Prisión:
La perpetuidad del movimiento
From:
Tristemente conforme (César O.H.R)
Sent: sábado, 03 de marzo
de 2007 16:21
Subject: Cuento para el taller
Estimado Conrado:
Agradecido
con las correcciones que hizo del primer texto que le mandé, le traigo
otro.
De este sí estoy completamente seguro. Es más bien un
pequeño experimento del cual me gustaría saber su opinión.
Esperando sus comentarios.
Tristemente conforme
PD. Por cierto que
no soy español ni resido en España. Soy mexicano y vivo en mi país
natal.
N.B.: El viernes 11 de agosto de 2006 "Tristemente conforme"
envió otro cuento: Labios/Desnudos
Estimado
"Tristemente conforme":
Si usted no está internado en una
casa de salud, debería estar participando en concursos literarios y recibir
los aplausos que se merece.
Resulta placentero corregir algo tan bien hecho
aunque suene contradictorio como este cuento. Lo estoy haciendo
mientras lo leo por primera vez, de modo que me detengo para indicar cada corrección
y me apresuro a volver al texto para proseguir con su fascinante lectura.
Por
lo demás, ésta es la primera y última vez en mi vida que
me pongo a transcribir un texto como éste, repleto de extravagancias formales.
Como al pasarlo de Word a HTML desaparecen los subrayados, itálicas y negritas,
la mera tarea de copiar puntillosamente sus peculiaridades me ha llevado más
de una hora. (Hasta se me enfrió el mate no sólo mi cabeza,
sino también el que tomo con ilex paraguariensis).
Este es el ilegible original:
Prisión:
La
perpetuidad del movimiento
Apoyado en el respaldo de la butaca, los
labios resecos entre abiertos1 dejando admirar2
la lechosa brillantez de sus dientes, mira el hombre.3
Sus ojos grises, glaciales y desolados como él mismo, perforan absortos,
estáticos, la multiplicidad de imágenes ofrecida a ellos.4
Delante
suyo,5 el escenario, esa duela6 de dimensiones
caprichosas, irremediablemente larga y al mismo tiempo pequeña hasta la
claustrofobia. Está todo repleto de escenarios infinitos pero a
voluntad puede reducirse sólo a7 unos cuantos. Resulta toda
una contradicción.
Cada recinto presenta una escena de diferentes puestas
teatrales. Los finales de las obras quedan inconclusos pues se escriben a medida
que transcurren, en monumental orgía de temas y posibilidades,
sus situaciones.8
Allí, en algunas tablas ya desvanecidas,
yació el agricultor.9 Permanecía apretado contra su
única puerta, inmóvil, inservible. Tenía
múltiples cerrojos atornillados en la madera de aquella entrada. La recorrían
de arriba abajo, perfectamente sellados y dispuestos a contener cualquier intruso,10
pero las hermosas cicatrices que cortaban la piel del agricultor, advertencias
reiteradas de lo insensato de pudrirse quieto al esperar sentado, lo obligaban
a recargar todo su peso desesperado.11
Aterradas ante la
idea de la falta de movimiento, cada obra se nutre a sí misma de personajes
provenientes de otras. Nexos se crean,12 estrechan, alejan
y desprenden continuamente. Nada dura. Todo camina. Así respira, pues lo
que se queda se ahoga y se amorata. No son sino tormentas de agua y aceite
sobre el vaso entablillado que es el escenario. Restregándose una con otro,
luchando por asirse entre sí sin jamás alcanzarse, agregando cada
vez más distancia al vacío que los separa.
Y es que todos
quieren la mirada constante del reflector, una duela propia sobre la cual menearse,
sin destino, ya ni una mera dirección,13 apenas el simple
vaivén.14 Las propias butacas nombran a gritos suspendidos
el vacío de sus asientos. Pocos, cuerpos agonizantes que mueren
enraizados,15 prefieren relegarse al acto de observar sentados
en ellas.
El hombre, cadáver pestilente, encuentra
en ello un éxtasis, mirando con deliciosa pasión, con declarada
envidia, por dentro despedazando el tapiz de su butaca y lanzándose de
un salto al escenario,16 la representación de los actores.
Una
de las escenas capta su atención. Es un cuadro casi detenido, una bella
impresión fotográfica, un sublime óleo, un caso perdido,
un muchacho condenado, alienado y confundido. Debe permitir el flujo, vive de
agua estancada.
Mira hacia el frente con sus ojos cafés remarcados,
profundamente transparentes. Ninguna otra cosa más que rancios y
desperdiciados en recordar el episodio del agricultor.
Poco sabía
el muchacho del papelito que tuvo que desempeñar. Él, tan tierra
espesa, fértil y ansiosa por dar frutos, tan ingenuo y débil
por esperar y atraer a sí mismo a otros personajes. Por quedarse en ellos
y no correr a otros lugares.
Por carcomerse en descifrarlos, y el otro,
el agricultor, tan paciente, tan astuto y cauteloso, tan poca cosa, tan
cobarde, muerto e inútil, tan estático, que provocó
la noche para salir y descorrió todos los cerrojos, que con cada
cicatriz que se veía recordaba las veces que su puerta fue violada.
La
puerta, ese lastre, peso en la espalda y estorbo. Iluso el agricultor al quedarse
esperando que alguien le tocase.17 Imbécil cien veces
dejando entrar, entregándose para ser golpeado, y mil más cuando
plantó la plaga.
Brotes habían salido del
suelo. Sus ramas comenzaban a escalar los muros. Se acercaban peligrosamente a
la entrada. No faltaría poco hasta que la derribaran,18
las raíces eran fuertes.
El agricultor debió de tomar medidas.19
Juraba que las heridas se le abrían otra vez con el solo pensamiento de
un nuevo ataque. Fue prudente.
Muertos los frutos que sembró, regresó
tranquilo, sin llagas ni raspaduras, cubierto de culpa hasta debajo de
las uñas, sabiendo que perpetuaba el círculo. Conociendo que nunca
avanzaba ni retrocedía, que únicamente se enredaba con sus propios
pasos. De víctima a victimario, victimario pasado a mártir, el mártir
en un santo, santo crucificado, apaleado y hecho mierda, la misma mierda del principio.
Sólo daba vueltas, en realidad nunca se había movido.
El
hombre escucha susurros revoloteando por los oídos del muchacho. Pronuncian
las mismas palabras, vuelven plácidos al mismo lugar. Acarician sus brazos
y piernas, se amarran a ellas con suavidad. Sus letras lo escoltan, lo arrullan
como un acorde que se extiende por kilómetros infinitos, que palpita y
se asienta, hacia el estado suicida del recuerdo.
Se despedaza
en lágrimas internas de rodillas20 ante el
rostro del fumigador. Se ahoga en los ojos azules y repasa tantas veces la piel
que21 la suya se vuelve sorda a otras sensaciones. No mira,
no escucha, sus sentidos ya son simples adornos. Su corazón ha guardado
ya demasiado el mismo sentimiento,22 no lo escupió, y
todo se marchita, él mismo se rompe.
Ironías de esos puentes
entre obras, carreteras intrincadas que desembocan en una e incontables
bifurcaciones, inútiles,23 pasillos de laberinto donde
somos apenas ratones, simples títeres, el fumigador, egoísta,24
despiadado, provocador, viendo los escombros de lo que fue un campo de cultivo
y tomándose el tiempo de reparar para luego largarse, para luego correr
esa carrera sin sentido, huyendo tras el cambio, tras lo nuevo, lo correcto y
lo verdadero, pues lo nuevo es nunca lo de este lado de la calle, el cambio está
después, enfrente, con la verdad, que no puede existir aquí lleno
de mancha y de podredumbre, aptísimo el fumigador, experto en el
movimiento, que ha estado en todos los lugares y cruzado palabra con todas las
bocas,25 regresa a la puesta del muchacho.
Éste,
estatua hermosa, se deja admirar mientras el insensible, injustificable, más
castigo que cura, desliza sus dedos por el cuerpo del muchacho. Las yemas se escurren
sin cuidado sobre los ojos y las pestañas, tierra seca, estéril,
ingratitud, escupitajo en la cara al trabajo que hizo por restaurarla. Roza
los labios y el hombre se exalta ante dos figuras contemplativas, tan perfectas
en su inmovilidad, completas, pasándose la vida explorando la cartografía
del otro. Se vierte el fumigador en esos labios26 hundiéndose
en cada una de las grietas, mirando horrorizado el tejido muerto, invadido
por el asco de ese pedazo de carne echado a perder en la interperie, felicitándose
en sus adentros por ser leal al movimiento y jamás haberse detenido, dejando
tras de sí para no ser dejado él mismo y aletargarse.
Baja
las manos hacia el pecho y estruja el corazón,27 la
carne ha sido consumida, es impermeable y escudo para el transitar28
por los puentes, no sirve más para el nuevo propósito
del cuerpo, la piel es débil, basta una simple aguja, el filo de una hoja
de papel, para hacerla sangrar29 y pensamientos de supervivencia
con el cuerpo allá fuera, desnudo, envuelto por una capa tan fina, no los
admite la dulce contemplación, conviene30 sustituirla
por muros y puertas con cerrojos para, desde una cómoda mirilla, observar,
como31 el hombre que ahora posa la serenidad de sus ojos en
el corazón del muchacho, apenas latiendo, suspendido tranquilamente, dejándose
invadir, impregnándose más y más por una sensación
diluida, por la huella en la arena de un sentimiento que desaparece a medida que
arrecia el viento y sólo queda su recuerdo, bebiendo agua mohosa, tan verde
y añeja y repulsiva que el fumigador no soporta más e1 estar mirando,
que comprueba que las sensaciones son pasajeras y por bien hay que dejarlas extinguir
y que contiene sus ganas de vomitar mientras se aleja corriendo, sintiendo la
acidez en el esófago.
Hace de nuevo el numerito, no soporta la
imagen de otro ser humano, le teme a sumergirse en la profundidad, no le alcanzan
los pulmones para otra cosa que no sea llevar el trote inacabable, no sabe contener
el aire, no conoce de lo difícil o complejo, todo es simple y fluye
por el cuerpo como el agua, uno se desliza sobre ella, apenas la toca y jamás
busca penetrarla ya que el hombre es horrible, sus profundidades guardan navajas
y puñales, muertas,32 no piden nada que no ofrezcan,
sólo muerte, sólo cortes profundos en la piel, sólo desangrarse,
y viene la quietud, asquerosa como el corazón, comprobadamente un desecho,
guardándose para que el otro lo repudie tanto, y los ojos cafés,33
estériles, que ahora se deslizan hacia arriba y se ponen en blanco, que
sobresalen de las cuencas cada vez más hasta que caen.34
Cuadro
surrealista, sublime para llorar extasiado, de ambos35 agujeros
surgen cadenas relucientes, pesados grilletes retorciéndose al interior36
de un cuerpo vacío, sin órganos ni funciones, ya consumido de
dentro hacia fuera, ya absoluta perfección, olvidado de las actividades
mundanas, de la gama infinita de distracciones en el mundo37,
del desperdicio que es el movimiento, y sumergido con total devoción en
el suave velo, la mera proyección, una sombra,38
pura ilusión, mero recuerdo, del agricultor y el fumigador.
Sus
cuerpos relucen, al igual que la sucesión de eslabones que los mantienen
apresados al interior39 de los ojos, y permanecen quietos,
desgastados y transparentes a fuerza de ser llamados vez tras vez, de ser
sujetados neciamente, distrayendo el cuerpo y acelerando la infección,
siendo bellos paisajes para la observación, hermosos en su quietud,
adorables en su disposición por ser inspeccionados40 hasta
el último detalle, réplicas exactas de sus originales, el uno, 41
mentor, asceta, que aguarda paciente tras su puerta, y el otro, inmaduro, condenado,
que con seguridad habrá vomitado, insensible hacia lo bello, para luego
proseguir su eterno correr.
El hombre no puede contenerse ante este
espectáculo. Sus ojos se desbordan gigantescos por la imagen que tiene
frente a sus ojos.42 Clava sus uñas en los brazos de
la butaca. Deja caer su quijada. Jura que sus sentidos le mienten. A punto está
de un orgasmo, cuando el corazón, carne petrificada y delgada por
el repetido uso, magullado innumerables ocasiones43 desde el
mismo lado, se crispa y abre un orificio a través del cual brota sangre,
negra y espesa, y un grito inmenso, que fluye44 y se eleva hasta
el techo del teatro, agudo y punzante, expandiéndose infinitamente, corriendo
sin detenerse, aumentando su intensidad, gutural, desgarrado, partiéndose
en una y cien partes,45 todas navajas que, de un solo y rápido
asesto, infringen46 heridas mortales y van poco a poco deteniendo
el transitar del propio grito, convirtiéndolo en una entonación
dulce, un sonido acompasado, agonizante, luchandO Con toDas 47
lAs uÑas poR sosteneRSe,! pOr CRecer y HuiR De la tEmibLe miSmA
nOTa. TrAs Tab iLlA, a puNto eSTá dE cAeRse
, pEro siGuE manteniéNdoSe.
TrATa De aLejArSe lo mÁs quE pUeDe.
No diReCciÓn
EnCuenTRra
. SIenTe cóMO se d i L u Y
E siN rEmeDIo. Co MieN Za
a FaL tAr Le
eL AI rE. TttTiIIiEeeEEmMmMblLLlllaaAAa. SE detiene.
Con
la mirada puesta en el escenario, ya seguro, ya a salvo, sabiéndose escuchado
y rescatado, ya sin voz, sólo ojos, boca y dientes, sólo dedos arañando
el tapiz, pies enraizados en el suelo, espalda cosida al respaldo, otro hombre,
absorto, estático, por el momento anegado en lágrimas, pronto disfrutará48
la función de los actores.
Algunas
correcciones (en la versión propuesta más abajo se agregan otras):
1
"entre abiertos" (el término es entreabiertos)
2 "dejando
admirar" (mostrando, o dejando ver, para evitar la repetición
con "mira")
3 "...de sus
dientes, mira el hombre." (hipérbaton superfluo)
4 "ofrecida
a ellos" (que se le presentan)
5 "Delante
suyo," (Delante de él. Suyo es adjetivo posesivo)
6 "el
escenario, esa duela..." (el escenario; esa duela... Punto y coma
antes de "esa duela", o incluso punto y seguido, porque la
frase no prosigue con el sujeto de una oración sino con una aposición
otra manera de referirse al escenario.)
7
"infinitos pero a voluntad puede reducirse sólo a" (infinitos
pero que a voluntad pueden reducirse a sólo)
8 "...posibilidades,
...sus situaciones." (hipérbaton superfluo)
9
"yació el agricultor." (podría ser;
yacía mantiene la correlación de tiempos verbales)
10 "a
contener cualquier intruso" (a contener a cualquier intruso (cuando
se trata de personas, la preposición a precede al objeto directo)
11 "...sentado, lo obligaban a recargar todo su
peso desesperado." (cacofonía con sentado. Anfibología
(significado equívoco o confuso): ¿Quiere
decir: "todo su peso desesperadamente" (si la intención era referirse
al modo de recargar), "todo su peso,
desesperado" (sintiéndose él desesperado), o "todo
su peso desesperado" (personificación o prosopopea: el desesperado
es el peso)?
12 "Nexos se crean," (Se crean
nexos que se"
13 "sin destino, ya ni una mera
dirección" (sin destino, sin una mera dirección)
14 "apenas
el simple" (apenas un simple)
15 "pocos,
cuerpos agonizantes que mueren" (pocos cuerpos agonizantes, que mueren)
16
"envidia, por dentro despedazando ... al escenario," (envidia
por dentro despedazando ... al escenario)
17 "le
tocase" (lo tocase)
18 "hasta que la
derribaran" (para que la derribaran)
19 "debió
de tomar medidas" (debió tomar medidas: las tomó; debió
de tomar medidas: supongo que las tomó).
20 "internas
de rodillas" (internas, de rodillas)
21 "la
piel que" (la piel, que)
22 "sentimiento,"
(sentimiento; el punto y coma indica una nueva oración)
23 "bifurcaciones,
inútiles" (bifurcaciones inútiles)
24 "títeres,
el fumigador, egoísta,..." (títeres. El fumigador egoísta,...)
(punto en "títeres", porque concluye una oración y comienza
otra con el sujeto "El fumigador" seguido por un largo inciso, que debe
indicarse con la raya ""
25 "...bocas
regresa a la puesta..." (concluye el inciso, y prosigue la oración
con el predicado regresa)
26 "labios hundiéndose..."
(labios, hundiéndose... Sin la coma el sujeto puede ser "el fumigador",
pero también "labios"
27 "corazón,
la..." (corazón; la...) (comienza otra oración)
28
"para el transitar" (para transitar) (no hace falta sustantivar
el verbo agregando el artículo "el")
29 "sangrar
y" (sangrar, y) (la coma separa un nuevo predicado)
30 "contemplación,
conviene..." (contemplación. Conviene... (Punto o, al menos, punto
y coma)
31 "observar, como" (sin coma, y con acento:
observar cómo: observar de qué modo)
32 "puñales,
muertas, no piden..." (puñales, muertas. No piden...)( (Punto y seguido:
comienza otra oración)
33 "ojos cafés"
(ojos café; tácitamente, de color café, del
color del café, en singular)
34 "más
hasta que caen." (más,
hasta que caen.)
35 "sublime para llorar extasiado, de
ambos..." (sublime, para llorar extasiado. De ambos...) (coma, y luego punto,
para separar los incisos y la oración
siguiente)
36 "al interior" (en el interior)
(régimen de la preposición en español. "al interior"
es influencia nefasta del inglés)
37 "en
el mundo" (del mundo")(podría ser "en el mundo ",
pero implicaría innecesariamente un verbo tácito; "que hay
en el mundo". El genitivo "del"
lo resuelve con una sola palabra y no detiene el ritmo de la frase)
38 "proyección,
una sombra,..." (proyección. Una sombra,...) (Sin ser imprescindible,
el punto ayuda al lector a no equivocar la
entonación de la frase)
39 "al interior"
(más sencillo, y correcto: dentro)
40 "por
ser inspeccionados" (para ser, o quizás mejor, por su sencillez,
a ser inspeccionados)
41 "originales,
el uno" (originales: El uno) (la coma resulta imprecisa por la sucesión
de comas anteriores. Los dos puntos son, por
otra parte, lo más correcto gramaticalmente)
42 "por
la imagen que tiene frente a sus ojos" (ante la imagen que tiene frente
a él) (para evitar la repetición de "ojos")
43
"innumerables ocasiones" (en innumerables ocasiones,
o innumerables veces. El régimen de la preposición
establece que puede decirse "en una ocasión"
o "una vez", pero no "una ocasión", ni "en una
vez".
44 "un grito inmenso, que fluye"
(un grito inmenso que fluye) (la coma sólo detiene la frase)
45 "partiéndose
en una y cien partes" (quebrándose o rompiéndose
en una y cien partes)
46 "infringen" (infligen:
hieren, golpean. Infringen significa "transgreden")
47 "luchandO
Con toDas..." etc. (recursos gráficos superfluos. El texto tiene
fuerza suficiente como para ser expresado sin necesidad
de apartarse de la forma ortodoxa, Las dificultades que presenta para su lectura desvían
al lector de la atención requerida
por el impecable final del relato).
48 "disfrutará
la función" (disfrutará de la función) (régimen
correcto de la preposición).
Versión
corregida:
Prisión:
La
perpetuidad del movimiento
Apoyado
en el respaldo de la butaca, el hombre mira con los labios resecos entreabiertos,
dejando ver la lechosa brillantez de sus dientes. Sus ojos grises, glaciales y
desolados como él mismo, perforan absortos, estáticos, la multiplicidad
de imágenes que se le presentan.
Delante de él, el escenario;
esa duela de dimensiones caprichosas, irremediablemente larga y al mismo tiempo
pequeña hasta la claustrofobia. Está todo repleto de escenarios
infinitos, pero a voluntad pueden reducirse a sólo unos cuantos. Resulta
toda una contradicción.
Cada recinto presenta una escena de diferentes
puestas teatrales. Los finales de las obras quedan inconclusos, pues sus situaciones
se escriben a medida que transcurren, en monumental orgía de temas y posibilidades.
Allí, en algunas tablas ya desvanecidas, yacía el agricultor.
Permanecía apretado contra su única puerta, inmóvil, inservible.
Tenía múltiples cerrojos atornillados en la madera de aquella entrada.
La recorrían de arriba abajo, perfectamente sellados y dispuestos a contener
a cualquier intruso, pero las hermosas cicatrices que cortaban la piel del agricultor,
advertencias reiteradas de lo insensato de pudrirse quieto al esperar sentado,
lo obligaban a recargar todo su peso desesperadamente.
Aterrada ante la idea
de la falta de movimiento, cada obra se nutre a sí misma de personajes
provenientes de otras. Se crean nexos que se estrechan, alejan y desprenden continuamente
Nada dura. Todo camina. Así respira, pues lo que se queda se ahoga y se
amorata. No son sino tormentas de agua y aceite sobre el vaso entablillado que
es el escenario. Restregándose una con otro, luchando por asirse entre
sí sin jamás alcanzarse, agregando cada vez más distancia
al vacío que los separa.
Y es que todos quieren la mirada constante
del reflector, una duela propia sobre la cual menearse, sin destino, sin una mera
dirección, apenas el simple vaivén. Las propias butacas nombran
a gritos suspendidos el vacío de sus asientos. Pocos cuerpos agonizantes,
que mueren enraizados, prefieren relegarse al acto de observar sentados en ellas.
El
hombre, cadáver pestilente, encuentra en ello un éxtasis, mirando
con deliciosa pasión, con declarada envidia por dentro despedazando
el tapiz de su butaca y lanzándose de un salto al escenario, la representación
de los actores.
Una de las escenas capta su atención. Es un cuadro casi
detenido, una bella impresión fotográfica, un sublime óleo,
un caso perdido, un muchacho condenado, alienado y confundido. Debe permitir el
flujo, vive de agua estancada.
Mira hacia el frente con sus ojos café
remarcados, profundamente transparentes. Ninguna otra cosa más que rancios
y desperdiciados en recordar el episodio del agricultor.
Poco sabía
el muchacho del papelito que tuvo que desempeñar. Él, tan tierra
espesa, fértil y ansiosa por dar frutos, tan ingenuo y débil por
esperar y atraer a sí mismo a otros personajes. Por quedarse en ellos y
no correr a otros lugares, por carcomerse en descifrarlos. Y el otro, el agricultor,
tan paciente, tan astuto y cauteloso, tan poca cosa, tan cobarde, muerto e inútil,
tan estático, que provocó la noche para salir y descorrió
todos los cerrojos; que con cada cicatriz que se veía recordaba las veces
que su puerta fue violada.
La puerta, ese lastre, peso en la espalda y estorbo.
Iluso el agricultor al quedarse esperando que alguien lo tocase. Imbécil
cien veces dejando entrar, entregándose para ser golpeado, y mil más
cuando plantó la plaga.
Del suelo habían salido brotes. Sus
ramas comenzaban a escalar los muros y se acercaban peligrosamente a la entrada.
No faltaría poco para que la derribaran; las raíces eran fuertes.
El agricultor debió tomar medidas. Juraba que las heridas se le abrían
otra vez con el solo pensamiento de un nuevo ataque. Fue prudente.
Muertos
los frutos que sembró, regresó tranquilo, sin llagas ni raspaduras,
cubierto de culpa hasta debajo de las uñas, sabiendo que perpetuaba el
círculo. Conociendo que nunca avanzaba ni retrocedía, que únicamente
se enredaba con sus propios pasos. De víctima a victimario, victimario
pasado a mártir, el mártir en un santo, santo crucificado, apaleado
y hecho mierda, la misma mierda del principio. Sólo daba vueltas, en realidad
nunca se había movido.
El hombre escucha susurros revoloteando por los
oídos del muchacho. Pronuncian las mismas palabras, vuelven plácidos
al mismo lugar. Acarician sus brazos y piernas, se amarran a ellas con suavidad.
Sus letras lo escoltan, lo arrullan como un acorde que se extiende por kilómetros
infinitos, que palpita y se asienta, hacia el estado suicida del recuerdo.
Se
despedaza en lágrimas internas, de rodillas ante el rostro del fumigador.
Se ahoga en los ojos azules y repasa tantas veces la piel, que la suya se vuelve
sorda a otras sensaciones. No mira, no escucha, sus sentidos ya son simples adornos.
Su corazón ha guardado ya demasiado el mismo sentimiento; no lo escupió,
y todo se marchita, él mismo se rompe.
Ironías de esos puentes
entre obras, carreteras intrincadas que desembocan en una e incontables bifurcaciones
inútiles, pasillos de laberinto donde somos apenas ratones, simples títeres.
El fumigador egoísta, despiadado, provocador, viendo los escombros
de lo que fue un campo de cultivo y tomándose el tiempo de reparar para
luego largarse, para luego correr esa carrera sin sentido, huyendo tras el cambio,
tras lo nuevo, lo correcto y lo verdadero, pues lo nuevo nunca es lo de este lado
de la calle, el cambio está después, enfrente, con la verdad, que
no puede existir aquí, que está lleno de mancha y de podredumbre;
aptísimo el fumigador, experto en el movimiento, que ha estado en todos
los lugares y cruzado palabra con todas las bocas regresa a la puesta
del muchacho.
Éste, estatua hermosa, se deja admirar mientras el insensible,
injustificable, más castigo que cura, desliza sus dedos por el cuerpo del
muchacho. Las yemas se escurren sin cuidado sobre los ojos y las pestañas,
tierra seca, estéril, ingratitud, escupitajo en la cara al trabajo que
hizo por restaurarla. Roza los labios y el hombre se exalta ante dos figuras contemplativas,
tan perfectas en su inmovilidad, completas, pasándose la vida explorando
la cartografía del otro. Se vierte el fumigador en esos labios, hundiéndose
en cada una de las grietas, mirando horrorizado el tejido muerto, invadido por
el asco de ese pedazo de carne echado a perder en la interperie, felicitándose
en sus adentros por ser leal al movimiento y jamás haberse detenido, dejando
tras de sí para no ser dejado él mismo y aletargarse.
Baja las
manos hacia el pecho y estruja el corazón; la carne ha sido consumida,
es impermeable y escudo para transitar por los puentes, no sirve más para
el nuevo propósito del cuerpo, la piel es débil, basta una simple
aguja, el filo de una hoja de papel, para hacerla sangrar, y pensamientos de supervivencia
con el cuerpo allá fuera, desnudo, envuelto por una capa tan fina, no los
admite la dulce contemplación. Conviene sustituirla por muros y
puertas con cerrojos para, desde una cómoda mirilla, observar cómo
el hombre ahora posa la serenidad de sus ojos en el corazón del muchacho,
apenas latiendo, suspendido tranquilamente, dejándose invadir, impregnándose
más y más por una sensación diluida, por la huella en la
arena de un sentimiento que desaparece a medida que arrecia el viento y sólo
queda su recuerdo, bebiendo agua mohosa, tan verde y añeja y repulsiva
que el fumigador no soporta más el estar mirando, que comprueba que las
sensaciones son pasajeras y por bien hay que dejarlas extinguir y que contiene
sus ganas de vomitar mientras se aleja corriendo, sintiendo la acidez en el esófago.
Hace
de nuevo el numerito, no soporta la imagen de otro ser humano, le teme a sumergirse
en la profundidad, no le alcanzan los pulmones para otra cosa que no sea llevar
el trote inacabable, no sabe contener el aire, no conoce de lo difícil
o complejo, todo es simple y fluye por el cuerpo como el agua; uno se desliza
sobre ella, apenas la toca y jamás busca penetrarla ya que el hombre es
horrible, sus profundidades, muertas, guardan navajas y puñales. No
piden nada que no ofrezcan, sólo muerte, sólo cortes profundos en
la piel, sólo desangrarse, y viene la quietud, asquerosa como el corazón,
comprobadamente un desecho, guardándose para que el otro lo repudie tanto,
y los ojos café, estériles, que ahora se deslizan hacia arriba y
se ponen en blanco, sobresalen de las cuencas cada vez más, hasta que caen.
Cuadro
surrealista, sublime, para llorar extasiado. De ambos agujeros surgen cadenas
relucientes, pesados grilletes retorciéndose en el interior de un
cuerpo vacío, sin órganos ni funciones, ya consumido de dentro hacia
fuera, ya absoluta perfección, olvidado de las actividades mundanas, de
la gama infinita de distracciones del mundo, del desperdicio que es el movimiento,
y sumergido con total devoción en el suave velo, la mera proyección.
Una sombra, pura ilusión, mero recuerdo, del agricultor y el fumigador.
Sus
cuerpos relucen, al igual que la sucesión de eslabones que los mantienen
apresados dentro de los ojos, y permanecen quietos, desgastados y transparentes
a fuerza de ser llamados vez tras vez, de ser sujetados neciamente, distrayendo
el cuerpo y acelerando la infección, siendo bellos paisajes para la observación,
hermosos en su quietud, adorables en su disposición para ser inspeccionados
hasta el último detalle, réplicas exactas de sus originales: El
uno, mentor, asceta, que aguarda paciente tras su puerta, y el otro, inmaduro,
condenado, que con seguridad habrá vomitado, insensible hacia lo bello,
para luego proseguir su eterno correr.
El hombre no puede contenerse ante este
espectáculo. Sus ojos se desbordan gigantescos ante la imagen que tiene
frente a él. Clava sus uñas en los brazos de la butaca. Deja caer
su quijada. Jura que sus sentidos le mienten. A punto está de un orgasmo,
cuando el corazón, carne petrificada y delgada por el repetido uso, magullado
en innumerables ocasiones desde el mismo lado, se crispa y abre un orificio a
través del cual brota sangre, negra y espesa, y un grito inmenso fluye
y se eleva hasta el techo del teatro, agudo y punzante, expandiéndose infinitamente,
corriendo sin detenerse, aumentando su intensidad, gutural, desgarrado, rompiéndose
en una y cien partes, todas navajas que, de un solo y rápido asesto, infligen
heridas mortales y van poco a poco deteniendo el transitar del propio grito,
convirtiéndolo en una entonación dulce, un sonido acompasado, agonizante,
luchando con todas las uñas por sostenerse, por crecer y huir de la temible
misma nota. Trastabilla, a punto está de caerse , pero sigue manteniéndose.
Trata de alejarse lo más que puede. No encuentra dirección.
Siente cómo se diluye sin remedio. Comienza a faltarle el aire. Tiembla.
Se detiene.
Con la mirada
puesta en el escenario, ya seguro, ya a salvo, sabiéndose escuchado y rescatado,
ya sin voz, sólo ojos, boca y dientes, sólo dedos arañando
el tapiz, pies enraizados en el suelo, espalda cosida al respaldo, otro hombre,
absorto, estático, por el momento anegado en lágrimas, pronto disfrutará
de la función de los actores.
________________________
Algunas consideraciones sobre la forma
Se
podrá cuestionar para qué proponer sencillez y corrección
gramatical en un escrito tan complicado y con un contenido tan estrambótico.
El contenido de un texto puede ser tan extraño y poco ortodoxo
como lo sea la verdad más profunda del autor excluyo de esta consideración
a quienes no tienen otro propósito que el de sorprender con sus rarezas,
pero la forma de exponerlo debe ser lo más sencilla posible. Complicar
la forma es una manera tramposa que utilizan a menudo los políticos
para tratar de dar un barniz de hondura a un discurso de contenido irremediablemente
superficial.
El gran literato, el gran filósofo y el gran poeta consiguen
exponen temas e ideas a veces complejísimos en un lenguaje poco menos que
corriente, prosaico para quienes suponen que el término desusado
o el neologismo otorgan mayor calidad al texto literario, o mayor peso a los argumentos
filosóficos o científicos. Enfermeras y charlatanes algunos
con título de médico gustan de hablar en difícil para
tratar de demostrar al paciente lo mucho que saben.
El discurso científico
serio es de una notable sencillez, rasgo que resulta indispensable para poder
comunicar los conocimientos más sutiles y difíciles. Por supuesto
que los legos no podemos entender un artículo sobre cardiología
publicado en una revista como JAMA o Medicina Alemana, pero sí
podemos comprobar que, más allá de las palabras que designan conceptos
técnicos, todo el discurso es llano y directo: Sujeto, predicado y complementos.
Otro tanto ocurre cuando un lego en filosofía intenta leer por
ejemplo la Fenomenología del espíritu de Hegel: no
entiende nada, a pesar del vocabulario sencillo y la sintaxis común que
vincula a los términos. Esto no sucede porque el autor practique una retórica
vana, sino porque el tema es, de suyo, extremadamente difícil, y la sencillez
formal es el único recurso para facilitar todo lo posible su comprensión..
Un joven abogado me decía que habiendo oído afirmar lo anterior,
intentó leer el mencionado texto de Hegel con la seguridad de poder entenderlo
perfectamente como entiende los habitualmente retorcidos discursos jurídicos
y legales. Y me comentó, asombrado: "No entendí ni medio."
El lector puede hacer la prueba, y verá que la poesía de Oliverio
Girondo que nunca hizo nada por escribir con la sencillez de Fernández
Moreno, pero que tampoco utiliza las rarezas "rubendariacas" de algunos
poetastros es mucho más accesible que la filosofía de Hegel
o de Heidegger. ("Rubendariacas"
significa dignas o propias de Rubén Darío. Es un neologismo burlón
que empleó el gran poeta colombiano José Asunción Silva para
referirse a los epígonos más bien vulgares repetidores
de Darío. Silva parodió la tan imitada "Sinfonía en
gris mayor" del iniciador del modernismo, en su desopilante "Sinfonía
color de fresa con leche", donde aparecen las palabras "rubendariacas",
"mirrinas" y muchas otros términos extravagantes.
Enrique
Cadicamo, en cambio, sin ninguna intención de hacerse el difícil,
tomó del modernismo aciertos como: "tus ojos, con un eléctrico
ardor", y Homero Expósito, en "Chau, no va más",
afirmó: "Esto es dialéctica pura". Homero nos decía
en su clase de Cancionística que había vacilado durante meses antes
de incluir la palabra "dialéctica" en una letra de tango, pero
que finalmente decidió que no podía reemplazarla por ninguna otra.
Jaime Dávalos, en la letra de "Padre de las maderas", dice
del río Paraná: "hidrográfico símbolo de solidaridad".
En un "cancionero"
trucho de esos que se venden en las terminales de colectivos, evidentemente
copiado de oído y con bastante sordera, se lee: "hidrográfico
símbolo de sol y dar y dar". La dificultad no se produjo con
el término técnico "hidrográfico", sino con una
palabra de uso cada vez más frecuente en la misma medida en que disminuye
su vigencia real en nuestra sociedad. En la misma canción, Dávalos
llama al Paraná "móvil mampa del agua". En un libro de
castellano, la autora le atribuye haber creado el neologismo "movipampa",
y se explaya en lo acertado del supuesto hallazgo poético. Se hubiera ahorrado
el disparate si hubiera escuchado la versión cantada por Eduardo Falú,
compositor de la música de ese bellísimo tema.
Comentario
sobre el contenido de "Prisión: La perpetuidad del movimiento"
Se
trata de una brillante alegoría sobre la vida, con su infinita variedad
de movimientos, y sobre el teatro en el que la vida se refleja. Por momentos febril,
conmovedor, el texto muestra con sus imágenes alucinadas el anhelo del
hombre por encontrarse y por huir de sí mismo, por mostrarse en su impudicia
y por esconderse en su desesperación. Y presenta el escenario de la vida
intercambiándose con el del teatro, repitiéndose en una implicación
mutua que no permite ya diferenciar ficción de realidad tanto pueden
aproximarse ambas por medio del arte. El texto dice todo esto con imágenes
de una fuerza y una autenticidad desgarradoras. No se necesita abundar en el análisis,
sino sumergirse una y otra vez en su lectura, para poder encontrar la poesía
que brota de esta recreación del enunciado tan profundo como repetido:
La vida es el teatro; el teatro es la vida.
Conrado
De Lucia
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