ágape, o no lo deja siguiera comenzar.
  Lo abierto es lo no seguro, lo imprevisible: Amar es renunciar a la seguridad, al camino expedito y bordeado de señales claras de "vas bien". Fons Jansen y Luud Sallaert desarrollan en Nuestra avidez de sinceridad un capítulo titulado "¿Es lícito perseverar a ciegas?", y Coioni hacía años que había olvidado su contenido, pero conocía y tenía presente, siempre que podía –no en estas últimas semanas, evidentemente–, la respuesta: ¡Claro que es lícito! Más aún, casi siempre es la única manera posible de hacerlo, y, a ciegas o no, estamos en la existencia para perseverar en lo que intuímos que Dios espera de nosotros, aunque entretanto también nos masturbemos para estar seguros .
   La conciencia de la fugacidad y el anhelo profundo –éste sí, legítimo, si bien humanamente tan inalcanzable como la seguridad– de perdurar, de alcanzar la permanencia de los frutos del esfuerzo de vivir, de lograr en suma la eternidad a la que aspiraba Nietszche, es la fuerza que nos impulsa a producir tanto noble acto humano inconcluso –por intrínsecamente inconcluible–: acometer una tarea de servicio al prójimo, fundar una familia, engendrar y educar hijos, enseñar, aliviar el dolor, escribir –escribir, que fue el gran acto de amor, abierto y sin cálculo, del mismo Nietszche, y que nos revela el sentido profundo de su sed de eternidad–.
   El poeta Albérico Mansilla ha escrito en "Tiempo de partir", con música de Eduardo Falú:

                         "Quiero quedarme aun cuando me vaya,
                         en la memoria de quienes me han querido,
                         en los versos triviales que repita
                         en su cantar algún desconocido,
                         o regresar en el perfil de un niño,
                         como ese amanecer que ha renacido.
"

   En la conducta que prescinde de cualquier reaseguro, en la apertura a lo que excede la capacidad humana de decidir, surge la posibilidad de amar y también de trascenderse: en versos, en el hijo, y también en el hijo simbolizado en esos versos.
Nietszche alcanzó la ansiada eternidad de su alma, justo premio para quienes testimonian el Absoluto, y alcanzó también la permanencia entre los hombres más allá de su corta vida, a través de los desconocidos que repetimos sus versos.
   La apertura implícita en la moral abierta es también la que –al decir de Fritz Künkel– hace posible el nosotros, el encuentro interpersonal, el más grande anticipo que se le ha concedido vislumbrar al hombre, de lo que será su unión con Dios.
 
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