De: Cecilia Maldini (Río Gallegos, Santa Cruz, Argentina)
Enviado: Martes 10 de Febrero de 2004  16:23
Agradeceria un comentario sobre este poema, al que crei innecesario puntualizar.
¿Ud.cree que es mejor que lo haga?
Gracias.

         Caos
Ebullición de ideas confusión de sonidos
ruedan las piedras y el fuego las funde y las divide
las hace arena lava ardiente
lengua de fuego que quema lo que toca
huye de mí la corriente torrentosa
de fuego ardiente que calcina
pugnan los elementos en extraña fusión
se abrasan y se enredan
rozan los pies del árbol que se hunde en la tierra
deja de ser algo que vive para sólo ser piedra
el río cristalino o el correntoso arroyo
se desdibujan en la geografía
se saturan de sólidos residuos
ya no fluyen sus aguas que van a todas partes
y son espejo de todo caminante
dejan de ser caudal para ser ribera
dejan de ser agua para ser arena.
Yo observo el descontrol de la naturaleza
desde un lugar que me resulta un privilegio
no sé si soy el sueño de un gigante que despierta
no sé si soy un ave que el caos sobrevuela
o sólo soy un elemento que lo integra
sólo sé que esta imagen siempre se repite
y asoma a mis pies el mismo abismo
cambia el paisaje ante mis ojos mansos
y sopla el mismo viento huracanado
nada es igual a ayer todo ha cambiado
el magma ardiente del centro de la tierra
ha subido hasta aquí... y aquí se queda.

                                                       Cecilia Maldini

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                          La puntuación en el lenguaje poético

Estimada Cecilia:
Ante todo le agradezco el envío de sus trabajos, que posibilita ofrecer sus intuiciones poéticas a quienes quieran disfrutarlas, y me dan ocasión de proponer en nuestro Taller Literario lecciones de retórica y gramática al modo del Juan de Mairena de Antonio Machado.
Su poema, que está muy bien logrado, no requiere más signos de puntuación que los que usted ha colocado: una mayúscula inicial y puntos suspensivos antes de la resolución del verso final:
ha subido hasta aquí... y aquí se queda...

El propósito de la puntuación de un texto es facilitar su lectura y por ende su comprensión por medio de reglas y signos convencionales que ordenan sus incisos, cláusulas, oraciones y párrafos. En el caso de su poema La omisión deliberada de la puntuación es una elección atinada, ya que genera escasas ambigüedades –que se superan rápidamente con una segunda lectura– mientras que por otra parte la fluidez que produce en el discurso refuerza formalmente su propósito: la descripción de un desorden creciente que desemboca en un caos definitivo.

Establecido lo anterior, pueden proponerse unas pocas modificaciones:

El último verso puede llevar un punto conclusivo final, en vez de la reiteración de los puntos suspensivos, para subrayar el hecho definitivo que establece: El caos creciente que ha ido invadiéndolo todo a lo largo del poema, ha subido hasta aquí... y aquí se queda.

Pueden omitirse también los puntos suspensivos en el verso: o sólo soy un elemento que lo integra... para no separarlo del sentido que integra con los versos anterior y posterior: no sé si y sólo sé que

La descripción con que se inició el poema concluye con el verso dejan de ser agua para ser arena, y el poeta comienza a hablar en primera persona. Puede evitarse que esa transición desconcierte al lector empleando punto y aparte, para luego proseguir:
Yo observo el descontrol de la naturaleza

Prescindir de la puntuación en el poema que comentamos no ofrece reparos ni desde el punto de vista formal ni desde la consideración de su contenido. La expresión formal de la intuición estética que lleva al poeta a producir un texto admite toda clase de variantes, de las que el artista se vale para mostrar en plenitud el aspecto del Ser que con su talento poético ha alcanzado a percibir y ha podido manifestar, y del que desea hacernos partícipes a sus lectores. La puntuación es uno de los aspectos formales que nos facilita la comprensión del texto, y hay necesidad de ceñirse a sus normas para evitar la ambigüedad del sentido y las dificultades de interpretación, que en algunos casos pueden llegar a la ininteligibilidad.
Se permite al poeta alterar las convenciones formales y emplear licencias literarias, con la sola condición de que no comprometan los requerimientos antedichos ni tengan como único propósito una mera afectación de originalidad.

Así como ciertos pensamientos nos resultan inefables –esto es, no-hablables, imposibles de expresar con palabras–, algunos sutiles matices del lenguaje hablado son imposibles de indicar por medio de la codificación del lenguaje escrito, que es un conjunto inevitablemente restrictivo de signos convencionales.

Aun sin suscribir el aserto según el cual el lector es un co-autor que re-produce o recrea el texto, es incuestionable que cada lector le asigna un énfasis distinto y personal. Se asemeja en esto al ejecutante de una partitura musical, de quien decimos correctamente que interpreta lo escrito por el compositor, es decir que colorea su ejecución y le añade matices personales y subjetivos que pueden llegar a diferir notablemente de la intención del autor –que desconocemos, pero que podemos inferir por el conocimiento de las ideas estéticas vigentes en su época o las circunstancias culturales e históricas–. Estos factores pueden llegar a ser imponderables al extremo de lo que sucede con el latín y el griego clásicos, denominadas lenguas muertas, de los que ignoramos cómo se los pronunciaba y entonaba realmente, cuál era la cadencia de las frases, qué timbre de voz se empleaba para cada circunstancia de expresión.

Criterios análogos a los que hemos considerado en el caso de la puntuación se aplican a otras restricciones formales del poema: su métrica, su rima. En cuanto al ritmo, corazón del habla poética, no puede estrictamente hablando transgredirse, sino que su existencia o inexistencia condicionan o directamente determinan si estamos dentro de los cauces del habla poética o se trata de un discurso meramente informativo, prosaico.

Considerando ahora las cuestiones formales en relación con el contenido –a qué alude y a qué punto conclusivo se dirige el poema–, se percibe la oportunidad del recurso expresivo empleado. La prescindencia de los signos de puntuación ha prefigurado en el ánimo del lector la zozobra creciente que se origina en la fluidez y el desorden, hasta llegar al abismo de la caótica negación de todo ser y de todo valer, que finalmente ha prevalecido.

La puntuación ha quedado reducida a un mínimo: la mayúscula inicial, otra al cambiar la fuente del discurso, y los puntos suspensivos del verso final, que preparan el remate de la idea. El desorden ha ido surgiendo ante los ojos del lector, y el poeta lo contempla desde un sitio al que bien llama privilegiado, porque no forma parte de ese mismo caos –un caos total imposibilitaría la existencia del poema, e incluso del mismo poeta–, y esa negación de todo orden, de toda estructura y jerarquía, esa aniquilación del cosmos que Dios ha creado no es un momento pasajero, una instancia que prefigura la nada pero que será superada finalmente por la eterna afirmación del Ser, sino que –trágica comprobación a la que se encamina todo el poema– el caos aquí se queda.

Un poema es una piedra preciosa y como tal se lo debe pulir despaciosa y cuidadosamente hasta poner de relieve todo su esplendor. El diamante mantiene oculta la belleza de que participa toda obra de Dios, hasta que el paciente trabajo de talla del artesano lo convierte en un brillante, una joya que refracta su luz y la esparce en todas direcciones.

Dios es el poeta (póiesis=creación) que desde el caos primigenio hace surgir el cosmos, siempre en riesgo de aniquilación, por lo que lo sostiene constantemente con su Providencia. En el Credo de los Apóstoles, traducido literalmente del griego, rezamos: "Creo en Dios, padre todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra..."

Con la intervención humana la creación divina se continúa en manos del hombre, que desoculta sus posibilidades a través del quehacer de la ciencia, la técnica, el arte, la religión. La ciencia indaga el qué de todo lo creado, la técnica descubre el cómo de sus aplicaciones útiles, el arte ilumina el esplendor de su belleza, la religión propone una actitud reverente hacia el significado sagrado de la naturaleza, en tanto que creada por Dios, y éste instituye al hombre como su demiurgo, al hacerlo partícipe de su imagen y semejanza. Demi-urgo, semi-hacedor, significa que si bien el hombre no puede crear ex nihilo –desde la nada– al modo de su Hacedor, tiene en cambio el poder de re-crear de múltiples formas el cosmos que le ha sido dado para su provecho y disfrute, pero también para su conservación y custodia.1

Por otra parte, como fue enunciado por Clausius, todo sistema cerrado o abandonado a las fuerzas de su propia evolución interna, con exclusión de cualquier elemento nuevo o exterior, tiende a aumentar su desorden, al que denominó entropía, hasta alcanzar un equilibrio inerte en el estado de máximo desorden, el caos.2

El arte es una de las actividades de mayor poder anti-entrópico dentro de una cultura. Si bien la ciencia y la técnica progresan indefinidamente por extensión, comprensión y yuxtaposición, el arte se desarrolla a la manera de los tejidos en los organismos vivos: por intususcepción, es decir, por el surgimiento de formas nuevas dentro de aquellas ya maduras que les hacen de matriz, y a las que renueva y en cierta forma rejuvenece.

Los demiurgos humanos, entre quienes se cuentan los poetas auténticos, se complacen en la belleza de la creación, la desocultan, exaltan y enriquecen. Al modificar con su ingenio y su trabajo la forma y la disposición de lo creado, obedecen al mandato de henchir la tierra y dominarla. En base a este precepto bíblico, pueden confiar en que su actividad de re-creación noblemente orientada contribuye al advenimiento del Reino. Por lo demás, corregirnos unos a otros sin ofendernos ni humillarnos es un mandato evangélico explícito que se aplica a todas las circunstancias humanas, con mayor motivo aún al quehacer del arte, actividad sagrada en tanto que se propone emular al máximo Poeta.

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Notas

1 En la religión persa el dios creador es Ahura Mazda, la suprema luz. (en castellano, a partir de su pronunciación contraida, es Ormaz, y no Ormuz, que corresponde a la grafía inglesa para análogo sonido). Este dios supremo tiene a su demiurgo, Mitra, que con sus miles de ojos y oidos vela por la conservación del orden y la armonía de lo creado, al modo de nuestra Providencia.

2 La entropía es, estrictamente hablando, un concepto de la termodinámica –una rama de la física teórica–, y expresa el incremento de la cantidad de calor en un sistema cuando varía su temperatura absoluta. El concepto se extendió a otras ciencias, incluidas las sociales –en teoría de la información, Shannon considera al ruido como una forma de entropía– y su sentido se exageró y frivolizó hasta constituirlo en una ideología, sobre todo a partir de la obra de Friedrich Ostwald Energética, difundida a comienzos del siglo XX. Pero aun fuera de las ciencias físicas no puede negarse su importancia como instrumento heurístico.

                                                                                                                          Conrado De Lucia
                                                                                                                             Febrero de 2004

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