19 de abril
de 1990 02:30
Segunda
inocencia
(Basado
en el relato "Idilio",
de Guy de Maupassant)
Poco
después de medianoche, Carlo salió de la vieja casa con frente
de ladrillos sin revocar en la que habitaba desde niño, en el centro
de la ciudad vieja de Necochea. La noche de la víspera había resultado
escasa de encuentros gratos, y sólo había atinado a reemplazarlos
con su siempre fiel fantasía. Por eso ahora caminaba hacia el puente
de Quequén sin muchas expectativas. Estaba convencido de que el muro
que lo separaba de su prójimo sólo muy de tanto en tanto presentaba
grietas, y se preparaba con serenidad para otra laboriosa caminata, de volteo
en volteo, que enriquecería su weltanschauung a costa de una nueva
cuota de frustración.
¡Profe...! ¡Ídolo! oyó
que una voz femenina le gritaba socarronamente cuando, tras cruzar el pequeño
hall y abrir hacia afuera la crujiente puerta de madera negra del "Quitapenas",
apartó el cortinado rojo de tela gruesa y entró al salón.
Antes de que sus ojos comenzaran a adaptarse a la escasa luz roja, adivinó
las gruesas formas de la turca Liliana, recostada sobre un camionero junto a
la barra.
Liliana era en realidad descendiente de húngaros:
¡Yo soy gitana! solía decir con cierto
inexplicable orgullo. Sus ojos de un azul chispeante, en el rostro algo viroide
de su constitución excesivamente pícnica, originaban el apodo.
Rotundamente bellos y expresivos, los ojos árabes han eliminado toda
comparación y competencia, de modo que aun magyares o hindúes
de bellísima mirada son subsumidos en la misma categoría elogiosa:
turcos. Carlo pensó en Sonia, verdadera descendiente de sirios, y en
su mirada luminosa que, sin embargo, suscitaba la idea de una penuria de racionalidad
cercana a la estupidez. A fuerza de años de ser alumna suya y de los
lúbricos curas del instituto "Pastor et Nauta", había
finalmente logrado decir frases cuyos términos recordaban aproximadamente
los de la filosofía, y le habían otorgado su título docente.
Pero afortunadamente sus ojos estaban siempre allí para desmentirla y
rescatandola de la sabiduría hacerla femenina y apetecible.
Carlo neutralizó un ramalazo de escrúpulos superyoicos
que lo acometieron de improviso, con su manido recurso a la teología:
"Quiero confesarte, Señor, hasta el fin de mi vida",
murmuró, y completó su coartada persignándose discretamente.
Como solía sucederle, volvió a sentirse bien. Entonces cruzó
con decisión el salón de baldosas negras, se sentó en uno
de los ruinosos sillones de cuerina resquebrajada y se dispuso a contemplar
el espectáculo que transcurría en la penumbra rojiza y llena de
humo y ruido de cuartetazos.
Analía pasó a su lado arrastrando a un camionero
hacia la puerta que, semioculta por un breve tabique de ladrillos, ostentaba
en grandes trazos el falso cartel: "Privado". Los compañeros
del afortunado celebraban la borrachera del inminente fornicador, y pronosticaban
una probable falta de erección.
¡Lo erótico...! ¡El erotismo...!
¿En dónde quedó el erotismo...? repitió Carlo
en voz baja. Los concurrentes eran sin lugar a dudas buenos muchachos, o lo
que la cultura popular considera buenos muchachos: sanos, creyentes en su propia
ausencia de conflictos, siempre dispuestos a beber y a eyacular. "¿Y
el erotismo...?", seguía reclamando en vano Carlo.
Profe lo interpeló Liliana, ¿Usted
qué quiere? Pase, y deje de estar ahí con esa cara de tonto. "Pase"
no se refería a ingresar a algún lugar, sino a pagar veinte pesos
por el derecho de adentrarse momentáneamente en la anatomía de
alguna de las chicas, y con derecho a media francesa, yapa otorgada para competir
con los otros quecos del puerto.
Coioni recordó a Cristina. Se la había practicado
morosamente, acurrucada junto al volante del cuatrocientos cuatro, cuando él
todavía ignoraba qué quería decir "media francesa".
Recordo también que se sintió reconfortado, casi homenajeado,
por el obsequio de su intimidad que le hacía la hermosa morena descendiente
de alemanes. Volvió a sentirse orondo, casi importante, cuando motivada
por su rudimentaria habilidad de amante, ella había gemido: "mi
amor, mi amor" desde el asiento trasero, hasta donde, con los respaldos
delanteros reclinados, la habían llevado las urgentes embestidas de Carlo.
Por unos instantes se había trocado en sentimiento, aunque fuera de origen
biológico, su habitual actitud de indiferencia.
Esa noche había habido, sin duda, un poco de erotismo.
Demasiado poco, sin embargo, para casi dos décadas de fidelidad. Porque
Carlo sostenía por una parte una indeclinable lealtad hacia su esposa,
y por la otra una fidelidad agradecida hacia las mujeres que le habían
consentido acceder a su intimidad. Las recordaba una por una a casi todas,
mal. Cristina había sido una de las primeras, y cuando después
de diez años la había reencontrado, ella se sorprendió
por la cantidad de detalles de la antigua relación que Carlo evocaba
para mostrarle su fidelidad. Ella no recordaba nada, y nuevamente él
la había dejado recurrir a las mismas trampas, al consabido cálculo
mezquino, y al comenzar a percibir que se hartaba de tanto gesto fingido, se
había dado ánimo con una ferviente jaculatoria: "¡No
importa. Tengo que cogérmela!".
Y lo había conseguido, como una década atrás,
y otra vez había sentido que el solipsismo de ella lo obligaba a actuar
furtivamente, a ponersela casi pidiéndole disculpas, mientras la percibía
lejos de allí, con su vagina y su mente en Bahía Blanca, donde
había quedado su espejismo de entonces: uno de esos afortunados tipos
pensaba Carlo que son buscados por las mujeres a pesar de que sólo
les dan un poco de semen, o tal vez por eso mismo.
¡Porque vos querés darles "amor",
boludo! se impacientaba consigo mismo, mientras en varios planos simultáneos
percibía otros componentes de su propia conducta: la homeostasis implícita
en la frase, el espúreo pero gratificante prurito de superioridad que
suponía, la referencia egocéntrica disfrazada de espiritualidad,
el mero impulso biológico obligando a la corteza cerebral a hacer gala
de falsos valores que tranquilizaran al superyó por vía metabólica.
El camionero había regresado al salón por la
puerta desquiciada que anunciaba "Caballeros" y, en calzoncillos,
bailaba una danza grotesca antes de regresar al cuarto para consumar el fornicio.
Sus compañeros festejaban su gracia con risotadas.
Carlo buscó un salvavidas en la semioscuridad. Aquel
gesto casi animal lo había mortificado, y en un segundo se había
sentido retrotraído a la morgue de medicina, veinte años atrás,
cuando contemplando la piel gris de los cadáveres intuyó lo que
podía ser la obscenidad.
Y ahora las sombras causadas por la luz roja habían
delineado en el camionero que danzaba la forma de inexistentes pechos femeninos,
y al percibirlo Carlo se había sentido avergonzado como si con su mano
estuviera palpandole el escroto. Se dijo ácidamente que ya era demasiado
para una sola noche de juerga, y percibió, deprimido, que había
quedado sin fuerzas hasta para iniciar el regreso a su casa. De improviso, esa
salvación que había intentado buscando un culo femenino en el
que fijar la mirada y reposar el ánimo se manifestó en la forma
de un rostro redondo y sonriente que se le acercaba. Reconoció a la chica,
bajita y regordeta, a quien había preguntado su nombre una noche de la
semana anterior, cuando ella pasó a su lado atareada entre dos pases.
Pudo recordar también su nombre, y la llamó quedamente: "¡Mariana...!"
Ella se inclinó para saludarlo dándole un beso
profesional y, aunque le hizo recordar a Carlo su irrelevancia al preguntarle:
"¿De dónde me conocés?", el profesor sintió
que ese sencillo gesto de projimidad lo salvaba no sólo de la obscenidad
y de la estupidez de los camioneros, sino también aunque presintió
que sólo sería por un breve rato del sinsentido habitual
de su soledad.
Pero un milagro lo aguardaba; un milagro módico y dudoso,
pero tan reconfortante como los auténticos que los curas falsifican por
su falta de fe: De modo inesperado Mariana se convirtio mágicamente en
mujer, en su mujer. Se quedó junto a él, sin requerir el pago
de una copa y apoyando suavemente la cabeza en su hombro. La taumaturgia inesperada
no cambió nada de lo que podía percibirse con los sentidos, pero
Carlo sintió que toda la habitación se iluminaba.
El mísero noviazgo se prolongó lo necesario
para desanimalizar los previsibles acontecimientos futuros, y el profesor aguardó
con calma. Sabía que cuando los milagros concluyen uno se queda al
decir de Joan Manuel Serrat chupando un palo sentado sobre una calabaza,
de modo que prolongó el momento con su acostumbrada fábula que
a tantas coperas había ahuyentado, en la que recurría a
declarar su excesiva edad con la íntima vanidad de saber que, pese
a su calvicie, no la aparentaba, a mencionar sus dificultades para tener
una erección, y a declarar que ya no era un colimba que se coge todo,
para animarse por último si la chica todavía no se había
retirado a decirle, como si fuera una broma, pero cruda y dolorosamente
en serio, que lo que él necesitaba era un poco de amor.
Pero Mariana se quedó muy quietita a su lado, escuchándo
atentamente sus excusas. El profesor le acarició un muslo, y le preguntó
maquinalmente por qué usaba medias. Era curioso lo que le sucedía
con las medias. Si conseguía dejar de verlas y esto no dependía
de su color ni de su grosor sino de una cuestión gestáltica de
percepción de la buena forma, las piernas enfundadas lo calentaban
del modo como solía sucecerle con todas las piernas que veía,
fuesen de quien fuesen, pasando bruscamente de la gerontofilia a la pederastia,
avergonzandose de sí mismo en cada extremo, y agradeciendo a Dios en
todos los casos por tanta multiforme belleza creada.
Mariana le explicó que usaba medias para detener a
los tipos que querían tocarla por debajo. Coioni se sorprendió
al escucharla, mientras se recriminaba: "Vos siempre el mismo boludo!",
porque él nunca había intentado siquiera, antes de abonar la tarifa,
tocar el sitio soñado. Pero comentó, sorprendiéndose de
su propia osadía, que a él le bastaba poder ponerle la mano entre
las piernas, "cerca del cielo", para ser feliz. Así lo hizo,
y ella pareció comprender la metáfora del paraíso velludo
y lo dejó mansamente calentarse la mano inter femora.
El obligado paso siguiente era la pregunta por el beso blanco
no por casto, sino por opuesto al beso negro. Carlo pronunció
pausadamente: "¿Y te gusta que te besen ahí?"
Ella lo sorprendió con su conocimiento del tema, al
decirle:
Me encanta. Pero me gusta que sea allí arriba,
donde vos sabés, no abajo, ¿me entendés?.
¡Claro! la tranquilizó Coioni.
No soy uno de estos boludos y señaló a los camioneros
que si les hablás del clítoris creen que es un club de futbol
brasileño. Ella se rió.
Carlo iba a decirle jactanciosamente que él como
decía el pianista Fito Pringles era minetero, enfatizando
el nombre de su pretendida profesión al modo en que suelen hacerlo los
médicos y los abogados, en ese tono pedante de quien supone que va a
suscitar inmediata admiración. Pero lo pensó un instante y prefirió
decir con sencillez:
Yo lo hago muy bien, he practicado con mi señora.
El idilio atravesó entonces una etapa de descanso.
Tras la referencia matrimonial Carlo se había puesto a hablar de sus
hijos, y ella le contó sobre los suyos. Tenía cuatro: el menor,
de ocho meses.
El profe percibió que era casi deshonesto expresar
lo que su erotismo por fin encontrado le sugería en ese momento, pero
abrazándola y por asociación de imágenes maternales
acariciandole un pecho, le dijo fervorosamente, tratando de usar el mismo lenguaje
de ella para sentirse más cercano:
Y, ¡también!, cómo no te van a hacer
varios hijos con lo cálida que sos!
Al mismo tiempo pensó en que esos hijos probablemente
no tendrían padre, y esa idea lo incomodó y lo hizo sentir ruin.
Pero Mariana replicó inmediatamente:
¡Qué dulce sos! y él le acarició
el brazo, y nuevamente desestimó sus escrúpulos.
Ya era momento de pasar, pero el profe quería que fuera
en la pieza del fondo, que conocía, más alejada de los monótonos
cuartetazos, y la única con baño y bien iluminada.
Así puedo verte mejor le explicó.
Le agradaba sobremanera ver "escoptofilia", lo había
denominado Freud: Ver piernas, ver pechos, ver genitales. Era un consumidor
entusiasta de aquel tipo de pornografía que Leopoldo Marechal, en acertada
tipología, había calificado de "visceral".
La sorpresa la había tenido una vez con Viviana, en
el "Balabul":
A mí me gusta mirar cuando me chupan había
afirmado ella con aire circunspecto. Y no le había sacado los ojos de
encima, incorporandose para no perder detalle, mientras él realizaba
concienzudamente la Obra..
Desde la insensatez original de Eva, el afán de conocimiento
ha interferido siempre con la dicha . La misma atávica estupidez de esta
enésima descendiente suya había producido un efecto semejante:
La contemplacón de Viviana le había negado a sí misma el
breve pero paradisíaco deleite, y al percibir su falta de respuesta Carlo
había dejado de trabajar en vano y se la había puesto, para terminar
precozmente y poder irse.
Ahora la seudo turca Liliana estaba con un filipino (¡Oh,
friend, friend!) en el cuarto del fondo. Había que aguardar que volviera
a desocuparse, y Mariana le dijo amistosamente:
Si no te enojás, me voy a ver si hago un pase.
Andá nomás, mi amor. Tu marido se
arrogó jovialmente el profesor no es celoso. Lo de "marido"
le permitía el placer de jugar por un rato al cornudo consciente, y esa
situación de espera, ya vivida otras veces, por algún motivo desconocido
le resultaba agradable. Aventuró para sí mismo que sin duda era
una frustración masculina generalizada el que los condicionamientos culturales
impidieran disfrutar de la emoción de ser cornudos.
Reflexionó también acerca del valor intrínseco
del desapego de lo mundano que implica el ser cornudo. Percibió su sentido
de particular superación del egoísmo, y concluyó con que
ser cornudo a sabiendas permite cierta forma de ascesis hacia la humildad. Se
dio cuenta de que ese festivo discurrir de paradoja en paradoja era un indicio
de su bienestar, y esa constatación acrecentó su buen ánimo.
Mariana consiguió el cliente que buscaba, pasó a su lado para
llevarlo al cuarto que anteriormente había ocupado Analía con
el fauno de los calzoncillos, y el profesor la detuvo un instante para susurrarle,
cómplice:
Reservate para mí.
Como lo sabe todo proxeneta, debe inculcar en su pupila una
inhibición que le haga imposible gozar con otro hombre, y Carlo daba
experimentalmente un nuevo paso, y dejaba de ser cornudo consciente para ensayar
la personalidad de un macró. Si la mujer sometida llegara a descubrir
que puede encontrar deleite en la cópula con un cliente, el dominio tanto
psíquico como biológico de su propietario se resentiría
y hasta podría desaparecer. Por eso Carlo-el-fiolo formulaba juguetonamente
su advertencia, aunque su intención no fuera más allá de
querer preservar para Mariana y para él el oasis del encuentro que estaba
por producirse.
Sobrevendría a continuación un cuarto de hora
de espera, confiada y tranquila, y el profesor, constatando que su cara ardía
por la adrenalina del estrés y el calor de las pantallas infrarrojas,
anunció en alta voz aunque nadie podía oírlo en medio
del estruendo de los altoparlantes: "Vado fuori, al aperto",
y salió a refrescarse y a mirar las estrellas que brillaban en la noche
helada.
Desde la vereda contempló orondo a los transeúntes
que lo miraban con envidia. Hasta quienes pasaban en autos de último
modelo, solitarios o esclavos de su rutinaria compañía, miraban
hacia la puerta del queco con apenas reprimida avidez, y Carlo disfrutaba de
la compensación que, a falta de dinero, le proporcionaba su subrepticia
desfachatez , y los miraba a su vez con aire de habitué.
Su operística salida de escena para oxigenarse le había
hecho recordar otro aspecto saludable del prostíbulo: el de poner al
alcance de todos, incluso sin necesidad de estar ebrios, los beneficios de la
catarsis de un módico psicoanálisis. Junto a la suspensión
de la moral de presión que se produce al asumir el libre retozar sexual
paréntesis que tonifica el alma y la predispone a desarrollarse
en el sentido de la moral de aspiración, en los locales nocturnos
se hace posible disfrutar del libre desbarrar del pensamiento. Cada quién
expresa lo que le pasa por la mente, en irrestricto juego de imágenes
gozosamente irresponsable, y los interlocutores nocturnos, con o sin alcohol
de por medio, asienten a todo, como en un ingenuo, terapéutico y transitorio
manicomio.
Emulando a los gobernantes y los periodistas, los hombres
de la noche disfrutan en el queco oyéndose decir sus propios disparates,
pero en vez del gabinete de funcionarios obsecuentes o el panel de licenciados
en ignorancia, que causan daño a la gente sencilla con la difusión
de sus desaciertos, encuentran aquí la benevolente e inofensiva sordera
de los demás parroquianos. Como los niños de corta edad que describen
Stone y Church en sus estudios evolutivos de la niñez, juegan y charlan
juntos, pero cada uno permanece en su mundo.
¿Toda
mía? preguntó Coioni, agrandado, mientras abrazaba a Mariana,
que, ya desocupada, había ido a su encuentro. Ella
se le acurruco, mimosa, y en seguida se encaminaron hacia la parte trasera del
local.
Mientras aguardaba a que fuera a fichar el pase, el profesor
se desvistió en la cómoda piecita con baño. Una vez más
experimentó la inocencia de la falta de pudor, cuando regresó
Mariana y lo encontró desnudo y con una semierección. El pudor
parece originarse le había enseñado Benedicto, sacerdote
y doctor en teología en el temor de ser dañado, por lo que,
a menos que se trate de un sentimiento patológico, desaparece cuando
tanto el hombre como la mujer se sienten confiados y en buena compañía.
Ella comenzó a besarlo repetidamente, con sencilla
ternura, y él le acarició los pechos, aún cubiertos por
la blusa y el sostén, pero turgentes y amables. Mariana le había
dicho cuando se acariciaban en el sillón, y con un dejo de excusa en
la voz:
Si me chupás me va a salir leche.
Qué hermoso! le había respondido
él, sin poder evitar sentirse de nuevo un poco canalla.
A muchos hombres no le gusta insistió ella.
Acordate de que tengo dos chicos volvió
a tranquilizarla el profesor.
Ahora sí Carlo besaba despacito, con infinita ternura,
como a una esposa en época de amamantar, aquellos senos generosos endurecidos
por la miel que guardaban. Y a poco de mamar, suavemente, se sintió contradictoriamente
feliz y usurpador a un tiempo, al pensar en el privilegio que vivía a
los cincuenta años, y recordar al bebé desconocido a quien sustraía
el alimento.
La bebida perfecta le endulzó la boca y el alma, y
recordó con agradecimiento el sabor de los pechos de su esposa. Le había
sucedido alguna vez, y se había sentido como ahora, a la vez culpable
y conmovido. Sin quererlo, evocaba también los pechos de su madre, lejana
para siempre.
Mariana estaba sentada al costado del lecho; el profesor probaba
casi avergonzado un manantial y luego el otro, y cuando ella se incorporó
para terminar de desvestirse, musitó inconteniblemente:
¡Dios te bendiga!
Gracias, por lo que me decís contestó
Mariana con sencillez.
Después se tendieron ambos en el lecho, se besaron
sin vehemencias, y entonces ella dijo en un susurro:
Me hace bien que me tomes, porque si no me duelen hasta
la hora que llego a casa.
Ah, bueno dijo tontamente el profesor, sumido
en un éxtasis involutivo, y mientras recordaba aquel bello relato del
soldado que a pedido de una joven madre le alivia los pechos en un compartimiento
de tren, para luego confesarle agradecido: "Hace dos días que no
comía", pensaba a la vez que la narración de Guy de Maupassant
no era inverosímil como pacatamente se la solía presentar, sino
que lo realmente inverosímil es la solidez de nuestras cárceles
mentales. Maupassant no había sido un pornógrafo, sino uno de
esos hombres empeñado en encontrar la verdad y que, encontrándola,
la había testimoniado, sin cuidarse de tanto necio que seguramente la
iba a malinterpretar desde su fariseísmo socialmente aprobado.
Y mientras tanto, superados los estadios del libertino, del
cornudo consciente, del lascivo, del macró que ahora percibía
como momentos preparatorios del milagro Carlo mamaba y mamaba. El bebé
Carlo, el de la búsqueda indecente pero mística, llegaba por fin
a su ansiada esfera de comunión al tornarse en lactante de prostíbulo,
al volver a ser niño y sentirse aceptado por Dios aun entre los brazos
de una muchacha puta de Quequén.
El profesor
salió a la noche cálida y ahora grata. Cruzó el puente
sobre el Río Quequén y, ya en la ciudad, siguió caminando
dentro del milagro. Se relamió involuntariamente, y volvieron a gratificarlo
los restos dulzones de la leche materna.
Cinco horas después, mientras terminaba de escribir
su testimonio, se volvió a relamer, y lo sorprendió notar que
la dulzura seguía allí en esa madrugada mágica, como brotando
de su propia piel. Comprendió que le había sido concedida la gracia
de sentir todavía por mucho tiempo sus labios impregnados en leche de
madre, y que ése era quizás un premio, y hasta un signo de que
Dios rescataba tanto amor que él suponía desperdiciado.
¡Entonces no soy tan hijo de puta!
Quiso disimular, enojándose, pero sollozó, y
las lágrimas incontenibles salpicaron los cristales de sus anteojos.
La noche estaba concluyendo. Lía ya se había
levantado y preparaba el desayuno para los otros niños, que tenían
que ir a la escuela. A esa hora, los hombres grandes también se estaban
preparando para acudir a su trabajo.
19 de abril de 1990 -
07:30
Volver
arriba
Volver
a La página de Carlo D. Coioni
Volver
a la Página Principal