Sr. Conrado:
Si me puede hacer el favor de corregir las faltas de ortografia y
demás -ya que estoy aprendiendo a escribir-, se lo agradeceré.
Lo saludo atentamente.
Seudonimo: Pepito
Ciudad: Bahía Blanca
Rosarte
(A la Rosa que encantaba mi jardín a mis catorce años
de edad).
Rosarte en cualquier parte
pero rozarte.
Conocer tu olor, mujer,
desvergonzadamente en el diario de mi vida,
a una distancia intensiva
alrededor de las armonías cruza calles.
Las plazas vacías de amores,
¿dónde están los corazones
si todo es fantasía?
Quiero buscar un jardín,
es más: una primavera,
para encontrar las flores,
para rozarte, rosa té,
rosarte la piel de espinas
hasta sangrar el amor.
Pepito
Este es un sencillo ejemplo de cambio deliberado y aparentemente arbitrario,
pero lícito, de las reglas del lenguaje escrito -incluidas las ortográficas-,
en tanto y en cuanto su alteración no se debe al trivial propósito
de llamar la atención, sino a la necesidad de expresar la ambigüedad
de la propia vivencia: Rosa, rosa té, rosaarte, rosarte, rozarte...
Versos sin pulir, imágenes balbuceadas, consiguen sin embargo comunicarnos
la dulce confusión y la frescura del amor adolescente.
Poesía imperfecta, pero indudable.
Conrado
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