"Razones de Mejor Servicio"
A Nicolás Montezanti, in memoriam
"Hiele,
hiele/hasta que la pata pele": el milico recordó con una sonrisa
el versito con el cual culminaba la fábula de su abuela sobre la controversia
funcional entre la oveja y la vaca, y se ajustó la visera del casco procurando
arrimarse algo de calor. ¡Estos argentinos! Habían adoptado el
morrión prusiano, de acero y con un pico en el centro, como emblema de
un militarismo avasallante, y al yelmo terminaron usándolo los policías...
Y, como en la Argentina no había acero, el metal terminó reducido
a una virola, sustituido en el resto por suela, abundante en el país.
Sólo subsistió la solitaria punta, ridiculizada por el bautizo
popular: "pararrayos"...
El milico no sabía todo esto pero, en la
cruda noche, se habría sentido feliz de la evolución: el acero
es más frío que la suela. Y hacía mucho frío...
Cruzando la fangosa calle, la luz amarillenta
del boliche invitaba a la falta. El milico se encogió de hombros: el
barrio parecía desierto y, con ese frío, había que estar
loco para salir a la intemperie. Una "cañita" ni se notaría...
Encaró hacia la puerta.
Apenas entró en el bar, un vaho múltiple
de calor humano, alcohol, tabaco y saldo de actividad física, lo envolvió.
El boliche estaba hasta los topes. Comenzó a caminar hacia el mostrador
cuando escuchó, claramente, a sus espaldas, una voz burlona, firme y
decidida: "¡Vigilante, culo picante!". Se dio vuelta, entre
corrido y azorado, y se encontró con la sonrisa cargadora del orillero,
cerrada por el pucho colgante y circunscripta, de un extremo, por el "lengue"
con las iniciales bordadas a mano, y, del otro, por el "funyi" requintado.
Curiosamente, la marea humana se había abierto cual partida por un tajo,
como el Mar Rojo ante las huestes de Moisés, de modo que sólo
el aire recalentado y tufiento separaba a los dos hombres.
El milico no tenía vocación de héroe.
Si había ingresado a la Policía y de eso hacía muy
poco era nada más que para superar la "malaria" que imperaba
en el país, particularmente, como siempre, entre los trabajadores; máxime
si, como él, carecían de oficio y pertenecían a las pobladas
familias de inmigrantes campesinos lanzados a la ciudad por el progreso técnico
y el "deterioro de los términos del intercambio" que, cual
endemia pertinaz, baldaba las economías de los países latinoamericanos.
El otro tampoco le dio tiempo de intentar serlo.
Apenas hubo empezado a pedirle, convencionalmente, que repitiera lo dicho, cuando
la boca sobradora se desprendió del pucho y despidió un salivazo
tan repentino, certero y preciso que, tras sortear el obstáculo de la
visera del casco de suela, fue a dar en la oreja izquierda de su portador. Simultáneamente,
apareció la daga en la mano del malevo.
La viscosa saliva tibia corriéndole por
el cuello devino helada en instantes, confrontada con la sangre que hervía.
De un manotazo hizo volar el "pararrayos" que, ridículamente
torcido por el golpe, llevó tras sí al yelmo, gracias a la fortaleza
de las costuras de cuero y de la virola metálica.
Echó mano a la cintura pero ni se le pasó
por las mientes sacar la gruesa porra de lapacho que colgaba del cinturón,
y con la cual habría podido a riesgo de quedar con el sebo abdominal
al aire quebrarle la crisma al agresor. Aflojó la gruesa hebilla,
dejó deslizar por los pasadores del cinturón todo el aparataje
colgado de él y dobló sobre sí la correa, meneándola
suavemente, al tiempo que abría las piernas e inclinaba el cuerpo hacia
adelante, poseído de un aplomo colosal.
El compadrito quedó ahora él
azorado anta la temeridad del milico que lo enfrentaba armado solamente de un
cinturón, pero no se hizo demasiada cuita, acostumbrado como estaba a
no dar clemencia al rival y a no desaprovechar ventajas. Así que, los
ojos bien abiertos y el sombrero totalmente volcado hacia atrás, encaró
con todo de tajo y punta, decidido a finiquitar enseguida el pleito que había
querido trabar ese insolente.
Pero no sólo no encontró el blanco
sino que, de golpe, la visión se le entenebreció ante un torbellino
de guascazos, que a poco comenzaron a hacerse sentir en todo el cuerpo. Consciente
del ridículo que estaba haciendo, cargando a cuchillo a un hombre esquivo
pero no huidizo y virtualmente desarmado, se acurrucó con la daga en
posición de ensartar y volvió a lanzarse para definir. Sintió
entonces que la muñeca se le aflojaba y perdía del arma y, de
seguido, una lluvia de mamporros que lo obligó a usar las manos sólo
para defenderse, a pesar de lo cual la cara comenzó a sangrarle, el cráneo
a sonarle como si estuviera dentro de un campanario y las piernas a flaquear.
Cayó de rodillas, ya sin ánimo de reanudar la lucha ni de "cobrar"
más. El otro castigaba de derecho y de revés, isócronamente,
sin piedad, como si el ejercicio no lo aburriera ni lo cansara y no fuera a
concluirlo hasta que su víctima estuviera convertida en una piltrafa.
Se le quebró el escaso resto de coraje, nada le importó la humillación
de que el "rebaño" lo viera en tan ridícula posición
y, alzando la cara, alcanzó a musitar: "¡Basta, ya tengo debute;
por el amor de tu madre: no me pegués más!"
La laica jaculatoria dio resultado, porque el
castigo cesó. El miliquito recogió del suelo el garrote, volvió
a armar su correaje, se calzó nuevamente el casco con el "pararrayos"
torcido y, levantando en vilo a su víctima por el cuello, lo llevó
para la calle diciendo en voz alta y sorprendentemente serena: "¡A
la comisaría!"
Mientras caminaba por la noche, alternando pellizcos
y empellones a su prisionero, que marchaba manso y dócil, trataba de
recordar las figuras penales que le habían enseñado apresuradamente
en el curso de ingreso, en las que encuadraría la conducta de aquél.
Desacato, atentado y resistencia a la autoridad, hasta homicidio en grado de
tentativa... (En realidad, nunca había entendido qué significaba
esto de "grado": el homicidio importa la muerte violenta de un hombre;
si no hay tal muerte, no hay homicidio. No es asunto de "grados"...).
Entró en la comisaría, se presentó
al cabo de cuarto, reportó lacónicamente lo sucedido y entregó
al prisionero, sin olvidar el facón que éste había usado
en la pelea y que venía a constituir el tan importante "cuerpo del
delito". El suboficial llevó al humillado compadrito hasta el calabozo,
lo mandó de un empellón adentro y, condolido por la cara sanguinolenta,
se la lavó expeditivamente arrojándole el contenido de un cubo
de agua que había en el suelo. Una última mirada al caído
hizo que el hombre trastabillara y se restregara los ojos temiendo no ver bien,
arrimara luego el farol que colgaba del pasillo, se tomara la frente y exclamara
con un hilo de voz, la tez empalidecida: "¡El 'tape' Argüello!
¡El 'pesao' del 'Dotor' Ortube!"
En la sala de guardia, los compañeros congratulaban
al valiente: "¡Hermano: cascar a un compadrito solamente con el cinto!
¡Y salir del almacén 'de la puñalada' sin que alguien te
cuidara la espalda! De ésta no parás hasta cabo y seguro te dan
una medalla. ¡Ah, macho viejo y peludo, nomás!..." Sólo
el de cuarto, sombrío, apoyado sobre el escritorio, se mantenía
ajeno al jolgorio, haciéndose el abstraído con los libros o procurando
mirar para otro lado.
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A la siesta del otro día, el Comisario
revisaba los partes de novedades, deteniéndose en el que reportaba la
hazaña de su nuevo numerario, cuando advirtió un telegrama oficial,
todavía oliendo a la goma semilíquida que el Telégrafo
usaba para cerrar los formularios. Lo abrió y comenzó a leerlo;
estaba fechado en La Plata, hacía apenas un rato, y decía:
"De orden del señor Ministro comunícole
que por razones de mejor servicio cesa en sus funciones agente plaza 4.011 Aquiles
Tagliaferri asignado a esa Comisaría. Sírvase remitir a la brevedad
casco, placa y machete. Con atentos saludos: Helvecio Cildáñez,
Secretario General".
Néstor
Luis Montezanti