Recuerdos de un sueño
El profesor
había tenido un sueño extraño, no tanto por los acontecimientos
que había vivido en él, sino por el hecho inusual de recordarlo
a la mañana siguiente, sobreponiéndose por una vez a la censura
habitual que le hacía percibir el despertar como un surgir desde la nada.
Esta vez, los rostros bellos y amigables de algunas señoras
de mediana edad, casi jovencitas algunas, maduras otras, pero todas maternales,
elegantemente ataviadas con vestidos de faldas delicadamente breves, que mostraban
pantorrillas sólidas y el inicio de muslos reconfortantes y prometedores,
lo habían acompañado de regreso a la familiar comodidad del dormitorio
en penumbra, en el que Lía, de pie junto a él y recortada su silueta
en oscuro frente a la claridad que provenía del vano de la puerta, terminaba
de despertarlo suavemente, acercándole sin palabras un mate de madera
cebado con esmero y endulzado con miel.
Las damas permanecían en aquel cálido lugar
que el profesor había visitado en su sueño: el patio interior,
circundado de pequeños árboles, de un gran edificio semejante
al de un colegio religioso.
Era un lugar agradable, inundado de paz, pero no de esa paz
forzosa y beata de los patios conventuales, lograda a costa del debilitamiento
cuando no de la supresión de toda afirmación vital que exceda
a la del inocente acompañamiento arbóreo, sin animales y sin personas
que puedan considerarse realmente vivas, con muchas baldosas impecables, y algunas
almas y cuerpos extrañamente unidos, al parecer intactos, errantes por
larguísimas galerías que no llevan a ninguna parte.
En el patio del sueño se experimentaba una paz gozosa,
saludable, y la presencia de aquellas hermosas mujeres, ni lúbricas ni
atrofiadas, eran a la vez la afirmación y la promesa de un mundo pleno
de un sentido que le era otorgado por su propio dinamismo, suspendidas en él
la tutela y la exigencia de finalidad trascendente dadas por su Creador.
A medida que recobraba la conciencia diurna, Coioni comenzó
a intuir con zozobra que de allí provenía la ambigua sensación
que había experimentado durante su sueño, y que en vez de desvanecerse
se iba agudizando y convirtiendo en el doloroso rechazo que nos despierta algo
delicioso, pero que sabemos intrínsecamente malo: A diferencia del patio
de las casas religiosas, estéril pero luminosamente asistido por la Gracia,
el lugar de su sueño pertenecía a un mundo en el que Dios estaba
ausente, el mundo feliz pero efímero, dolorosamente perecedero y putrescible,
que se nos ofrece por doquier como sutil tentación del demonio.
Un mundo de brillantes centros de compras, inquebrantables
bancos, fe en tarjetas plastificadas, y eficientes servicios cloacales. Un mundo
en el que todo aspecto desagradable o inconveniente de lo humano es presurosamente
velado. Un mundo del que se sustraen, con la complicidad de los participantes,
hasta sus aspectos más vitales y significativos, toda vez que se los
perciba como una amenaza para la paz de las conciencias etiquetadas de
espíritus.
"Lo kitsch: el prolijo empeño por borrarse
del cuerpo, con algún novedoso papel de lija, los esfínteres menos
estéticos, y por borrarse de la mente, con la euforia que despierta la
adquisición de objetos bellos y artefactos eficaces, las ideas poco tranquilizadoras.",
pensó el profesor.
Y mientras chupaba otro mate, prosiguió su ensayo matutino:
"Pero lo que pasamos por alto, o francamente reprimimos, condenándonos
a que retornen eternamente en nuestras angustias diurnas y pesadillas nocturnas,
es que esos órganos poco estéticos son precisamente los más
significativos y vitales, y que esas ideas amenazantes de dolor, soledad y luto
que nos empeñamos en reprimir, son las que más enriquecen la vida
de quienes las aceptan y hasta confían en alcanzar a través de
ellas alguno de los significados que Dios, que es quien permite que haya enfermedad,
absurdo y muerte, intenta transmitirnos de esa única pedagógica
manera.".
El mundo del sueño providencialmente interrumpido por
Lía era, en suma, el mundo del demonio, un mundo en el que ni siquiera
es necesario colaborar activamente con el pecado personal: basta con dejarse
arrastrar sin resistencia, con participar en él juiciosa y moderadamente,
con permanecer en la prudente neutralidad de la persona meramente honesta, para
que su grata inconsistencia, ni mediatizada ni sostenida por la gracia de Dios,
se constituya en cautivante absoluto.
Un seudoabsoluto que atrapa al hombre y le impide ver, en
su satisfecho enceguecimiento, que el mundo creado por Dios para que provisoriamente
nos sostenga, en el que estamos, pero al que no pertenecemos, tiene también
otro sentido, menos grato muchas veces, pero también más humano
y consistente: En él, y a partir de nuestro empeño, puede nacer
y prosperar la esperanza, y es el único en el que resulta posible el
encuentro entre los hombres.
Aquellas mujeres del sueño representaban el contacto
humano primario: la calidez de los afectos y de los cuerpos, ese viático
instituido para facilitarnos el camino en el destierro, pero que se agota en
sí mismo, y del que sólo puede extraerse el bienestar y el agradecimiento
que el fogón nocturno proporciona a un grupo de ateridos peregrinos.
Una mujer morena, de boca y ojos grandes y abundante pelo
negro, había estado sentada junto a Carlo, con otras mujeres, en unos
bancos dispuestos cerca de algunos árboles pequeños. Más
allá había algunas mesas rústicas, y sentados en torno
de ellas varios hombres y mujeres, e incluso niños de distintas edades.
Por detrás del banco ocupado por el profesor, otras personas iban y venían
como en un tranquilo paseo, sin prisa y conversando amablemente. Llevaban ropa
de salir, agradable de contemplar y desprovista de ese esplendor a veces hiriente
que irradia la ropa de gala.
La mujer que estaba junto a Coioni llevaba un vestido entero,
provisto de escasos adornos, y confeccionado con una tela suavemente velluda
al tacto, como la que suele usarse en invierno para vestir a los bebés.
Era de color rojo, luminoso pero no estridente, y de la falda, que se entreabría
apenas por un breve corte en su parte delantera, surgían las piernas,
embellecidas por las finas medias oscuras, que invitaban a la vista a desplazarse,
en ameno paseo, desde el comienzo de los firmes muslos hasta el vértice
de los zapatos negros de taco discreto y elegante.
Cuando en cierto momento se levantó y se alejó
unos metros, Coioni la siguió con la mirada, deleitándose en la
contemplación de las armoniosas figuras, imposibles de asir en la fugacidad
de sus movimientos, que trazaban las piernas al reunirse y separarse en el andar
lleno de gracia. El dorso de los muslos y el hueco posterior de las rodillas
formaban, con las pantorrillas generosas y los finos tobillos, un conjunto lleno
de vida y de fuerza que hacía resaltar el esplendor de su belleza.
Carlo recordaba también el rostro de otra mujer, algo
más joven, rubia y de expresión benevolente, que llevaba sus lacios
cabellos derramados sobre la espalda, y lucía un largo flequillo dorado
entreabierto sobre la frente. Tenía una cara redondeada, con una nariz
diminuta y apenas respingada que le comunicaba una apariencia casi infantil.
El profesor no recordaba la apariencia de su cuerpo, y sin embargo ese cuerpo
ignorado le comunicaba de algún modo un erotismo dulce que lo complacía
y serenaba.
En el sueño había más imágenes
femeninas, que se presentaban con rasgos difusos y a la vez complementarios:
sonrisas llenas de paz, brazos desnudos de aspecto mórbido y sedoso que
podían palparse con la vista, piernas que al cruzarse invitaban al desasosiego
placentero. Todo configuraba una atmósfera grata pero a la vez irreal,
y Carlo pensó que esa irrealidad era uno de los requisitos para que la
situación resultara particularmente gratificante, pero que a la vez ese
era el origen del tono melancólico que la acompañaba.
Era como si todo placer llevara en su seno los signos indicadores
de su propia transitoriedad, como si contuviera piadosas cotas que al ser observadas
pudieran evitar nuestro extravío en la inmediatez de lo sensorial.
La felicidad mundana consistía en definitiva en un
logro transitorio y efímero, aunque llevara años de fatigas el
poder alcanzarla, y precisamente esa diabólica reticencia en ofrecérsenos
era la causa principal de su sobrevaloración por nuestra parte, así
como sobrevalora el hombre sediento los vasos de agua que necesita con urgencia
beber, y que, al sucederse uno tras otro, lo van satisfaciendo cada vez menos
hasta llegar a hartarlo.
Pero, antes de comprender la proximidad de nuestra hartura,
el deseo biológico y afectivo insatisfecho ya nos ha llevado, por un
lado, a empeñar esfuerzos desmedidos y hasta insensatos por satisfacerlo,
y por el otro, a ofuscar de tal modo nuestra capacidad de valorar su importancia,
que nos impide percibir la miseria y la inconsistente transitoriedad de los
frutos alcanzados.
"¡Qué condición la nuestra pensó
con desencanto; estar durante buena parte de nuestra corta pereginación
por este desierto, buscando oasis que a la vez que nos reconfortan demoran nuestra
marcha y nos tientan a quedarnos, cuando nuestro verdadero lugar, aquél
donde se juega realmente el sentido de lo humano, está allá afuera,
en la oscuridad amenazante apenas disipada por la lucecita de nuestra fe y de
nuestra confianza en Dios!".
Y sin embargo, hay que llegar tan sólo para volver
a irse, ya que Él nos está aguardando al final de nuestro camino,
y la única actitud que nos prepara para ese viaje es el desapego.
Pero, ¡qué desgarrante nos resulta! ¡Cómo
nos tienta la tranquila felicidad del hombre que describe Saint Exupéry,
ese que da vueltas en las tardes de domingo alrededor del kiosco de la música!
¡Cómo nos duele aceptar la cruda verdad de Lanza del Vasto, cuando
nos dice que toda familia es tan solo una momentánea reunión de
peregrinos! ¡Qué atrozmente cierto es que toda felicidad humana
aspira a eternizarse como lo señaló Nietzsche, pero
que esa eternidad es transhumana, y sólo está al alcance de la
fe!
Los sueños nos acercan por un momento a la contemplación
de nuestros deseos más recónditos, en una visión fugaz
y perecedera. Podemos confiar, sin embargo, en que ese mundo feliz pero sin
sustento anticipa en figura al Reino que ya está en marcha, pero al que
sólo se arriba plenamente a través de la aleatoria aventura de
ser hombres. ¿Podremos ser fieles al extremo de no claudicar cuando los
límites de nuestra existencia vayan cercándonos hasta acorralarnos?
Dolorido, Carlo recordó una vez más la valerosa
declaración de un gran viajero que generosamente nos ha comunicado las
claves por él descubiertas. Dice Héctor Délfor Mandrioni:
"Mantener la palabra empeñada es el único brazo capaz de
acortar las distancias por encima del desierto.".
Eran ya las cuatro y treinta de la madrugada. Casi toda la
noche había transcurrido en la tarea de evocar el sueño del día
anterior. El profesor se sintió sumido en un mar de ideas y de deseos
encontrados. Antes de apagar la 286, atinó a murmurar un ruego, y sintió
que era imprescindible aferrarse a él para superar, al menos por esa
noche, todo sinsentido y toda duda: Con una unción tan visceral como
la de sus anhelos eróticos más profundos, alcanzó a musitar,
entre compungido y avergonzado por su pusilanimidad: ¡Ven, Señor
Jesús..!
28/09/92 - 04:41
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